Sin seguridad, no tendrás ese alimento, comodidades o paz por mucho tiempo
En noviembre de 2020, mientras Perú enfrentaba simultáneamente una pandemia y una crisis política sin precedentes, la psicóloga Tatiana Cuadros ofreció una clave para entender lo que parecía irracional: miles de ciudadanos dispuestos a arriesgar su salud en las calles. Su lectura revela que el cerebro humano, cuando la seguridad fundamental está amenazada, no calcula riesgos sino que obedece impulsos de supervivencia más antiguos que cualquier norma social. Las protestas, leídas así, no eran actos de imprudencia sino síntomas de un organismo colectivo buscando desesperadamente recuperar el equilibrio.
- El cerebro peruano estaba saturado de incertidumbre: sin información clara, segregaba adrenalina y empujaba a las personas hacia respuestas impulsivas de lucha, huida o parálisis.
- La amenaza política no era abstracta — desestabilizaba la seguridad básica de millones, lo que según Maslow activa una urgencia que supera incluso el miedo al contagio.
- Miles salieron a las calles no por imprudencia sino porque, sin confrontar la crisis institucional, el país continuaría perdiendo los recursos necesarios para sostener la vida misma.
- Cuadros diagnosticaba al Perú como una sociedad con síntomas de depresión colectiva, trastorno limítrofe y dependencia, señales de una psique nacional fracturada bajo amenazas simultáneas.
- La atención psicosocial urgente emerge como necesidad impostergable: la pandemia no solo enfermaba cuerpos, sino que exponía y profundizaba vulnerabilidades históricas en la confianza institucional.
En noviembre de 2020, con Perú atrapado entre una pandemia y una crisis política que llevó a miles a las calles, la psicóloga clínica Tatiana Cuadros se hizo una pregunta esencial: ¿por qué las personas estaban dispuestas a arriesgar su salud protestando cuando el miedo al contagio debería mantenerlas en casa?
La respuesta estaba en la biología del miedo. Ante la incertidumbre prolongada, el cerebro segrega adrenalina, acelera el pulso, nubla el pensamiento y activa tres respuestas de supervivencia: escapar, paralizarse o luchar. Ninguna es racional. Son reflejos ancestrales. Para salir de ese estado, explicaba Cuadros, el cerebro necesita información que le devuelva la sensación de seguridad.
Aquí entraba Maslow. La seguridad es la segunda necesidad humana fundamental, y cuando está amenazada, supera incluso el miedo a la enfermedad. En el Perú de ese momento, la inestabilidad política erosionaba esa seguridad, lo que a su vez agravaba el hambre, los contagios y el colapso económico. La protesta, entonces, no era imprudencia: era la respuesta casi automática de quienes sentían que sin confrontación, el país seguiría desarmándose. Para ilustrarlo, Cuadros evocaba el experimento de los monos de los años treinta, que preferían a las madres de felpa —cálidas pero sin alimento— sobre las de alambre con comida. Muchos murieron por esa elección. La seguridad, concluía, vale más que el sustento mismo.
Cuadros también reflexionó sobre el poder del fútbol como válvula emocional en tiempos de crisis, recordando el antiguo principio romano del 'pan y circo': la euforia colectiva segrega dopamina y endorfinas, permitiendo a las personas alejarse momentáneamente de una realidad agotadora.
Al mirar al Perú como si fuera un paciente, Cuadros identificó tres perfiles psicológicos preocupantes: síntomas de depresión —fatiga, desesperanza, aislamiento—; rasgos de trastorno limítrofe —impulsividad, cambios bruscos de humor, miedo al abandono—; y una personalidad dependiente, marcada por la sumisión y la incapacidad de cuestionar. No era un diagnóstico clínico, sino una advertencia: la salud mental colectiva estaba fracturándose, y la pandemia era apenas el catalizador que exponía heridas más profundas en la psique nacional.
En noviembre de 2020, mientras Perú se debatía entre una pandemia sanitaria y una crisis política que había llevado a las calles a miles de manifestantes, la psicóloga clínica y organizacional Tatiana Cuadros ofreció una lectura del comportamiento humano en medio del caos. Su análisis partía de una pregunta fundamental: ¿por qué las personas estaban dispuestas a enfrentarse a las autoridades y arriesgar su salud en protestas, cuando el miedo al contagio debería mantenerlas en casa?
La respuesta, según Cuadros, residía en cómo funciona el cerebro bajo incertidumbre prolongada. Cuando una situación se presenta ambigua y el cerebro no encuentra información en la memoria para tomar una decisión, segrega adrenalina. Esta sustancia acelera el ritmo cardíaco, incrementa la ansiedad y ralentiza la capacidad de pensar con claridad. La persona percibe la amenaza como si fuera un depredador, activando tres respuestas impulsivas: escapar, paralizarse o luchar. Ninguna de estas es racional. Son reacciones de supervivencia pura. Para combatir la incertidumbre, explicaba Cuadros, el cerebro necesita información que brinde seguridad, permitiendo a las personas priorizar y tomar decisiones conscientes.
