Las adolescentes tienen 3,4 veces más riesgo de dormir mal que los chicos

Millones de mujeres españolas sufren insomnio crónico que afecta su calidad de vida diaria, salud mental y capacidad de funcionamiento en trabajo y familia.
La cabeza no para, le doy vueltas a todo, intento resolver cosas por la noche
Vanesa Rosado describe el ciclo de insomnio que afecta a millones de mujeres españolas.

Las chicas adolescentes sufren insomnio con frecuencia 3,4 veces mayor que los varones, iniciándose en la menarquia y agravándose con cambios hormonales. La carga mental, trabajo doméstico no remunerado y cuidados familiares recaen mayoritariamente en mujeres, afectando memoria, atención, ánimo y aumentando riesgo cardiovascular.

  • Las adolescentes tienen 3,4 veces más riesgo de insomnio que los chicos
  • Más del 80% de las mujeres experimenta trastornos del sueño durante el embarazo
  • Entre el 40 y el 50% de los españoles duerme mal, aunque solo el 14% sufre insomnio crónico
  • La carga mental, trabajo doméstico y cuidados familiares recaen mayoritariamente en mujeres

Las adolescentes tienen 3,4 veces más riesgo de insomnio que los chicos, una disparidad que comienza en la pubertad y se acentúa con cambios hormonales. La carga mental y responsabilidades domésticas agravan el problema en mujeres adultas.

El insomnio no afecta por igual a hombres y mujeres. Las adolescentes tienen 3,4 veces más probabilidades de sufrir problemas graves de sueño que sus compañeros varones, según un estudio reciente de la Sociedad Española de Neurología. Esa brecha, que comienza en la pubertad, se amplifica a lo largo de toda la vida adulta, tejiendo un patrón de descanso deficiente que la mayoría de las mujeres aprende a normalizar sin cuestionarlo.

Las investigadoras Elena Muñoz Farjas y Sara Ballesta Martínez señalan que las disparidades en el sueño entre géneros tienen raíces biológicas profundas. Desde la primera menstruación, el cuerpo femenino experimenta ciclos hormonales que alteran la calidad del descanso. Durante la fase lútea del ciclo menstrual, justo antes de la menstruación, el sueño se vuelve más frágil. En el embarazo, más del 80 por ciento de las mujeres padece algún trastorno del sueño, especialmente en los últimos tres meses. La menopausia trae consigo una caída de melatonina y sofocos nocturnos que multiplican los despertares. Pero la biología es solo parte de la historia.

La otra mitad pertenece a la vida cotidiana. Las mujeres cargan con responsabilidades que no aparecen en ningún contrato: el trabajo doméstico no remunerado, el cuidado de hijos, padres y personas dependientes, la gestión mental de la casa, las preocupaciones que no descansan cuando llega la noche. Ainhoa Álvarez, presidenta de la Sociedad Española del Sueño, lo resume así: no tenemos tiempo para dormir porque estamos pendientes de otros, porque la cabeza no para. Esa carga mental recae mayoritariamente sobre las mujeres, y sus consecuencias van mucho más allá del cansancio. Dormir mal afecta la memoria, la atención y el estado de ánimo. Aumenta el riesgo de hipertensión, sobrepeso y enfermedades cardiovasculares. Según los datos de la SEN y la SES, entre el 40 y el 50 por ciento de los españoles duerme mal, aunque solo el 14 por ciento sufre insomnio crónico diagnosticado.

La psicóloga sanitaria Ángela Rodríguez explica que durante el sueño, el cerebro realiza procesos cruciales de recuperación, organización y regulación emocional. Un descanso de mala calidad desequilibra el sistema emocional, cognitivo y social, afectando la forma en que pensamos, sentimos y nos relacionamos. Muchas personas no son conscientes del impacto psicológico real de dormir mal de manera persistente. La terapia psicológica para esta problemática no intenta simplemente aumentar las horas de sueño, sino romper el círculo de ansiedad, malos hábitos y pensamientos negativos que mantienen el problema vivo.

