Quizás deberíamos esperar al G8
En La Malbaie, Quebec, los cancilleres del G7 se reúnen esta semana cargando el peso de una alianza occidental que cruje bajo tensiones inéditas: aranceles que dividen a socios históricos y una guerra en Ucrania cuya narrativa compartida se deshace ante el giro estratégico de Washington. Lo que alguna vez fue un foro de consenso democrático se convierte ahora en un espejo de las contradicciones del orden global, donde la pregunta ya no es qué declarar juntos, sino si aún existe un 'juntos' que declarar.
- Los aranceles del 25% impuestos por Trump al acero y aluminio desencadenaron represalias inmediatas de Canadá y la UE, convirtiendo la sala de reuniones en un campo minado diplomático.
- Washington presiona para vaciar el comunicado final de cualquier lenguaje que pueda dificultar su acercamiento a Moscú, rompiendo con años de respaldo unánime a Ucrania.
- Canadá, anfitrión de la cumbre, llega humillada por amenazas de anexión y aranceles totales; su canciller Joly promete confrontar a los estadounidenses en cada sesión.
- Los diplomáticos europeos observan a Rubio con desconfianza, sin certeza de cuánto control ejerce realmente sobre una política exterior que parece improvisarse desde múltiples centros de poder.
- La posibilidad de una declaración conjunta pende de un hilo, y la ironía de esperar un 'G8' con Rusia resume la desorientación de un bloque que no sabe cómo responder a uno de los suyos.
Los cancilleres de las siete democracias más grandes del mundo se reúnen en La Malbaie, Quebec, en un momento en que las grietas entre aliados se han vuelto imposibles de ignorar. Siete semanas de tensión creciente han erosionado el consenso que históricamente caracterizó estos encuentros, y la posibilidad de redactar una declaración conjunta está genuinamente en duda.
Las fricciones tienen dos focos. Por un lado, los aranceles del 25% que Estados Unidos impuso al acero y aluminio provocaron represalias inmediatas de Canadá y la Unión Europea. Por otro, la postura de Washington frente a Ucrania ha girado radicalmente desde el regreso de Trump: ya no hay apoyo incondicional a Kiev, sino presión por una resolución rápida y señales de acercamiento hacia Moscú. El secretario Rubio viajó a Arabia Saudita para explorar un posible cese de fuego de treinta días, pero dejó claro que no quiere lenguaje en el comunicado final que complique ese proceso. También pidió un tono más duro hacia China y se opuso a mencionar la flota marítima rusa que evade sanciones.
Para Canadá, ser anfitrión en este contexto resulta especialmente incómodo. Trump ha amenazado con aranceles totales a las importaciones canadienses y ha bromeado repetidamente con la idea de anexionar el país como el estado 51. La canciller Mélanie Joly respondió anunciando una postura ofensiva: plantear el tema arancelario en cada sesión para coordinar una respuesta con los europeos.
Mientras tanto, los diplomáticos europeos intentan descifrar cuánta influencia real ejerce Rubio sobre una política exterior que parece gestionarse desde múltiples centros de poder simultáneos. Un diplomático ironizó sugiriendo que quizás habría que esperar al G8, aludiendo a la propuesta de Trump de reintegrar a Rusia al grupo. La broma condensa una realidad incómoda: el bloque occidental enfrenta una prueba de cohesión justo cuando uno de sus miembros parece estar reescribiendo las reglas del juego.
Los ministros de Relaciones Exteriores de las siete democracias más grandes del mundo llegan esta semana a La Malbaie, una ciudad turística en las colinas de Quebec, para dos días de reuniones que prometen ser más complicadas que las de años anteriores. Canadá, Francia, Alemania, Italia, Japón, Reino Unido y Estados Unidos, junto con representantes de la Unión Europea, se sientan a la mesa en un momento en que las grietas entre aliados se han hecho visibles. Siete semanas de tensión creciente han erosionado el consenso que históricamente ha caracterizado estos encuentros del G7, dejando en duda si siquiera lograrán redactar una declaración conjunta.
La fuente de fricción es doble y profunda. Primero, los aranceles: Estados Unidos acaba de imponer un gravamen del 25 por ciento a todas las importaciones de acero y aluminio, un movimiento que provocó represalias inmediatas tanto de Canadá como de la Unión Europea. Segundo, Ucrania. Desde que Donald Trump regresó a la presidencia el 20 de enero, la posición estadounidense ha girado notoriamente. Ya no se trata de un apoyo incondicional a Kiev, sino de presión para una resolución rápida del conflicto, con la expectativa de que los socios europeos carguen con más responsabilidad sin garantías claras sobre el papel estadounidense en futuras negociaciones. Al mismo tiempo, Washington ha mostrado señales de acercamiento hacia Moscú.
