Los espías rusos parecen operar sin obstáculos, justo delante de las autoridades
Cuando los espías rusos fueron expulsados de Occidente tras la invasión de Ucrania en 2022, no se retiraron: se desplazaron hacia el este, encontrando en Japón un terreno fértil donde las leyes de espionaje son débiles y la industria tecnológica es de las más avanzadas del mundo. Desde una oficina de Aeroflot en Tokio, la unidad militar rusa conocida como la 20° Dirección opera en silencio, adquiriendo componentes que terminan guiando misiles contra civiles ucranianos. Es el retrato de una guerra moderna: no solo se libra en trincheras, sino en cadenas de suministro, registros de envío y edificios de oficinas a diez minutos de la policía nacional.
- El 90% de los misiles y drones rusos que atacan Ucrania contienen componentes fabricados en Japón, convirtiendo a la industria tecnológica nipona en el corazón involuntario de la máquina de guerra del Kremlin.
- Maksim Filchenkov, oficial veterano del GRU de 49 años, opera encubierto como empleado de Aeroflot en el piso 22 de un edificio en Tokio, construyendo redes de contrabando que mueven tecnología prohibida hacia Moscú.
- Vietnam actúa como intermediario clave: importa tecnología sensible japonesa y la reexporta hacia Rusia, creando un sistema de capas donde cada eslabón parece legal pero el conjunto alimenta una guerra.
- En mayo, un misil Kh-101 destruyó un edificio residencial en Kiev matando a 24 personas; los investigadores hallaron componentes japoneses de exportación prohibida entre los restos.
- Japón carece de agencia de inteligencia exterior —sus servicios fueron debilitados tras la Segunda Guerra Mundial— y pese a las pruebas presentadas por Ucrania, el gobierno japonés ha tardado en responder con acciones concretas.
Cuando Rusia fue expulsada de las capitales occidentales en 2022, sus agentes de inteligencia no desaparecieron: se reubicaron en Japón, donde encontraron leyes de espionaje débiles y una industria tecnológica de primer nivel mundial. En el centro de esta red opera la 20° Dirección, una unidad militar rusa que hasta ahora había permanecido en la sombra, cuyos oficiales disfrazados de diplomáticos y empresarios adquieren y roban componentes de guerra para enviarlos a Moscú.
El hombre que dirige estas operaciones desde Tokio es Maksim Filchenkov, un veterano de 49 años que llegó a la ciudad en febrero de 2024 bajo la cobertura de un puesto en Aeroflot. Su oficina, en el piso 22 de un edificio a apenas diez minutos de la sede de la Agencia Nacional de Policía, le sirve de base para tejer relaciones con empresas de transporte de carga. A través de registros de envío fraudulentos y rutas que pasan por países como Sri Lanka y Uzbekistán, la tecnología sensible llega finalmente a Moscú. Nada de esto es técnicamente ilegal en cada paso individual: es la arquitectura del contrabando moderno.
Las consecuencias se miden en vidas. En mayo, un misil de crucero Kh-101 destruyó un edificio residencial en Kiev matando a 24 personas. Entre los restos, los investigadores identificaron componentes japoneses cuya exportación a Rusia está prohibida. Ucrania ha presentado estas pruebas al gobierno japonés, que ha tardado en actuar, en parte por restricciones históricas: sus servicios de inteligencia fueron deliberadamente debilitados tras la Segunda Guerra Mundial y el país aún carece de una agencia de inteligencia exterior.
Lo que hace a Japón tan valioso para el Kremlin es su lugar en la cadena global de suministro: es el mayor exportador mundial de tecnología sensible de doble uso que Rusia necesita. Vietnam, el mayor importador de esa tecnología nipona, se ha convertido en el principal reexportador hacia Rusia, completando un sistema de capas que, capa por capa, alimenta una guerra que cobra vidas civiles cada noche.
Cuando Rusia fue expulsada de las capitales occidentales en 2022, sus espías no desaparecieron. Simplemente se reubicaron. Decenas de agentes que habían sido desterrados tras la invasión de Ucrania reaparecieron en un lugar que pocos esperaban: Japón. Lo que encontraron allí fue un entorno casi perfecto para sus operaciones. Las leyes de espionaje del país son débiles. Su industria de tecnología avanzada es una de las más sofisticadas del mundo. Y nadie parecía estar mirando.
En el centro de esta red está una unidad militar rusa conocida como la 20° Dirección, una organización cuya existencia pública ha permanecido en la sombra hasta ahora. Sus oficiales, disfrazados de diplomáticos o empresarios, compran y roban componentes tecnológicos de guerra, luego los contrabandeaban de vuelta a Moscú. Según estimaciones del gobierno ucraniano, el 90 por ciento de los misiles y drones rusos que atacan ciudades ucranianas contienen componentes fabricados en Japón. No es una cifra menor. Es el corazón técnico de la máquina de guerra rusa.