Vanesa Rosado, de 44 años, asesora hipotecaria y madre de tres hijos, representa a millones de mujeres que viven esta realidad. No recuerda cuándo comenzó su insomnio; cree que nunca ha dormido del todo bien. Su situación se agravó tras una separación. Ahora le cuesta conciliar el sueño y se despierta varias veces sobresaltada. A veces se duerme enseguida; otras pasa horas dando vueltas. Durante el día está cansada, y eso afecta su estado de ánimo. Ha probado meditación, relajación, lectura, pastillas naturales. Todo funciona un poco durante un tiempo, pero luego vuelve a lo mismo. Su cabeza no para, le da vueltas a todo, intenta resolver cosas por la noche aunque sabe que no sirve de nada.

Rocío Rodríguez, de 57 años, comenzó a tener problemas hace una década, coincidiendo con la premenopausia. Se despierta como mínimo un par de veces cada noche y al amanecer abre los ojos mucho antes de lo que quisiera. Está cansada todo el día, sin ganas de hacer nada, y ha llegado a deprimirse. Atribuye sus dificultades al estrés diario, las preocupaciones y el ritmo de vida. Practica deporte por la tarde esperando llegar más relajada a la noche, aunque admite que no siempre le funciona.

Los especialistas ofrecen recomendaciones claras: ser conscientes de la importancia del sueño, mantener horarios regulares, llevar una vida saludable, hacer ejercicio, comer bien y desconectar de las pantallas a media tarde. Advierten contra la automedicación, que tiende a agravar el problema, y recomiendan consultar con especialistas y seguir terapia cognitivo-conductual como primera línea de tratamiento. La tecnología comienza a ofrecer herramientas: aplicaciones que ayudan a regular el sueño y terapias online que enseñan a cambiar rutinas y hábitos. Pero la SEN alerta sobre el creciente mercado de productos milagro que carecen de validez científica. Usar remedios sin comprobación no solo supone un gasto económico importante, sino que puede ser perjudicial: genera frustración, retrasa la búsqueda de ayuda médica adecuada y, en ocasiones, empeora los síntomas. Lo que estas mujeres necesitan es reconocer que el descanso no es un lujo, sino una necesidad fundamental. Y que aprender a parar no es un acto de egoísmo, sino de supervivencia.

No tenemos tiempo para hacerlo porque estamos pendientes de otros, porque la cabeza no para
— Ainhoa Álvarez, presidenta de la Sociedad Española del Sueño
Un sueño de mala calidad puede afectar a casi todas las funciones psicológicas: nos desequilibra el sistema emocional, cognitivo y social
— Ángela Rodríguez, psicóloga sanitaria
The Hearth Conversation Another angle on the story
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¿Por qué las adolescentes sufren insomnio con tanta más frecuencia que los chicos? ¿Es solo hormonal?

Model

Comienza con las hormonas, sí, pero no termina ahí. Desde la primera menstruación, el cuerpo femenino entra en ciclos que alteran el sueño. Pero eso es solo la mitad. La otra mitad es la vida que vivimos: las responsabilidades que se acumulan, la carga mental que nunca descansa.

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Entonces, ¿una adolescente de 15 años ya está cargando con esa presión?

Model

No exactamente de la misma forma que una mujer adulta. Pero sí comienza. Los cambios hormonales son reales y medibles. Y luego, a medida que crecen, se suman las expectativas: ser buena estudiante, ayudar en casa, cuidar hermanos menores, mantener la compostura. El cuerpo registra todo eso.

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¿Cuál es el daño real de dormir mal durante años?

Model

No es solo cansancio. Afecta cómo piensas, cómo sientes, cómo te relacionas. La memoria falla, la atención se dispersa, el ánimo se oscurece. Y luego están los riesgos físicos: hipertensión, problemas cardiovasculares, sobrepeso. Es como vivir con el cuerpo en alerta permanente.

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¿Por qué tantas mujeres no buscan ayuda?

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Porque lo normalizan. Creen que es así, que todas las mujeres duermen mal. Y porque admitir que necesitas ayuda significa reconocer que no puedes con todo. Eso es difícil cuando te han enseñado a ser superwoman.

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¿Qué funciona realmente?

Model

La terapia cognitivo-conductual, que enseña al cerebro a dormir de nuevo. Horarios regulares, ejercicio, desconectar de las pantallas. Pero lo más importante es esto: entender que el descanso no es un lujo. Es una necesidad. Y que parar no es rendirse.

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