El abuso no debe quedar reservado al ámbito privado. Es un delito.
El abuso emocional (20,9%), negligencia (19,3%) y explotación financiera (11,7%) son las formas más comunes de maltrato en la vejez. Las mujeres enfrentan tasas más altas de abuso, y las residencias de larga estadía presentan prevalencias mayores que los hogares.
- Más de 1 de cada 4 adultos mayores sufre abuso (análisis de 776.044 personas en 35 países)
- Abuso emocional 20,9%, negligencia 19,3%, explotación financiera 11,7%
- Población de mayores de 60 años llegará a 2.100 millones en 2050
- Convención Interamericana aprobada en 2015 con 14 ratificaciones en América Latina
Un análisis de 776.000 personas en 35 países revela que más del 25% de los adultos mayores sufre algún tipo de abuso, siendo el emocional el más frecuente. La ONU insta a pasar de la sensibilización a acciones concretas de prevención.
Una vecina de veinticinco años vacía la cuenta bancaria de un jubilado de setenta y ocho. Una cuidadora ignora los pedidos de atención médica de una mujer de ochenta y siete. Un hijo le dice repetidamente a su padre de noventa y cinco que es una carga, lo insulta a diario. Estas escenas no son excepcionales. Ocurren cada día en casas, residencias y comunidades alrededor del mundo, con una frecuencia que desafía lo que la mayoría de las personas imagina posible.
Un análisis de noventa y cuatro estudios que abarcó más de setecientos setenta y seis mil personas en treinta y cinco países, publicado en la revista BMC Public Health, llegó a una conclusión inquietante: más de uno de cada cuatro adultos mayores sufre algún tipo de abuso. La cifra probablemente sea conservadora. El miedo, la dependencia económica y emocional del agresor, y la vergüenza mantienen muchos casos en silencio, nunca reportados, nunca contados. Hoy, quince de junio, marca el Día Mundial de Toma de Conciencia del Abuso y Maltrato en la Vejez. Este año, la Organización de las Naciones Unidas eligió un lema que rechaza la complacencia: "Más allá de la sensibilización: lograr una prevención eficaz del maltrato a las personas mayores". El mensaje es claro. Hablar ya no es suficiente. Se necesitan acciones reales.
La Organización Mundial de la Salud define el maltrato en la vejez como cualquier acto único o repetido, o la falta de acción apropiada, dentro de una relación de confianza que cause daño o angustia a una persona mayor. Puede ocurrir en el hogar, en una residencia o en la comunidad. Casi siempre lo ejerce alguien cercano. Alejandra Vázquez, psicóloga argentina especializada en violencias contra adultos mayores y docente de posgrados sobre gerontología en la Universidad de Buenos Aires, subraya un punto fundamental: esto no es un asunto privado. Es una vulneración de derechos humanos. Cuando se detectan señales de abuso, los vecinos, los médicos, los amigos y los familiares no deben minimizar lo que ven ni tratarlo como un conflicto cotidiano normal. El abuso es un delito. Debe ser denunciado. Y es fundamental escuchar a la persona mayor con respeto, sin juzgar, evitando presionarla, porque muchas veces siente miedo, vergüenza, y sufre dependencia tanto emocional como económica respecto de quien ejerce la violencia.
El análisis de BMC Public Health identificó seis tipos de maltrato. El abuso emocional o psicológico—insultos, humillaciones, amenazas—es el más frecuente, con una prevalencia del veinte punto nueve por ciento. Le sigue la negligencia, cuando quien cuida a una persona mayor no le brinda la alimentación, la atención médica o la protección que necesita, con diecinueve punto tres por ciento. La explotación financiera, el uso ilegal o inapropiado del dinero o los bienes, alcanza once punto siete por ciento. El abuso verbal llega a once por ciento, el físico a siete punto nueve por ciento, y el sexual a uno punto cinco por ciento, aunque este último está severamente subregistrado por el estigma que rodea su denuncia. Las mujeres enfrentan tasas de abuso más altas que los hombres. Los entornos institucionales, como las residencias de larga estadía, muestran prevalencias mayores que los hogares, en parte por la falta de personal capacitado y los desequilibrios de poder entre cuidadores y residentes.
