La neurociencia revela cómo cambia el cerebro durante la oración y la meditación

Ver que algo sucede en el cerebro no prueba que sea la causa
El debate central en neuroteología: la diferencia entre correlación y causalidad en la actividad cerebral durante la oración.

Estudios de neuroteología muestran que rezar y meditar activan circuitos cerebrales específicos y generan cambios en la actividad eléctrica neuronal. La investigación documenta beneficios mentales: menor depresión, ansiedad y mayor satisfacción vital en personas que practican religión regularmente.

  • Diego Golombek publicó un ensayo en febrero sobre neuroteología y experiencias religiosas
  • Andrew B. Newberg lideró una investigación de 2025 documentando beneficios mentales de la oración
  • Treinta años de estudios muestran que la religiosidad correlaciona con menor depresión, ansiedad y mayor satisfacción vital
  • Javier Bernácer cuestiona si la neuroimagen puede atribuir causalidad a la activación cerebral observada

Investigaciones recientes demuestran que la oración y meditación generan cambios medibles en la actividad cerebral, reduciendo ansiedad y depresión, aunque expertos debaten si la tecnología neuroimagen puede atribuir estos cambios directamente a estas prácticas espirituales.

Durante décadas, los investigadores han documentado que la oración produce efectos medibles en la salud mental de quienes la practican. Ahora, una rama emergente de la neurociencia llamada neuroteología está intentando ver exactamente qué sucede dentro del cerebro cuando alguien reza o medita, utilizando tecnología de imagen cerebral cada vez más sofisticada para mapear esos cambios.

El neurocientífico Diego Golombek publicó en febrero un ensayo titulado "Una neurociencia de la religión, la espiritualidad y la luz al final del túnel", en el que explora cómo esta disciplina ha crecido de manera acelerada en los últimos años. En trabajos anteriores, como su libro "Las neuronas de Dios", Golombek ha rastreado investigaciones sobre la actividad neuronal en monjas que rezan, budistas que meditan, e incluso en personas que consumen hongos alucinógenos. Según su análisis, el cerebro muestra patrones de actividad distintos durante estas prácticas espirituales. "La neurociencia va identificando circuitos cerebrales que podrían ser el origen y la huella de las experiencias religiosas", explica, señalando que ciertos cambios en la actividad eléctrica pueden producir visiones místicas, mientras que actividades como rezos, mantras y danzas rituales dejan marcas características en la mente.

Los beneficios documentados son concretos. Golombek sostiene que la oración no solo mejora el carácter de las personas, sino que también reduce significativamente los niveles de ansiedad, depresión y estrés. Una investigación de 2025 liderada por Andrew B. Newberg, director de investigación del Instituto Marcus de Salud Integral del Hospital Universitario Thomas Jefferson en Filadelfia, refuerza estas conclusiones. Newberg afirma que tres décadas de estudios han demostrado que las actitudes religiosas y espirituales correlacionan con menores índices de depresión, ansiedad y abuso de sustancias. Las personas que practican religión regularmente reportan mayores niveles de satisfacción y felicidad en sus vidas comparadas con quienes no lo hacen, y estos efectos protectores persisten a lo largo de toda la vida, incluyendo la infancia y la adolescencia.

Pero no todos los expertos están convencidos de que la tecnología neuroimagen pueda hacer las afirmaciones que se están haciendo. Javier Bernácer, director científico del Centro Internacional de Neurociencia y Ética, cuestiona la interpretación de estos hallazgos. Aunque reconoce que las técnicas de neuroimagen pueden mostrar qué ocurre en el cerebro durante la oración o meditación, argumenta que no se puede concluir con certeza que la activación observada sea causada precisamente por esas prácticas espirituales. El problema, según Bernácer, radica en la metodología: ver que algo sucede en el cerebro durante una actividad no prueba que esa actividad sea la causa directa del cambio observado.

José Manuel Giménez Amaya, neurocientífico y sacerdote, ofrece una perspectiva intermedia. En una conferencia presentada en 2010 en el Simposio Internacional de Teología de la Universidad de Navarra, Giménez Amaya argumenta que desde el punto de vista neurobiológico, la experiencia religiosa activa redes neuronales complejas que integran regiones cerebrales perceptivas, cognitivas y emocionales de manera coordinada. Esto tiene sentido lógico: la riqueza de la experiencia religiosa requeriría de esas redes para manifestarse. Sin embargo, Giménez Amaya plantea una pregunta metodológica crucial: ¿son esas redes neuronales la causa directa del proceso espiritual, o simplemente su correlato observable? Para responder esto, dice, se necesita un análisis crítico más profundo de cómo se obtienen estos resultados.

Lo que emerge de este debate es una tensión fundamental en la neuroteología contemporánea. Los investigadores pueden documentar con precisión creciente que el cerebro se comporta de manera diferente durante la oración y la meditación. Los beneficios para la salud mental son reales y reproducibles. Pero la pregunta de si la tecnología neuroimagen puede explicar verdaderamente la causa de estos cambios, o si simplemente está observando correlaciones sin poder establecer causalidad, sigue sin resolverse. Mientras la tecnología continúa avanzando, los científicos siguen debatiendo qué es exactamente lo que están viendo.

La neurociencia va identificando circuitos cerebrales que podrían ser el origen y la huella de las experiencias religiosas
— Diego Golombek
No podemos asegurar que la activación que vemos ahí sea precisamente porque esa persona reza o medita
— Javier Bernácer
The Hearth Conversation Another angle on the story
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¿Por qué importa tanto saber qué sucede en el cerebro cuando alguien reza? ¿No es suficiente saber que funciona?

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Porque la ciencia busca entender el mecanismo. Si podemos ver exactamente qué circuitos se activan, podríamos potencialmente ayudar a personas que no tienen acceso a la práctica espiritual tradicional, o diseñar intervenciones más efectivas.

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Pero Bernácer parece estar diciendo que no podemos realmente saber si la oración causa esos cambios cerebrales o si algo más los causa.

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Exacto. Imagina que ves a alguien sonriendo mientras come helado. Ves la actividad facial. Pero ¿sonríe porque come helado, o porque está en una heladería con amigos, o porque es un día soleado? La imagen del cerebro es como esa sonrisa: real, pero ambigua en cuanto a su causa.

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Entonces, ¿los beneficios para la salud mental que documentan, esos sí son reales?

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Sí, esos están bien documentados después de treinta años de investigación. La depresión y la ansiedad disminuyen en personas que practican religión regularmente. Eso es medible y reproducible.

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¿Y qué dice Giménez Amaya que es diferente de Bernácer?

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Giménez Amaya acepta que el cerebro activa redes complejas durante la experiencia religiosa, pero también plantea la misma pregunta metodológica: ¿esas redes son la causa o solo el reflejo de algo más profundo? Es una pregunta que la neuroimagen, por sí sola, no puede responder.

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