Cuando Estados Unidos se vaya, el caos podría profundizarse
Tras veinte años de presencia militar, Estados Unidos y la OTAN se preparan para abandonar Afganistán, dejando tras de sí un país fracturado entre un gobierno frágil y un movimiento talibán que no ha depuesto las armas. La retirada no cierra una guerra: abre la pregunta de si la paz puede sostenerse sin el peso externo que la ha contenido. En el horizonte, los espectros de los años noventa —la guerra civil, el caos de facciones, el regreso del extremismo— vuelven a acechar a un pueblo que ya carga con décadas de sufrimiento.
- Los talibanes amenazan con abandonar las negociaciones en Catar y buscar la victoria militar en cuanto las tropas extranjeras abandonen el país.
- Antiguos señores de la guerra y comandantes muyaidines se declaran listos para combatir, evocando el sangriento conflicto interfaccional de los años noventa.
- El gobierno afgano asegura que sus 350,000 efectivos pueden sostenerse solos, pero analistas y generales retirados advierten que el conflicto se intensificará inevitablemente.
- Más de 18 millones de afganos sobreviven en pobreza extrema, y el riesgo de desplazamiento masivo crece si las hostilidades escalan sin contención internacional.
- Analistas señalan que sin que Pakistán retire su apoyo a los talibanes, ninguna solución pacífica es viable, dejando el proceso diplomático en un callejón sin salida.
Cuando Joe Biden anunció la retirada de los 3,500 soldados estadounidenses antes del 11 de septiembre, Afganistán sintió el temblor. La OTAN seguiría el mismo camino con 7,000 efectivos a partir del 1 de mayo. Veinte años después de la invasión, la salida parecía inminente, y con ella, el miedo a lo que vendría después.
La decisión revisaba el acuerdo que Trump había sellado con los talibanes en Doha en 2020. Pero el cambio de fechas enfureció al movimiento insurgente. Su portavoz Zabihullah Mujahid fue directo: sin progreso político, continuarán la guerra por medios militares. Afirman contar con 100,000 combatientes activos, sin contar reservas. En el terreno, los talibanes no controlan ninguna capital provincial, pero han reducido el dominio gubernamental al 53.8 por ciento del territorio nacional.
El gobierno de Ashraf Ghani insiste en que sus fuerzas pueden defenderse solas, citando que el 96 por ciento de las operaciones recientes fueron ejecutadas de forma autónoma. Pero el miedo más profundo no es una derrota militar inmediata, sino la guerra civil. Líderes étnicos como Mohammad Mohaqiq e Ismail Khan, junto a milicias antitalibanes del norte, ya anuncian públicamente que están listos para combatir si los talibanes intensifican las hostilidades. La memoria de los años noventa —cuando las facciones muyaidines se destruyeron entre sí tras el colapso comunista— sigue viva.
Los analistas no son optimistas. El general retirado Atiqullah Amarkhil afirma que el conflicto se intensificará, aunque ningún bando pueda ganar por la fuerza. Señala además un nudo estructural: los talibanes surgieron con el respaldo de Pakistán, y sin que Islamabad retire ese apoyo, la paz es imposible. A ello se suma el riesgo de que redes terroristas regionales e internacionales vuelvan a asentarse en un país donde el 52 por ciento de la población vive en pobreza y donde dos décadas de ayuda extranjera no lograron erradicar la corrupción ni el poder de los caudillos. Para millones de afganos, la retirada no es el fin de una guerra, sino el inicio de una nueva incertidumbre.
Cuando Joe Biden anunció hace poco que Estados Unidos retiraría sus 3,500 soldados de Afganistán antes del 11 de septiembre, el país asiático se estremeció. La OTAN seguiría el mismo camino, sacando 7,000 efectivos a partir del 1 de mayo. Veinte años después de la invasión, dos décadas de sangre y dinero, la salida parecía inminente. Y con ella, el fantasma de lo que podría venir después.
La decisión de Biden revisaba un acuerdo histórico que Donald Trump había sellado con los talibanes en Doha en febrero del año anterior. Pero lo que en teoría era un paso hacia la paz se convirtió rápidamente en una fuente de pánico. Los talibanes, furiosos por el cambio de fechas, amenazaron con abandonar las negociaciones que llevaban meses estancadas en Catar. El portavoz principal del movimiento insurgente, Zabihullah Mujahid, fue claro: si no hay progreso político, continuarán la guerra y ganarán por medios militares. Dijo que disponen de 100,000 combatientes activos, sin contar reservas.
La realidad del terreno es inquietante. Los talibanes no controlan ninguna de las 34 capitales provinciales, pero han logrado reducir el control gubernamental sobre el territorio nacional al 53.8 por ciento. Ellos dominan directamente el 12 por ciento, principalmente en zonas remotas, mientras el resto está en disputa. Tras dos décadas de conflicto, las tropas afganas luchan por mantener sus posiciones a pesar de las bajas constantes. El Gobierno afgano insiste en que sus 350,000 efectivos de seguridad y policía, incluyendo 40,000 miembros de fuerzas especiales, pueden defenderse solos. El Consejo de Seguridad Nacional afgano señaló que el 96 por ciento de las operaciones recientes han sido ejecutadas por fuerzas afganas de forma autónoma. El presidente Ashraf Ghani prometió que Estados Unidos seguirá proporcionando asistencia militar incluso después de retirar tropas.
