Vomitar era una práctica común necesaria para hacer espacio para más comida
Los banquetes romanos duraban horas con manjares costosos como venado, ostras y lirón relleno, acompañados de garum fermentado que daba sabor umami a todos los platos. Los comensales varones comían recostados en divanes mientras las mujeres se arrodillaban o sentaban, y vomitaban deliberadamente entre platos para hacer espacio para más comida.
- Los banquetes romanos duraban horas con manjares como venado, ostras, langosta y lirón relleno
- Los hombres comían recostados en divanes mientras las mujeres se arrodillaban o sentaban
- Los comensales vomitaban deliberadamente entre platos para hacer espacio para más comida
- El garum, salsa de pescado fermentada, se usaba para sazonar todos los platos, incluso postres
- Los banquetes terminaban con rituales de borrachera donde se hablaba de la muerte para recordar carpe diem
Los antiguos romanos celebraban suntuosos banquetes donde comían recostados, vomitaban entre platos y consumían manjares exóticos para exhibir riqueza y estatus, con rituales que reflejaban su visión hedonista de la vida.
Imagine la comida más suntuosa que pueda concebir: un pavo gigantesco relleno de dos maneras, jamón festivo, guarniciones elaboradas, media docena de tartas y pasteles. Ahora olvide todo eso. Los banquetes de la antigua Roma hacían que nuestras celebraciones culinarias modernas parecieran modestas.
Los miembros de la élite romana se recostaban durante horas en divanes acolchados, consumiendo manjares que hoy nos parecerían extravagantes o directamente repugnantes. Venado, jabalí, conejo, faisán, ostras crudas y langosta llegaban a las mesas con regularidad. Pero los anfitriones no se detenían ahí. Servían lengua de loro guisada y lirón relleno, un roedor que los granjeros engordaban durante meses en vasijas antes de venderlo en los mercados. Para obtener suficientes lenguas de loro para un solo plato, se mataban cantidades enormes de aves. Todo se sazonaba con garum, una salsa de pescado fermentada hecha dejando que carne, sangre y vísceras de pescado se descompusieran bajo el sol mediterráneo. El resultado tenía un perfil de sabor similar al nuoc mam vietnamita o al nam pla tailandés: salado, picante, umami. Los romanos lo vertían sobre prácticamente todo, incluso sobre los postres.
Alberto Jori, profesor de filosofía antigua en la Universidad de Ferrara, explica que para los romanos "comer era el acto supremo de la civilización y la celebración de la vida". Los banquetes duraban horas, a veces hasta bien entrada la noche, y servían como exhibición de riqueza y estatus. Pero mantener ese ritmo de consumo requería algo que hoy consideraríamos socialmente inaceptable. Los comensales se levantaban regularmente de la mesa para vomitar en una habitación cercana. Usaban plumas para estimularse la garganta y provocar el vómito, vaciaban el estómago y regresaban al comedor mientras los esclavos limpiaban. Era una práctica común, incluso necesaria, para hacer espacio para más comida. Los romanos eran hedonistas declarados, buscaban los placeres de la vida sin restricción.
La posición recostada en la que comían los hombres no era simplemente cómoda; era un símbolo de poder. Se creía que la posición horizontal ayudaba a la digestión. Los comensales se recostaban de lado, sosteniendo la cabeza con la mano izquierda mientras la derecha recogía bocados que los esclavos ya habían cortado. Comían con las manos. Los restos caían al suelo: huesos, pieles de pescado, sobras. Los romanos decoraban deliberadamente los pisos de los comedores con mosaicos que representaban comida esparcida, un truco visual que camuflaba el desorden real. Acostarse también permitía que los invitados se durmieran brevemente entre platos, dándole un descanso al estómago antes de continuar.
