La tecnología existe. Lo que falta es la voluntad de implementarla.
El 24 de junio, un terremoto doble sacudió Venezuela y expuso una brecha que va más allá de la geología: la distancia entre lo que la ley ordena y lo que la realidad construye. Los aisladores sísmicos —dispositivos capaces de reducir hasta un 70% la fuerza destructiva de un sismo— existen, están normados y son obligatorios, pero menos de una cuarta parte de los edificios venezolanos los incorporan. En la historia larga de las ciudades y los desastres, este episodio repite una lección que la humanidad conoce bien: la tecnología que salva vidas pocas veces falla por ignorancia, sino por la distancia entre el conocimiento y su aplicación.
- Un terremoto doble golpeó Venezuela el 24 de junio y dejó destrucción masiva, reabriendo la pregunta sobre por qué tan pocos edificios están preparados para lo que la naturaleza inevitablemente repite.
- Menos del 25% de las construcciones venezolanas cumplen con la norma COVENIN 1756, que exige diseños sismorresistentes en edificios nuevos, pese a que el país se asienta sobre una zona de alta actividad telúrica.
- Los aisladores sísmicos —cilindros de capas alternas de caucho y acero instalados entre la base del edificio y sus cimientos— absorben el movimiento lateral del suelo y reducen entre un 50% y un 70% las fuerzas que llegan a la estructura.
- Experimentos comparativos demostraron que edificios con aisladores sufren daños significativamente menores y se comportan de forma más predecible que estructuras convencionales ante sismos de magnitud extrema.
- La brecha entre la norma escrita y la práctica constructiva sigue sin cerrarse, y cada nuevo sismo encuentra a la mayoría de los edificios venezolanos sin las defensas que podrían marcar la diferencia entre el daño y la catástrofe.
El terremoto doble que sacudió Venezuela el 24 de junio dejó destrucción masiva y volvió a plantear una pregunta incómoda: ¿por qué tan pocos edificios están equipados para resistir lo que la naturaleza inevitablemente traerá? La respuesta técnica existe y tiene nombre: aislador sísmico. Según un estudio de 2024, esta tecnología puede reducir hasta un 70% la fuerza destructiva de un terremoto.
La norma venezolana COVENIN 1756 exige diseños sismorresistentes en construcciones nuevas. Es obligatorio. Sin embargo, menos del 25% de los edificios en el país cumplen ese requisito, según la profesora Elena Oliver Saiz, de la Universidad Politécnica de Catalunya. En una zona donde los movimientos telúricos son una certeza, esa brecha entre la ley y la realidad representa un riesgo de dimensiones preocupantes.
El aislador sísmico funciona sobre un principio simple: crear separación entre la base del edificio y sus cimientos mediante capas alternas de caucho y acero. Cuando la tierra se mueve, el dispositivo se deforma lateralmente, absorbiendo la mayor parte del impacto. El edificio experimenta sacudidas mucho menos violentas en su interior. El estudio de 2024 evaluó estructuras de ocho a diez pisos bajo simulaciones de distintas intensidades y encontró reducciones de fuerzas sísmicas de entre 50% y 70%, calificando la eficacia del sistema como notable.
Una comparación experimental entre dos estructuras idénticas —una con aisladores, otra convencional— sometidas a las mismas simulaciones no dejó lugar a dudas: el edificio protegido sufrió daños significativamente menores y mostró un comportamiento más predecible incluso ante terremotos extremos.
Lo que ocurrió el 24 de junio es un recordatorio brutal de lo que sucede cuando esa brecha entre norma y práctica se convierte en realidad. La tecnología existe. El conocimiento existe. Lo que falta es la voluntad o la capacidad de implementarla a escala. Mientras eso no cambie, cada nuevo sismo encontrará a la mayoría de los edificios venezolanos sin las defensas que podrían salvarlos.
El terremoto doble que sacudió Venezuela el 24 de junio dejó un rastro de destrucción masiva que volvió a poner sobre la mesa una pregunta incómoda: ¿por qué tan pocos edificios en el país están equipados para resistir lo que la naturaleza inevitablemente traerá? La respuesta técnica existe. Se llama aislador sísmico, y según un estudio de 2024, puede reducir hasta un 70% la fuerza destructiva de un terremoto.
La norma venezolana COVENIN 1756 exige que las construcciones nuevas incorporen diseños sismorresistentes. Es obligatorio. Y sin embargo, menos del 25% de los edificios en el país cumplen con este requisito, según explica Elena Oliver Saiz, profesora de la Universidad Politécnica de Catalunya. En una zona donde los movimientos telúricos son una certeza, no una posibilidad, esa brecha entre la ley y la realidad representa un riesgo estructural de dimensiones preocupantes.