El hombre que supervisa estas operaciones desde Tokio es Maksim Filchenkov, un oficial veterano de inteligencia militar ruso de 49 años. Llegó a la ciudad en febrero de 2024, en un momento en que Rusia enfrentaba una crisis urgente. La guerra en Ucrania se había transformado. Ya no era artillería de trinchera. Ahora era drones y sistemas de guía de precisión, y los ucranianos tenían la ventaja tecnológica. Rusia necesitaba equipos avanzados rápidamente. China podía ayudar con algunas cosas, pero para el armamento más sofisticado no había sustituto para la tecnología japonesa. Filchenkov fue enviado a conseguirla.
Su tapadera es un puesto en Aeroflot, la aerolínea estatal rusa. La oficina está en el piso 22 de un edificio en Tokio, a apenas diez minutos a pie de la sede de la Agencia Nacional de Policía de Japón. Desde allí, Filchenkov ha establecido relaciones con empresas que transportan mercancías entre Japón y Rusia. Según funcionarios occidentales, estas conexiones permiten al GRU comprar tecnología sensible bajo pretextos falsos, usando registros de envío fraudulentos para ocultarla. Una empresa asociada llamada Proco Air se describe a sí misma como un puente entre Japón y Rusia. Alquila espacio de carga en aerolíneas que vuelan a países como Sri Lanka y Uzbekistán, donde Aeroflot recoge la carga y la transporta a Moscú. No hay nada técnicamente ilegal en esto. Es la arquitectura del contrabando moderno.
La consecuencia de esta operación es visible en las calles de Ucrania. En mayo, un misil de crucero ruso Kh-101 destruyó un edificio residencial en Kiev, matando a 24 personas. Cuando los investigadores examinaron los restos, encontraron que el misil había sido guiado por componentes japoneses cuya exportación a Rusia está prohibida en muchos lugares. Ucrania ha presentado al gobierno japonés pruebas de que su tecnología está siendo utilizada en ataques letales contra civiles. Aun así, Japón ha tardado en actuar.
Parte del problema es histórico. Japón carece de una agencia de inteligencia exterior. Sus servicios de inteligencia fueron debilitados deliberadamente tras la Segunda Guerra Mundial por los países vencedores, restricciones que persisten hoy. Akihisa Shiozaki, legislador del Partido Liberal Democrático y antiguo abogado que procesó casos de espionaje industrial, ha expresado una sensación de crisis ante la situación. El ministerio de relaciones exteriores de Japón ha afirmado que trabajó con Occidente para prohibir exportaciones militares a Rusia y condenó la agresión rusa como un acto que sacude los cimientos del orden internacional. Pero los espías rusos parecen operar sin obstáculos, justo delante de las autoridades japonesas.
Lo que hace que Japón sea tan valioso para Rusia es su posición en la cadena global de suministro. Es el mayor exportador mundial de tecnología sensible de doble uso que el Kremlin busca. Pero Rusia no necesita enviar todo directamente a casa. Vietnam, el mayor importador de esta tecnología japonesa, se ha convertido en el principal reexportador de componentes sensibles hacia Rusia. Es un sistema de capas, cada una legal por sí sola, pero que en conjunto alimenta una máquina de guerra que mata civiles cada noche.
Citas Notables
Tenemos una sensación de crisis ante esta situación— Akihisa Shiozaki, legislador del Partido Liberal Democrático
La Conversación del Hearth Otra perspectiva de la historia
¿Por qué Japón se convirtió en el objetivo después de 2022? ¿No había otras opciones para Rusia?
Occidente expulsó a los espías rusos y puso empresas en listas negras. Pero Japón tiene leyes de espionaje débiles y una industria de tecnología de clase mundial. Era el lugar perfecto para esconderse.
Entonces Filchenkov simplemente se presenta como empleado de Aeroflot y nadie lo cuestiona.
Exactamente. Los espías del GRU han usado Aeroflot como tapadera desde la época soviética. Una oficina con una puerta que parece la de una prisión, a diez minutos de la policía. Nadie mira.
Pero Ucrania tiene pruebas. Mostró a Japón que sus componentes están en los misiles que matan civiles.
Lo hizo. Pero Japón carece de agencia de inteligencia exterior. Sus servicios fueron debilitados después de 1945 y nunca se recuperaron. Hay una sensación de crisis, pero la acción es lenta.
¿Cómo funciona el contrabando real? ¿Simplemente lo envían a Rusia?
No siempre. Vietnam es el intermediario. Japón envía componentes a Vietnam, que es legal. Luego Vietnam los reexporta a Rusia. Cada paso es técnicamente legal. Es la arquitectura del contrabando moderno.