Este privilegio, sin embargo, era exclusivamente masculino. Las mujeres comían en mesas separadas o se arrodillaban junto a sus maridos mientras ellos se recostaban. Los frescos de Pompeya y Herculano muestran esta dinámica: hombres reclinados mientras mujeres se arrodillan a su lado, sosteniendo copas rituales llamadas ritones. Jori señala que la posición horizontal de los hombres era un símbolo de dominio. Las mujeres romanas no ganaron el derecho a comer recostadas junto a sus maridos hasta mucho más tarde en la historia romana, y fue considerado una de sus primeras victorias sociales contra la discriminación.
Los romanos también eran profundamente supersticiosos. Cualquier cosa que caía de la mesa pertenecía al más allá y no debía recuperarse por temor a que los muertos se vengaran. Derramar sal era un mal augurio. El pan solo podía tocarse con las manos. Si un gallo cantaba a una hora inusual, los sirvientes debían encontrarlo, matarlo y servirlo inmediatamente. Los objetos de mesa, como saleros y pimenteros, tenían forma de calaveras. Era costumbre invitar simbólicamente a los seres queridos difuntos a la comida y servirles platos llenos. Las esculturas de los muertos se sentaban a la mesa con los vivos. Según Giorgio Franchetti, historiador de la alimentación, los banquetes eran una forma de mantener a raya a la muerte. Terminaban con un ritual de borrachera durante el cual los comensales hablaban sobre la muerte para recordarse a sí mismos que debían vivir plenamente. Carpe diem.
El vino se diluía con agua para permitir que los bebedores consumieran más. Se le añadía agua de mar para conservar los barriles que viajaban desde lugares lejanos del imperio. Incluso alquitrán se mezclaba con el vino, una sustancia cuyo sabor desagradable los romanos apenas podían percibir después de que se combinaba con el alcohol. El símbolo máximo del exceso fue el gourmet Marco Gavio Apicio, quien supuestamente se suicidó después de arruinarse financieramente por organizar banquetes demasiado suntuosos. Dejó un legado gastronómico que incluye su famosa tarta, hecha con una mezcla de pescado y carne, incluyendo entrañas de aves y pechugas de cerdo. Un plato que probablemente no aparecería en las mesas modernas.
Citações Notáveis
Comer era el acto supremo de la civilización y la celebración de la vida— Alberto Jori, profesor de filosofía antigua en la Universidad de Ferrara
La posición horizontal de los hombres al comer era un símbolo de dominio sobre las mujeres— Alberto Jori
A Conversa do Hearth Outra perspectiva sobre a história
¿Por qué los romanos vomitaban deliberadamente durante los banquetes? ¿No era repugnante?
No lo veían así. Para ellos, los banquetes eran competiciones de estatus que duraban horas. Vomitar era simplemente una función corporal necesaria, como respirar. Hacía espacio para más comida, más vino, más placer. No había vergüenza en ello.
Pero ¿cómo podían disfrutar de la comida si pasaban tanto tiempo vomitando?
Porque el disfrute no era solo del sabor. Era del acto mismo de recostarse, de ser servido, de que los esclavos limpiaran después de ti. Era poder. Era demostrar que podías permitirte perder comida.
¿Y las mujeres? ¿Ellas también vomitaban?
Las mujeres ni siquiera se recostaban. Se arrodillaban o se sentaban. No participaban en el mismo ritual. Recostarse era un símbolo de dominio masculino. Cuando finalmente ganaron el derecho a hacerlo, fue considerado una victoria social.
¿Qué hay de la superstición con los muertos? ¿Realmente invitaban a los difuntos a cenar?
Simbólicamente, sí. Colocaban esculturas de los muertos en la mesa. Servían platos llenos para ellos. Era su forma de recordar que la muerte estaba siempre presente, así que debían vivir sin restricciones. Los banquetes eran una defensa contra la mortalidad.
¿Apicio realmente se suicidó por sus propios banquetes?
Eso es lo que dicen las historias. Se arruinó financieramente. Pero dejó un legado: recetas, técnicas, la idea de que la comida podía ser arte. Su nombre sobrevivió porque su obsesión fue tan extrema que se convirtió en leyenda.