La confianza traicionada dispara estrés como un trauma
Desde tiempos inmemoriales, el engaño ha sido parte de la condición humana; lo que ha cambiado no es la mentira en sí, sino la velocidad y el alcance con que ahora se propaga. Thomas Erikson, experto en comportamiento humano, advierte que las redes sociales han convertido un vicio antiguo en una epidemia global, erosionando la confianza colectiva y, con ella, la empatía que sostiene el tejido social. La pérdida de confianza no es solo un fenómeno cultural: tiene consecuencias biológicas reales, comparables al estrés postraumático. Ante este panorama, Erikson propone una respuesta tan sencilla como radical: desconectarse.
- Las redes sociales han transformado la mentira de un acto individual en un fenómeno viral, capaz de cruzar continentes en segundos y distorsionar la realidad de millones.
- La empatía global ha caído un 40% en tres décadas según estudios de la Universidad de Michigan, una cifra que señala una fractura profunda en la forma en que nos relacionamos con los demás.
- La desconfianza crónica no es solo emocional: activa en el cuerpo un estado de alerta permanente con síntomas similares al trastorno de estrés postraumático, convirtiendo el entorno digital en una fuente de daño físico real.
- Erikson identifica a TikTok como el eslabón más peligroso de esta cadena, pues los jóvenes lo usan como fuente primaria de información sin filtros ni verificación.
- La desintoxicación digital —incluso de treinta días— emerge como la estrategia más concreta para recuperar claridad mental, y hay señales de que los propios jóvenes están comenzando a abandonar las plataformas por iniciativa propia.
Thomas Erikson, experto en comportamiento humano, sostiene que la mentira no es un invento moderno: los textos antiguos ya estaban llenos de engaños e intrigas. Lo que cambió radicalmente fue internet. Las redes sociales tomaron un problema tan viejo como la humanidad y lo convirtieron en epidemia, permitiendo que la desinformación viaje de Madrid a Quebec en quince segundos.
Erikson observa que la tendencia a mentir varía según la personalidad. Quienes priorizan el poder y el individualismo mienten con más frecuencia; quienes abrazan valores como la autenticidad y la familia, menos. Hay un patrón curioso: cuanto más cercana es una persona, menos solemos engañarla. La honradez debería ser el fundamento de las relaciones íntimas. Y sin embargo, hay una paradoja inquietante: quienes obtienen mejores puntuaciones en los tests de honestidad pueden ser, precisamente, los mentirosos más hábiles.
Lo que más preocupa al experto no es el acto de mentir en sí, sino lo que destruye: la confianza. Una vez rota, el cuerpo entra en un estado de alerta casi permanente. El estrés se dispara y aparecen síntomas comparables al trastorno de estrés postraumático. No saber en quién confiar tiene un coste biológico real. A escala global, un estudio de la Universidad de Michigan documentó una caída del 40% en los niveles de empatía a lo largo de tres décadas, una cifra que Erikson vincula directamente con la desconfianza que alimenta la mentira.
Las redes sociales son, en su análisis, el gran amplificador. Los titulares alarmantes captan más atención que los positivos. Las plataformas son terreno fértil para los narcisistas. Y TikTok representa un riesgo especial: los jóvenes ya no buscan información en ningún otro lugar. Ante esta espiral, Erikson propone una solución personal: desconectarse. Él mismo pasó seis semanas completamente fuera de todas las plataformas. Anima a otros a intentarlo al menos treinta días. Y encuentra un motivo de esperanza: los jóvenes parecen estar abandonando las redes por cuenta propia, mientras que son los millennials quienes permanecen más enganchados. Quizás, sugiere, eso augure algo mejor.
Thomas Erikson, experto en comportamiento humano, sostiene que vivimos en un momento de crisis de confianza sin precedentes, y que las redes sociales han sido el catalizador que transformó un problema antiguo en una epidemia moderna. La mentira, explica, no es nueva. Está tejida en nuestro ADN desde tiempos remotos. Los textos antiguos están llenos de engaños, intrigas políticas, manipulaciones de todo tipo. Pero algo cambió radicalmente en los últimos años, y ese algo tiene un nombre: internet.
La capacidad de mentir existe en todos nosotros en grados distintos. Algunos mienten constantemente; otros se divierten con la manipulación; algunos tienen el hábito sin poder evitarlo; unos pocos luchan genuinamente por ser auténticos. Erikson observa que la mentira está ligada a rasgos de personalidad específicos. Las personas más individualistas, aquellas con mayor apetencia por el poder, tienden a mentir más para conseguir sus objetivos. En cambio, quienes abrazan valores más tradicionales—aquellos que priorizan la autenticidad, la confianza, la honradez, la familia—mienten menos. Es un espectro, no una línea divisoria clara.
Pero hay algo paradójico en esto. Erikson incluye en su trabajo un test para que cada persona mida su propia tendencia a la mentira. Lo curioso es que muchos de quienes obtienen las mejores puntuaciones en honestidad son, probablemente, los mayores mentirosos. Es difícil estudiar la mentira precisamente porque no puedes confiar en que quienes responden tus preguntas te digan la verdad. La mentira, cuando se domina bien, es casi invisible.
