La enfermedad no se concentró en los niños como temíamos
A mediados de 2021, mientras el mundo adulto comenzaba a cubrirse con el manto de las vacunas, surgió una pregunta que tocaba algo profundo en la conciencia colectiva: ¿alcanzaba esa protección a los más jóvenes, quienes aún esperaban su turno? Los datos de Serrana, Israel y Estados Unidos sugerían que sí, que la inmunidad construida por los mayores tendía un puente invisible hacia los niños no vacunados. Sin embargo, la ciencia rara vez habla con una sola voz, y detrás de los números se escondía un dilema sin resolver: si los niños podían convertirse en el último refugio del virus, la estrategia de protegerlos a través de otros podría resultar insuficiente.
- Los datos de tres países distintos apuntaban en la misma dirección: cuando los adultos se vacunaban masivamente, los contagios en niños caían de forma pronunciada, incluso sin que ellos recibieran ninguna dosis.
- La tensión central del debate era si esa protección indirecta era suficiente o si los niños, al quedar sin vacunar, podían convertirse en reservorios silenciosos de nuevas variantes resistentes.
- Mientras la FDA aprobaba la vacuna Pfizer para adolescentes y millones de jóvenes estadounidenses ya recibían dosis, la OMS pedía cautela y recordaba que muchos países adultos aún carecían de suministros básicos.
- La variante Delta complicaba el panorama en el Reino Unido, donde los brotes escolares persistían y los expertos advertían que más tiempo de circulación viral significaba más oportunidades para que el virus mutara.
- La pregunta sin respuesta definitiva —¿son los niños transmisores activos o víctimas pasivas del contagio adulto?— se convertía en el eje sobre el que giraba toda la estrategia global de vacunación.
A mediados de 2021, con las campañas de vacunación avanzando en el mundo, emergía una pregunta incómoda: ¿estaban protegidos los niños que aún no recibían sus dosis? Los datos llegaban, pero los científicos no coincidían en su interpretación.
En Serrana, una pequeña ciudad brasileña, el 98% de los adultos fue vacunado con CoronaVac. El Instituto Butantan documentó una caída del 80% en casos sintomáticos y del 95% en muertes. Lo que sorprendió al epidemiólogo Ricardo Palacios fue que los niños no vacunados también mostraron una reducción similar en infecciones. "Esta era una de nuestras preocupaciones: que si vacuna a todos los demás, probablemente la enfermedad se concentrará en los niños. Pero no vimos eso", declaró.
Patrones similares aparecieron en Estados Unidos, donde los casos en menores de 18 años cayeron un 84% entre enero y mayo, y en Israel, donde las infecciones en adultos y niños se desplomaron de manera casi paralela. El pediatra israelí Eric Haas interpretó esto como evidencia de que los adultos eran la principal fuente de contagio para los menores. Mónica Gandhi, de la Universidad de California, añadió una explicación biológica: los niños tienen menos receptores en sus vías respiratorias para el SARS-CoV-2, lo que reduce su capacidad de transmisión.
Sin embargo, el virólogo Julian Tang, de la Universidad de Leicester, advertía que la velocidad del despliegue vacunal en Israel podría haber sido el factor clave, no la inmunidad colectiva en sí. En el Reino Unido, con una vacunación del 60%, los brotes escolares persistían y la variante Delta circulaba con mayor fuerza. Tang señalaba que cuanto más durara la pandemia, mayores serían las posibilidades de que surgieran variantes resistentes a las vacunas.
Este debate alimentaba una discusión más amplia sobre si debía vacunarse a los niños. La OMS consideraba que no era una prioridad alta dado que los suministros globales eran insuficientes para cubrir a todos los adultos. Pero otros expertos argumentaban que vacunar a los menores los eliminaría como posibles reservorios del virus y protegería contra nuevas variantes. La pregunta fundamental —¿son los niños transmisores efectivos o principalmente receptores del contagio adulto?— permanecía sin respuesta clara, y de ella dependía el rumbo de las estrategias de vacunación en todo el mundo.
A mediados de 2021, mientras las campañas de vacunación avanzaban en todo el mundo, surgía una pregunta incómoda: ¿estaban realmente protegidos los niños que aún no recibían sus dosis? Los datos comenzaban a llegar, pero los científicos no se ponían de acuerdo sobre lo que significaban.
En la pequeña ciudad de Serrana, en el estado brasileño de São Paulo, ocurrió algo notable. El 98% de los adultos fue vacunado con CoronaVac, la vacuna desarrollada por la farmacéutica china Sinovac. Los investigadores del Instituto Butantan documentaron una caída del 80% en los casos sintomáticos y del 95% en las muertes. Pero lo que sorprendió a Ricardo Palacios, el epidemiólogo que dirigió el estudio, fue que los niños no vacunados también experimentaron una reducción similar en las infecciones. "Esta era una de nuestras preocupaciones: que si vacuna a todos los demás, probablemente la enfermedad se concentrará en los niños y adolescentes. Pero no vimos eso", declaró. En una ciudad donde el 62% de los 45.000 residentes eran adultos, la protección parecía extenderse a quienes no habían recibido inyección alguna.
Patrones similares emergieron en otros lugares. En Estados Unidos, donde poco más de la mitad de la población había recibido al menos una dosis, los casos en menores de 18 años cayeron un 84% entre enero y mayo. Israel presentaba un cuadro aún más dramático: las infecciones entre personas de 16 años o más se desplomaron de 559 casos por cada 100.000 en enero a apenas 1,5 por cada 100.000. Entre los menores de 11 años, la caída fue igualmente pronunciada, de 546 a 1,5 casos por cada 100.000. Eric Haas, pediatra especializado en enfermedades infecciosas del Ministerio de Salud israelí, interpretó esto como evidencia de que los adultos eran la principal fuente de contagio para los niños. "De lo contrario, cabría esperar que si los niños regresaran a la escuela, simplemente se infectarían unos a otros en masa", razonó.