El secretario de Estado Marco Rubio fue a Arabia Saudita el martes para reunirse con representantes ucranianos y discutir la posibilidad de un cese de fuego de treinta días. Los diplomáticos del G7 esperaban que un resultado positivo de esa conversación pudiera al menos suavizar las discusiones sobre Ucrania en Canadá. Pero Rubio ha dejado claro que Washington no quiere que el comunicado final contenga lenguaje que complique los esfuerzos por acercar a Rusia y Ucrania a la mesa de negociaciones. Ha pedido además un tono más firme respecto a China y se ha opuesto a una declaración específica sobre la flota fantasma rusa, esa red de transporte marítimo que evade sanciones internacionales.
La situación es particularmente tensa para Canadá, anfitrión de la reunión. Las relaciones entre Ottawa y Washington han tocado fondo. Trump ha amenazado con imponer aranceles a todas las importaciones canadienses y ha hecho comentarios repetidos sobre la posibilidad de anexionar a Canadá como el estado 51 de Estados Unidos. Cuando se le preguntó al respecto, Rubio bromeó diciendo que el G7 no era el lugar para discutir cómo tomar el control de Canadá. Pero en Ottawa no hay risa. La ministra de Relaciones Exteriores canadiense, Mélanie Joly, ha anunciado que adoptará una postura ofensiva, planteando el tema de los aranceles en cada sesión para coordinar una respuesta con los europeos y presionar a los estadounidenses.
Los diplomáticos europeos están observando atentamente a Rubio, tratando de medir cuánta influencia realmente ejerce sobre la política exterior estadounidense. Trump ha recurrido a una variedad de asesores fuera del Departamento de Estado para manejar temas como Ucrania y Oriente Medio, lo que ha generado inquietud entre los aliados por las declaraciones erráticas que salen de Washington. Un diplomático europeo ironizó sobre la situación, sugiriendo que quizás deberían esperar al G8, en referencia a la propuesta de Trump de reintegrar a Rusia al grupo once años después de su expulsión por la anexión de Crimea. La broma refleja una realidad incómoda: el bloque occidental enfrenta una prueba de cohesión en un momento en que sus miembros están divididos sobre cómo responder a un aliado que parece estar reescribiendo las reglas del juego.
Citas Notables
En cada una de las reuniones plantearé el tema de los aranceles para coordinar una respuesta con los europeos y presionar a los estadounidenses— Mélanie Joly, ministra de Asuntos Exteriores de Canadá
Washington no quiere que el comunicado del G7 contenga términos que dificulten los esfuerzos para acercar a Rusia y Ucrania a la mesa de negociaciones— Marco Rubio, secretario de Estado estadounidense
La Conversación del Hearth Otra perspectiva de la historia
¿Por qué es tan difícil que el G7 llegue a un acuerdo esta vez?
Porque Trump ha cambiado las reglas. Antes, estos encuentros se basaban en consenso. Ahora Washington está imponiendo condiciones: aranceles, límites en lo que se puede decir sobre Ucrania, presión para acercarse a Rusia. Los aliados no saben cómo responder sin romper la alianza.
¿Qué quiere realmente Estados Unidos en Ucrania?
Una salida rápida. Trump presiona para negociaciones inmediatas, pero sin comprometerse a respaldar a Ucrania en el futuro. Quiere que Europa cargue con más peso mientras él se acerca a Moscú. Es un giro radical respecto a años anteriores.
¿Cómo afecta esto a Canadá específicamente?
Canadá está en una posición imposible. Es el anfitrión de la reunión, pero Trump lo ha amenazado con aranceles y bromea sobre anexionarlo. Joly tiene que liderar una respuesta coordinada contra el mismo país que preside la mesa.
¿Qué tan serio es el tema de los aranceles?
Muy serio. El 25 por ciento en acero y aluminio ya provocó represalias inmediatas. Canadá y la UE respondieron. Esto no es retórica; es una guerra comercial que está sucediendo ahora.
¿Quién tiene el poder real en la política exterior estadounidense ahora?
Esa es la pregunta que los europeos se hacen. Rubio es el secretario de Estado, pero Trump consulta a otros asesores fuera del Departamento de Estado. Nadie sabe realmente quién está tomando las decisiones o qué dirección seguirá Washington mañana.
¿Puede el G7 sobrevivir a esto?
Técnicamente sí, pero su propósito como bloque de consenso está en peligro. Si no pueden ni redactar una declaración conjunta, ¿qué sentido tiene reunirse? El bloque occidental enfrenta su prueba más dura en años.