La razón por la que mentimos varía. A veces son las pequeñas mentiras blancas—decirle a alguien que su chaqueta azul le queda bien cuando en realidad esperas que conserve el ticket. Son intrascendentes, menos problemáticas, nos ayudan a navegar situaciones incómodas. Otras veces la mentira busca ventaja personal, ganancia competitiva. A veces protege, ya sea a nosotros mismos o a otros. A veces evita consecuencias. Pero hay un patrón claro: cuanto más cercana es una persona, menos tendemos a mentirle. En la pareja, en la familia, con los hijos, la honradez debería ser el fundamento. Si no puedes ser auténtico con quienes vives, ¿para qué existe la pareja? A la inversa, cuanta menos cercanía, más probable es que mintamos.
Lo que preocupa a Erikson no es tanto el acto de mentir en sí, sino lo que la mentira destruye: la confianza. Una vez que descubres que alguien te ha mentido, ¿cómo sabes que no volverá a hacerlo? El calibre de la mentira importa menos que el daño a la confianza. Y ese daño tiene consecuencias biofisiológicas reales. Cuando no puedes confiar, tu cuerpo entra en un estado de alerta casi permanente. El estrés se dispara. Aparecen síntomas. Solemos asociar el trastorno de estrés postraumático con eventos horribles, pero la traición de confianza también lo desencadena. No saber en quién confiar es profundamente dañino.
A nivel global, Erikson ve un problema creciente. Un estudio de la Universidad de Michigan que rastreó los niveles de empatía durante tres décadas encontró una reducción de alrededor del 40%. Nos ocupamos y preocupamos menos de los demás. Y esto está directamente conectado con la falta de confianza que genera la mentira. Pero ¿por qué ahora? ¿Por qué parece que todo empeora?
La respuesta es internet, específicamente las redes sociales. Cuando Erikson era niño, no se enteraba de lo que pasaba en casa del vecino a veinte metros de distancia a menos que jugase con su hijo. Hoy, algo que ocurre en Madrid se conoce en Quebec en quince segundos. Las malas noticias viajan más rápido. Los titulares alarmantes captan más atención que los positivos. Las redes sociales son un terreno perfecto para los narcisistas, que se exhiben sin responsabilidad alguna. Estas plataformas han multiplicado exponencialmente las fake news, la manipulación, todo tipo de absurdos. Erikson ve especialmente peligroso TikTok, porque los jóvenes ya ni siquiera buscan en Google; simplemente se informan en TikTok.
Ante esta espiral, Erikson propone una estrategia personal: desintoxicación digital. Él mismo se tomó seis semanas de vacaciones completamente desconectado de LinkedIn, Facebook, de todo lo que supuestamente necesitaba profesionalmente pero que no lo hacía sentir bien. Anima a otros a hacer lo mismo, aunque sea treinta días. Recibir SMS, hacer llamadas, pero estar fuera de toda esa toxicidad que llega continuamente al cerebro. Hay un dato esperanzador: los jóvenes parecen estar dejando las redes sociales, dándose cuenta de las consecuencias. Son los millennials quienes están más enganchados. Quizás, sugiere Erikson, esto tenga consecuencias positivas.
Citações Notáveis
Las redes sociales han disparado las fake news, las manipulaciones y todo tipo de estupideces— Thomas Erikson
No saber en quién se puede confiar es muy dañino— Thomas Erikson
A Conversa do Hearth Outra perspectiva sobre a história
¿Entonces la mentira no es un problema moral sino un rasgo de personalidad?
Exacto. No nacemos esencialmente buenos. La mentira está en nuestro ADN. Lo que varía es cuánto la usamos y para qué. Algunos la usan para ganar, otros para proteger, otros simplemente porque pueden.
Pero dijiste algo curioso sobre el test de honestidad. ¿Cómo es posible que los más honestos sean los mayores mentirosos?
Porque los mejores mentirosos saben exactamente qué respuesta esperas. Mienten sobre su propia honestidad. Es casi irónico. Por eso estudiar la mentira es tan difícil.
¿Y la confianza? ¿Por qué es tan importante que dediques tanto tiempo a hablar de ella?
Porque la confianza es el pegamento de cualquier relación, y cuando se rompe, el cuerpo entra en estrés crónico. No es solo un problema emocional. Es biofisiológico. Tu sistema nervioso se queda en alerta permanente.
Mencionaste que la empatía ha caído un 40% en tres décadas. ¿Eso es causa o consecuencia de las redes sociales?
Probablemente ambas. Las redes sociales amplificaron algo que ya existía, pero también nos deshumanizaron. Cuando ves a miles de personas como números, es más fácil mentir, manipular, no importarte.
¿Entonces tu solución es simplemente desconectarse?
No es simplemente desconectarse. Es reconocer que esa toxicidad está diseñada para captar tu atención con lo peor. Seis semanas sin redes sociales me mostró cuánto ruido innecesario estaba consumiendo. Algunos pueden manejarlo mejor que otros, pero la mayoría de nosotros necesitamos un respiro.
¿Hay esperanza en que esto cambie?
Los jóvenes se están dando cuenta. Están dejando las redes sociales. Eso es un signo. No es que la mentira desaparezca, pero quizás aprendamos a no amplificarla tanto.