Stefano: cómo aprendió a convivir con la dermatitis atópica que marcó su adolescencia

Stefano experimentó años de aislamiento social, vergüenza, insomnio crónico y frustración emocional durante la infancia y adolescencia debido a los brotes recurrentes de dermatitis atópica.
Recuperé mi cuerpo cuando dejé de estar en guerra conmigo mismo
Stefano describe el momento en que encontró un tratamiento que funcionó después de años de fracasos.

Durante casi dos décadas, Stefano cargó sobre su piel —y mucho más allá de ella— el peso de una enfermedad inflamatoria crónica que la medicina convencional tardó en contener. La dermatitis atópica no solo marcó su cuerpo: redefinió su infancia, silenció su adolescencia y puso a prueba su fe en los tratamientos disponibles. A los 17 años, un inmunólogo en Mar del Plata le ofreció una alternativa que transformó su vida, recordándonos que en medicina la esperanza a veces llega tarde, pero puede llegar. Hoy, convertido en estudiante de Medicina, Stefano encarna la pregunta que toda experiencia de enfermedad prolongada termina planteando: ¿qué clase de médico —y de ser humano— queremos ser para quienes sufren?

  • Desde los dos años, Stefano enfrenta brotes recurrentes que no solo irritan la piel sino que interrumpen el sueño, desencadenan asma y alergias, y convierten cada verano en una fuente de ansiedad social.
  • La adolescencia agudizó el impacto: a los 15 años comenzó a faltar a eventos por vergüenza, sintiéndose progresivamente aislado mientras los tratamientos convencionales —cremas, antihistamínicos, fototerapia— fallaban uno tras otro.
  • El agotamiento ante una 'cinta repetida' de ilusiones y frustraciones lo llevó a desconfiar de los médicos, un punto de quiebre emocional que muchos pacientes crónicos reconocen como el más difícil de atravesar.
  • A los 17, un inmunólogo propuso medicación inyectable innovadora; al mes, la piel de Stefano estaba libre de lesiones por primera vez en años, marcando un antes y un después en su calidad de vida.
  • Hoy estudia Medicina en La Plata con la convicción de que contener emocionalmente al paciente y transmitirle seguridad es tan esencial como el diagnóstico correcto.

Stefano tiene 21 años y lleva casi toda su vida conviviendo con la dermatitis atópica, una enfermedad inflamatoria crónica que va mucho más allá de la piel. Creció en Balcarce, hijo de farmacéuticos, en un hogar donde los prospectos y las consultas médicas eran parte del paisaje cotidiano. Desde pequeño, la picazón, el enrojecimiento y las lesiones en brazos, piernas y cuello marcaron su rutina. Las cremas, los antihistamínicos y la fototerapia ofrecían alivio parcial, pero los brotes siempre regresaban.

La enfermedad no se limitó a lo físico: desencadenó alergias respiratorias, episodios de asma y un insomnio persistente que dificultaba estudiar y concentrarse. En la pileta del club, las miradas de desconocidos y las preguntas inocentes —¿qué te pasó?— le generaban una ansiedad que fue creciendo con los años. A los 15, en plena adolescencia, los brotes eran más frecuentes y el aislamiento más profundo: faltaba a encuentros por vergüenza, se perdía momentos que marcan a cualquiera.

Tras años de tratamientos fallidos y una creciente desconfianza hacia el sistema médico, el punto de inflexión llegó a los 17. Un inmunólogo de Mar del Plata le propuso una medicación inyectable innovadora. Al mes de comenzar, su piel estaba libre de lesiones. No fue una cura total, pero sí una transformación real: la convivencia con la enfermedad se volvió exponencialmente más llevadera con un esquema que incluye emolientes diarios, productos no irritantes y ropa de algodón.

Hoy Stefano cursa Medicina en La Plata. Su historia con la dermatitis atópica no fue la única razón para elegir esa carrera, pero sí le enseñó algo que espera llevar a su práctica: que la relación médico-paciente no se agota en el diagnóstico, sino que exige contención, empatía y la capacidad de transmitir seguridad en los procesos largos y difíciles.

Stefano tiene 21 años y desde los dos vive con una enfermedad que la mayoría de la gente considera un problema de piel. La dermatitis atópica es inflamatoria, crónica, y no desaparece: se prolonga durante meses o años, regresa sin aviso, y erosiona mucho más que la epidermis. Altera el sueño. Redefine la vida social. Consume la autoestima. Stefano lo sabe porque la ha vivido en su cuerpo durante casi dos décadas.

