Trump celebra 250 años de EE.UU. con feria MAGA mientras una decena de Estados boicotean el evento

Se ve que no se sienten parte de Estados Unidos
Una visitante de Massachusetts reacciona al encontrar vacío el stand de su estado.

En el umbral del 250 aniversario de la Declaración de Independencia, la administración Trump ha convertido el National Mall en un escenario de afirmación nacional selectiva: una feria estatal que celebra una versión de América depurada de sus contradicciones más dolorosas. Mientras familias recorren stands sellando pasaportes simbólicos, una decena de estados demócratas ha elegido la ausencia como forma de protesta, recordándonos que los aniversarios de las naciones son siempre, también, batallas por el relato.

  • La Gran Feria Estatal Estadounidense abre en Washington con la promesa de unir a los 50 estados, pero una decena de ellos —Oregon, Massachusetts, Vermont, Alaska y otros— la boicotea acusando al gobierno de instrumentalizar el bicentenario con fines partidistas.
  • El evento refleja fielmente la estética MAGA: arquitectura de inspiración grecolatina, narrativa nacional triunfante y una llamativa ausencia de referencias a los derechos civiles, la historia indígena o el legado del racismo.
  • Freedom 250, la organización creada por Trump al regresar al poder, ha desplazado a America 250 —entidad fundada por el Congreso hace una década— y ya ha convertido el Mall en sede de un servicio cristiano, un evento de artes marciales y dos mítines presidenciales.
  • La participación real de los estados es desigual y a menudo testimonial: Arizona convoca colas con realidad virtual, Carolina del Sur vende hospitalidad sureña y golf, y algunos estados cedieron sus espacios a empresas privadas.
  • Entre los visitantes —familias de Pensilvania, amigos de Míchigan, una hija que trabaja en el stand de Idaho— la división política parece lejana; coleccionan sellos en sus pasaportes ajenos a la tormenta que rodea la feria.

Hace 150 años, Filadelfia celebró el primer centenario de la independencia con una feria mundial que atrajo casi diez millones de personas, presentó el teléfono de Bell y convocó a Wagner para componer una marcha. Este jueves, en el National Mall de Washington, abrió la Gran Feria Estatal Estadounidense para conmemorar los 250 años de la Declaración de Independencia. La comparación es reveladora: esta edición es más modesta, más ideológica, y profundamente marcada por la agenda de Donald Trump.

Los visitantes avanzan de stand en stand sellando un pasaporte simbólico que acredita haber recorrido el país. Los espacios se distribuyen en dos construcciones temporales de aire grecolatino —un estilo que Trump impuso mediante decreto para "devolver la belleza" a la arquitectura federal— flanqueadas por una noria y un recinto para rodeos. Hay un arco de triunfo de cartón piedra. Trump aspira a construir uno de granito de 85 metros cerca del lugar.

La feria también refleja la "limpieza ideológica" que Trump ordenó en las instituciones culturales: las conquistas del movimiento de derechos civiles y la historia de los pueblos indígenas están casi completamente ausentes. Los personajes afroamericanos y nativos que aparecen lo hacen como leyendas del deporte o la música, no como protagonistas de luchas políticas.

Una decena de estados —Oregon, Washington, Massachusetts, Maine, Vermont, Hawái, Alaska y Connecticut, casi todos gobernados por demócratas— rechazaron participar alegando tanto razones presupuestarias como "instrumentalización política" del aniversario. Otros, como Nueva Jersey y Carolina del Norte, cedieron sus espacios a empresas privadas. La organización Freedom 250, creada por Trump al regresar al poder, desplazó a America 250 —entidad fundada por el Congreso hace una década— y ya ha programado dos mítines presidenciales junto al Monumento a Washington: uno el miércoles como preludio a la feria, otro el 4 de julio.

Entre quienes sí acudieron, la política parecía lejana. Familias de Pensilvania, amigos de Míchigan que no veían nada político en el evento, una mujer de Texas que vino porque su hija trabaja en el stand de Idaho. Todos acumulaban pegatinas y sellos, ajenos o indiferentes a la fractura que la feria, en su propia existencia, encarnaba.

Hace 150 años, cuando Estados Unidos cumplió un siglo de independencia, Filadelfia acogió una feria mundial que atrajo casi diez millones de visitantes. Se levantaron 200 edificios. Richard Wagner compuso una marcha. Alexander Graham Bell presentó el teléfono. Fue un acontecimiento de envergadura genuina, un país contándose a sí mismo su propia historia con ambición.

Este jueves, en el National Mall de Washington, se abrió la Gran Feria Estatal Estadounidense. Permanecerá hasta el 10 de julio, y celebra que el próximo sábado la Declaración de Independencia cumple 250 años. Pero la comparación con 1876 revela más diferencias que similitudes. Esta es una feria más modesta, más acorde con el ideal de América Primero que define el movimiento MAGA del presidente Donald Trump. Los 50 estados y seis territorios fueron convocados a participar. Una decena de ellos declinó la invitación.

