Netanyahu y los 'halcones' republicanos frenan a Trump en negociaciones nucleares con Irán

Netanyahu ya no cree tener capacidad para influir en Trump
Un portavoz israelí reconoce la erosión de la influencia de Netanyahu sobre las decisiones del presidente estadounidense.

En el umbral de un acuerdo que habría reconfigurado el equilibrio de poder en Oriente Medio, la diplomacia estadounidense tropezó con sus propias contradicciones internas. Trump, impulsado por la necesidad de un logro económico tangible —la reapertura del estrecho de Ormuz—, estuvo a punto de ceder terreno estratégico a Irán a cambio de una pausa nuclear de apenas dos meses. Pero la intervención de Netanyahu y el ala dura republicana recordó que, en política exterior, los acuerdos no solo se negocian con el adversario, sino también con los propios aliados.

  • Trump anunció públicamente que un acuerdo con Irán era inminente, generando una caída del seis por ciento en el precio del crudo y elevando las expectativas diplomáticas a nivel global.
  • Netanyahu llamó a Trump en persona para advertirle que el pacto anularía los logros militares de la operación Furia Épica y dejaría a Irán en una posición de poder regional inaceptable para Israel.
  • Senadores republicanos como Ted Cruz y Lindsey Graham se alinearon con Israel, calificando el borrador del acuerdo de 'error desastroso' y exigiendo que cualquier trato elimine permanentemente la amenaza nuclear iraní.
  • Irán, consciente de que Trump necesitaba la reapertura de Ormuz más que una solución nuclear, utilizó el uranio enriquecido como moneda de cambio mientras reclamaba fondos descongelados y control del estrecho.
  • Trump rectificó su tono y declaró que el acuerdo sería 'todo lo contrario' al de Obama o no habría trato, dejando las negociaciones suspendidas entre la presión interna y el riesgo de escalada militar.

Trump estaba listo para firmar. Las negociaciones con Irán habían avanzado hasta el punto de que el presidente anunció en Truth Social que un acuerdo era inminente: descongelar activos iraníes bloqueados, levantar sanciones y reabrir el estrecho de Ormuz. A cambio, Teherán aceptaría aplazar la cuestión nuclear durante sesenta días.

Pero las alarmas sonaron en Washington y en Jerusalén. Netanyahu llamó a Trump para expresar su profunda preocupación: un pacto en esos términos dejaría a Irán fortalecido regionalmente, borrando los logros de la operación Furia Épica. Un portavoz israelí reconoció que Netanyahu ya no creía poder influir en las decisiones del presidente, lo que revelaba la magnitud de la tensión entre ambos aliados.

En el Congreso, el ala dura republicana se sumó a las críticas. Ted Cruz calificó el acuerdo de 'error desastroso' y Lindsey Graham rechazó cualquier negociación que permitiera a Irán mantener relevancia regional. La presión interna sobre Trump se volvió insostenible.

Mientras tanto, Irán enfriaba las expectativas desde su lado. El portavoz del Ministerio de Exteriores aclaró que las conversaciones se centraban en el fin de la guerra, no en el programa nuclear, y que Teherán no tenía intención de desarrollar armas atómicas. Lo que Irán realmente exigía era dinero —la descongelación de fondos y la reanudación de ventas de petróleo— y el control del estrecho de Ormuz, que consideraba competencia de los países del Golfo, no de Estados Unidos.

Trump sabía que necesitaba la reapertura de Ormuz como logro político. El simple rumor del acuerdo ya había movido los mercados. Teherán lo sabía también, y usaba el uranio enriquecido como palanca. Pero tras la tormenta política desatada por Netanyahu y sus aliados republicanos, Trump cambió de tono: declaró que cualquier pacto sería 'todo lo contrario' al de Obama o no existiría. Las negociaciones continúan, pero ahora bajo una presión que podría hacerlas colapsar o derivar en una escalada militar.

Trump estaba listo para firmar. Las negociaciones con Irán habían avanzado lo suficiente como para que el presidente estadounidense anunciara en Truth Social que un acuerdo era inminente. El plan era ambicioso: descongelar miles de millones de dólares en activos iraníes bloqueados, levantar sanciones económicas, y reabrir el estrecho de Ormuz al tráfico marítimo internacional. A cambio, Teherán aceptaría aplazar la cuestión nuclear durante dos meses, tiempo que ambas partes usarían para negociar una solución sobre el uranio enriquecido.

Pero en Washington, las alarmas comenzaron a sonar. Benjamin Netanyahu, primer ministro de Israel, se comunicó con Trump el sábado pasado después de que el presidente informara a los líderes del Golfo, Turquía y Pakistán sobre el estado de las conversaciones. Netanyahu expresó su profunda preocupación: un acuerdo en esos términos dejaría a Irán en una posición de poder regional, anulando todo lo que se había logrado con la operación militar conocida como Furia Épica. Un portavoz del gobierno israelí reconoció después que Netanyahu ya no creía tener capacidad para influir en las decisiones de Trump.

