Noventa y seis pacientes en una sala de ocho camas
Diez días después de que dos terremotos sacudieran Venezuela, la fase del rescate cede su lugar a una amenaza más silenciosa: la crisis sanitaria. En refugios hacinados, con una población históricamente subvacunada y hospitales al borde del colapso, la Organización Mundial de la Salud advierte que el verdadero peligro aún está por llegar. La humanidad, una vez más, descubre que los desastres no terminan cuando cesan los temblores.
- Los equipos de rescate internacionales abandonan Venezuela sin haber encontrado sobrevivientes, dejando atrás vecinos que remueven escombros a mano en busca de sus propios familiares.
- Más de cincuenta refugios hacinados en La Guaira y Caracas concentran a miles de desplazados, con condiciones ideales para la propagación de sarampión, cólera y otras enfermedades transmisibles.
- Los escombros contaminados con fluidos corporales y efluentes cloacales exponen a rescatistas y voluntarios a infecciones graves, mientras el calor extremo acelera el deterioro.
- Hospitales de referencia operan al límite: el José María Vargas alberga 96 pacientes en una sala de ocho camas, y tres centros médicos presentan daños estructurales graves.
- La OPS lanza un llamado urgente de 24 millones de dólares para sostener seis meses de operaciones humanitarias y atender a cerca de 700.000 personas en los municipios más afectados.
Diez días después de los terremotos del 24 de junio, La Guaira mostraba una transformación silenciosa: los rescatistas internacionales desarmaban sus campamentos y los sanitaristas tomaban su lugar. Equipos argentinos y vietnamitas se retiraban tras perder las esperanzas de hallar vida bajo los escombros, mientras vecinos sin equipamiento de protección seguían cavando con picos y palas en busca de sus familiares.
Lo que comenzaba a imponerse era una crisis de otra naturaleza. La OMS y la OPS advirtieron que Venezuela enfrentaba un riesgo elevado de brotes de sarampión, cólera y otras enfermedades transmisibles. El contexto era alarmante: según datos de Unicef de 2021, más de 120.000 niños no habían recibido ninguna dosis de vacunas, y el 17% de los menores de un año permanecía sin inmunizar. En más de cincuenta refugios hacinados en La Guaira y Caracas, incluso en carpas sobre la avenida Simón Bolívar, la transmisión podía dispararse con facilidad.
El peligro no era solo epidemiológico. En los escombros, los cuerpos en descomposición se mezclaban con efluentes cloacales al aire libre, exponiendo a voluntarios y rescatistas a cólera, conjuntivitis y diarrea. Médicos militares argentinos alertaron sobre el riesgo concreto de contagio por contacto con fluidos de cuerpos atrapados durante más de diez días bajo calor y humedad extrema.
Los hospitales reflejaban el colapso: el José María Vargas atendía 96 pacientes en una sala diseñada para ocho camas y operaba con reservas de sangre críticamente bajas. El Rafael Medina Jiménez había reducido su capacidad de 108 a 35 camas. Otros veintidós centros reportaban carencias graves, y tres habían sufrido daños estructurales severos.
Ante este panorama, la OPS lanzó un llamado para recaudar 24 millones de dólares destinados a financiar seis meses de operaciones humanitarias para unas 700.000 personas en los municipios más afectados. El régimen venezolano, sin declarar oficialmente el fin de las búsquedas, comenzaba a evaluar qué estructuras eran habitables. La etapa del rescate había terminado; la de la contención sanitaria apenas empezaba.
Diez días después de que dos terremotos devastaran Venezuela el 24 de junio, los equipos de rescate internacionales comenzaban a empacar sus carpas. En La Guaira, donde Clarín recorrió los escombros el sábado por la mañana, la atmósfera había cambiado. Rescatistas argentinos de la Policía Federal desarmaban su campamento. Los militares vietnamitas seguían trabajando, pero cada vez eran menos los que cavaban entre los restos de hormigón y acero. Las esperanzas de encontrar gente con vida se habían desvanecido después de más de una semana y media bajo el sol, con temperaturas superiores a los treinta grados.
Lo que quedaba atrás era un panorama diferente: vecinos convertidos en voluntarios, sin guantes de protección, removiendo escombros a pico y pala en busca de sus familiares desaparecidos. En el campamento improvisado de la ONU en el Estadio Fórum de béisbol, la configuración también cambiaba. Los rescatistas se retiraban. Los sanitaristas llegaban. Era el comienzo de una nueva etapa para Venezuela, una que la Organización Mundial de la Salud ya estaba advirtiendo que sería peligrosa.