Mónica Gandhi, médica especializada en enfermedades infecciosas de la Universidad de California en San Francisco, ofreció una explicación biológica adicional. Los niños, señaló, tienen menos probabilidades que los adultos de transmitir el virus, probablemente porque sus vías respiratorias poseen menos receptores que el SARS-CoV-2 utiliza para penetrar las células. "La vacunación de adultos protege a otras personas que no están vacunadas. Eso es realmente lo que significa la inmunidad colectiva", afirmó.
Pero no todos leían los datos de la misma manera. Julian Tang, virólogo de la Universidad de Leicester, sugirió que en Israel la velocidad del despliegue vacunal podría haber sido el factor decisivo. Para cuando terminó la vacunación de adultos, simplemente ya no había fuente de infección en ese grupo para transmitir a los niños. El Reino Unido, con una tasa de vacunación del 60%, pintaba un panorama más complejo. A fines de mayo, los casos en estudiantes de secundaria habían caído de alrededor de 600 por 100.000 en enero a menos de 100 por 100.000, pero durante ese mes se registraron casi 100 brotes en escuelas primarias y secundarias de Inglaterra. Shamez Ladhani, pediatra de Public Health England, minimizó la cifra señalando que representaba una pequeña proporción de las 25.000 escuelas del país. Sin embargo, Tang advertía que no debía ignorarse la transmisión escolar, especialmente porque la variante Delta circulaba con mayor intensidad en el Reino Unido que en Israel, y cuanto más tiempo durara la pandemia, mayores serían las posibilidades de que surgieran nuevas variantes resistentes a las vacunas.
Esta incertidumbre alimentaba un debate más amplio: ¿debían vacunarse los niños? La Administración de Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos aprobó la vacuna Pfizer para menores de 12 a 18 años el 10 de mayo, y más de 7 millones recibieron al menos una dosis. Otras agencias en Japón, Reino Unido y la Unión Europea siguieron el mismo camino. Pero el COVID-19 grave en niños era poco común; un análisis de mayo de 2020 estimaba que solo el 0,14% de los niños infectados desarrollaban una versión peligrosa. La Organización Mundial de la Salud sostenía que vacunar a los niños no era una prioridad alta dado que los suministros globales eran insuficientes para inmunizar a todos los adultos. Kim Mulholland, pediatra e investigadora de vacunas del Murdoch Children's Research Institute en Melbourne, expresó su preocupación: "Hay países que básicamente vacunan a personas que realmente no la necesitan, cuando hay muchos otros países que están desesperados por la vacuna".
Pero otros expertos veían la vacunación infantil como esencial. Tang argumentaba que vacunar a los niños los eliminaría como reservorio potencial de infecciones asintomáticas y protegería contra la aparición de nuevas variantes. Eric Haas, aunque reconocía el menor riesgo de enfermedad grave en adolescentes, creía que extender la vacunación a menores de 12 a 15 años protegería contra interrupciones escolares y proporcionaría inmunidad colectiva a adultos no vacunados. La pregunta fundamental permanecía sin respuesta clara: ¿eran los niños no vacunados transmisores efectivos del virus o principalmente receptores de infecciones provenientes de adultos? La respuesta determinaría el futuro de las estrategias de vacunación global.
Citas Notables
Esta era una de nuestras preocupaciones: que si vacuna a todos los demás, probablemente la enfermedad se concentrará en los niños y adolescentes. Pero no vimos eso— Ricardo Palacios, epidemiólogo del Instituto Butantan
La vacunación de adultos protege a otras personas que no están vacunadas. Eso es realmente lo que significa la inmunidad colectiva— Mónica Gandhi, médica especializada en enfermedades infecciosas, Universidad de California
La Conversación del Hearth Otra perspectiva de la historia
Los datos de Serrana parecen muy claros: adultos vacunados, niños protegidos. ¿Por qué entonces hay tanto desacuerdo entre los expertos?
Porque los datos pueden interpretarse de varias formas. Algunos ven protección pasiva: los adultos vacunados simplemente no transmiten el virus a los niños. Otros ven un riesgo latente: si los niños no vacunados siguen siendo transmisores, podrían convertirse en caldo de cultivo para nuevas variantes.
¿Y cuál es la diferencia práctica entre esas dos interpretaciones?
Enorme. Si los niños son principalmente receptores, entonces vacunar solo a adultos es suficiente. Pero si son transmisores efectivos, dejarlos sin vacunar es como dejar una puerta abierta para que el virus mute y escape de las vacunas existentes.
Pero el COVID-19 grave en niños es muy raro, ¿no?
Sí, lo es. Por eso la OMS dice que no es prioridad vacunarlos cuando hay adultos sin vacunar en otros países. Pero algunos expertos argumentan que el riesgo no es solo la enfermedad grave en el niño, sino lo que ese niño podría generar: nuevas variantes.
Entonces es un problema de escala global, no individual.
Exactamente. Un niño no vacunado en un país con buena cobertura de adultos probablemente esté bien. Pero millones de niños sin vacunar en todo el mundo, mientras el virus circula, es un riesgo colectivo que nadie puede ignorar.
¿Y qué pasó después? ¿Se vacunaron más niños?
Algunos países comenzaron a hacerlo, pero el debate continuó. La escasez global de vacunas hizo que la decisión fuera política tanto como científica.