Una presidencia con más control directo y menos barreras institucionales
En el 250 aniversario de su independencia, Estados Unidos no solo celebró su historia sino que reveló una tensión profunda en su arquitectura institucional: la acumulación de poder ejecutivo bajo Donald Trump, sostenida por decretos sin precedente y una Corte Suprema favorable, plantea preguntas que los fundadores dejaron abiertas sobre los límites del liderazgo en una república. La fiesta y la inquietud coexistieron, como suele ocurrir cuando una nación se mira al espejo en sus momentos más solemnes.
- Trump ha firmado 267 órdenes ejecutivas en apenas dieciocho meses, un ritmo que supera todo lo visto en presidencias recientes y que ha reconfigurado migración, burocracia y política energética sin esperar al Congreso.
- El Tribunal Supremo, con mayoría de magistrados designados por Trump, ha ampliado su inmunidad penal y su control sobre agencias independientes, reduciendo los cortafuegos institucionales que frenan al Ejecutivo.
- En el Capitolio, la disciplina de partido ha sustituido al contrapeso legislativo: Trump llegó a bloquear una ley bipartidista de vivienda para imponer su propia agenda electoral, demostrando hasta dónde llega su influencia sobre los suyos.
- Las encuestas revelan una ciudadanía dividida pero no rendida: la mayoría sigue prefiriendo la separación de poderes y teme que una presidencia excesivamente fuerte amenace la república en las próximas décadas.
- Las elecciones de noviembre se perfilan como el próximo punto de inflexión: un Congreso demócrata podría abrir investigaciones, bloquear presupuestos e incluso iniciar un tercer juicio político contra Trump.
Desde el Monte Rushmore, Trump celebró 250 años de independencia estadounidense proclamando que había rescatado a una nación del declive. Pero la fecha subrayaba algo más que un aniversario: marcaba un momento de transformación institucional en el que los contrapesos constitucionales se han erosionado de formas que generan creciente inquietud.
Desde su regreso a la Casa Blanca en enero de 2025, Trump ha firmado 267 órdenes ejecutivas, superando en dieciocho meses las 220 que rubricó en cuatro años de su primer mandato. Estos decretos han reconfigurado la política migratoria, vaciado organismos, controlado agencias reguladoras y reorientado la política energética. Algunos han sido bloqueados por jueces, pero la estrategia consiste en avanzar primero y dejar que la Justicia fije los límites después.
La Corte Suprema, con tres magistrados designados por Trump, ha ampliado su margen de maniobra: reconoció una inmunidad penal amplia para actos presidenciales oficiales y le otorgó mayor poder para destituir responsables de agencias independientes. En el Congreso, su partido domina ambas cámaras y sus líderes evitan desafiarlo, lo que le permite imponer prioridades incluso frente a los suyos, como demostró al bloquear una ley bipartidista de vivienda para exigir antes su reforma electoral.
Sin embargo, ese dominio tiene fecha de caducidad potencial. Si los demócratas recuperan alguna cámara en noviembre, Trump se encontraría con investigaciones, bloqueos presupuestarios y la posibilidad de un tercer juicio político.
El aniversario reveló también las fracturas del relato nacional. Mientras Trump proclamaba una excepcionalidad sin sombras, medios progresistas volvían sobre las contradicciones fundacionales: la esclavitud, el despojo de los pueblos nativos, las guerras de expansión. Desde Nueva York, el alcalde Zohran Mamdani, socialista nacido en Uganda, ofreció desde el escritorio de George Washington una visión alternativa: un patriotismo basado en reconocer las heridas del país y garantizar dignidad a quienes llegan.
Las encuestas muestran que la mayoría de los estadounidenses sigue valorando la separación de poderes y que el 56% teme que el país pueda dejar de ser libre en cincuenta años. El 250 aniversario quedó así marcado no solo por la celebración, sino por la pregunta de qué significa ser una república cuando sus contrapesos se debilitan.
En el Monte Rushmore, mientras celebraba 250 años de independencia estadounidense, Donald Trump proclamaba la excepcionalidad de una nación que, según él, había rescatado del declive. Pero la fecha no marcaba solo un aniversario histórico: también subrayaba un momento de transformación institucional en el que los contrapesos que la Constitución diseñó para limitar el poder presidencial se han erosionado de formas que generan creciente inquietud.
Desde que Trump regresó a la Casa Blanca el 20 de enero de 2025, ha firmado 267 órdenes ejecutivas. En apenas dieciocho meses ha superado las 220 que rubricó durante cuatro años completos de su primer mandato. Para dimensionar el ritmo: Joe Biden firmó 77 en todo 2021, Barack Obama 147 en su primer año, George W. Bush 54. Estos decretos no son trámites administrativos menores. Han reconfigurado la política migratoria, transformado la burocracia federal, vaciado organismos, controlado agencias reguladoras, reorientado la política energética y la ayuda exterior. Algunos han sido bloqueados por jueces federales, pero la estrategia permite a Trump avanzar primero por vía ejecutiva y dejar que la Justicia determine después los límites.
