No era un penacho, era un misterio disfrazado de historia
El análisis científico demuestra que la pieza fue creada durante la época colonial, siglos después de la caída de Tenochtitlán, refutando la atribución histórica. El marchante francés Eugène Boban falsamente atribuyó el objeto a Cuauhtémoc en el siglo XIX para venderlo a mayor precio en el mercado de antigüedades.
- Datación por carbono 14 sitúa la pieza entre 1626 y 1810, época colonial
- Eugène Boban, marchante francés del siglo XIX, atribuyó falsamente el objeto a Cuauhtémoc para venderlo a mayor precio
- El artefacto probablemente proviene de Sudamérica, posiblemente de regiones amazónicas o andinas
- La pieza nunca fue un tocado: su mecanismo complejo sugiere que podría ser parte de un cetro o instrumento ritual
Investigadores mexicanos y franceses descubren mediante datación de carbono 14 que el famoso penacho de Cuauhtémoc fue confeccionado entre 1626 y 1810, no en época prehispánica, y probablemente proviene de Sudamérica.
En las bodegas del Museo del Quai Branly de París descansa una pieza de plumaria que durante más de un siglo ha llevado un nombre que no le pertenece. El objeto circular, de apenas 28 centímetros de diámetro, recubierto de textil y reforzado con cuatro varillas, llegó a Europa hace más de cien años cargado de una identidad falsa. Se le conoce como el penacho de Cuauhtémoc, el último emperador mexica, pero los investigadores que lo han estudiado recientemente saben con certeza que nunca fue un tocado —su estructura lo haría imposible de portar en la cabeza— y que jamás perteneció al soberano al que se le atribuye.
Los análisis científicos más recientes han despejado una incógnita que rondaba a esta pieza desde hace décadas. Un equipo multidisciplinar de expertos mexicanos y franceses envió dos muestras diminutas del objeto a un laboratorio en Poznan, Polonia, para someterlas a datación por carbono 14. Los resultados fueron concluyentes: con un 75 por ciento de certeza, la pieza fue confeccionada entre 1626 y 1801 según la primera muestra, y entre 1646 y 1810 de acuerdo con la segunda. Esto significa que el artefacto fue creado durante la época colonial, cuando Tenochtitlán ya había caído hacía más de un siglo. No es una reliquia prehispánica, sino un objeto nacido de la América colonial.
La responsabilidad de esta confusión histórica recae sobre un personaje del siglo XIX: Eugène Boban, marchante francés que se presentaba como anticuario del emperador Maximiliano de Habsburgo. Boban fue quien introdujo la pieza en el mercado europeo de antigüedades y quien aseguró que había pertenecido a Cuauhtémoc. Leonardo López Luján, director del Proyecto Templo Mayor y uno de los investigadores que estudia el artefacto, explica sin rodeos la estrategia comercial detrás de esta atribución: para vender a mejor precio, había que afirmar que el objeto era prehispánico y que había pertenecido a un monarca importante. Boban operaba casas de venta de antigüedades en México y París, y por sus manos pasaron muchas piezas, algunas de ellas falsas. Dos cráneos de cristal de roca que hoy se encuentran en museos de Londres y París resultaron ser falsificaciones del siglo XIX, no esculturas aztecas como Boban había proclamado.
Pero el mal llamado penacho no es una falsificación en sí mismo. Es, según López Luján, una pieza etnológica espectacular, muy rara y muy bella. Lo que es falso es su procedencia y su antigüedad. Los expertos sospechan que fue creada posiblemente en Sudamérica, aunque aún no hay estudios concluyentes al respecto. La hipótesis apunta hacia regiones amazónicas o andinas. Lo que resulta claro es que no tiene nada que ver con las otras piezas de plumaria aztecas que existen en Europa y México.
El equipo de investigadores aún trabaja en desentrañar qué era realmente este objeto si no era un penacho. Su estructura es inusual: posee un mecanismo complejo que se pliega como si fuera un cilindro. López Luján sugiere que podría haber sido parte de un cetro o algún instrumento ritual, algo que se sostenía en la mano en lugar de portarse en la cabeza. Este mecanismo fue analizado en detalle y presentado en enero en la revista Arqueología mexicana, donde los investigadores expresaron sus sospechas de que el dinamismo del objeto no era propio de un tocado.
Los resultados de estos estudios no sorprendieron a López Luján, quien se topó con la pieza hace casi dos décadas en las bodegas del antiguo Museo del Trocadero y ya la consideraba sospechosa. Fabienne de Pierrebourg, responsable de las colecciones de América del museo parisino, confirmó que siempre existieron dudas sobre el origen de la pieza, razón por la cual nunca fue exhibida en las salas principales de la institución francesa, además de su fragilidad. Hoy, a pesar de lo que la ciencia ha revelado, el objeto se expone en México en el Museo de Antropología, como parte de las conmemoraciones por la caída de Tenochtitlán y el Bicentenario de la Independencia, bajo préstamo temporal del Gobierno del presidente Andrés Manuel López Obrador.
Ningún país ha reclamado hasta ahora la restitución de esta pieza. Lo que queda claro es que la verdadera biografía cultural del objeto —qué era, dónde se hizo, cómo llegó a manos de Boban, qué pasó con él a lo largo de los siglos— sigue siendo un misterio que los investigadores continúan desentrañando. La pieza que durante generaciones fue símbolo de la grandeza mexica resulta ser, en cambio, un testimonio de cómo la historia puede ser reescrita por el comercio y cómo la ciencia, pacientemente, puede deshacer esas narrativas falsas.
Citas Notables
Tenías que decir que era prehispánico y que era de un rey para vender la pieza a mejor precio— Leonardo López Luján, director del Proyecto Templo Mayor
Es una pieza etnológica espectacular, muy bonita, muy rara— Leonardo López Luján
La Conversación del Hearth Otra perspectiva de la historia
¿Por qué alguien como Boban se atrevería a inventar una procedencia tan específica? ¿No había riesgo de que lo descubrieran?
En el siglo XIX, los objetos americanos eran muy mal conocidos en Europa. No había expertos que pudieran verificar fácilmente. Boban era un hombre ilustrado, respetable, y sus clientes querían creer. La demanda de lo exótico y lo antiguo era enorme.
¿Qué hace que esta pieza sea tan especial si no es lo que decía ser?
Su rareza está en su mecanismo. Se pliega como un cilindro, tiene una estructura que no encaja con nada conocido. Es etnológicamente espectacular precisamente porque no sabemos qué era. Eso es lo que la hace valiosa ahora.
¿Cómo se siente descubrir que algo que has estudiado durante años es completamente distinto a lo que creías?
López Luján dice que no fue sorpresa. Cuando vio la pieza hace veinte años en París, ya le pareció sospechosa. A veces la intuición llega antes que la prueba científica.
¿Por qué el Gobierno mexicano la sigue exhibiendo si saben que no es lo que dice ser?
Porque la pieza tiene poder simbólico independientemente de su verdadero origen. Representa algo sobre cómo entendemos nuestro pasado. Quizás lo importante ahora es contar la historia completa: la de la pieza, y la de cómo fue malinterpretada.
¿Alguien va a reclamar que le devuelvan el objeto?
Hasta ahora, no. Nadie sabe de dónde vino realmente. ¿Quién podría reclamarlo? Eso es parte del misterio que aún falta resolver.