Para realizar acciones monstruosas no hace falta un monstruo, basta con un ser humano
Franco invierte la narrativa habitual sobre abusos eclesiásticos al contar la historia desde el victimario en lugar de las víctimas, creando un personaje complejo y contradictorio. San Juan interpreta a Manuel como un hombre común y aparentemente agradable, demostrando que actos monstruosos no requieren de un monstruo sino simplemente de un ser humano.
- Fernando Franco invierte la narrativa habitual contando los abusos eclesiásticos desde la perspectiva del acusado, no de las víctimas
- Alberto San Juan interpreta a Manuel, un párroco que descubre denuncias en su expediente al retirarse del ministerio
- La película se estructura en dos partes: la primera como thriller, la segunda como cine político italiano más discursivo
- Franco consultó con víctimas de abusos, sacerdotes y una victimóloga de la comisión del Defensor del Pueblo para escribir el guión
Fernando Franco estrena 'La luz', película que aborda los abusos a menores en la Iglesia desde la perspectiva del sacerdote acusado, con Alberto San Juan en el papel protagonista de un párroco que enfrenta denuncias de su pasado.
Fernando Franco ha pasado más de una década explorando los rincones más oscuros de la psicología humana a través del cine. Desde su debut con La herida en 2013, donde seguía a una conductora de ambulancias lidiando con un trastorno límite de la personalidad, el director sevillano ha construido una filmografía dedicada a retratar personajes atrapados en sus propias contradicciones, observando cómo cambian según quién los rodea. Ahora, con La luz, que llegó a las salas este viernes, Franco da un paso más audaz: cuenta la historia de los abusos dentro de la Iglesia, pero no desde la perspectiva de quienes sufrieron, sino desde la del acusado.
El protagonista es Manuel, un párroco estimado por su comunidad que descubre, al retirarse del ministerio, que su expediente contiene denuncias por episodios del pasado que creía haber dejado impunes. Franco explica que cuando la productora Merry Colomer le propuso el proyecto, notó algo que le intrigó: casi toda la cinematografía sobre abusos eclesiásticos había sido contada desde las víctimas. Invertir esa ecuación le permitía crear un personaje poliédrico, lleno de aristas y contradicciones llevadas al extremo. No era un ejercicio de provocación, sino de rigor narrativo.
Alberto San Juan, quien encarna a Manuel, recibió instrucciones muy precisas de Franco. El director insistía en que el personaje fuera alguien común, alguien que no llamara la atención por su apariencia o manera de caminar, alguien que el espectador pudiera reconocer como su vecino. San Juan comprendió rápidamente lo que Franco buscaba: mostrar que una persona agradable, incluso buena en muchos aspectos, es capaz de cometer actos atroces. "Una buena persona puede cometer los actos más atroces que conciba la imaginación", dice el actor. "Así es de complejo, de misterioso y magnético el ser humano, y en parte las películas se hacen para abordar aquello que no entendemos".
La segunda indicación de Franco fue aún más desafiante: evitar el sentimentalismo, no buscar la compasión del público. San Juan admite que durante el rodaje anhelaba mostrar el dolor de su personaje, pero Franco rechazaba cualquier indulgencia hacia los actos cometidos. "Lo que ha hecho Manuel es injustificable", sostiene el actor. "Para realizar acciones monstruosas no hace falta un monstruo, basta con un ser humano. Darte cuenta de eso resulta aterrador". Esta contención, aunque incómoda para un intérprete acostumbrado a lucirse, es lo que da peso a la película. San Juan está presente en todas las escenas, pero insiste en que el protagonismo pertenece a la historia y a los hechos que representa.
