Por qué las mujeres padecen más el síndrome del impostor que los hombres

El síndrome del impostor responsabiliza a las mujeres de problemas sistémicos
Expertos advierten que el concepto enfatiza soluciones individuales sobre cambios estructurales en los lugares de trabajo.

Desde que las psicólogas Clance e Imes nombraron el fenómeno en 1978, el síndrome del impostor ha acompañado silenciosamente a millones de mujeres que, al alcanzar el éxito, lo atribuyen a la suerte antes que a su propio mérito. Las cifras lo confirman: las mujeres lo padecen con un 18% más de frecuencia que los hombres, y tres de cada cuatro ejecutivas lo han experimentado. Pero detrás de este patrón individual late una pregunta más profunda: ¿es una herida psicológica que sanar, o el reflejo de un sistema que aún no ha aprendido a reconocer el talento femenino?

  • Las mujeres interiorizan el fracaso como culpa propia y el éxito como golpe de suerte, mientras los hombres confían por defecto en sus capacidades.
  • La ausencia de referentes femeninos en sectores como la tecnología alimenta la sensación de no pertenecer, como vivió en carne propia la ingeniera Sabrina Farmer al ser la única mujer en su clase.
  • El 75% de las ejecutivas ha experimentado este síndrome, según KPMG, lo que convierte un malestar aparentemente íntimo en un fenómeno de escala estructural.
  • Psicólogos proponen herramientas de autoindagación para distinguir la hipercrítica infundada de un problema real, como primer paso hacia recuperar la confianza.
  • Voces críticas advierten que hablar de 'síndrome' desvía la responsabilidad hacia las mujeres, ocultando que el verdadero problema son las microagresiones, los estereotipos y la discriminación sistémica.

Cuando una mujer asciende en su carrera, suele pensar que fue suerte. Cuando fracasa, se culpa a sí misma. Este patrón tiene nombre —síndrome del impostor— y, aunque no es exclusivo de las mujeres, las afecta con una frecuencia significativamente mayor: un 18% más que a los hombres, según un informe de Access Commercial Finance. El término fue acuñado en 1978 por las psicólogas Clance e Imes, quienes ya entonces observaron su mayor prevalencia femenina y lo vincularon al peso del entorno social sobre la autopercepción.

La escritora Neus Arqués describe el síndrome como un mecanismo de defensa: quien lo padece teme ser descubierta, minimiza sus logros y evita hacerse visible. La lógica interna es reveladora: las mujeres reducen sus expectativas desde el principio y, cuando triunfan, atribuyen el mérito a la suerte o al esfuerzo; los hombres, en cambio, confían en sus capacidades y externalizan el fracaso. La falta de referentes femeninos en ciertos sectores agrava este ciclo, como ilustra el testimonio de Sabrina Farmer, ingeniera en Gmail, quien fue la única mujer en sobrevivir a su clase de ingeniería y durante años se volvió invisible para no llamar la atención.

Desde la psicología, el síndrome se vincula directamente con la autoestima: la persona se siente insuficiente y vive bajo la presión constante de ocultar esa supuesta carencia. Los especialistas sugieren un ejercicio de autoindagación con cuatro preguntas clave sobre la propia identidad profesional, la interpretación del rol y el valor otorgado a las capacidades personales.

Sin embargo, algunas voces cuestionan el concepto mismo. Tulshyan y Burey, en Harvard Business Review, señalan que la etiqueta de 'síndrome del impostor' traslada a las mujeres la responsabilidad de resolver problemas que son, en realidad, sistémicos: microagresiones cotidianas, estereotipos arraigados y estructuras de poder que las empujan hacia abajo. Nombrar el malestar como un síndrome individual, advierten, puede ser otra forma de mirar hacia otro lado.

Cuando una mujer obtiene un ascenso, tiende a pensar que fue suerte. Cuando fracasa en algo, se culpa a sí misma. Este patrón de pensamiento tiene un nombre: síndrome del impostor. Y aunque los hombres también lo experimentan, la evidencia es clara: las mujeres lo padecen con mayor frecuencia.

Un informe encargado por Access Commercial Finance lo cuantificó: los hombres son un 18% menos propensos a sufrirlo que las mujeres. Más del 80% de las personas lo han experimentado en algún momento de sus vidas, pero la prevalencia entre mujeres es innegable. El término fue tipificado por primera vez en 1978 por las psicólogas P. Clance y R. Imes, quienes observaron que era más común en mujeres y atribuyeron parte de la causa al impacto del entorno social en cómo una mujer percibe su capacidad para progresar.

Neus Arqués, autora de "Impostoras y estupendas", describe el síndrome como un mecanismo de defensa. Las mujeres que lo padecen temen ser descubiertas, creen que no merecen el éxito y, por eso, se frenan a la hora de visibilizar su propio mérito. Los frenos adoptan muchas formas: dudar de la propia capacidad, no dedicar tiempo al proyecto personal, minimizar los logros. El razonamiento es distinto al de los hombres. Mientras que ellos sienten que pueden realizar una tarea y, si fracasan, lo atribuyen a la mala suerte o a un factor temporal, las mujeres tienden a reducir expectativas desde el principio. Cuando logran algo, lo atribuyen a factores externos como la suerte o, internamente, al esfuerzo. Los hombres, en cambio, no dudan por defecto de su propia capacidad.

