Partido Comunista Chino: un siglo de logros económicos y represión política

Defensores de derechos humanos y abogados han sido detenidos y acallados; graves abusos contra derechos humanos de la minoría uigur en Xinjiang bajo pretexto antiterrorista; libertades sofocadas en Hong Kong.
El partido lo controla todo, pero nadie sabe cuánto tiempo puede durar así
China celebra logros económicos sin precedentes bajo un sistema de control político que ha eliminado los límites al poder de su líder.

En su centenario, el Partido Comunista Chino encarna una de las paradojas más profundas de la historia moderna: un régimen que sacó a cientos de millones de la pobreza y alcanzó proezas científicas que asombran al mundo, mientras construía simultáneamente uno de los aparatos de control más exhaustivos que la humanidad haya conocido. Bajo Xi Jinping, el poder se concentra como no ocurría desde Mao, y las voces que podrían cuestionar ese rumbo han sido silenciadas. El siglo que el partido celebra hoy no es solo un relato de triunfo, sino una pregunta abierta sobre si la prosperidad sin libertad puede sostenerse en el tiempo.

  • China llega a su centenario comunista como potencia espacial, comercial y tecnológica, pero la magnitud de sus logros no puede separarse de la magnitud de su represión.
  • Xi Jinping ha eliminado los límites constitucionales a su mandato y concentra en su persona el control del Estado, el ejército y el partido, sin rival visible ni contrapeso institucional.
  • En Xinjiang, la minoría uigur sufre abusos sistemáticos bajo el pretexto antiterrorista; en Hong Kong, una ley de seguridad nacional ha extinguido las libertades que distinguían a la ciudad.
  • Abogados y defensores de derechos humanos han sido detenidos y silenciados, mientras la tecnología de vigilancia y el adoctrinamiento escolar consolidan un control social sin precedentes.
  • El mundo democrático observa un modelo que desafía la idea de que el desarrollo económico conduce inevitablemente a la apertura política, y aún no ha encontrado una respuesta coherente.

China celebra hoy el centenario de su Partido Comunista, que lleva setenta y dos años gobernando sin interrupción, superando incluso al Partido Comunista Soviético que fue su referente. La transformación del país en ese tiempo resulta difícil de exagerar: de nación fragmentada y empobrecida a potencia que rivaliza con Estados Unidos, con presencia en la cara oculta de la Luna, su propia estación espacial, planes de misiones tripuladas a Marte y, según sus cifras, la erradicación de la malaria y la pobreza rural. Para millones de chinos, la promesa de que sus hijos vivirían mejor que ellos se convirtió en realidad.

Pero esos logros conviven con sombras que el partido preferiría borrar: el Gran Salto Adelante, la Revolución Cultural, Tiananmén. Y el presente no ofrece alivio. La vigilancia tecnológica es omnipresente, las universidades funcionan como instrumentos de adoctrinamiento y el nacionalismo se cultiva como herramienta de cohesión. Xi Jinping, el hombre más poderoso desde Mao, lo resume en una frase que repite con frecuencia: el partido lo controla todo, en todas direcciones.

Hace cuatro años, el partido eliminó los límites constitucionales a los mandatos presidenciales. Se espera que el próximo congreso renueve a Xi, quien podría permanecer en el poder indefinidamente. Esta concentración ha sofocado cualquier disensión interna: una campaña anticorrupción neutralizó a posibles rivales, y defensores de derechos humanos y abogados han sido detenidos y silenciados. En Xinjiang, los uigures sufren graves abusos bajo pretexto antiterrorista. En Hong Kong, una ley de seguridad nacional ha asfixiado las libertades públicas.

Lo que queda por resolver es si la flexibilidad que permitió al partido sobrevivir y adaptarse durante un siglo puede mantenerse cuando el poder se concentra en una sola persona y la disensión es imposible. Los gobiernos democráticos harían bien en estudiar no solo los logros económicos de China, sino también, y sobre todo, sus abusos.

Hoy China celebra un centenario que pocos partidos políticos en la historia han alcanzado. El Partido Comunista Chino cumple cien años de existencia, y lleva setenta y dos de ellos gobernando sin interrupción —un récord que superó al Partido Comunista de la Unión Soviética, que alguna vez fue su referente ideológico. Desde 1949, cuando tomó el poder, la transformación ha sido vertiginosa. Un país que estaba fragmentado, empobrecido, dominado por la miseria, se convirtió en una potencia económica que hoy rivaliza con Estados Unidos en muchos campos y lo supera en otros, como el comercio electrónico. China fue la primera en llegar a la cara oculta de la Luna. Construye su propia estación espacial. Planea misiones tripuladas a Marte. Esta semana anunció la erradicación de la malaria. Según sus cifras, eliminó la pobreza rural. Para millones de ciudadanos chinos, la promesa de que sus hijos vivirán mejor que ellos dejó de ser un sueño para convertirse en realidad.