La advertencia llegó clara: en un territorio donde la cobertura de vacunación era baja, el riesgo de brotes de enfermedades era elevado. Según datos de Unicef de 2021, Venezuela tenía 120.306 niños sin ninguna dosis de vacunas, y el 17 por ciento de los menores de un año estaba sin inmunizar. Ciro Ugarte, director para emergencias de la Organización Panamericana de la Salud, fue directo: la cobertura contra el sarampión y otras enfermedades ya era deficiente, por lo que el riesgo de casos de sarampión y otras dolencias era ahora elevado. Más de cincuenta refugios albergaban a desplazados en La Guaira y Caracas, con gente durmiendo en carpas en la avenida Simón Bolívar, a cuadras del Palacio de Miraflores. En esos espacios de hacinamiento, la transmisión de enfermedades podía ser muy alta.
Pero el peligro no venía solo de la falta de vacunas. En los escombros, el olor a putrefacción de los cuerpos se mezclaba con efluentes cloacales al aire libre. Rescatistas, vecinos, agentes de la Guardia Nacional Bolivariana y voluntarios pisaban esos fluidos. Médicos del equipo militar argentino señalaron que podría haber cólera, conjuntivitis, diarrea y otras afecciones por el contacto con fluidos de cuerpos atrapados durante más de diez días bajo calor y humedad extrema. La OPS había evaluado ocho establecimientos médicos en La Guaira: todos requerían apoyo, y tres habían sufrido daños estructurales graves.
El Hospital José María Vargas, uno de los grandes hospitales públicos de referencia, estaba en situación crítica. Noventa y seis pacientes ocupaban una sala diseñada para ocho camas. Su banco de sangre operaba a niveles extremadamente bajos. El Hospital Rafael Medina Jiménez había reducido sus camas de 108 a 35. Otros veintidós centros sanitarios reportaban carencias graves. Los hospitales continuaban operando por encima de sus capacidades, y los riesgos sanitarios crecerían con toda probabilidad en las próximas semanas. Miles de personas lesionadas requerían atención continua. La presión era enorme.
La respuesta internacional fue una convocatoria de fondos. La Organización Panamericana de la Salud lanzó esta semana un llamado para recaudar veinticuatro millones de dólares, destinados a financiar los primeros seis meses de operaciones de ayuda en Venezuela. El objetivo era brindar apoyo a aproximadamente setecientos mil personas que vivían en los municipios más gravemente afectados. Mientras tanto, el régimen no daba por terminadas las búsquedas de manera oficial, pero dividía esfuerzos en la revisión de estructuras para determinar qué viviendas eran habitables y así empezar a descomprimir la crisis habitacional. Lo que se avecinaba no era el rescate de sobrevivientes, sino la contención de una crisis sanitaria que apenas comenzaba a desplegarse.
Citas Notables
La cobertura de vacunación en Venezuela, especialmente contra el sarampión y otras enfermedades, ya era baja, por lo que el riesgo de que se produzcan casos de sarampión y otras enfermedades es elevado en estos momentos— Ciro Ugarte, director para emergencias de la Organización Panamericana de la Salud
Miles de personas lesionadas requieren atención continua, los hospitales siguen bajo una enorme presión y el riesgo de brotes de enfermedades va en aumento— Organización Panamericana de la Salud
La Conversación del Hearth Otra perspectiva de la historia
¿Por qué la OMS espera hasta ahora, diez días después, para advertir sobre epidemias?
No es que esperen. Es que el peligro cambia de forma. Los primeros días, el riesgo es la muerte bajo los escombros. Después, cuando los cuerpos llevan más de una semana descomponiéndose en el calor, cuando hay efluentes cloacales al aire libre, cuando hay cincuenta refugios con miles de personas hacinadas sin vacunas, el riesgo se vuelve invisible pero masivo.
Mencionas que los rescatistas se retiran. ¿Eso significa que abandonan a Venezuela?
No exactamente. Los equipos internacionales de rescate se van porque ya no hay gente viva que rescatar. Pero la ONU, los militares argentinos, los sanitaristas, siguen. Lo que cambia es el tipo de trabajo. Pasan de excavar escombros a evaluar hospitales colapsados y organizar campañas de vacunación.
¿Cuál es el verdadero problema: la falta de vacunas o la infraestructura sanitaria destruida?
Son inseparables. Venezuela ya tenía baja cobertura de vacunación antes del terremoto. Ahora, además, los hospitales están dañados y sobrecargados. Un niño sin vacunas en un refugio hacinado, con agua contaminada, es un vector perfecto para que el sarampión o el cólera se propaguen rápidamente.
¿Qué significa que el Hospital José María Vargas tenga noventa y seis pacientes en una sala para ocho camas?
Significa que el sistema colapsó. No es solo falta de espacio. Es que no hay recursos para atender a esa cantidad de gente. El banco de sangre está casi vacío. Los médicos están trabajando en condiciones imposibles. Y eso es en uno de los hospitales más grandes de referencia.
¿Veinticuatro millones de dólares es suficiente?
Es lo que piden para seis meses. Eso te dice algo sobre la magnitud de lo que viene. No es una cifra para emergencia inmediata. Es para sostener operaciones de largo aliento en una población de setecientos mil personas en los municipios más afectados.