La ausencia de referentes femeninos juega un papel crucial. Arqués sugiere que la falta de modelos a seguir en ciertos campos es una de las principales razones por las que las mujeres se inhiben de la visibilidad. Además, la sobreprotección en la infancia y la necesidad de encajar en el entorno familiar pueden estar presentes en los primeros años de quienes luego se sienten impostores. La mujer que padece este síndrome prioriza la necesidad de encajar socialmente, pensando que no le conviene destacar por su talento. Niega sus capacidades actuales en busca de un talento imposible, y no quiere hacerse visible porque no ha internalizado sus logros.

El impacto es especialmente visible en sectores como la tecnología y la ejecutiva. Un estudio de KPMG encontró que el 75% de las ejecutivas había experimentado el síndrome del impostor. Sabrina Farmer, ingeniera de fiabilidad en Gmail, relató su experiencia: en su primera clase de ingeniería había 60 alumnos, solo 20 llegaron al final, y ella fue la única mujer. Ese fue el comienzo del síndrome para ella, que la llevó a ser muy conservadora, nunca hablaba en clase ni charlaba con sus compañeros.

Para los psicólogos de ifeel, el síndrome está claramente conectado con la autoestima. La persona se coloca en un lugar precario, sintiéndose insuficiente y bajo estrés constante por esconder esa supuesta insuficiencia. Como primer paso para abordarlo, sugieren que la persona se plantee cuatro preguntas: cómo se está definiendo profesionalmente, cómo interpreta los requerimientos de su puesto, qué valor otorga a sus capacidades, y por qué percibe un espacio tan grande entre esas capacidades y esos requerimientos. Las respuestas pueden revelar si está siendo hipercrítica o si realmente hay un problema real.

Sin embargo, algunos expertos cuestionan el propio concepto. Ruchika Tulshyan y Jodi-Ann Burey, escribiendo en Harvard Business Review, señalan que la etiqueta del síndrome del impostor es una carga pesada. El término "impostor" evoca fraude criminal, y el trasfondo médico del "síndrome" recuerda diagnósticos históricos como la "histeria femenina" del siglo XIX. Lo más importante: el concepto responsabiliza a las mujeres de lidiar con los efectos de problemas sistémicos. Las batallas diarias con microagresiones, expectativas formadas por estereotipos y racismo, empujan a las mujeres hacia abajo. Los lugares de trabajo siguen mal orientados hacia soluciones sistémicas, buscando en cambio que las mujeres resuelvan individualmente problemas causados por discriminación y abuso de poder.

Las mujeres tienden a reducir expectativas por desconfianza en su propia capacidad, mientras que los hombres sienten que sí pueden realizar una tarea
— Neus Arqués, autora de 'Impostoras y estupendas'
El síndrome del impostor como concepto pone la responsabilidad sobre las mujeres de lidiar con los efectos de problemas causados por sistemas de discriminación
— Ruchika Tulshyan y Jodi-Ann Burey, Harvard Business Review
The Hearth Conversation Another angle on the story
Inventor

¿Por qué las mujeres dudan más de sí mismas que los hombres cuando logran algo?

Model

Tiene que ver con cómo internalizamos el éxito. Las mujeres tienden a atribuirlo a factores externos—la suerte, la ayuda de otros—mientras que los hombres asumen que lo lograron por su propia capacidad. Es un patrón que se forma desde temprano.

Inventor

¿Entonces es algo que aprendemos, no algo innato?

Model

Exactamente. El entorno social juega un papel fundamental. La falta de referentes femeninos en ciertos campos, la sobreprotección en la infancia, la presión de encajar socialmente—todo eso contribuye. Los hombres crecen con más permiso para creer en sí mismos.

Inventor

Mencionas que el 75% de las ejecutivas lo han experimentado. ¿Significa eso que el síndrome es casi universal para las mujeres en posiciones de poder?

Model

Es sorprendentemente común, sí. Pero aquí está lo interesante: algunos expertos cuestionan si el problema es realmente el síndrome de la mujer, o si es que los sistemas de trabajo están diseñados de forma que las mujeres se sienten constantemente bajo escrutinio.

Inventor

¿Cuál es la diferencia?

Model

Si el síndrome es solo un problema individual de autoestima, la solución es que cada mujer trabaje en sí misma. Pero si el problema es que las mujeres enfrentan microagresiones, estereotipos y discriminación sistémica todos los días, entonces no es un síndrome—es una respuesta racional a un entorno hostil.

Inventor

Entonces, ¿deberíamos dejar de hablar del síndrome del impostor?

Model

No necesariamente. Pero sí deberíamos reconocer que mientras las mujeres trabajan en su confianza, los lugares de trabajo también necesitan cambiar. El síndrome no es solo un problema de las mujeres; es un síntoma de sistemas que no están funcionando.

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