No estaba solo. En el Congreso, el ala dura del Partido Republicano se alineó con Netanyahu. Ted Cruz, senador por Texas, calificó lo que se filtraba del acuerdo como un "error desastroso". Afirmó que la decisión de Trump de atacar a Irán había sido la más trascendental de su segundo mandato y que ahora no era momento de retroceder. Lindsey Graham, senador por Carolina del Sur y cercano al presidente, descalificó cualquier negociación que permitiera a Irán mantener una posición relevante en la región. Otras voces republicanas se sumaron a la crítica, argumentando que no podía permitirse que la amenaza iraní persistiera.

Las autoridades iraníes, mientras tanto, enfriaban las expectativas. Esmaeil Baqaei, portavoz del Ministerio de Exteriores, reconoció el lunes que se había avanzado en algunas cuestiones, pero advirtió que eso no significaba que la firma fuera inminente. Explicó que las conversaciones se centraban actualmente en el fin de la guerra, no en el programa nuclear. Esa cuestión se discutiría en un plazo de sesenta días. Irán insistía en que no pretendía desarrollar armas atómicas, que el combustible nuclear era esencial para su estrategia energética, y que estaba dispuesto a reducir el nivel de enriquecimiento bajo supervisión del Organismo Internacional de Energía Atómica.

Lo que Irán realmente quería era dinero y control. Exigía la descongelación inmediata de fondos bloqueados para paliar los efectos devastadores de la guerra en su economía. Solo la reanudación de la venta de petróleo supondría unos diez mil millones de dólares en ingresos durante tres meses. También insistía en que el estrecho de Ormuz permaneciera bajo supervisión iraní, argumentando que esa gestión no era competencia de Estados Unidos sino de los vecinos del Golfo. Irán aseguraba que no cobraría peaje por el paso, pero que los buques deberían pagar por el servicio de seguridad que proporcionaría.

Marco Rubio, secretario de Estado, declaró desde Nueva Delhi que Estados Unidos apostaría por el éxito de la acción diplomática antes de explorar otras alternativas. Pero sus palabras enmascaraban una realidad diferente: la presión interna era inmensa. Trump, que había anunciado la firma inmediata del acuerdo, poco después aseguró que no había prisa. Un portavoz de la administración declaró a CNN que cualquier acuerdo definitivo debía incluir cláusulas que aseguraran que Irán no podría fabricar armas nucleares, lo que significaba que debería entregar el uranio enriquecido. Pero Irán rechazaba esa opción.

Lo que estaba en juego era la apertura de Ormuz. Trump necesitaba ese logro. El simple anuncio de que las negociaciones avanzaban había hecho caer el precio del crudo casi un seis por ciento. La necesidad imperiosa del presidente por anunciar el fin del bloqueo hacía que el uranio pasara a un segundo plano, y Teherán lo sabía. Irán pretendía usarlo como moneda de cambio.

Al final, tras las reacciones de Netanyahu y sus aliados republicanos, Trump cambió de tono. Declaró que cualquier pacto sería "todo lo contrario" al que negoció Barack Obama, al que calificó como "uno de los peores acuerdos que jamás haya realizado nuestro país". "Será grande y significativo o no habrá trato en absoluto", añadió. Las negociaciones continuaban, pero ahora con una presión política interna que podría colapsar los esfuerzos diplomáticos o llevar a una escalada militar.

Será grande y significativo o no habrá trato en absoluto
— Donald Trump, presidente de Estados Unidos
La decisión de atacar a Irán fue la más trascendental de su segundo mandato y no debería aflojar ahora
— Ted Cruz, senador republicano por Texas
La Conversación del Hearth Otra perspectiva de la historia
Inventor

¿Por qué Netanyahu tiene tanto poder para frenar a Trump en esto? Pensaría que el presidente estadounidense podría simplemente ignorarlo.

Model

Porque Netanyahu representa algo que Trump necesita: la legitimidad de haber ganado una guerra regional. Si el acuerdo deja a Irán fortalecido, parece que Trump negoció desde una posición débil, no de victoria.

Inventor

Pero Trump dice que quiere reabrir Ormuz. ¿No es eso una victoria en sí mismo?

Model

Lo es, pero solo si el precio no es demasiado alto. Si Irán controla el estrecho y además obtiene dinero desbloqueado y sanciones levantadas, entonces Irán gana más que Trump. Y Netanyahu lo ve claramente.

Inventor

¿Qué quiere realmente Irán de todo esto?

Model

Dinero, principalmente. La guerra ha destrozado su economía. Pero también quiere que se reconozca su papel regional, que no sea humillado. El uranio es casi secundario para ellos en este momento.

Inventor

¿Y los senadores republicanos? ¿Realmente creen que Irán es una amenaza permanente, o es política interna?

Model

Probablemente ambas cosas. Pero lo que importa es que Trump ahora tiene que escucharlos. No puede permitirse perder a su propio partido en una cuestión de seguridad.

Inventor

¿Entonces qué pasa ahora?

Model

Trump sigue negociando, pero con las manos atadas. Necesita un acuerdo que parezca una victoria clara, no un compromiso. Eso hace que todo sea más frágil.

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