No podemos esperar a que haya personas en la UCI para reaccionar
Desde que los primeros agricultores del Neolítico compartieron sus cosechas con los roedores, la humanidad ha cohabitado con más de doscientas enfermedades de origen animal. Un brote de hantavirus en un crucero oceánico reaviva una verdad que la historia repite con insistencia: los virus no reconocen fronteras entre especies. La viróloga Margarita del Val recuerda que cada salto zoonótico exige una confluencia de azar —mutación y contacto— y que el verdadero desafío no es reaccionar ante la crisis, sino aprender a escuchar lo que circula en silencio entre los animales antes de que llegue a nosotros.
- Un crucero con casos de hantavirus transmisible entre personas enciende alarmas sobre una variante distinta a la detectada en los años noventa en Estados Unidos.
- Dos tercios de todas las infecciones humanas tienen raíz animal, y la ganadería intensiva moderna acelera las condiciones para que los patógenos encuentren nuevos huéspedes.
- El cambio climático expande el territorio de mosquitos tigre y garrapatas, multiplicando los puentes entre el mundo animal y el humano en regiones antes consideradas seguras.
- Los científicos advierten que los virus pueden circular durante décadas en animales sin dar el salto, lo que hace casi imposible predecir cuándo y dónde ocurrirá la próxima transmisión masiva.
- La propuesta de 'una sola salud' busca reemplazar la respuesta reactiva por una vigilancia continua en animales domésticos y silvestres, antes de que aparezca el primer paciente en cuidados intensivos.
Un crucero en alta mar con casos de hantavirus ha devuelto a la conversación pública algo que llevamos olvidando desde el Neolítico: los virus no respetan las fronteras entre especies. Más de doscientas zoonosis circulan entre humanos y animales, algunas tan antiguas que se pierden en la historia, otras tan recientes que aún estamos aprendiendo a nombrarlas.
Margarita del Val, viróloga del Centro de Biología Molecular Severo Ochoa en Madrid, explica que estos saltos no son accidentes simples. Cuando comenzó la agricultura en Eurasia, los roedores llegaron con las cosechas; luego vino la ganadería, y con ella un contacto tan estrecho que creó condiciones perfectas para que los virus mutaran. La ganadería intensiva moderna ha acelerado ese proceso. La historia registra sus consecuencias más brutales: la peste del siglo XIV, la viruela milenaria, y amenazas más recientes como el MERS en camellos, la gripe aviar o el virus Nipah, vigilado de cerca por su capacidad letal.
Para que un virus logre el salto, Del Val señala que deben coincidir al menos dos eventos de azar: una mutación que permita multiplicarse en células humanas y un contacto suficientemente denso para propagarse entre personas. Sin ambas condiciones, el patógeno permanece en su especie original. Por eso las cuarentenas funcionan: cortan la cadena antes de que pueda consolidarse. Hay además un umbral de carga viral: si el infectado no acumula suficiente cantidad del patógeno, no puede contagiar a otros.
Lo que complica el panorama es que la transmisión tampoco es unidireccional. En seis años, los humanos hemos transmitido el coronavirus de la covid-19 a dieciocho especies animales en distintos continentes. Somos parte de un ecosistema conectado, y nuestras acciones rebotan hacia nosotros. El cambio climático amplifica estos riesgos: mosquitos tigre que antes no sobrevivían en el Mediterráneo ahora se establecen allí, y las garrapatas expanden su territorio.
Del Val propone un cambio de paradigma bajo el concepto de 'una sola salud': reconocer que la salud del medioambiente afecta a los animales, y la de los animales nos afecta a nosotros. No se puede esperar a que haya pacientes en cuidados intensivos para reaccionar. Hace falta saber de antemano qué circula entre animales domésticos y silvestres, y cómo nuestras decisiones impactan el entorno. Solo así será posible anticipar el próximo salto antes de que se convierta en crisis.
Un crucero en el océano con casos de hantavirus ha vuelto a recordarnos algo que llevamos olvidando durante milenios: los virus no respetan las fronteras entre especies. Desde que nuestros antepasados comenzaron a cultivar la tierra en el Neolítico, hemos estado compartiendo enfermedades con los animales que nos rodean. Más de doscientos tipos de zoonosis —enfermedades que saltan de animales a humanos— circulan entre nosotros, algunas tan antiguas que se pierden en la historia, otras tan recientes que aún estamos aprendiendo a nombrarlas.
Margarita del Val, viróloga del Centro de Biología Molecular Severo Ochoa en Madrid, explica que estas transmisiones no son accidentes simples. Cuando comenzó la agricultura hace miles de años, especialmente en Eurasia, los roedores llegaron con las cosechas. Luego vino la ganadería, y con ella un contacto tan estrecho entre humanos y animales que creó las condiciones perfectas para que los virus mutaran y encontraran nuevos huéspedes. La ganadería intensiva moderna ha acelerado este proceso: más animales, más densidad, más oportunidades para que un patógeno haga el salto.
La historia está llena de estos saltos catastróficos. La peste que devastó Europa en el siglo XIV probablemente fue una de las peores zoonosis jamás registradas. La viruela, que ha acompañado a la humanidad durante miles de años, es quizás la más antigua. Pero también hay ejemplos recientes: el hantavirus fue detectado por primera vez en Estados Unidos en los años noventa, aunque la variante que ahora aparece en el crucero es distinta y sí se transmite entre personas. El coronavirus MERS salta regularmente de los camellos a quienes los cuidan. La gripe aviar circula en aves. El virus del Nilo Occidental y el Nipah, emparentado lejanamente con el sarampión, son vigilados estrechamente por su capacidad de matar.