Merry Colomer, productora de Morena Films, había notado una ausencia llamativa en el cine español: no existía una película que abordara seriamente la gestión de los abusos en la Iglesia, un tema que asoma constantemente en los periódicos y preocupa a la sociedad. Películas como El club de Pablo Larraín, Gracias a Dios de François Ozon y Spotlight de Tom McCarthy habían tratado el asunto en otros países, pero España carecía de una obra nacional sobre el tema. Colomer admiraba a Franco y sabía que lo haría con rigor y respeto. Juntos buscaban un proyecto que llegara a la gente, que tuviera intención constructiva, sin buscar polémica ni provocación. "Tenemos un elefante en la habitación", dice Colomer, "vamos a pensar entre todos qué hacemos con esto".
Franco estructuró La luz en dos partes claramente diferenciadas: la primera funciona como thriller, mientras que la segunda es más discursiva, un territorio que lo conecta con el cine político italiano y donde el director admite sentirse más expuesto. Ha sido un giro en su carrera, pues sus primeras películas carecían de género, eran propuestas más contemplativas. Ahora ve el género como un caballo de Troya que permite llegar mejor a los espectadores y plantearles temas complejos. Para escribir el guión, Franco conversó con víctimas de abusos, algunas que han hablado públicamente y otras que no, además de sacerdotes y una victimóloga relevante de la comisión del Defensor del Pueblo. Les mostró versiones avanzadas del guión para asegurar que el retrato de estas realidades complejas fuera fiel.
El elenco que rodea a San Juan es formidable. María Galiana interpreta a la madre de Manuel con una vulnerabilidad conmovedora, mientras que veteranos como Pedro Casablanc, Ramón Barea y Miguel Rellán comparten pantalla con actores más jóvenes como Pablo Gómez-Pando y Nacho Sánchez, quienes dan vida a las víctimas. Franco, acostumbrado a trabajar con intérpretes noveles en largos ensayos, temía que estos actores consagrados no quisieran invertir tiempo en la preparación. Sus miedos resultaron infundados: todos se involucraron profundamente. La película, distribuida por Buena Vista, perteneciente a Disney, llega a las salas con la intención de generar reflexión sobre cómo enfrentarse, como individuos y como sociedad, a una cuestión que permanece incómoda y sin resolver.
Citações Notáveis
Una buena persona puede cometer los actos más atroces que conciba la imaginación. Así es de complejo, de misterioso y magnético el ser humano, y en parte las películas se hacen para abordar aquello que no entendemos— Alberto San Juan
Tenemos un elefante en la habitación, vamos a pensar entre todos qué hacemos con esto— Merry Colomer, productora
A Conversa do Hearth Outra perspectiva sobre a história
¿Por qué Franco decidió contar esta historia desde el perspectiva del acusado en lugar de las víctimas?
Porque casi todo lo que se había hecho sobre abusos en la Iglesia ya estaba contado desde las víctimas. Franco vio la oportunidad de invertir la ecuación, de crear un personaje que fuera poliédrico, lleno de contradicciones, algo que Manuel llevaba al extremo.
¿Qué tan importante era que Manuel pareciera una persona común?
Era fundamental. Franco insistía en que no fuera alguien que llamara la atención por su apariencia o manera de caminar. Quería que el espectador lo reconociera como su vecino, que sintiera esa cercanía perturbadora.
San Juan dice que evitó el sentimentalismo. ¿Eso no hace que el personaje sea frío?
No, lo hace más aterrador. Si Manuel despierta compasión, el público podría sentir indulgencia hacia sus actos. Franco buscaba exactamente lo opuesto: que la gente entendiera que actos monstruosos no requieren de un monstruo, solo de un ser humano.
¿Colomer tenía dudas sobre si una película así podría funcionar comercialmente?
No exactamente. Ella veía que era un tema que preocupaba a la sociedad, que salía en los periódicos, pero que el cine español no había abordado. Buscaban un proyecto con intención constructiva, no provocador, que llegara a la gente.
¿Cómo cambió la estructura de dos partes la forma en que Franco se acercó al género?
Antes veía el género como algo ajeno a su cine contemplativo. Ahora lo ve como un caballo de Troya: la primera parte como thriller te engancha, la segunda parte más discursiva te obliga a pensar. Es más expuesto así, pero llega más lejos.