Orbán pierde las elecciones en Hungría tras 16 años de poder; Tisza logra supermayoría

Hemos recuperado nuestro país
Péter Magyar celebra la victoria de Tisza ante cientos de seguidores en la plaza del Parlamento de Budapest.

Tisza logra 138 escaños con supermayoría de dos tercios, permitiendo reformas constitucionales y judiciales que Orbán había blindado durante casi dos décadas. La participación electoral alcanza el 77,8%, la más alta desde la transición democrática, reflejando el rechazo ciudadano al régimen autoritario de Orbán.

  • Tisza obtiene 138 escaños, cinco más de los 133 necesarios para supermayoría de dos tercios
  • Participación electoral del 77,8%, la más alta desde la transición democrática
  • Orbán gobernó durante 16 años con supermayorías que le permitieron 15 reformas constitucionales
  • Fidesz obtiene 55 diputados; Mi Hazank, 6 diputados

Viktor Orbán reconoce su derrota electoral en Hungría tras 16 años en el poder. Péter Magyar y su partido Tisza obtienen una supermayoría de dos tercios que le permitirá desmantelar el sistema autoritario construido por Orbán.

Budapest despertó el 12 de abril de 2026 con una pregunta resuelta. Después de dieciséis años gobernando con supermayorías de dos tercios que le permitieron reescribir la constitución, controlar los tribunales y moldear las instituciones a su voluntad, Viktor Orbán había perdido. El líder ultraconservador que se convirtió en referente global de la extrema derecha fue derrotado por Péter Magyar y su partido Tisza en una jornada que quedará marcada en la historia política húngara.

La magnitud del cambio se midió en números. Con el 96% de los votos escrutados, Tisza obtuvo 138 escaños en un Parlamento de 199 diputados. Eso significaba cinco escaños más de los 133 necesarios para alcanzar la supermayoría cualificada de dos tercios, la misma herramienta que Orbán había usado durante casi dos décadas para blindar su sistema. Fidesz, el partido del líder saliente, se quedó con 55 diputados. Mi Hazank, la formación de extrema derecha, logró seis. La participación electoral alcanzó el 77,8%, la más alta desde que Hungría transitó a la democracia, un reflejo del peso que los ciudadanos otorgaban a esta contienda.

En la plaza frente al Parlamento, junto a las aguas del Danubio, cientos de seguidores de Magyar se congregaron para escuchar al hombre que acababa de ganar. "Lo hemos conseguido. Tisza y Hungría han ganado. Hemos recuperado nuestro país", exclamó Magyar ante la multitud. Consciente de que lograr una supermayoría de dos tercios era prácticamente sin precedentes en la historia democrática húngara, subrayó la dimensión histórica del mandato que acababa de recibir. Una mujer llamada Linda, que había votado horas antes, resumía el sentimiento de muchos con una frase simple: "Tengo ganas de llorar".

Magyar fue explícito sobre lo que vendría. El nuevo gobierno tendría que limpiar las instituciones que Orbán había capturado: el presidente de la república, la fiscalía, el presidente del poder judicial, el presidente de la autoridad de medios. "Los que formaban parte de este régimen y eran pilares del mismo deben abandonar sus puestos por su propia voluntad antes de que los despidamos", afirmó. Prometió investigar la corrupción, recuperar los fondos congelados por la Unión Europea y liberar un sistema judicial que había sido sometido a reformas constitucionales sucesivas. También dirigió un mensaje a los votantes rurales que habían apoyado a Fidesz: "Sé que estáis enfadados, pero os prometo que también seré vuestro primer ministro. Os representaré a todos".

Orbán reconoció su derrota con una declaración breve. "La tarea que tenemos por delante está clara: el peso del gobierno no nos agobia, hay que fortalecer a la comunidad", dijo, y añadió que dos millones y medio de votantes habían depositado su confianza en Fidesz. Luego llamó a Magyar para felicitarlo, un gesto que cerró las especulaciones sobre si el líder ultraconservador aceptaría el resultado electoral.