Pero estos logros coexisten con sombras que no pueden ignorarse. El Gran Salto Adelante, la Revolución Cultural, la masacre de Tiananmén: son capítulos del pasado que el partido preferiría que desaparecieran de la memoria. Lo inquietante es que el presente no ofrece alivio. Nunca antes el partido había ejercido tanto control sobre sus ciudadanos. La tecnología de vigilancia es omnipresente. Las escuelas y universidades funcionan como máquinas de adoctrinamiento. El nacionalismo se cultiva como herramienta de cohesión. Las empresas deben tener células del partido si hay al menos tres militantes entre sus empleados. Xi Jinping, el líder actual, lo resume en una frase que repite con frecuencia: "Este, oeste, norte, sur; el partido lo controla todo".

Xi Jinping es el hombre más poderoso de China desde Mao Zedong. Es jefe de Estado, presidente de la Comisión Militar Central, secretario general del partido y lo que el sistema llama el "núcleo" de la formación política. Hace cuatro años, el partido eliminó las salvaguardas constitucionales que limitaban los mandatos presidenciales a diez años. Se espera que en el próximo congreso del partido, el año que viene, su mandato sea renovado. Si eso ocurre, permanecerá en el poder al menos cinco años más, sin límite visible en el horizonte.

Este control sin precedentes ha sofocado cualquier atisbo de disensión dentro del partido. Una larga campaña contra la corrupción ha neutralizado a posibles rivales políticos. Defensores de derechos humanos y abogados han sido detenidos y silenciados. En Xinjiang, bajo el pretexto de combatir el terrorismo, se han cometido graves violaciones de los derechos humanos contra la minoría uigur. En Hong Kong, una nueva ley de seguridad nacional ha asfixiado las libertades públicas.

Los líderes chinos sostienen que su sistema es el único viable para gobernar una nación tan vasta y compleja. Durante décadas, su éxito se basó en la capacidad de adaptación, en la disposición a cambiar tácticas cuando era necesario. Lo que queda por ver es si esa flexibilidad puede mantenerse cuando el control es tan absoluto, cuando la disensión es imposible, cuando el poder se concentra en una sola persona. Mientras el mundo observa, los gobiernos democráticos harían bien en estudiar tanto los logros económicos de China como sus objetivos estratégicos. Pero especialmente, deberían tomar nota de sus abusos.

Este, oeste, norte, sur; el partido lo controla todo
— Xi Jinping
Su sistema es el único viable para gobernar una nación tan vasta y compleja
— Líderes chinos
La Conversación del Hearth Otra perspectiva de la historia
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¿Cómo es posible que un sistema tan represivo haya generado tanto crecimiento económico?

Model

China tuvo suerte de llegar al capitalismo de mercado en el momento justo, cuando la tecnología global estaba acelerándose. Pero también es verdad que la represión y el crecimiento no son contradictorios en el corto plazo. El control permite decisiones rápidas sin obstáculos democráticos. El problema es la sostenibilidad.

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¿Sostenibilidad de qué?

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De todo. Un sistema que depende de una sola persona, que sofoca la disensión, que controla mediante vigilancia y miedo, eventualmente se vuelve frágil. Necesita enemigos externos para justificarse. Necesita crecimiento constante para mantener la legitimidad.

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Pero Xi Jinping parece tener apoyo genuino.

Model

Algunos lo tienen. Otros simplemente no pueden expresar lo contrario. Es difícil saber dónde termina el apoyo real y dónde comienza el silencio forzado cuando no hay libertad de expresión.

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¿Entonces los logros no importan?

Model

Importan mucho. Erradicar la malaria, sacar a cientos de millones de la pobreza, eso es real y significativo. Pero no justifica los abusos. Ambas cosas pueden ser verdaderas al mismo tiempo.

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¿Qué debería preocupar más a Occidente?

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Que China demuestre que el autoritarismo puede funcionar económicamente. Eso desafía la narrativa occidental de que la democracia es necesaria para la prosperidad. Es una lección peligrosa si otros gobiernos deciden imitarla.

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