Nunca tiramos manteca al techo: siempre seguimos trabajando
En junio de 1995, trece amigos de una ciudad pequeña de la provincia de Buenos Aires apostaron cien pesos cada uno al Quini 6 y ganaron casi diez millones de dólares. Julio Colombi, uno de ellos, recibió la noticia en medio de un partido de fútbol y desde entonces navegó durante tres décadas los claroscuros de una fortuna inesperada: el insomnio, el miedo, el trabajo incansable y la pérdida. Su historia es la de un hombre que encontró en el dinero no una redención, sino una herramienta, y que eligió seguir siendo quien era antes de que el azar lo llamara por su nombre.
- Cien pesos apostados en un momento de desesperación económica se convirtieron en 473.400 dólares, una cifra que llegó mientras Julio pateaba una pelota en el Club Rivadavia de Lincoln.
- La euforia inicial se quebró en siete días de insomnio absoluto, una internación clínica y meses de tratamiento psiquiátrico ante la imposibilidad de procesar la magnitud del premio.
- El miedo al secuestro —alimentado por el caso de otro ganador de lotería cuya hija fue asesinada— instaló una sombra sobre la celebración y obligó a la familia a reorganizar su vida entera.
- El dinero pagó campos, casas, operaciones de columna y un proceso legal de dos años tras el accidente de su hijo, actuando como escudo ante golpes que de otro modo habrían sido devastadores.
- Treinta años después, Julio tiene setenta años, camina con tornillos en el tobillo, reza el rosario cada quince días y sostiene que el Quini no lo cambió: simplemente le permitió seguir siendo él mismo, pero con tierra propia.
Era un lunes de junio de 1995 cuando Julio Colombi, cuarenta años, dueño de un autoservicio en Lincoln y cargado de deudas, recibió un llamado de su esposa Alicia en medio de un partido de fútbol. Del otro lado del teléfono, ella gritaba y lloraba. Poco después, el dueño de la agencia de quiniela lo confirmó sin rodeos: había ganado 473.400 dólares. Junto a doce amigos del Club Social, habían apostado mil quinientos pesos en total y se llevaban casi diez millones, en plena época del uno a uno.
Los primeros días fueron de euforia pura: festejos, bailes, dinero repartido a desconocidos. Pero la alegría se fue deshaciendo rápido. Los periodistas llamaban a cualquier hora, el teléfono no paraba y Julio no podía dormir. Pasó una semana sin cerrar los ojos hasta que lo internaron. Cuando despertó, estaba atado a la cama. El miedo llegó después: meses antes, el ganador de un Prode en Entre Ríos había visto a su hija secuestrada y asesinada. Julio comenzó un tratamiento psiquiátrico que se extendería durante meses.
Con el dinero hizo lo que siempre había soñado: compró quinientas hectáreas de campo, luego otro campo más, una casa para cada hijo. Cerró el autoservicio y se fue a vivir a la tierra. Criaba vacas, sembraba, trabajaba más que nunca. Ese primer año bajó dieciséis kilos. El dinero también lo protegió cuando llegaron los golpes: el accidente de su hijo en moto, en el que murió un niño y que derivó en un proceso legal de casi dos años; las seis operaciones de columna de Alicia tras una mala praxis. Todo eso se pudo sostener.
Treinta años después, Julio tiene setenta años y está jubilado. Camina con un tobillo reconstruido con trasplante de hueso y tres tornillos. Cada quince días va a la parroquia a rezar el rosario. De los trece ganadores originales, dos ya no están. Él sigue aquí, tomando mate con Alicia, convencido de que el Quini se lo mandó Dios y de que nunca tiró manteca al techo. El dinero le ayudó, dice, pero nunca cambió lo que era.
Julio Colombi estaba en el medio de un partido de fútbol cuando la noticia llegó. El conserje del club lo llamó desde la línea de cal: su esposa insistía en hablar con él. Descreído, Julio corrió al teléfono. Del otro lado, Alicia gritaba y lloraba al mismo tiempo. Era el 12 de junio de 1995, un lunes cualquiera que se convertiría en el día que cambió todo.
Julio tenía cuarenta años entonces. Trabajaba junto a su esposa en un autoservicio de Lincoln, una ciudad pequeña de la provincia de Buenos Aires, vendiendo carne y atendiendo clientes. Vivían golpeados económicamente, cargando deudas y problemas de salud. Una semana antes, un vendedor de queso que lo visitaba en el negocio le había mencionado una jugada al Quini 6. Doce amigos del Club Social estaban apostando. Julio tenía apenas doscientos dólares guardados en la mesa de luz y al día siguiente debía pagar ochocientos de un crédito por una camioneta. Cuando le preguntaron si quería entrar con cien dólares, no lo pensó. Estaba seguro de que iban a ganar. Era un acto de desesperación más que de fe.
