Quejarse moderadamente alarga la vida, según expertos en psicología

El cuerpo habla cuando la boca se calla
Las emociones reprimidas se convierten en síntomas físicos como úlceras y dolores de cabeza.

Durante generaciones, la cultura del estoicismo emocional nos enseñó a silenciar el malestar como señal de fortaleza. Hoy, la psicología y la neurología convergen en una verdad más compleja: reprimir las quejas tiene un costo físico real, mientras que expresarlas con mesura libera dopamina y previene que el cuerpo somatice lo que la mente no pudo decir. El arte no está en callar ni en desbordarse, sino en encontrar ese espacio intermedio donde la emoción negativa se nombra, se procesa y se suelta.

  • El cuerpo cobra lo que la boca no dice: emociones reprimidas durante años se convierten en úlceras, cefaleas crónicas y malestar sin diagnóstico aparente.
  • Quejarse con moderación no es debilidad — es química: el cerebro libera dopamina al verbalizar el malestar, generando un alivio que es tan biológico como psicológico.
  • El exceso, sin embargo, tiene su propio precio: el cerebro atrapado en queja permanente pierde concentración, bloquea la inteligencia ejecutiva y queda incapaz de resolver los mismos problemas que lamenta.
  • Especialistas como la psicóloga Isabel Menéndez y el neurólogo Alejandro Andersson coinciden en que el equilibrio emocional no es un ideal abstracto, sino una condición medible para el funcionamiento cognitivo.
  • La salida no es la represión ni la explosión, sino la expresión calibrada: decir lo que duele, soltarlo, y dejar espacio para la gratitud y lo que sí funciona.

Hay una paradoja en el consejo que más hemos recibido sobre las emociones: aguantar, no quejarse, mantener la compostura. Los especialistas en psicología están llegando a una conclusión que lo contradice: quienes expresan sus quejas con moderación podrían vivir más años que quienes las reprimen.

La explicación es biológica. Al verbalizar algo que nos molesta, el cerebro libera dopamina, el neurotransmisor del bienestar. La psicóloga familiar Isabel Menéndez lo subraya: el alivio que se siente al quejarse no es solo percepción, es química real. El problema inverso es más silencioso pero igual de dañino: cuando las emociones se reprimen sistemáticamente, el cuerpo las convierte en síntomas físicos — úlceras, dolores de cabeza crónicos, malestar difuso. El cuerpo habla cuando la boca se calla.

Pero el equilibrio es frágil. El neurólogo Alejandro Andersson, director del Instituto de Neurología de Buenos Aires, advierte que la queja crónica produce el efecto opuesto: un cerebro atrapado en ese estado pierde concentración, bloquea la inteligencia ejecutiva y queda literalmente incapacitado para resolver los problemas que lo aquejan. No es falta de voluntad — es que el ciclo emocional consume los recursos cognitivos disponibles.

Lo que emerge es una verdad más matizada: ni reprimir ni explotar, sino expresar. Nombrar el malestar cuando aparece, procesarlo y soltarlo — sin convertir la queja en el único idioma disponible. Porque una vida vivida exclusivamente en ese registro nunca deja espacio para ver lo que funciona, para practicar la gratitud, para estar bien. El equilibrio, concluyen los especialistas, es lo que realmente alarga la vida.

Hay una paradoja incómoda en la forma en que tratamos nuestras emociones negativas. Durante décadas, la sabiduría convencional nos ha dicho que debemos mantener la compostura, sonreír a través del dolor, guardarnos las quejas. Pero los especialistas en psicología están llegando a una conclusión que desafía esa lógica: las personas que se quejan con moderación pueden vivir más años que quienes se las guardan.

La razón tiene que ver con la química del cuerpo. Cuando expresamos una queja, cuando sacamos a la luz algo que nos molesta, el cerebro libera dopamina, el neurotransmisor asociado con el bienestar y la satisfacción. Isabel Menéndez, psicóloga de familia, lo explica de manera directa: ese acto de verbalizar lo negativo genera una sensación de alivio físico real. No es solo psicológico. Es biología.