Pero hay un miedo más profundo que acecha a Afganistán: la guerra civil. Antiguos comandantes muyaidines y señores de la guerra han comenzado a anunciar que están listos para enfrentar a los talibanes si intensifican las hostilidades. Mohammad Mohaqiq, líder de la etnia hazara e influyente en el centro del país, Ismail Khan, hombre fuerte en el oeste, y varias milicias antitalibanes del norte han hecho proclamas públicas de preparación para el combate. Un analista político que trabaja para el Gobierno, quien pidió anonimato, explicó que hay muchos antiguos comandantes yihadistas dentro y fuera del sistema gubernamental listos para defender a su gente si los talibanes regresan. Afganistán aún tiene fresca la memoria de los años noventa, cuando diferentes facciones muyahidines se destrozaban entre sí tras el colapso del régimen comunista.
Los analistas advierten que el escenario es peligroso. Hafiz Ahmadi, analista político, señaló que cuando Estados Unidos y sus aliados se vayan, los talibanes podrían no ver necesario continuar negociando e intentar ganar militarmente, lo que haría la guerra peor. El general retirado Atiqullah Amarkhil afirmó que es seguro que el conflicto se intensificará, aunque ningún bando puede ganar por la fuerza, como han probado los últimos veinte años. Pero Amarkhil subraya un punto crítico: los talibanes surgieron en los años noventa con el amparo de Pakistán. Sin que el país vecino deje de apoyar completamente a los insurgentes, no hay solución pacífica posible. El Gobierno afgano y Estados Unidos han acusado repetidamente a Islamabad de entrenar y financiar a los talibanes, algo que Pakistán siempre ha negado.
Hay otro riesgo que preocupa a los analistas. Safiullah Mullakhil advierte que un aumento de hostilidades sin presencia extranjera podría permitir que redes terroristas regionales e internacionales vuelvan a establecerse en Afganistán. El país ya es un terreno fértil para el caos. A pesar de miles de millones en ayuda estadounidense, la tasa de pobreza es del 52 por ciento según el Banco Mundial. Más de 18 millones de afganos viven con menos de 1,90 dólares al día. Afganistán está considerado uno de los peores países del mundo para ser mujer. Durante las últimas dos décadas, la corrupción ha dominado gobiernos sucesivos mientras poderosos caudillos acumulaban riqueza y milicias bien armadas. Para muchos afganos, esas dos décadas han sido decepcionantes. Ahora temen que cuando Estados Unidos se vaya, el caos se profundice.
Notable Quotes
Si no hay progreso en las negociaciones y el bando opuesto continúa negándose a nuestras peticiones, sin duda continuaremos la guerra y ganaremos por medios militares— Zabihullah Mujahid, portavoz principal de los talibanes
Cuando Estados Unidos y sus aliados salgan de Afganistán, puede que los talibanes no vean necesario continuar las negociaciones e intenten ganar militarmente, por lo que la guerra irá a peor— Hafiz Ahmadi, analista político
The Hearth Conversation Another angle on the story
¿Por qué los talibanes están tan furiosos con el cambio de fecha de retirada?
Porque Trump había acordado el 1 de mayo como fecha límite en Doha. Para los talibanes, ese acuerdo era vinculante. Cuando Biden lo cambió, sintieron que les movían el terreno bajo los pies. Es una cuestión de confianza, pero también de estrategia militar.
¿Realmente pueden las fuerzas afganas defender el país solos?
El Gobierno dice que sí, que el 96 por ciento de operaciones recientes las han hecho solos. Pero los números son preocupantes: controlan menos del 54 por ciento del territorio. Y llevan veinte años con apoyo estadounidense. La pregunta real es si pueden mantener eso sin dinero, sin aire, sin inteligencia.
¿Qué es lo que más asusta de una retirada?
No es solo que los talibanes ganen. Es que el país se fragmente. Hay antiguos comandantes muyaidines listos para pelear. Si el Gobierno colapsa, esos hombres con milicias bien armadas van a luchar entre sí. Afganistán ya vivió eso en los noventa. Fue horrible.
¿Qué papel juega Pakistán en todo esto?
Fundamental. Los talibanes nacieron bajo el amparo de Pakistán. Si Islamabad sigue apoyándolos, no hay negociación que funcione. Pero Pakistán niega que lo haga, y nadie puede obligarlo a parar.
¿Y si vuelven los grupos terroristas?
Afganistán se convierte en lo que era antes del 2001. Un refugio para redes que atacan a nivel regional e internacional. Veinte años de inversión estadounidense se evaporan.