'Venom: habrá matanza': el agotamiento creativo de Marvel frente al éxito comercial

Una fábrica de chicles de sabores cada vez más extraños, cada vez más cerca del hartazgo
La descripción del sistema de producción de Marvel como una máquina que pierde originalidad mientras mantiene su éxito comercial.

En el otoño de 2021, una secuela menor del universo Marvel recaudó noventa millones de dólares en su primer fin de semana estadounidense, batiendo récords incluso en tiempos de pandemia. El dato no habla solo de una película, sino de una industria que ha aprendido a convertir la repetición en negocio y la familiaridad en garantía de taquilla. La paradoja que encarna Venom: habrá matanza es antigua y profunda: lo que el arte agota, el mercado lo sostiene, y la multitud sigue eligiendo lo conocido sobre lo memorable.

  • Una secuela sin originalidad ni momentos memorables rompe récords de taquilla pandémica con 90 millones de dólares en su primer fin de semana, desafiando cualquier lógica crítica.
  • El éxito comercial convive con un vaciamiento artístico evidente: fórmulas repetidas, personajes desgastados y una dirección que no logra imprimir garra ni al humor ni a la acción.
  • Actores de talento como Tom Hardy y Woody Harrelson parecen disfrutar la sobreactuación, mientras Michelle Williams proyecta la incomodidad de quien no sabe bien qué hace en ese set.
  • La industria del cine de superhéroes lleva tiempo con aspecto de burbuja a punto de estallar, pero el público masivo sigue pasando por taquilla sin señales claras de fatiga.
  • La pregunta que queda flotando es cuándo —si es que llega ese momento— la audiencia dejará de consumir lo que se le ofrece y exigirá algo que valga la pena recordar.

Venom: habrá matanza llegó a las salas con un estruendo comercial difícil de ignorar: 90 millones de dólares en su primer fin de semana, récord para estrenos en pandemia y diez millones más que su predecesora de 2018. El número habla por sí solo. Y sin embargo, la película que lo generó es también un síntoma de algo que lleva tiempo gestándose en el universo Marvel: un agotamiento creativo que convive, de manera casi incómoda, con un éxito imparable.

La primera entrega al menos sostenía un conflicto interior modesto: un periodista que lo perdía todo por los efectos de una fundación médica sin escrúpulos. La secuela abandona incluso esa pretensión. Se entrega a la ocurrencia y a la superficialidad, apostando por la acción sin prejuicios y por el humor, aunque bajo la dirección de Andy Serkis ninguno de los dos termina de funcionar. A su favor: dura apenas noventa y siete minutos y no finge complejidades que no tiene.

Tom Hardy y Woody Harrelson parecen cómodos en la sobreactuación que el material les permite. Michelle Williams, en cambio, tiene la expresión de alguien que se pregunta constantemente qué está haciendo allí. Es difícil encontrar un plano, una línea de diálogo o una situación que resulte memorable de alguna manera, lo cual resulta especialmente llamativo en una producción de 110 millones de dólares que prefiere adoptar el espíritu de una serie B antes que arriesgar algo.

El problema no es la falta de pretensiones intelectuales —Thor: Ragnarok y Deadpool demuestran que se puede hacer cine de superhéroes sin ambiciones y aun así lograr algo que valga la pena. El problema es la ausencia de cualquier elemento que sorprenda o quede en la memoria. El cine de superhéroes lleva tiempo pareciéndose a una fábrica de chicles de sabores cada vez más extraños, cada vez más cerca del hartazgo. Pero esa sensación debe ser la de pocos, porque muchos otros siguen pasando por taquilla. Venom: habrá matanza es prueba de que, al menos por ahora, el sistema sigue funcionando.

Venom: habrá matanza llegó a las salas estadounidenses con un estruendo comercial innegable. En su primer fin de semana, la película recaudó 90 millones de dólares, un récord para estrenos en tiempos de pandemia y diez millones más que su predecesora de 2018. Es un número que habla por sí solo: la gente sigue comprando entradas. Y sin embargo, la película que generó esa cifra es también un síntoma de algo que lleva tiempo gestándose en el universo cinematográfico de Marvel: un agotamiento creativo que convive, de manera casi incómoda, con un éxito comercial imparable.