Pero había algo más profundo en juego. Cuadros invocaba la escala de necesidades de Abraham Maslow para explicar por qué la indignación política superaba el miedo al contagio. La supervivencia fisiológica es la primera necesidad humana, y la seguridad la segunda. Una vez satisfecha la primera, las personas buscan la segunda. En el Perú de ese momento, la segunda necesidad estaba siendo amenazada por la inestabilidad política, lo que a su vez desestabilizaba la primera, causando más contagios, desnutrición y colapso económico. Por eso, de manera casi automática, las personas estaban dispuestas a enfrentarse a las autoridades. Sin confrontación, razonaba Cuadros, el país continuaría desarmándose, perdiendo los recursos necesarios para mantener las necesidades básicas de su población.
Para ilustrar este punto, Cuadros recordaba un experimento de los años treinta con monos a los que se les ofrecía dos tipos de madres: una de felpa sin alimento y otra de alambre con alimento. Muchos murieron prefiriendo a las madres de felpa porque les brindaban calor y seguridad. El experimento demostraba que la seguridad es un valor supremo, incluso mayor que el alimento. Sin seguridad, razonaba, no se puede mantener el alimento, las comodidades o la paz por mucho tiempo.
Cuadros también reflexionaba sobre cómo el fútbol podía reanimar emocionalmente a una sociedad en crisis. Invocaba el antiguo dicho romano "pan y circo", recordando que al distraer a las personas de su rutina diaria de perturbación y trabajo, especialmente a los hombres, se genera euforia por lo desconocido y la sorpresa. El fútbol contagia alegría porque segrega las mismas endorfinas y neurotransmisores, como dopamina, que experimenta un jugador en el campo. El observador quiere repetir esa experiencia una y otra vez, dejando de lado la realidad.
Al analizar al Perú como si fuera una persona, Cuadros identificaba múltiples perfiles psicológicos preocupantes. Detectaba síntomas de depresión: fatiga, irritabilidad, sentimientos de incapacidad, desesperanza, aislamiento y baja autoestima. También veía trastorno limítrofe de personalidad, caracterizado por miedo intenso al abandono, irritabilidad, sentimiento de vacío, conflictos constantes, cambios rápidos de humor y comportamientos impulsivos. Y había un tercer perfil: personalidad dependiente, marcada por sumisión excesiva, falta de confianza, incapacidad para la independencia, dificultad para planificar y facilidad para acatar órdenes sin cuestionamiento.
Esta lectura psicológica del país en crisis no era un diagnóstico clínico, sino una invitación a entender que la salud mental colectiva estaba fracturándose bajo el peso de múltiples amenazas simultáneas. La pandemia no era solo un problema sanitario. Era un catalizador que exponía vulnerabilidades más profundas en la psique nacional: la necesidad insatisfecha de seguridad, la incapacidad institucional para proporcionar estabilidad, y la consecuente erosión de la confianza en las autoridades. Las protestas no eran irracionales. Eran, en cierto sentido, síntomas de un organismo social tratando de recuperar el equilibrio.
Notable Quotes
Si no hay enfrentamiento, el país continuará desarmándose y perdiendo materia prima para mantener las necesidades básicas de la población— Tatiana Cuadros, psicóloga clínica y organizacional
La seguridad es un valor supremo, incluso mayor que el alimento pues sin seguridad, no tendrás ese alimento, comodidades o paz por mucho tiempo— Tatiana Cuadros
The Hearth Conversation Another angle on the story
¿Por qué cree que la gente está dispuesta a arriesgar su vida en protestas cuando hay una pandemia activa?
Porque la amenaza a la seguridad es más inmediata que el miedo al contagio. El cerebro ve el colapso del país como un depredador presente. La pandemia es un riesgo abstracto comparado con la inanición o el caos.
Pero eso suena a que la gente está actuando por impulso, no por razón.
Exactamente. Cuando hay incertidumbre prolongada, el cerebro no puede pensar racionalmente. Solo reacciona. Lucha, huye o se paraliza. No hay espacio para la reflexión.
¿Entonces las protestas son inevitables en una crisis como esta?
No inevitables, pero predecibles. Si las necesidades básicas de seguridad no se satisfacen, la gente buscará satisfacerlas de cualquier forma. Es supervivencia, no política.
¿Y cómo se sale de ese ciclo?
Proporcionando información clara, estabilidad institucional, un plan. Algo que le diga al cerebro: "Aquí hay seguridad". Sin eso, el país sigue desarmándose.
¿Puede un país realmente tener una enfermedad mental?
No como una persona. Pero sí puede mostrar síntomas colectivos: depresión, impulsividad, falta de confianza. Eso es lo que estaba viendo en el Perú en ese momento.