Nayib Bukele: del presidente 'millennial' al dictador autoritario en El Salvador

Periodistas y defensores de derechos humanos enfrentan amenazas de agresión física, persecución penal, censura de investigaciones y bloqueos institucionales que limitan su capacidad de fiscalización.
Todo era una fachada. Estamos ante un vulgar caudillo latinoamericano.
Análisis de José Miguel Vivanco sobre la transformación de Bukele de líder juvenil a dictador autoritario.

En El Salvador, un joven político que prometió romper con el pasado ha recorrido en apenas dos años el arco que separa al reformador del autócrata. Nayib Bukele, elegido en 2019 como símbolo de renovación millennial, ha concentrado el poder ejecutivo, legislativo y judicial, silenciado a la prensa independiente y convertido las instituciones democráticas en instrumentos personales. Su historia no es nueva en América Latina, pero su velocidad sí: lo que a otros caudillos les tomó una década, Bukele lo ha logrado en poco más de veinticinco meses, recordándonos que la democracia puede erosionarse no solo por la fuerza, sino también por el aplauso.

  • Bukele pasó de autodescribirse como presidente a proclamarse 'El Dictador más cool del mundo mundial' en Twitter, burlándose abiertamente de quienes protestaban en las calles contra su gobierno.
  • En dos años y tres meses controló el Ejecutivo, obtuvo mayoría legislativa, reconfiguró el Poder Judicial a su medida y politizó las Fuerzas Armadas alrededor de su figura personal.
  • Periodistas de medios como Factum y El Faro enfrentan amenazas físicas, procesos penales, bloqueos institucionales y órdenes judiciales para retirar investigaciones publicadas, dejando a la prensa sin espacio para fiscalizar.
  • Los únicos contrapesos que sobreviven —algunos jueces— están amedrentados: funcionarios del gobierno les han indicado qué resoluciones deben emitir, especialmente en casos de opositores acusados de corrupción.
  • Aunque su popularidad sigue siendo alta, una encuesta de la Universidad Centroamericana muestra una caída gradual, y decisiones como la adopción del Bitcoin aceleran un desencanto que los expertos consideran inevitable.
  • Los analistas advierten que el camino que viene incluye mayor censura, persecución de opositores, fin de la alternancia democrática y, si la popularidad colapsa, fraude electoral.

Hace poco más de dos años, Nayib Bukele llegó a la presidencia de El Salvador con una promesa que sedujo a millones: romper con tres décadas de dominio bipartidista entre el FMLN y Arena. Sin corbata, omnipresente en redes sociales y con experiencia gobernando dos ciudades, se presentaba como el político millennial que limpiaría la corrupción de un país pequeño y cansado. Era la imagen perfecta del anti-establishment moderno.

Esa imagen no tardó en desmoronarse. José Miguel Vivanco, de Human Rights Watch, describe lo ocurrido como la emergencia de un caudillo latinoamericano vulgar tras una fachada cuidadosamente construida. En apenas dos años y tres meses, Bukele no solo controla el Ejecutivo: cuenta con mayoría legislativa, ha reconfigurado el Poder Judicial a su favor, ha politizado las Fuerzas Armadas y ha descartado cualquier agenda progresista al excluir el aborto y el matrimonio igualitario de su reforma constitucional. Vivanco advierte que ha avanzado hacia el autoritarismo más rápido que Hugo Chávez en su momento.

La prensa independiente vive bajo asedio. Fernando Romero, periodista de la revista Factum, describe un espectro completo de presiones: amenazas de demanda, agresiones físicas casi consumadas la noche de las elecciones, bloqueos que impiden a funcionarios hablar con medios críticos, y órdenes judiciales para retirar investigaciones publicadas. Medios como El Faro, Gato Encerrado y Factum solo han podido preservar su trabajo gracias a aliados internacionales que republican lo que los tribunales salvadoreños intentan borrar.

Lo más inquietante es la ausencia de contrapesos reales. La Corte de Cuentas y el Instituto de Acceso a la Información fueron cooptados. Los jueces que aún resisten están amenazados y presionados para emitir únicamente las resoluciones que el poder espera. A pesar de todo, Bukele conserva una popularidad alta —aunque en descenso, según la Universidad Centroamericana— porque la población recuerda con amargura la corrupción y el estancamiento de los gobiernos anteriores. Pero el desencanto crece, y los expertos coinciden en lo que viene: censura creciente, persecución de opositores, fin de la alternancia y, si la popularidad se desploma, fraude electoral.

Hace poco más de dos años, un político joven de treinta y siete años llegó a la presidencia de El Salvador con una promesa simple: romper con tres décadas de dominio político ejercido por dos partidos tradicionales, el FMLN y Arena. Nayib Bukele no usaba corbata. Estaba siempre en las redes sociales. Había gobernado dos ciudades, incluida la capital, y se presentaba como el candidato millennial dispuesto a limpiar la corrupción enquistada en el pequeño país centroamericano. Era la imagen del político moderno, conectado, anti-establishment.

En poco más de dos años, esa imagen se ha desmoronado. Lo que quedó en su lugar es algo muy distinto: un líder que controla el Ejecutivo, que cuenta con mayoría en la Asamblea Legislativa, que ha reconfigurado el Poder Judicial a su medida, que ha politizado las Fuerzas Armadas alrededor de su figura. A inicios de septiembre de 2021, Bukele cambió la descripción de su cuenta de Twitter de "presidente de El Salvador" a "El Dictador más cool del mundo mundial". No era una broma. Era una burla directa a los miles de salvadoreños que salían a las calles a protestar contra su gobierno, y un mensaje de desprecio hacia la comunidad internacional que comenzaba a verlo por lo que es: un déspota narcisista convirtiendo la democracia en dictadura.