La paradoja es clara. Por un lado, las películas de Marvel muestran cada vez más síntomas de fatiga artística. Las fórmulas se repiten, los personajes pierden atractivo, y en muchas de ellas desaparece aquello que podría llamarse cine de verdad. Pero por el otro lado, el dinero sigue fluyendo. Los espectadores siguen acudiendo a las salas, una y otra vez, tragándose tanto las películas buenas como las regulares y las malas. Venom: habrá matanza pertenece claramente a este último grupo. Es una secuela de un título menor que ya había recibido críticas desiguales, protagonizada por un villano con aires de antihéroe nacido a la sombra de Spider-Man, y dirigida por Andy Serkis.

La primera película de Venom, de 2017, al menos tenía un conflicto interior que la sostenía. Su protagonista era un periodista de investigación que lo perdía todo —su trabajo, su novia— por los efectos del poder maléfico de una fundación médica que experimentaba con seres humanos. Había una tensión narrativa, aunque fuera modesta. La secuela abandona incluso esa pretensión. Se entrega a la ocurrencia, a la superficialidad, a cierto desvarío sin rumbo. Lo único que puede decirse a su favor es que dura apenas noventa y siete minutos, que no se complica con falsas complejidades y que apuesta por la acción sin prejuicios y por el humor. Pero bajo la dirección de Serkis, ni la acción tiene garra o imaginación, ni el humor tiene demasiada gracia.

Tom Hardy y Woody Harrelson, ambos actores de talento, parecen pasárselo bien en sus papeles, cómodos en la sobreactuación que el material les permite. Michelle Williams, en cambio, tiene la expresión de alguien que se pregunta constantemente qué está haciendo allí. Tres estrellas que prestan su brillo a un producto que, en otra paradoja más, prefiere adoptar el espíritu de una serie B marginal e inocua antes que fingir modestia, cuando en realidad cuenta con un presupuesto de 110 millones de dólares. Es difícil encontrar un plano, una secuencia, una línea de diálogo o una situación que se salga de lo convencional, que resulte memorable de alguna manera.

La huida total de cualquier intelectualización no es el problema. Películas excelentes de Marvel como Thor: Ragnarok y Deadpool demuestran que es posible hacer cine de superhéroes sin pretensiones y aun así lograr algo que valga la pena. El problema es la dificultad para encontrar algo que simplemente sea diferente, que sorprenda, que quede en la memoria. Hace tiempo que el cine de superhéroes en general, y Marvel en particular, tiene la pinta de una burbuja a punto de estallar. Se parece a un sistema de producción en serie infalible pero sin riesgo, a una fábrica de chicles de sabores cada vez más extraños, cada vez más cerca del hartazgo. Pero esa sensación debe ser la de unos pocos, porque muchos otros siguen pasando por taquilla, una y otra vez, consumiendo lo que se les ofrece. Venom: habrá matanza es prueba de que, al menos por ahora, el sistema sigue funcionando.

Michelle Williams tiene gesto de estar preguntándose en cada frase qué demonios hago yo aquí
— Crítica de la película
La Conversación del Hearth Otra perspectiva de la historia
Inventor

¿Cómo es posible que una película tan claramente agotada en lo creativo bata récords de taquilla?

Model

Porque la gente no va al cine a buscar originalidad. Van a pasar dos horas en la oscuridad, a ver explosiones y a que les entretengan. Marvel ha construido una máquina que funciona, y funciona bien.

Inventor

Pero entonces, ¿no hay diferencia entre una película buena y una mala si ambas ganan dinero?

Model

La hay, pero no en la taquilla. La diferencia está en lo que te llevas a casa, en si la recuerdas en una semana. Venom no te deja nada.

Inventor

¿Y los actores? Tom Hardy es un talento serio.

Model

Exacto. Hardy y Harrelson se sienten cómodos en la sobreactuación, así que se divierten. Pero Michelle Williams está ahí como si preguntara en silencio por qué aceptó el papel.

Inventor

¿Cuándo crees que la burbuja estallará?

Model

Esa es la pregunta que nadie puede responder. Mientras la gente siga comprando entradas, la máquina seguirá funcionando. Pero algo tiene que ceder.

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