El teatro se convierte en un acto de fe, en una afirmación de que la vida persiste
En los campamentos de refugiados de Gaza, un grupo de teatro comunitario lleva tres décadas recordándole al mundo que el arte no espera la paz para existir. Ayyam al Masrah, con 150 colaboradores dispersos por 70 espacios distintos, convierte escenarios improvisados en refugios de memoria y duelo colectivo. Su persistencia no es un gesto romántico, sino una respuesta tan antigua como la humanidad misma: donde el sufrimiento alcanza su punto más hondo, la necesidad de contarse a uno mismo no desaparece, sino que se vuelve más urgente.
- Una mujer sube al escenario en un campamento de refugiados y pide que todos repitan su pérdida en voz alta, hasta que las lágrimas la silencian.
- El conflicto destruyó la sede fija del grupo, pero no su capacidad de moverse: hoy operan en 70 espacios distintos a lo largo de toda la Franja de Gaza.
- El director Mohammed al Hissi advierte que estas representaciones son uno de los últimos espacios de libertad que quedan en el enclave.
- El teatro no documenta la tragedia desde afuera: son los propios palestinos quienes salen del público para subirse al escenario y narrar sus historias.
- Cada función es un acto de continuidad social, una afirmación de que mientras haya comunidad viva, habrá también una forma de contarse a sí misma.
En un campamento de refugiados en Gaza, una mujer sube al escenario y pide a los presentes que repitan con ella una frase hasta el agotamiento: «Perdí a mis dos hijos». Las lágrimas la vencen antes de que termine. Esta escena resume lo que hace Ayyam al Masrah, compañía de teatro comunitario palestino fundada en 1995, que ha transformado su práctica artística en un acto de supervivencia.
Cuando el conflicto hizo imposible mantener una sede fija, el grupo simplemente se movió. Hoy opera en unos 70 espacios distintos a lo largo de la Franja, con cerca de 150 colaboradores. Su director, Mohammed al Hissi, describe estas puestas en escena en los campos de desplazados como uno de los últimos refugios de libertad que quedan en el enclave.
Lo que ocurre en esos espacios va más allá del entretenimiento. El teatro se ha vuelto un mecanismo para procesar el duelo, para que las comunidades palestinas se cuenten sus propias historias ante sí mismas. No son artistas externos llegando a documentar la tragedia: son palestinos y palestinas que salen del público para narrar lo que han vivido, manteniendo viva la función colectiva de una comunidad que se reconoce a sí misma.
Esta respuesta tiene antecedentes en la historia del teatro mundial. Yuyachkani en el Perú de los ochenta, Pedro Lemebel en el Chile de la dictadura, los grupos argentinos que reconstruían memoria tras los desaparecidos, el Teatro Escambray en las montañas cubanas: el patrón se repite. Donde hay dolor extremo, el teatro aparece como respuesta humana inevitable.
Cada presentación de Ayyam al Masrah es un acto de continuidad: una manera de afirmar que mientras haya gente viva en Gaza, habrá también quien suba a un escenario improvisado y diga en voz alta lo que se ha perdido. Eso, ninguna circunstancia externa puede eliminarlo del todo.
En un campamento de refugiados en Gaza, una mujer sube al escenario y pide a todos los presentes que repitan una frase hasta el agotamiento: «Perdí a mis dos hijos». Segundos después, las lágrimas la vencen. Esta escena, reportada recientemente por el diario mexicano La Jornada, captura la realidad de un grupo de teatro comunitario palestino que ha transformado su práctica artística en un acto de supervivencia y resistencia.
La compañía, conocida como Ayyam al Masrah o Theatre Day Productions, lleva tres décadas en funcionamiento desde 1995. Lo que la distingue ahora no es su antigüedad, sino su adaptabilidad radical. Cuando el conflicto hizo imposible mantener una sede fija, el grupo simplemente se movió. Hoy opera en aproximadamente 70 espacios distintos dispersos por toda la Franja, con alrededor de 150 colaboradores que trabajan en la creación y presentación de obras. Su director, Mohammed al Hissi, ha señalado que estas puestas en escena en los campos de desplazados representan uno de los últimos refugios de libertad en el enclave.