Pero ¿por qué algunos virus logran hacer el salto y otros no? Del Val señala que se necesitan al menos dos eventos de azar simultáneos. Primero, debe ocurrir una mutación que no le sirva de nada al virus en ese momento, pero que le permita multiplicarse en células humanas. Segundo, ese virus mutado debe encontrar a suficientes humanos, en suficiente densidad, para establecerse y propagarse de persona a persona. Sin ambas cosas, el patógeno permanece confinado en su especie original. Por eso funcionan las cuarentenas: reducen drásticamente la población disponible, cortando la cadena de transmisión antes de que pueda consolidarse.
Lo que complica el panorama es que estos saltos no suceden de la noche a la mañana. Cuando los científicos estudian un virus que finalmente logró infectar humanos, descubren que llevaba años, a veces décadas, circulando entre animales sin encontrar las circunstancias adecuadas para hacer el salto productivo. Hay otro factor que Del Val subraya: la cantidad de virus en un infectado. Si no alcanza cierto umbral, la persona no puede contagiar a otros. El virus del Nilo Occidental en Andalucía es un ejemplo: está presente, pero no se propaga porque los infectados no cargan suficiente carga viral.
Lo irónico es que la transmisión no es unidireccional. El coronavirus que causa la covid-19 ha estado entre nosotros durante seis años, y en ese tiempo los humanos lo hemos transmitido a dieciocho especies de animales en distintos continentes. Al inicio de la pandemia, contagiamos el virus a los visones de las granjas. Somos parte de un ecosistema conectado, y lo que hacemos tiene consecuencias que rebotan hacia nosotros. El cambio climático amplifica estos riesgos: mosquitos tigre que antes no sobrevivían en el Mediterráneo ahora se establecen allí. Las garrapatas expanden su territorio. Las condiciones que favorecen la transmisión se multiplican.
Del Val propone un cambio fundamental en cómo pensamos sobre la salud. El concepto de "una sola salud" reconoce que la salud del medioambiente impacta a los animales, la salud de los animales nos impacta a nosotros, y todos estamos en ese círculo. Las interacciones son mutuas: enfermedades infecciosas, seguridad alimentaria, transmisión de tóxicos y alérgenos. No podemos esperar a que haya pacientes en la unidad de cuidados intensivos para reaccionar. Necesitamos saber de antemano qué está circulando en los animales domésticos y silvestres, y cómo nuestras acciones impactan el medioambiente. Solo así podremos anticipar el próximo salto antes de que se convierta en crisis.
Citas Notables
Son fruto de varios eventos de azar que no se suelen dar— Margarita del Val, viróloga del Centro de Biología Molecular Severo Ochoa
No somos una isla, sino que hay intercambio regular de todo tipo— Margarita del Val
La Conversación del Hearth Otra perspectiva de la historia
¿Por qué el hantavirus en un crucero nos sorprende si llevamos miles de años conviviendo con estas enfermedades?
Porque creemos que la modernidad nos ha aislado de los riesgos naturales. Un crucero es un símbolo de control y seguridad, pero es también un espacio cerrado con miles de personas en contacto cercano. Es exactamente el tipo de densidad poblacional que un virus necesita para propagarse.
Entonces la mutación es lo que hace que un virus salte de animales a humanos. ¿Es algo que podemos predecir?
No es tan simple. La mutación es solo la mitad del problema. Necesitas la mutación correcta en el momento correcto, y luego necesitas que ese virus encuentre suficientes humanos. Son dos eventos de azar que rara vez ocurren juntos. Por eso la mayoría de los virus que circulan en animales nunca nos infectan.
Mencionaste que el coronavirus ya ha saltado a dieciocho especies de animales. ¿Eso significa que los animales ahora son un reservorio del virus?
Exactamente. Y eso es lo que asusta a los expertos. Si el virus se establece en poblaciones animales, puede mutar allí, lejos de nuestra vigilancia, y potencialmente volver a nosotros en una forma diferente. No es una calle de una sola dirección.
¿El cambio climático realmente acelera esto?
Sí, pero de formas específicas. El mosquito tigre no podía vivir en el Mediterráneo hace veinte años. Ahora sí. Las garrapatas se expanden hacia el norte. Cada grado de calentamiento abre nuevas geografías para vectores de enfermedades. Es como si estuviéramos redibujando el mapa de dónde pueden vivir los patógenos.
Entonces, ¿qué debería hacer un gobierno ahora?
Dejar de pensar en crisis y empezar a pensar en vigilancia. Necesitamos saber qué virus circulan en granjas, en vida silvestre, en ecosistemas. No podemos esperar a que haya gente enferma en hospitales. Para entonces ya es demasiado tarde.
¿Y nosotros? ¿Qué podemos hacer como individuos?
Entender que no somos una isla. Lo que hacemos con el medioambiente, cómo criamos animales, cómo viajamos, todo eso tiene consecuencias que nos vuelven. La salud no es solo un asunto personal o médico. Es un asunto de cómo vivimos en el planeta.