La primera barrera que nos encontramos es la sanitaria
En España, miles de familias enfrentan en silencio una paradoja cruel: sus hijos padecen patología dual —la coexistencia de una enfermedad mental y una adicción— y el sistema sanitario, fragmentado y estigmatizador, los rechaza en lugar de tratarlos. Fernando visita cada semana a su hijo Carlos en prisión, consciente de que la cárcel se ha convertido en el único refugio posible ante el abandono de centros privados, organizaciones especializadas y servicios públicos. Lo que debería ser una crisis sanitaria se ha convertido en una condena judicial, y lo que debería ser tratamiento se ha convertido en encierro sin cura.
- Entre el 60 y el 70% de las personas con adicciones también padecen una enfermedad mental, pero el sistema sanitario español no está preparado para tratar ambas condiciones al mismo tiempo.
- Carlos fue rechazado sucesivamente por centros privados, por Proyecto Hombre y por los servicios públicos, dejándolo durante año y medio en la calle robando para sobrevivir.
- El estigma se duplica cuando la enfermedad mental se combina con la adicción: las familias no solo enfrentan el rechazo institucional, sino también el aislamiento social y la incomprensión.
- La prisión, sin tratamiento psiquiátrico ni psicológico, se ha convertido en el único lugar donde Carlos permanece con vida, aunque no recibe la atención que necesita.
- Asociaciones como Fedepadual ofrecen acompañamiento emocional a las familias, pero carecen de poder para cambiar un sistema que trata la patología dual como un problema judicial en lugar de sanitario.
Fernando visita a su hijo en la cárcel una vez por semana. Sale deprimido. Cada visita refuerza una certeza que lo persigue: el sistema abandonó a Carlos hace años, y hoy la prisión es lo único que lo mantiene vivo.
Carlos fue adoptado tras el abandono de su madre biológica, que había sido adicta. Los primeros años fueron felices. Luego llegó la adolescencia y todo cambió: problemas de aprendizaje, comportamiento disruptivo, rasgos psicóticos detectados por un psicólogo. La terapia no funcionó. Fue expulsado de dos institutos. Lo único que lo sostenía era un grupo de baile, hasta que las conductas adictivas lo invadieron también. La convivencia familiar se volvió insoportable; llegaron las amenazas y las llamadas a la policía.
Tras un intento de suicidio, le diagnosticaron trastorno límite de la personalidad, sin detectar la adicción. El tratamiento ambulatorio era incompatible con el consumo de sustancias. La pandemia aceleró el deterioro. Sus padres le pagaron una habitación, le llevaban comida, pero él robaba. Cuando volvió a casa, agredió a un vecino con un cuchillo. En 2023 le diagnosticaron por fin patología dual y recomendaron su ingreso, pero lo expulsaron a los dos días por una pelea. Una orden de alejamiento lo dejó sin hogar.
Fernando buscó entonces centros especializados. No encontró opciones públicas. Los centros privados lo rechazaron. Incluso Proyecto Hombre lo rechazó por tener patología dual. Durante año y medio, Carlos vivió en la calle robando para financiar su adicción. En septiembre de 2024 entró en prisión, donde permanecerá hasta 2028. Está en un módulo para adicciones, pero no recibe atención psiquiátrica ni psicológica. Tiene pendiente una condena en un centro psiquiátrico que nunca se ejecuta.
Fernando confiesa, con pesar, que prefiere a su hijo en la cárcel que en la calle. Pronto comenzarán los permisos, y no sabe qué ocurrirá. La patología dual afecta al 60-70% de las personas con adicciones, pero el estigma la mantiene invisible. En Fedepadual, Fernando ha encontrado familias que viven lo mismo, aunque tampoco ellas consiguen cambiar nada. Su diagnóstico es sombrío: desamparo total. La patología dual es un problema sanitario y social, no judicial. Pero la primera barrera que encuentran las familias sigue siendo la sanitaria.
Fernando visita a su hijo una vez a la semana en la cárcel. Sale deprimido. Lo ve igual o peor que la semana anterior, y cada visita refuerza una convicción que lo persigue: el sistema que debería haber ayudado a su hijo lo abandonó hace años, y ahora la prisión es lo único que lo mantiene vivo.
La historia de Carlos —ese no es su nombre real— comienza con esperanza. Fue adoptado después de que su madre biológica lo abandonara en un centro. Los padres sabían que ella había sido adicta, pero les aseguraron que eso no tendría consecuencias duraderas. Los primeros años fueron felices. El niño era alegre, le gustaba bailar, era conversador. Luego llegó la adolescencia y todo cambió.
Primero fueron problemas de aprendizaje. Después, comportamiento. Un psicólogo descartó TDAH pero detectó rasgos psicóticos. La terapia no funcionó. Los padres buscaron ayuda en un centro especializado en trastornos de conducta alimentaria y comportamiento. Un psicólogo-educador fue a casa, pero solo observaba si lo maltrataban. Como no lo hacían, no ofreció herramientas para reconducir su comportamiento. Carlos terminó la educación obligatoria de milagro y fue expulsado de dos institutos. Lo único que lo mantenía conectado era un grupo de baile, pero pronto también ahí empezaron las conductas adictivas. Los fines de semana se alargaban. Volvía en peores condiciones. La convivencia se volvió insoportable. Amenazaba a sus padres. Tuvieron que llamar a la policía más de una vez.