Pero los expertos advertían que la victoria, aunque contundente, enfrentaría a Magyar con un desafío de magnitudes desconocidas. Carsten Schneider, politólogo y rector de la Central European University, que Orbán había perseguido y cerrado en 2017, explicaba que el sistema político húngaro contenía "enclaves autoritarios": partes del gobierno que operaban fuera del control parlamentario. Orbán había gobernado por decreto incluso cuando tenía supermayoría, y había declarado un estado de peligro en 2022 por la guerra en Ucrania que le permitió avanzar en su agenda hasta el día de las elecciones. "Si no es Orbán, mañana será otro quien puede bloquear decisiones importantes", advertía Schneider sobre la necesidad de reformar los procesos de toma de decisiones en la Unión Europea.

Orbán también había construido una élite económica nacional. Expulsó a las cadenas minoristas internacionales, bancos y constructoras, y dirigió ese dinero hacia su familia, amigos y empresarios cercanos. Ahora Magyar tendría que navegar esos resortes de poder absoluto. Zsuzsanna Szelényi, investigadora del Democracy Institute de la Central European University, ofrecía una perspectiva más amplia: Tisza no era el renacimiento de una alternativa liberal o socialdemócrata coherente, sino el vehículo en el que casi todos los opositores a Orbán habían depositado sus esperanzas. "Cuando las instituciones democráticas se deterioran durante el tiempo suficiente, las elecciones dejan de ser contiendas entre programas y se convierten en referendos desesperados sobre si el cambio político es posible", reflexionaba. La victoria de Magyar era, en ese sentido, una respuesta a esa pregunta desesperada. Lo que vendría después definiría si esa respuesta podría traducirse en cambio real.

En la historia democrática de Hungría, ningún partido ha tenido un mandato tan fuerte
— Péter Magyar, líder de Tisza
Cuando las instituciones democráticas se deterioran durante el tiempo suficiente, las elecciones dejan de ser contiendas entre programas y se convierten en referendos desesperados sobre si el cambio político es posible
— Zsuzsanna Szelényi, investigadora del Democracy Institute
A Conversa do Hearth Outra perspectiva sobre a história
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¿Por qué esta elección fue tan importante para Hungría? ¿Qué había hecho Orbán en esos dieciséis años?

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Orbán usó supermayorías de dos tercios para reescribir la constitución quince veces, controlar los tribunales, cambiar las leyes electorales. Gobernó sin apenas frenos democráticos. Lo que hizo fue crear un sistema donde el Parlamento ya no era el lugar donde se tomaban las decisiones reales.

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Entonces, ¿por qué fue tan difícil sacarlo del poder si la gente estaba descontenta?

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Porque construyó lo que los expertos llaman "enclaves autoritarios". Partes del gobierno que funcionan fuera del control parlamentario. Incluso si pierdes las elecciones, esos enclaves siguen ahí. Los medios, la fiscalía, los tribunales, todo estaba en sus manos.

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¿Y Magyar puede desmantelar todo eso ahora que tiene la supermayoría?

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Teóricamente sí. Tiene los números para hacer reformas constitucionales. Pero Orbán también construyó una élite económica nacional, sacó a las cadenas internacionales y dirigió el dinero a sus amigos y familia. Eso no desaparece con una elección.

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¿Qué fue lo más sorprendente de esta elección?

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La participación. El 77,8%, la más alta desde la transición democrática. La gente entendía que esto era un referendo sobre si el cambio era posible. No votaban por un programa, votaban por la posibilidad de que algo cambiara.

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¿Qué le espera a Magyar ahora?

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Un desafío sin precedentes. Tiene que limpiar instituciones capturadas, investigar corrupción, recuperar fondos de la UE. Pero también tiene que gobernar para los que votaron a Orbán, especialmente en zonas rurales. Y todo eso mientras intenta desmantelar un sistema que fue diseñado para ser casi imposible de desmantelar.

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