El aislador sísmico funciona sobre un principio simple pero elegante: crear separación. Se instala entre la base del edificio y sus cimientos, o debajo del último nivel subterráneo si la estructura tiene sótanos. Su forma es cilíndrica, y está hecho de capas alternadas de caucho y acero, una combinación que proporciona exactamente lo que se necesita: flexibilidad para absorber movimiento, rigidez para mantener la integridad. Cuando la tierra se mueve durante un sismo, el aislador se deforma lateralmente, balanceándose de un lado a otro gracias a la elasticidad del caucho. Ese movimiento suave absorbe la mayor parte del impacto, lo que significa que el edificio experimenta sacudidas mucho menos violentas en su interior.
La fuerza sísmica, esa energía que viaja en ondas desde el epicentro hacia la superficie, es responsable de la mayoría de los daños que vemos en las ciudades después de un terremoto. Un estudio publicado en 2024 evaluó cómo se comportaban los aisladores en edificios de ocho a diez pisos sometidos a simulaciones de sismos de distintas intensidades. Los números fueron contundentes: la reducción de fuerzas sísmicas en las estructuras osciló entre un 50% y un 70%. Los investigadores calificaron la eficacia del sistema como notable y destacaron la robustez y resiliencia que aporta esta tecnología en zonas propensas a terremotos.
En una comparación experimental a pequeña escala, dos estructuras idénticas fueron sometidas a las mismas simulaciones sísmicas: una equipada con aisladores, otra con diseño convencional. El resultado no dejó lugar a dudas. El edificio con aisladores sufrió daños significativamente menores y mostró un comportamiento más predecible y confiable, incluso ante terremotos de magnitud extrema. Los autores concluyeron que este tipo de diseño ofrece ventajas claras en desempeño y seguridad.
Lo que sucedió en Venezuela el 24 de junio es un recordatorio brutal de lo que ocurre cuando esa brecha entre la norma y la práctica se convierte en realidad. La destrucción masiva que dejó el terremoto doble evidencia la vulnerabilidad de construcciones sin protección sísmica adecuada. La tecnología existe. El conocimiento existe. Lo que falta es la voluntad o la capacidad de implementarla a escala. Mientras eso no cambie, cada nuevo movimiento telúrico encontrará a la mayoría de los edificios venezolanos sin las defensas que podrían salvarlos.
Citas Notables
La reducción de las fuerzas sísmicas en las estructuras osciló entre un 50% y un 70%, con eficacia calificada como notable— Estudio publicado en 2024 sobre desempeño de aisladores sísmicos
Menos del 25% de las construcciones cuentan con esta tecnología— Elena Oliver Saiz, profesora de la Universidad Politécnica de Catalunya
La Conversación del Hearth Otra perspectiva de la historia
¿Por qué, si la norma lo exige, menos del 25% de los edificios en Venezuela tienen aisladores sísmicos?
Es la brecha clásica entre lo que la ley dice y lo que la realidad permite. Los aisladores son costosos de instalar, requieren expertise en diseño y construcción, y muchos edificios existentes fueron construidos antes de que la norma fuera estricta. Hay inercia, hay presupuesto limitado, hay falta de fiscalización.
¿Cómo exactamente un cilindro de caucho y acero detiene un terremoto?
No lo detiene, lo absorbe. Cuando la tierra se mueve, el aislador se balancea, se deforma lateralmente. Esa flexibilidad es lo que importa. En lugar de transmitir toda la violencia del movimiento al edificio, el aislador la disipa. Es como la diferencia entre caer sobre cemento y caer sobre una colchoneta.
¿Qué tan confiables son esos números del 50% al 70% de reducción?
Vienen de estudios de 2024 que compararon edificios reales de ocho a diez pisos bajo simulaciones sísmicas. No son teóricos. Y cuando compararon experimentalmente una estructura con aisladores contra una convencional, la diferencia en daños fue dramática. Los investigadores los calificaron como notables.
¿Qué pasa con los edificios antiguos que ya están construidos sin esta tecnología?
Eso es el problema real. No puedes simplemente instalar aisladores bajo un edificio que ya está en pie. Tendrías que levantarlo, reforzar los cimientos, colocar los aisladores, bajarlo de nuevo. Es prohibitivamente caro. Por eso la norma exige que los nuevos cumplan. Pero mientras la mayoría del parque inmobiliario sea antiguo, la vulnerabilidad persiste.
¿Entonces el terremoto del 24 de junio en Venezuela fue un fracaso predecible?
Fue la consecuencia de una vulnerabilidad conocida. La tecnología para proteger esos edificios existe desde hace años. Lo que no existe es la decisión política o la capacidad económica para implementarla a escala. Cada terremoto que golpea una ciudad donde menos del 25% de los edificios están protegidos es, en cierto sentido, un desastre que se vio venir.