Lo que ocurre en estos espacios trasciende el entretenimiento convencional. El teatro se ha convertido en un mecanismo para procesar el duelo colateral, para que las comunidades palestinas se cuenten sus propias historias ante sí mismas. Las obras no esperan tiempos mejores para existir; emergen precisamente en medio de las circunstancias más devastadoras, cuando la necesidad de expresión se vuelve tan urgente como la necesidad de respirar. El arte, en estas condiciones, rebasa lo puramente estético y se convierte en un acto de fe, en una afirmación de que la vida persiste.
Esta no es una historia nueva en la historia del teatro mundial. Durante los años ochenta en Perú, el grupo Yuyachkani creaba alegorías sobre la violencia política utilizando símbolos de la cosmovisión andina. En Chile, Pedro Lemebel convertía su cuerpo en un instrumento de comunicación contra la dictadura. En Argentina, después de treinta mil desaparecidos, grupos de teatro se organizaban para reconstruir la memoria colectiva. En Cuba, Teatro Escambray sembraba escuela y arte en las montañas que acababan de ser teatro de guerra. El patrón es consistente: donde hay dolor extremo, el teatro aparece como respuesta humana inevitable.
Lo que distingue al trabajo de Ayyam al Masrah es su insistencia en formar actores desde la misma comunidad que sufre. No se trata de artistas externos llegando a documentar la tragedia, sino de palestinos y palestinas que salen del público para contar sus propias historias, para que la función colectiva de la gente narrándose a sí misma no se interrumpa. Cada presentación es un acto de continuidad, una manera de decir que mientras haya gente viva en Gaza, habrá teatro.
El teatro funciona aquí como condensación de experiencias personales y colectivas, como método para reinterpretarse y reagruparse en tanto tejido social. No es un lujo. Es una necesidad tan fundamental como cualquier otra, quizá más. Porque mientras que otras formas de resistencia pueden ser sofocadas por la fuerza, el acto de contar historias, de subirse a un escenario improvisado en un campamento de refugiados y decir en voz alta lo que se ha perdido, eso es algo que ninguna circunstancia externa puede eliminar completamente. El teatro llega siempre, porque la necesidad humana de expresión es más antigua y más profunda que cualquier conflicto.
Citas Notables
Las puestas escénicas en los campos de desplazados resultan el último recodo de cualquier mínimo de libertad en el enclave levantino— Mohammed al Hissi, director de Ayyam al Masrah
La Conversación del Hearth Otra perspectiva de la historia
¿Por qué el teatro específicamente? ¿Por qué no otras formas de arte o expresión?
Porque el teatro es colectivo. Una pintura la hace una persona. Una canción puede ser solitaria. Pero el teatro requiere que te reúnas, que compartas espacio con otros, que respires el mismo aire. En un campamento de refugiados, eso es revolucionario.
¿Y cómo logran mantener la continuidad con 70 espacios distintos? Eso suena caótico.
No es continuidad en el sentido tradicional. Es más como una red. El grupo se divide, se adapta, aparece donde hay gente que necesita contar algo. La estructura es fluida porque la realidad es fluida.
¿Qué pasa cuando alguien como esa mujer que perdió a sus hijos sube al escenario? ¿Eso es catarsis o es retraumatización?
Probablemente es ambas cosas. Pero la diferencia es que ella eligió estar ahí. Eligió decirlo en voz alta, frente a otros que también han perdido. Eso es diferente a que el dolor te suceda en silencio.
¿Crees que el teatro puede cambiar algo materialmente en Gaza?
No en el sentido de resolver el conflicto. Pero cambia algo en la gente que lo hace y lo ve. Reconstruye el sentido de comunidad, de que todavía somos humanos, que todavía podemos crear. Eso no es nada.
¿Cuál es el riesgo de hacer esto? ¿Hay consecuencias por reunirse así?
Siempre hay riesgo. Pero el riesgo de no hacerlo—de dejar que el silencio y la fragmentación ganen—quizá sea mayor.