Creció en Balcarce, provincia de Buenos Aires, en una casa donde los remedios y los prospectos eran el idioma cotidiano. Sus padres son farmacéuticos. Las consultas médicas comenzaron cuando era muy pequeño: picazón, enrojecimiento, lesiones en brazos, piernas y cuello. Los médicos recomendaban cremas, antihistamínicos, fototerapia. Nada ofrecía una solución real. Era como luchar contra algo que siempre volvía.

Durante la infancia jugaba al rugby y al fútbol, iba al club. Pero cada verano la pileta se convertía en un lugar de ansiedad. Los brazos rojos, los ojos hinchados. Sus amigos cercanos lo naturalizaban, pero cuando llegaba gente nueva las preguntas eran inevitables: ¿qué te pasó? ¿Por qué estás así? Preguntas sin malicia, pero que le generaban mucha ansiedad. La enfermedad no se limitó a la piel: desencadenó alergias respiratorias y oculares, episodios de asma, despertares nocturnos constantes. Dormir era difícil. Estudiar también. Intentaba leer y estaba todo el tiempo rascándose, un acto automático que lo irritaba, lo agotaba, le cambiaba el humor.

La adolescencia debería haber sido la época de la socialización plena, del descubrimiento personal. Para Stefano fue un campo de batalla contra sí mismo. A los 15, cuando más expuesto estaba a la gente y más brotes recurrentes tenía, fue cuando se sintió más afectado. Faltaba a encuentros porque le daba vergüenza mostrarse. Se perdió cosas importantes, eventos que marcan a cualquiera. Sentía que la enfermedad lo estaba aislando.

Los tratamientos no sostenían la esperanza. Pasó por fototerapia, antihistamínicos, desensibilización con inyecciones, cremas y medicamentos tópicos varios. Nada frenaba los brotes. En un momento se cansó de los médicos: era escuchar lo mismo y repetir lo que ya había fallado. Una cinta repetida. Probar algo, ilusionarse, frustrarse. Parecía no haber salida.

El punto de inflexión llegó a los 17, cuando un inmunólogo de Mar del Plata le propuso un tratamiento innovador. Al mes de empezar, ya notaba la piel sin lesiones. Fue como recuperar su cuerpo. Su tratamiento actual incluye medicación inyectable y un cuidado dermatológico riguroso: emolientes diarios después del baño, productos no irritantes, ropa de algodón, evitar la lana y el nylon. Aunque no erradicó la enfermedad por completo, la convivencia es exponencialmente más amena. Ningún tratamiento es completamente curativo, pero sí puede mejorar muchísimo la calidad de vida.

Hoy Stefano estudia Medicina en La Plata. Su enfermedad no fue la única razón para elegir la carrera, pero le ayudó a entender el valor del acompañamiento médico. Aspira a ser un profesional sólido no solo en lo académico, sino también en lo humano. Cree que la relación médico-paciente es el núcleo de la medicina. No se trata solo de diagnosticar y tratar, sino también de contener y transmitir seguridad durante todo el proceso, especialmente cuando es largo como fue el suyo.

Dormir era difícil. Estudiar también: intentaba leer y estaba todo el tiempo rascándome. Era automático. Eso te irrita, te agota, te cambia el humor.
— Stefano
Aspiro a ser un profesional sólido no solo en lo académico, sino también en lo humano. Creo que la relación médico-paciente es el núcleo de la medicina.
— Stefano
A Conversa do Hearth Outra perspectiva sobre a história
Inventor

¿Qué fue lo más difícil de vivir con esto durante la adolescencia?

Model

La vergüenza, creo. No era solo el picor o el cansancio. Era sentir que mi cuerpo me traicionaba justo cuando más quería encajar, cuando más quería ser como los demás.

Inventor

¿Y los médicos? ¿Llegaste a perder la confianza en ellos?

Model

Completamente. Después de años probando lo mismo una y otra vez, me cansé. Sentía que no me escuchaban, que solo repetían el protocolo. Hasta que llegó alguien que pensó diferente.

Inventor

¿Qué cambió cuando encontraste el tratamiento que funcionó?

Model

Todo. No es que desapareció, pero dejé de estar en guerra conmigo mismo. Pude dormir. Pude ir a lugares sin pensar en cómo me veía. Recuperé mi cuerpo.

Inventor

¿Crees que esta experiencia te hace mejor médico?

Model

Espero que sí. Porque ahora entiendo que el diagnóstico es solo el principio. Lo importante es cómo acompañas a alguien a través de eso. Cuánta seguridad le das. Cuánto lo contenes.

Inventor

¿Qué le dirías a un adolescente que está pasando por lo que tú pasaste?

Model

Que no está solo. Que esto no define quién es. Y que aunque parezca que no hay salida, la hay. Solo a veces tarda más en llegar.

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