La feria funciona como un simulacro de tradición americana: los visitantes avanzan de un stand estatal al siguiente, sellando un pasaporte que acredita haber recorrido todos. A primera hora de la tarde, la mayoría de asistentes eran estadounidenses, entregados a ese ritual de conocer el país antes de cumplir cierta edad. Los espacios se distribuyen en dos construcciones temporales que se suceden como barracones militares, organizadas alrededor de una noria que gira lentamente y un modesto recinto para rodeos. Hay un arco de triunfo de cartón piedra. Trump aspira a construir uno de granito de 85 metros de altura cerca de los terrenos de la feria, flanqueada por el Capitolio al este y el Monumento a Washington al oeste.

Todo tiene un aire grecolatino de utilería. La explicación está en las obsesiones del presidente. Poco después de regresar al poder, Trump dictó un decreto pidiendo "devolver la belleza a la arquitectura federal" y declarando la guerra a los edificios modernos de Washington, especialmente los brutalistas. Aunque muchas de sus iniciativas ejecutivas han sido frenadas por los tribunales, al menos ha podido erigir estas estructuras temporales con un estilo que, según él, habría complacido a los Padres Fundadores. También ordenó una "limpieza ideológica" de las instituciones culturales para "recuperar la cordura" y "restaurar" la historia de Estados Unidos como un relato que ignora asuntos como el racismo o el genocidio indígena. Esas verdades incómodas están casi completamente ausentes de la feria. No hay referencias visibles a las conquistas de la era de los derechos civiles o al empoderamiento de los pueblos originarios en los años sesenta y setenta. Hay personajes afroamericanos representados, y nativos, pero compiten en su condición de leyendas de la música o el deporte.

Los estados que boicotean el evento —entre ellos Oregón, Washington, Massachusetts, Maine, Vermont, Hawái, Alaska y Connecticut, casi todos gobernados por demócratas— alegan tanto prioridades presupuestarias como "instrumentalización política" del aniversario. Cuando Trump regresó a la Casa Blanca, creó el Grupo de Trabajo Salute To America, del que depende una organización llamada Freedom 250, que dejó inútil a America 250, una entidad creada hace una década por orden del Congreso. Los planes de Freedom 250 ya han dado frutos: un servicio cristiano en el Mall, un evento de artes marciales mixtas en la Casa Blanca, y dos mítines de Trump a la sombra del Monumento a Washington. El primero tuvo lugar el miércoles como preludio a la apertura de la feria. El segundo está previsto para el 4 de julio.

La participación de otros estados es testimonial. Nueva Jersey y Carolina del Norte optaron por una tercera vía: dejaron sus espacios a empresas privadas y gobiernos locales. Arizona era la única parada que este jueves convocaba colas a su puerta, con una propuesta de viaje por realidad virtual. Florida también atraía visitantes. Keith Krach, el empresario de Silicon Valley que dirige Freedom 250, confió hace una semana que la feria recibiría entre 100.000 y 150.000 personas diarias. Los gobernadores republicanos de Ohio y Nebraska estaban presentes apoyando sus stands. Virginia Occidental gira en torno a la canción de John Denver. Carolina del Sur se centra en el golf, la hospitalidad sureña y el aire acondicionado. El golf, las vacas y las patatas repiten como reclamos en varios estados. Abraham Lincoln es motivo de disputa entre Kentucky, donde nació, e Illinois, donde se convirtió en político.

Una visitante de Massachusetts salió del stand vacío de su estado con considerable enfado. "Se ve que no se sienten parte de Estados Unidos", dijo. Dos amigos de Míchigan, Ed Beach y Phil Hough, no se explicaban cómo alguien podría ver algo político en la feria. Había muchas familias deambulando, como la de Marcus Walters, llegada desde Pensilvania con sus dos hijos. Renee Thompson vino desde Texas porque su hija trabaja en el stand de Idaho. Todos acumulaban pegatinas y sellos en sus pasaportes, ajenos o indiferentes a la división política que la feria encarnaba.

Se ve que no se sienten parte de Estados Unidos
— Visitante de Massachusetts
El golf y la hospitalidad sureña
— Representante del stand de Carolina del Sur
La Conversación del Hearth Otra perspectiva de la historia
Inventor

¿Por qué una decena de estados rechazaría participar en una celebración nacional?

Model

Porque ven en esto algo más que una feria. Ven un acto de control narrativo, una forma de contar la historia de Estados Unidos que deja fuera partes incómodas.

Inventor

¿Qué partes incómodas?

Model

El racismo, el genocidio indígena, la lucha por los derechos civiles. La feria celebra lo positivo, pero silencia lo que duele.

Inventor

¿Y eso justifica no participar?

Model

Para los gobernadores demócratas, sí. Ven que Trump está usando el aniversario para consolidar su propia visión política, no para contar la historia completa del país.

Inventor

¿Qué tan visible es esa división en la feria misma?

Model

Muy visible. Massachusetts tiene un stand vacío. Nueva Jersey y Carolina del Norte cedieron sus espacios a empresas privadas. Es como si dijesen: no queremos estar aquí, pero tampoco queremos que se note demasiado.

Inventor

¿Y los visitantes lo ven?

Model

La mayoría no. Están sellando pasaportes, disfrutando de la experiencia. Algunos, como esos dos amigos de Míchigan, insisten en que no hay nada político en todo esto. Pero la política está en cada decisión: qué se muestra, qué se oculta, quién está y quién no.

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