Un fin de semana, mientras los padres estaban fuera, el hospital llamó. Carlos había intentado suicidarse. En ese ingreso le hicieron el primer diagnóstico: trastorno límite de la personalidad. No detectaron adicción. Lo mandaron a casa con un tratamiento ambulatorio incompatible con el consumo de sustancias. La pandemia aceleró todo. Mientras la madre de Carlos recibía tratamiento oncológico y la familia extremaba precauciones para protegerla del virus, él salía constantemente. Cuando lo confrontaron, dijo que no tenía intención de cambiar. Sus padres le pagaron una habitación, le llevaban comida y ropa. Luego les llamaron para decir que robaba. Volvió a casa. Un fin de semana que estuvieron fuera, pinchó las ruedas a un vecino y lo amenazó con un cuchillo.
En 2023, finalmente le diagnosticaron patología dual —la coexistencia de una enfermedad mental y una adicción— y recomendaron su ingreso. Lo expulsaron a los dos días por una pelea con otra interna. Al salir, un juez le puso una orden de alejamiento del vecino. No podía estar en casa. Fernando comenzó entonces una batalla que continúa hoy: encontrar un centro especializado donde su hijo pudiera recibir tratamiento. Buscaron opciones públicas. No las había. Intentaron centros privados. Los rechazaban. Incluso Proyecto Hombre, una de las organizaciones más reconocidas en España para tratar adicciones, lo rechazó por tener patología dual. Durante un año y medio, Carlos estuvo en la calle, robando para financiar su adicción. Fue, dice Fernando, una etapa horrible.
En septiembre de 2024, tras acumular delitos de hurto, Carlos entró en prisión. Se calcula que estará hasta 2028. En la cárcel está en un módulo para tratar su adicción, pero no recibe tratamiento psiquiátrico ni psicológico. Tiene una condena de dos años en un centro psiquiátrico por la agresión al vecino, pero nunca lo trasladan. Fernando, con profundo pesar, confiesa que prefiere a su hijo en la cárcel que en la calle. Pronto empezarán a darle permisos, y no sabe qué harán con él. Ya lo dejaron en la calle un año y medio sin alternativa alguna. Ha pedido el reconocimiento de discapacidad, pero le dijeron que podría tardar mucho.
La patología dual afecta entre el 60 y el 70 por ciento de las personas con adicciones, pero casi nadie lo sabe. El estigma que rodea a las enfermedades mentales se multiplica cuando se suma una adicción. Fernando ha encontrado en Fedepadual, una asociación de familias, gente que entiende su situación, que vive lo mismo. Pero tampoco consiguen ayudar. Fernando es pesimista. Ve desamparo total y absoluto. Su hijo, aunque merece estar en la cárcel por sus comportamientos, no se curará solo. La patología dual es un problema sanitario y social, no judicial. Y la primera barrera que encuentran es la sanitaria.
Citas Notables
Voy a verlo cada semana y salgo deprimido porque lo veo igual o peor. Soy muy pesimista, porque veo que estamos en una situación de desamparo total y absoluto— Fernando, padre de Carlos
La patología dual es un tema sanitario y social, no judicial, y la primera barrera que nos encontramos es la sanitaria— Fernando
La Conversación del Hearth Otra perspectiva de la historia
¿Cuándo supo Fernando que algo grave estaba pasando con su hijo?
No fue un momento único. Fueron señales que se acumularon. Problemas de aprendizaje primero, luego de comportamiento. Pero el verdadero quiebre fue cuando empezó la adolescencia y los profesionales no sabían qué hacer con él.
¿Y los centros especializados? ¿No tenían respuesta?
Eso es lo más duro. Buscaron en centros públicos, privados, incluso en Proyecto Hombre. Todos lo rechazaban. Decían que no podían tratar patología dual. Es como si el sistema estuviera diseñado para no verlo.
¿Qué pasó cuando intentó suicidarse?
Lo ingresaron, le diagnosticaron un trastorno de personalidad, pero no vieron la adicción. Lo mandaron a casa con un tratamiento que era incompatible con lo que realmente estaba pasando. Fue un diagnóstico incompleto que no sirvió para nada.
¿Cómo terminó en la cárcel?
Robaba para financiar su adicción. Acumuló delitos. La cárcel fue casi un alivio para Fernando, porque al menos sabía dónde estaba su hijo. Pero en prisión tampoco lo tratan. Está en un módulo para adicciones, pero sin apoyo psiquiátrico.
¿Qué espera Fernando ahora?
Que cuando salga de la cárcel no vuelva a la calle. Pero no ve opciones. Dice que están en desamparo total. Visita a su hijo cada semana y sale deprimido porque lo ve igual o peor.