La Corte Suprema, donde tres de los nueve magistrados fueron designados por Trump, ha ampliado gradualmente su capacidad para controlar el Ejecutivo. En 2024 reconoció una inmunidad penal amplia para los actos oficiales presidenciales y redujo la posibilidad de que los jueces bloqueen órdenes de la Casa Blanca en todo el país. Hace poco amplió su poder para destituir responsables de agencias federales independientes, una decisión que Trump presentó como la devolución de autoridad que le corresponde. La Reserva Federal mantiene por ahora una protección especial y el Congreso conserva facultades legislativas y presupuestarias, pero el resultado es una presidencia con más control directo sobre la administración federal y menos barreras institucionales.
En el Congreso, Trump ha logrado un dominio político poco habitual. No porque hayan desaparecido formalmente los poderes del Capitolio, sino porque su partido domina ambas cámaras y buena parte de sus líderes evita desafiarlo. Esa mayoría le permite condicionar la agenda, acelerar confirmaciones, frenar investigaciones incómodas y usar la amenaza de primarias para disciplinar disidentes. A finales de junio anuló la firma de una ley bipartidista de vivienda para exigir antes la aprobación de su reforma electoral, demostrando hasta qué punto puede imponer prioridades incluso frente a los líderes de su propio partido.
Pero ese dominio puede cambiar en noviembre. Si los demócratas recuperan la Cámara de Representantes o, menos probable pero no descartado, el Senado, Trump se encontraría con comisiones de investigación, mayor capacidad de bloqueo presupuestario y un Congreso mucho menos dispuesto a acompañar su agenda. Podría enfrentar un tercer juicio político de destitución, un récord para cualquier presidente.
La celebración del aniversario reveló también las fracturas en la conversación pública estadounidense. Mientras Trump proclamaba una nación excepcional sin culpa ni arrepentimiento por su historia, grandes medios de orientación progresista volvieron una y otra vez sobre las contradicciones fundacionales: la esclavitud de algunos padres fundadores, el despojo y las masacres contra pueblos nativos, las guerras de expansión. El aniversario se celebró así entre dos relatos que conviven con dificultad.
Entre los estadounidenses comunes, el balance es complejo. Una encuesta del Instituto Cato mostró que el 86% se declara agradecido de ser estadounidense y el 79% orgulloso. Pero solo el 34% cree que Estados Unidos está por encima de todos los demás países. La mayoría sigue valorando la Constitución y la separación de poderes: el 61% prefiere que la autoridad esté repartida entre instituciones aunque eso ralentice el Gobierno; el 72% sostiene que el presidente debe acatar al Supremo incluso cuando discrepe; el 58% considera que ningún partido debería acumular demasiado poder. Al mismo tiempo, el 56% teme que Estados Unidos pueda dejar de ser un país libre en los próximos cincuenta años, identificando la corrupción, los abusos de poder y una presidencia excesivamente fuerte como amenazas para la república.
La respuesta más visible a Trump llegó desde Nueva York, donde Zohran Mamdani, alcalde de la ciudad y declarado socialista nacido en Uganda, grabó un mensaje desde el escritorio que usó George Washington en el Ayuntamiento. Rodeado de nuevos ciudadanos, contrapuso al excepcionalismo sin matices de Trump una idea de patriotismo basada en reconocer las heridas del país y defender la aportación de los inmigrantes. Sostuvo que Estados Unidos no debe exigir a quienes llegan que se sientan agradecidos por estar, sino garantizarles dignidad, pertenencia y derechos. Así, el aniversario de 250 años quedó marcado no solo por la celebración presidencial, sino por la pregunta de qué significa ser una república cuando los contrapesos constitucionales se erosionan.
Citas Notables
A sus 250 años, los Estados Unidos de América son la república más antigua de la Tierra. Somos el pueblo más libre de la Tierra.— Donald Trump, discurso en el Monte Rushmore
Estados Unidos no debe exigir a quienes llegan que se sientan agradecidos por estar, sino garantizarles dignidad, pertenencia y derechos.— Zohran Mamdani, alcalde de Nueva York
La Conversación del Hearth Otra perspectiva de la historia
¿Por qué importa que Trump haya firmado 267 órdenes ejecutivas en lugar de 77 o 147? ¿No es solo un número?
Porque el ritmo revela una estrategia. No es que esté haciendo más trabajo administrativo. Es que está usando el decreto como instrumento de transformación estructural: migración, burocracia, regulación. Está gobernando sin esperar al Congreso.
Pero el Supremo le bloqueó la orden sobre ciudadanía por nacimiento. ¿No eso demuestra que los contrapesos funcionan?
Funcionan, pero parcialmente. Ese mismo día, la Corte le dio una victoria mayor: ampliar su poder sobre agencias independientes. Es como si los frenos existieran, pero se estuvieran aflojando.
¿Qué cambia si los demócratas ganan en noviembre?
Todo. Pasaría de tener un Congreso que lo acompaña a uno que lo investiga. Comisiones, bloqueos presupuestarios, posiblemente un tercer juicio político. Es la única variable que podría realmente limitar lo que está haciendo.
¿Entonces los estadounidenses están asustados?
Algunos sí. El 56% teme que el país deje de ser libre en cincuenta años. Pero el 86% sigue sintiéndose agradecido de ser estadounidense. No es miedo generalizado. Es inquietud específica sobre el poder presidencial.
¿Qué quiso decir Mamdani con su mensaje desde el escritorio de Washington?
Que el patriotismo no es lo que Trump proclama desde el Monte Rushmore. No es orgullo sin crítica. Es reconocer las heridas y defender a quienes llegan. Es una idea completamente distinta de qué significa ser estadounidense.