Esa noche, mientras jugaba en el Club Rivadavia, Ricardo Souza, el dueño de la agencia de quiniela, lo buscó. "¿Vos sos Julio? Vos te ganaste 473.400 dólares", le dijo. Había puesto cien pesos y se estaba llevando casi medio millón. Junto a otros doce amigos de Lincoln, habían apostado mil quinientos pesos en total y ganaron casi diez millones de pesos, lo que equivalía a diez millones de dólares en la época del uno a uno. Los primeros días fueron de euforia desenfrenada. Salían a festejar, bailaban, repartían dinero a desconocidos. Pero esa alegría no duró.
Los periodistas llamaban a cualquier hora. Los fotógrafos querían fotos. El teléfono no paraba de sonar. Julio no podía dormir. Pasaron siete días sin pegar un ojo hasta que lo internaron en una clínica. Le pusieron una inyección y cuando despertó estaba atado a la cama porque, según le dijeron, saltaba mientras dormía. Además del insomnio, llegó el miedo. Meses antes, alguien que había ganado el Prode en Entre Ríos había sufrido el secuestro de su hija. Le pidieron dinero por el rescate. Al final la mataron. Julio empezó a tener terror de que algo así le pasara a su familia. Comenzó un tratamiento psiquiátrico que se extendería durante meses.
Lo primero que hizo fue comprar quinientas hectáreas de campo. Era el sueño que él y Alicia habían perseguido toda la vida. Habían alquilado tierra durante años, trabajando sin descanso. Ahora tenían la suya. Compró otro campo después, otra casa, les regaló una casa a cada uno de sus hijos. Cerró el autoservicio porque no funcionaba sin su presencia constante. Se fue a vivir al campo. Criaba vacas, sembraba, trabajaba más que nunca. Ese primer año bajó dieciséis kilos.
El dinero también lo protegió cuando llegaron los problemas. En 1996, su hijo tuvo un accidente en moto en el que murió un niño. Porque Julio había ganado el Quini y tenía campo, la gente lo quiso desplumar. El proceso legal duró casi dos años, pero se arregló. Su esposa necesitó varias operaciones de columna después de una mala praxis quirúrgica años atrás. El dinero pagó todo eso. En 1998, exactamente tres años después de ganar medio millón de dólares, se ganó un sorteo y viajó gratis al Mundial en Francia durante veintiún días.
Treinta años después, Julio tiene setenta años. Está jubilado. Hace tres años vendió un campo y compró una camioneta nueva. Con esa plata, él y Alicia viajaron a Paraguay hace poco. Su esposa pasó por seis operaciones de columna pero sigue siendo su compañera de vida. Julio camina con un tobillo con trasplante de hueso y tres tornillos desde febrero de 2020. Cada quince días, los sábados, va a la parroquia de Lincoln a rezar el rosario y por los enfermos. De los trece ganadores originales, once siguen vivos. Norberto "El Turco" Sennar y Juan Carlos Emanuele fallecieron. En la ciudad dicen que los que tenían plata siguen teniendo plata, y los que estaban secos siguen estando secos. Julio nunca fue parte de ese grupo de timberos, pero los conocía a todos. Sostiene que el Quini se lo mandó Dios. Nunca tiró manteca al techo. Trabajó incansablemente. Y después de tres décadas, sigue aquí, vivo, tomando mate con su esposa.
Citações Notáveis
Estuve siete días sin dormir, hasta que me internaron. Me tuvieron que poner una inyección y cuando me desperté me habían atado a la cama— Julio Colombi
Yo sostengo que a mí el Quini me lo mandó Dios— Julio Colombi
A Conversa do Hearth Outra perspectiva sobre a história
¿Qué fue lo que más te asustó cuando ganaste?
El miedo a que le pasara algo a mi familia. Había escuchado de un tipo que ganó el Prode y le secuestraron a la hija. Eso me metió terror en el cuerpo.
¿Entonces el dinero no fue una bendición?
Fue las dos cosas. Me permitió comprar el campo que siempre quisimos, pagar deudas, operaciones. Pero el dinero trae responsabilidad. No podés dormir pensando en quién te va a robar, en quién te va a pedir.
¿Qué hicieron los otros ganadores con la plata?
Algunos se la gastaron. Otros la invirtieron bien. Pero en la ciudad dicen que los que tenían plata siguen teniendo plata, y los que estaban secos siguen estando secos. El dinero no te cambia si no sabés qué hacer con él.
¿Te arrepentís de haber ganado?
No. Pero a veces pienso que tendría que haber comprado un campo más cerca de Lincoln. Uno piensa en los hijos, en los nietos. Yo me hicieron a trabajar desde chico. Nunca aprendí a no hacer nada.
¿Cómo es vivir treinta años después de eso?
Estoy vivo. Mi esposa está acá y me está cebando mate. Hemos pasado por cosas buenas y malas. Pero seguimos aquí. Eso es lo importante.