Márquez, tras ser invitado al discurso del estado de la nación de Trump, declara "su amor y cariño" a Zapatero

Márquez fue detenido arbitrariamente durante 10 meses sin debido proceso, incomunicado y sin luz solar durante los primeros tres meses, acusado falsamente de terrorismo, incitación al odio y traición a la patria.
No creo que contribuya mucho integrándome al Gobierno actual
Márquez explica por qué rechaza un cargo en el gobierno de Rodríguez, prefiriendo ser un puente desde la sociedad civil.

Enrique Márquez, liberado tras diez meses de detención arbitraria en Venezuela, ha regresado a la arena pública no como adversario declarado sino como constructor de puentes. Invitado de honor en el discurso de Trump ante el Congreso, el exprisionero político respalda ahora los cambios propuestos por Delcy Rodríguez con una condición irrenunciable: que conduzcan genuinamente hacia la democracia. Su trayectoria —de una celda sin luz solar a los pasillos del poder en Washington— encarna la tensión irresuelta entre la represión y la esperanza que define a la Venezuela de hoy.

  • Márquez pasó diez meses incomunicado, sin juicio ni abogados, acusado de terrorismo por cuestionar los resultados electorales del 28 de julio de 2024.
  • Su liberación el 8 de enero, mediada por el expresidente español Zapatero, lo catapultó en semanas desde una celda venezolana hasta el Capitolio estadounidense como invitado de Trump.
  • Descartó liderar el CNE y presentarse como candidato presidencial de inmediato, prefiriendo definirse como 'un puente' entre el gobierno y la sociedad civil.
  • Respaldó la ley de Amnistía como primer paso imperfecto pero necesario, y exigió a Estados Unidos levantar las sanciones económicas para abrir una etapa de construcción nacional.
  • Su apoyo a Rodríguez es condicional y medido: solo si los cambios propuestos fortalecen la democracia, no como aval incondicional al poder vigente.

Enrique Márquez regresó a Caracas con una historia que pocos habrían imaginado posible. Hace poco más de un mes cumplía casi un año detenido en una celda venezolana, acusado de terrorismo e incitación al odio por cuestionar los resultados de las elecciones presidenciales de julio de 2024. Los primeros noventa días los pasó sin ver la luz del sol, incomunicado, sin abogados ni proceso judicial alguno. Cuando fue liberado el 8 de enero gracias a la mediación del expresidente español José Luis Rodríguez Zapatero, el contraste con lo que vendría después resultó vertiginoso: semanas más tarde aparecía en Washington como invitado de honor en el discurso del estado de la nación de Donald Trump.

De regreso en Venezuela, Márquez ofreció una rueda de prensa en la que reivindicó públicamente a Zapatero —'a mis amigos no los niego', declaró— y expresó su esperanza de que el expresidente español siguiera jugando un papel relevante en la crisis venezolana. Sobre sus conversaciones con Marco Rubio o con el propio Trump prefirió guardar silencio.

Su posición respecto al gobierno actual fue clara pero matizada. Dijo estar dispuesto a respaldar los cambios propuestos por la presidenta encargada Delcy Rodríguez, pero únicamente si conducen al fortalecimiento real de la democracia. Descartó asumir la dirección del Consejo Nacional Electoral y pospuso cualquier candidatura presidencial para cuando las condiciones políticas lo permitieran. Su vocación, subrayó, era la de constructor: estar al lado de la gente, no dentro de las estructuras del poder.

Sobre la ley de Amnistía aprobada recientemente adoptó un pragmatismo deliberado: la reconoció como imperfecta pero indispensable, un primer paso hacia la reconciliación que no debía rechazarse por buscar la solución perfecta. E instó a Estados Unidos a levantar las sanciones económicas, argumentando que Venezuela necesita entrar en una etapa de construcción, no de bloqueo. Lo que ocurra en los próximos meses dirá si esa visión puede arraigar o si se suma a la larga lista de esperanzas que el país ha visto desvanecerse.

Enrique Márquez regresó a Caracas con una historia que parecía sacada de un guión político improbable. Hace poco más de un mes había sido liberado tras pasar casi un año en una celda venezolana, acusado de terrorismo, incitación al odio y traición a la patria por el simple acto de cuestionar los resultados de las elecciones presidenciales del 28 de julio de 2024. Ahora, apenas semanas después de recuperar su libertad gracias a la intervención del expresidente español José Luis Rodríguez Zapatero, se encontraba en Washington como invitado de honor en el discurso del estado de la nación del presidente Donald Trump. El contraste era vertiginoso: de la oscuridad de una celda a los pasillos del poder estadounidense.