José Miguel Vivanco, director para las Américas de Human Rights Watch, ha observado esta transformación de cerca. Dice que Bukele realizó grandes esfuerzos para vender la imagen de líder juvenil conectado con las demandas sociales a través de las redes sociales. Al inicio funcionó. Era el candidato anti-establishment con promesas de modernizar el país. Pero después de dos años, no quedan dudas de que todo era una fachada. Lo que emergió fue un caudillo latinoamericano vulgar. Para despejar cualquier duda sobre sus pretensiones progresistas, Bukele emitió un comunicado anulando cualquier posibilidad de incluir la legalización del aborto y el matrimonio igualitario en su reforma constitucional.

La velocidad de su consolidación del poder ha sido extraordinaria. Vivanco advierte que Bukele ha conducido al país hacia un régimen autoritario mucho más rápido de lo que le tomó a Hugo Chávez. En estos dos años y tres meses, ha conseguido no solo controlar el Ejecutivo sino también la Asamblea Legislativa, ha politizado a las Fuerzas Armadas y ha vulnerado la estructura del Poder Judicial a su favor. Y está apuntando hacia los actores de la sociedad civil que aún pueden fiscalizar sus abusos. Ya hay señales preocupantes: ha impulsado investigaciones penales contra El Faro, un medio prestigioso, y amenaza a una revista digital con persecución penal si no revela sus fuentes.

La prensa salvadoreña vive bajo presión constante. Fernando Romero, periodista de investigación de la revista Factum, describe un espectro completo de amenazas. Están las sutiles, como amenazas de demanda. Están las físicas: periodistas de Factum estuvieron a punto de ser atacados por seguidores del partido Nuevas Ideas la noche de las elecciones. Colegas de El Faro enfrentaron amenazas de agresión. Luego están los bloqueos institucionales: el Gobierno ha prohibido que ningún funcionario hable con medios de investigación como Factum, Gato Encerrado, El Faro, La Prensa Gráfica, El Diario de Hoy o el programa Foco. Y están los procesos legales. Tribunales han ordenado a Gato Encerrado que retire una nota sobre el nuevo Fiscal General y su proceso por violencia familiar. A Factum le ordenaron hacer lo mismo con una investigación sobre un asesino en Chalchuapa con conexiones con las autoridades. La única salida ha sido la ayuda de aliados internacionales que publican íntegramente las investigaciones censuradas.

Lo más inquietante es que no queda ningún ente capaz de fiscalizar al Gobierno. La Corte de Cuentas fue coaptada. El Instituto de Acceso a la Información Pública también. Recientemente la Asamblea eligió al Consejo Nacional de la Adjudicatura, que ofrece los perfiles de posibles nuevos jueces. El pequeño contrapeso que queda, muy simbólico, son los jueces. Pero están amenazados. Muchos funcionarios han indicado que las resoluciones deben ser como ellos quieren. En casos de opositores políticos juzgados por corrupción, los jueces están amedrentados al punto de que no pueden tener otra resolución que la de culpables.

A pesar de todo esto, Bukele mantiene una popularidad alta. Fernando Romero explica que la población estaba cansada del sistema de partidos que gobernó en las últimas décadas: la falta de renovación, los casos de corrupción, la alternancia entre Arena y el FMLN. Pero hay señales de desencanto. Una encuesta de la Universidad Centroamericana muestra que su calificación bajó de 8 a 7,6. Sigue siendo preferible ante otras opciones políticas y arrollaría en nuevas elecciones. Pero de forma gradual empieza el desencanto por decisiones como la implementación del Bitcoin. Lo que viene, según los expertos, es predecible: mayor censura a medios independientes, instrumentalización de las fuerzas de seguridad, persecución a opositores, fin de la alternancia en el poder, arbitrariedades avaladas por un poder judicial de bolsillo. Y si pierde popularidad, fraude electoral.

Bukele realiza grandes esfuerzos para vender la imagen de líder juvenil conectado con las demandas de la sociedad a través de las redes sociales. Tras dos años, no quedan dudas de que todo era una fachada.
— José Miguel Vivanco, director para las Américas de Human Rights Watch
Hay todo tipo de amenazas. Desde las más sutiles, como la amenaza de una denuncia, hasta agresión física o amenazas de agresiones.
— Fernando Romero, periodista de investigación de la revista Factum
La Conversación del Hearth Otra perspectiva de la historia
Inventor

¿Cómo alguien que llegó al poder como símbolo de renovación termina consolidando exactamente lo que prometía combatir?

Model

Porque la imagen fue siempre el producto, no la sustancia. Bukele entendió que en la era de las redes sociales podía vender la idea de modernidad sin cambiar nada de fondo. La corbata que no usaba era el disfraz perfecto.

Inventor

Pero la gente lo eligió. ¿No vieron venir esto?

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La gente estaba tan cansada del sistema anterior que eligió el cambio sin preguntarse qué tipo de cambio era. Bukele fue inteligente: se presentó como anti-establishment cuando en realidad era anti-democracia. Son cosas muy diferentes.

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¿Por qué los periodistas no pueden simplemente dejar de investigar?

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Porque si lo hacen, el régimen gana sin resistencia. Pero tampoco pueden investigar libremente. Es un dilema sin salida: si publican, enfrentan censura y persecución. Si no publican, ceden el monopolio de la verdad al gobierno.

Inventor

¿Hay algún punto de quiebre posible?

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Quizás cuando la popularidad caiga lo suficiente. Pero Bukele controla ya todas las instituciones que podrían limitarlo. El quiebre tendría que venir de afuera, de presión internacional, o de una movilización social tan masiva que no pueda ser ignorada. Por ahora, ambas cosas parecen insuficientes.

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