Reconocer el abuso a tiempo puede marcar una diferencia real. La Unidad de Prevención del Abuso a Personas Mayores de Australia ha identificado señales concretas en distintos planos. En lo emocional: tristeza persistente, miedo, apatía, cambios en el sueño, reticencia a hablar con libertad, resignación ante situaciones que claramente no están bien. En lo financiero: facturas sin pagar, transacciones extrañas en cuentas bancarias, retiros frecuentes de cajero acompañados por otra persona, cambios repentinos en testamentos o poderes notariales, incapacidad para costear necesidades básicas. En lo físico: moretones o heridas sin explicación, pérdida de peso repentina, heridas sin tratar, mala higiene, signos de sedación inapropiada. En el entorno: el hogar en malas condiciones, la persona incapaz de salir sola o recibir visitas, alguien más tomando todas las decisiones por ella.
Para dos mil cincuenta, la población mundial de personas mayores de sesenta años llegará a dos mil cien millones, el doble de la actual. Sin políticas específicas de prevención, el número de víctimas de abuso crecerá al mismo ritmo que la población que envejece. En América Latina, sin embargo, existe un marco legal que empieza a dar respuestas. La Convención Interamericana sobre la Protección de los Derechos Humanos de las Personas Mayores, aprobada por la Organización de los Estados Americanos en dos mil quince, ya cuenta con catorce ratificaciones en la región y tiene rango constitucional en Argentina. Establece el derecho de toda persona mayor a vivir sin violencia, a recibir trato digno y a ser respetada sin distinción. Define la violencia como cualquier acción o conducta que cause muerte, daño o sufrimiento físico, sexual o psicológico, incluyendo abuso financiero, explotación laboral, abandono y negligencia. Los Estados se comprometieron a adoptar medidas legislativas y administrativas para prevenir, investigar, sancionar y erradicar estos actos, y a fortalecer mecanismos de denuncia.
En Argentina, cualquier persona que tome conocimiento de un hecho de abuso está legitimada para interponer una denuncia ante la comisaría del barrio, la fiscalía de turno o un juzgado. La Oficina de Violencia Doméstica de la Corte Suprema de Justicia se ocupa no solo de tomar las denuncias sino de gestionar los dispositivos legales para poner fin al abuso lo más rápido posible. La Justicia puede ordenar dispositivos de alerta, prohibiciones de acercamiento, prohibiciones de contacto, medidas de exclusión del hogar. En la Ciudad de Buenos Aires, el programa Proteger ofrece asistencia psicológica, legal y social, contactable al cero ochocientos doscientos veintidós cuatro mil quinientos sesenta y siete. Quien detecte una situación de abuso o la sufra no está solo. Hay herramientas legales, instituciones y profesionales listos para intervenir.
Citações Notáveis
Se debe tener en cuenta que el abuso hacia las personas mayores no es un asunto privado ni individual, sino una vulneración de derechos humanos— Alejandra Vázquez, psicóloga especializada en violencias contra adultos mayores
La intervención temprana es clave, porque las consecuencias del maltrato pueden afectar gravemente la salud física, emocional, social y económica— Alejandra Vázquez
A Conversa do Hearth Outra perspectiva sobre a história
¿Por qué el abuso emocional es tan prevalente comparado con otras formas?
Porque es invisible. Un insulto no deja marca como un golpe. El agresor puede negarla, la víctima puede dudar de sí misma. Y ocurre dentro de relaciones de confianza, donde la persona mayor ya está vulnerable.
¿Qué hace que una residencia sea más peligrosa que un hogar?
El poder desbalanceado. En una residencia, el cuidador controla todo: cuándo come, cuándo duerme, quién la visita. Si ese cuidador no está capacitado o está sobrecargado, la negligencia es casi inevitable.
¿Por qué las mujeres sufren más abuso?
Porque históricamente han sido vistas como más vulnerables, menos capaces de defenderse. Y porque muchas veces dependen económicamente de sus hijos o parejas. Esa dependencia es el terreno perfecto para la explotación.
¿Qué impide que las personas mayores denuncien?
Miedo a represalias, vergüenza de admitir que alguien cercano las está lastimando, dependencia económica del agresor. A veces ni siquiera reconocen lo que les pasa como abuso. Lo normalizaron.
¿Cambió algo con la Convención de 2015?
Sí, pero lentamente. Ahora hay un marco legal, hay instituciones que pueden actuar. Pero la ley solo funciona si alguien denuncia. Y la mayoría de los casos nunca llegan a denunciarse.