Durante diez meses, Márquez estuvo incomunicado. Los primeros noventa días transcurrieron sin ver la luz del sol. No hubo juicio, no hubo abogados, no hubo debido proceso. Lo acusaban de defender las instituciones y de llamar al diálogo entre venezolanos, delitos que el gobierno de Nicolás Maduro había decidido castigar con el encarcelamiento. Cuando finalmente fue liberado el 8 de enero, la mediación de Zapatero había sido decisiva. Ahora, de regreso en su país, Márquez ofrecía una rueda de prensa el viernes para hablar de su experiencia, aunque curiosamente evitó revelar los detalles de sus conversaciones con el secretario de Estado Marco Rubio o con Trump mismo.

Lo que sí hizo fue reivindicar públicamente a Zapatero. "A mis amigos no los niego", declaró, en un mensaje que parecía dirigido tanto a sus aliados como a sus críticos. Zapatero había visitado Caracas el 6 de febrero, apenas tres semanas antes, y Márquez dejó claro que esperaba que el expresidente español continuara jugando un papel importante tanto en Venezuela como en su propio país. Era una declaración de lealtad política en un momento en que las alianzas internacionales se movían como piezas de ajedrez alrededor de la crisis venezolana.

Pero Márquez también dejó clara su posición respecto al gobierno actual. Aunque expresó disposición a respaldar los cambios propuestos por la presidenta encargada Delcy Rodríguez, lo hizo con una condición fundamental: que esos cambios condujeran al fortalecimiento de la democracia. No era un apoyo incondicional, sino un respaldo condicionado a resultados. Descartó categóricamente cualquier posibilidad de asumir la dirección del Consejo Nacional Electoral, diciendo que prefería ser "un puente" entre el gobierno y la sociedad. Tampoco se presentaría como candidato presidencial de inmediato, sino cuando las condiciones políticas lo permitieran.

Su visión era la de un constructor, no la de un revolucionario. Insistió en que su papel debía estar al lado de la gente, no dentro de las estructuras gubernamentales. Venezuela, según su diagnóstico, necesitaba unidad y reconciliación, no más confrontación. Por eso también instó a los Estados Unidos a levantar las sanciones económicas contra el país, argumentando que Venezuela debía entrar en una etapa de construcción, no de boicot. "Si todos tenemos derecho a cambiar, quiten las sanciones de una vez", dijo, caracterizando la medida como un grito colectivo que todos los venezolanos debían dar juntos.

Respecto a la ley de Amnistía aprobada recientemente, Márquez adoptó una posición pragmática. La saludó como un paso indispensable, aunque reconoció que no era perfecta. No caería en la trampa de rechazar lo bueno por buscar lo perfecto, advirtió. Era un primer paso, no el definitivo, pero un paso necesario hacia la reconciliación nacional. Su mensaje general era el de alguien que había pasado por el infierno de la represión arbitraria y había salido con la convicción de que solo el diálogo y la construcción conjunta podrían sacar a Venezuela adelante. Lo que sucedería en los próximos meses determinaría si esa visión podría convertirse en realidad o si permanecería como una esperanza más en un país acostumbrado a verlas desvanecerse.

A mis amigos no los niego. A Zapatero lo reivindico en la guerra de intolerancia que se ha formado dentro de Venezuela y en España
— Enrique Márquez
Si todos tenemos derecho a cambiar, quiten las sanciones de una vez. Eso es un grito que tenemos que dar juntos
— Enrique Márquez
The Hearth Conversation Another angle on the story
Inventor

¿Por qué crees que Márquez decidió no hablar de sus conversaciones con Trump y Rubio, siendo ese el evento que lo llevó a Washington?

Model

Probablemente porque revelar esos detalles lo habría puesto en una posición incómoda con el gobierno actual. Necesita mantener credibilidad tanto con Delcy Rodríguez como con la oposición y la comunidad internacional. El silencio estratégico es su forma de no cerrar puertas.

Inventor

¿Qué tan genuino es su apoyo a Rodríguez si lo condiciona al fortalecimiento de la democracia?

Model

Es la única forma en que puede apoyar sin traicionar sus principios. Pasó diez meses en una celda por defender esas mismas instituciones democráticas. No puede simplemente bendecir cualquier reforma que venga del gobierno sin verificar que realmente conduzca a donde dice que va.

Inventor

¿Por qué rechaza ser rector del CNE si eso le daría poder real para garantizar elecciones limpias?

Model

Porque sabe que estar dentro del gobierno lo haría parte del sistema que quiere cambiar. Su poder real está en ser un crítico creíble desde afuera, alguien que puede presionar sin estar comprometido con las decisiones cotidianas del poder.

Inventor

¿Tiene sentido pedir que se levanten las sanciones cuando el gobierno sigue siendo represivo?

Model

Para Márquez, las sanciones son un obstáculo para que cualquier cambio sea posible. Un país asfixiado económicamente no puede construir democracia. Es un argumento que muchos venezolanos comparten, incluso los que critican al gobierno.

Inventor

¿Cree que su visita a Trump cambió algo en su posición política?

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Probablemente le dio legitimidad internacional y le mostró que tiene aliados poderosos. Pero su mensaje en Caracas es consistente: construcción, no confrontación. Trump fue el escenario, no el cambio de guión.

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