El problema opuesto es más insidioso. Cuando reprimimos nuestras emociones, cuando nos tragamos las quejas año tras año, el cuerpo no simplemente olvida. Menéndez señala que esa acumulación se somatiza, es decir, se convierte en síntomas físicos concretos. Las úlceras de estómago, los dolores de cabeza crónicos, el malestar general sin causa aparente: muchas veces son el resultado de emociones que nunca encontraron salida. El cuerpo habla cuando la boca se calla.

Pero aquí está el equilibrio delicado. No se trata de convertir la queja en una forma de vida. Alejandro Andersson, neurólogo y director del Instituto de Neurología de Buenos Aires, advierte que pasar el día entero lamentándose, enojado, quejándose de todo, tiene el efecto opuesto. Cuando el cerebro está atrapado en ese estado de queja permanente, pierde capacidad. La concentración se desmorona. La inteligencia ejecutiva, esa habilidad para resolver problemas y tomar decisiones, se bloquea. Es como si el cerebro estuviera tan ocupado procesando el enojo que no tuviera recursos para pensar con claridad.

Andersson lo describe con precisión: en ese estado de queja crónica, el cerebro simplemente no puede funcionar de manera efectiva. No es que no queramos resolver nuestros problemas. Es que literalmente no podemos hacerlo mientras estamos atrapados en ese ciclo emocional.

Lo que emerge de todo esto es una verdad más matizada que la que nos enseñaron. No se trata de reprimir ni de explotar. Se trata de expresar. Decir lo que nos molesta, cuando nos molesta, de manera que el cuerpo pueda procesar esa emoción y liberarla. Pero sin permitir que esa expresión se convierta en el único idioma que hablamos. Porque una vida vivida únicamente en modo queja es una vida en la que nunca vemos lo que está funcionando, nunca practicamos la gratitud, nunca nos permitimos estar bien.

El equilibrio es lo que alarga la vida. No la represión, no la explosión, sino el espacio intermedio donde nuestras emociones negativas encuentran expresión sin consumirnos.

Cuando nos quejamos, sube la dopamina y nos sentimos mejor
— Isabel Menéndez, psicóloga de familia
Quejarse, lamentarse y enfadarse todo el tiempo puede tener un efecto negativo en el cerebro y en la salud en general
— Alejandro Andersson, neurólogo y director del Instituto de Neurología de Buenos Aires
La Conversación del Hearth Otra perspectiva de la historia
Inventor

¿Por qué la dopamina que se libera al quejarse es tan importante para la salud?

Model

Porque el cuerpo necesita procesar las emociones. Cuando las guardamos, no desaparecen. Se quedan ahí, acumulándose, y eventualmente se convierten en síntomas físicos que no podemos explicar. La dopamina es el mecanismo de alivio del cuerpo.

Inventor

Pero entonces, ¿no deberíamos quejarnos todo el tiempo si es tan beneficioso?

Model

Ese es el error. Hay un punto de quiebre. Cuando la queja se convierte en tu estado por defecto, tu cerebro se queda atrapado en ese modo. Pierdes la capacidad de pensar claramente, de resolver problemas, de ver lo bueno que también existe.

Inventor

¿Cómo sabe alguien cuándo ha cruzado esa línea?

Model

Cuando la queja deja de ser una liberación y se convierte en una identidad. Cuando es lo primero que sale de tu boca, cuando no puedes ver nada positivo, cuando tu concentración sufre. Eso es la señal de que has ido demasiado lejos.

Inventor

¿Entonces la gratitud y la queja son enemigas?

Model

No son enemigas. Son complementarias. Necesitas poder expresar lo que te duele para que no te enferme. Pero también necesitas poder ver lo que funciona, lo que está bien. Una vida equilibrada tiene espacio para ambas cosas.

Inventor

¿Qué pasa con las personas que fueron criadas a reprimir sus emociones?

Model

Tienen que aprender a quejarse de manera saludable. Parece raro decirlo así, pero es verdad. Tienen que permitirse expresar lo que les molesta sin culpa, sin vergüenza. Es un acto de sanación.

Quieres la nota completa? Lee el original en El Cronista ↗
Contáctanos FAQ