La fiebre infantil es defensa, no enemiga: pediatras recomiendan tratar el malestar, no la cifra

La fiebre no causa daño cerebral ni muerte; es la forma que tiene el cuerpo de defenderse
Paula Vázquez López, presidenta de la Sociedad Española de Urgencias de Pediatría, explica por qué los pediatras recomiendan no bajar la fiebre a toda costa.

La fiebre no causa daño cerebral ni es peligrosa; es la forma natural del cuerpo de defenderse contra virus y bacterias activando las defensas inmunitarias. Los pediatras advierten contra la 'fiebrefobia' y desaconsejan alternar antitérmicos, baños fríos, friegas con alcohol y otras prácticas caseras que generan confusión en dosis.

  • La fiebre es un mecanismo de defensa que activa las defensas inmunitarias contra virus y bacterias
  • Alrededor del 4% de los lactantes tiene predisposición genética a convulsiones febriles, pero bajar la fiebre no las previene
  • Los pediatras desaconsejan alternar paracetamol e ibuprofeno, baños fríos, friegas con alcohol y medicinas preventivas antes de vacunas
  • Consultar urgencias si hay manchas que no desaparecen, dificultad respiratoria, inflamación facial, irritabilidad o convulsiones

Los pediatras recomiendan no bajar la fiebre en niños si se encuentran bien, ya que es un mecanismo de defensa contra infecciones. El tratamiento debe enfocarse en el malestar, no en la cifra del termómetro.

Cuando un niño tiene fiebre, la primera reacción de muchos padres es buscar un termómetro y luego un medicamento para bajarla. Es la pregunta que los pediatras escuchan más veces en sus consultas: "No le baja la fiebre". Pero los especialistas en salud infantil están intentando cambiar esa mentalidad. La fiebre no es el enemigo. Es, de hecho, uno de los mecanismos de defensa más importantes del cuerpo contra las infecciones virales y bacterianas. El objetivo no debería ser bajar la cifra del termómetro a toda costa, sino aliviar el malestar del niño mientras su organismo hace su trabajo.

Paula Vázquez López, presidenta de la Sociedad Española de Urgencias de Pediatría, lo explica con claridad: la fiebre no causa daño cerebral, no causa muerte, no causa nada grave por sí sola. Es la forma que tiene el cuerpo de defenderse. Incluso una fiebre muy alta o que tarde en bajar no indica que la infección sea más peligrosa. Pone el ejemplo de la gripe: produce fiebre muy elevada que dura varios días y es difícil de bajar, pero no es una enfermedad grave. Juan Carlos Molina, pediatra del Hospital Infantil Niño Jesús de Madrid, identifica el problema con un término: "fiebrefobia". Los padres de hoy tienen un miedo sin fundamento a la fiebre, a diferencia de generaciones anteriores que la aceptaban como algo natural. Muchos quieren tratar el termómetro, no al niño. El verdadero objetivo, insiste Molina, es que el niño se sienta cómodo y bien.

La fiebre funciona porque estimula las defensas inmunitarias del cuerpo. Cuando los leucocitos detectan un germen, liberan moléculas llamadas citoquinas que alertan al termostato biológico del cerebro para que eleve la temperatura. Esto disminuye la reproducción de los microbios y aumenta la respuesta inflamatoria. Los síntomas que acompañan a la fiebre—el frío, los escalofríos, el sudor posterior—son parte de este proceso natural. La Asociación Española de Pediatría de Atención Primaria es clara en su Decálogo de la Fiebre: solo hay que usar medicamentos si hay malestar o dolor. El grado de la fiebre no indica la gravedad de la infección ni si es causada por virus o bacterias. Lo importante es hidratar bien al niño, no abrigarlo demasiado, y tratar la infección que la causa, no la fiebre en sí.

Hay prácticas comunes que los pediatras desaconsejan explícitamente. Alternar paracetamol e ibuprofeno, algo que muchos médicos todavía recomiendan, no ha demostrado ser más eficaz y aumenta el riesgo de errores en las dosis. Los baños fríos o templados no promueven el bienestar; al contrario, generan malestar. Las friegas con alcohol son peligrosas porque irritan la piel y el alcohol puede absorberse a través de ella, intoxicando al niño. Tampoco hay que dar medicamentos preventivamente antes de las vacunas para evitar fiebre o inflamación. Vázquez López recuerda que hace años eso era práctica común, pero ya no está indicado.

La preocupación por las convulsiones febriles es otro temor infundado que los pediatras abordan frecuentemente. Alrededor del 4% de los lactantes y niños pequeños tienen predisposición genética a convulsionar cuando tienen fiebre. Pero bajar la fiebre de forma precoz no las previene. Las convulsiones febriles duran segundos, desaparecen con la edad cuando el cerebro madura, y en la mayoría de los casos no requieren medicamento alguno. Solo en casos muy raros, alrededor del 1 o 2%, evolucionan hacia epilepsia. No hay que hacer nada diferente al tratamiento de un niño sin convulsiones febriles.

Cuando sí importa la fiebre es saber cuándo consultar. La mayoría de los procesos febriles en niños duran tres o cuatro días, aunque algunos virus como la gripe pueden prolongarla hasta una semana. Si la fiebre dura más de cinco días, es momento de visitar al pediatra. Hay señales de alarma que requieren acudir a urgencias inmediatamente: mal color de piel, palidez, manchas que no desaparecen al presionar, inflamación de párpados o labios, dificultad para respirar, mareos, falta de respuesta a estímulos, irritabilidad, somnolencia o convulsiones. En lactantes menores de tres meses, cualquier fiebre asociada con alteración de la piel o el comportamiento justifica una consulta, aunque el niño no esté muy mal. Los niños sin vacunar o inmunodeprimidos requieren especial atención, porque su cuerpo no tiene los mismos mecanismos de defensa. Pero para la mayoría de los niños sanos, la fiebre es lo que debería ser: una señal de que el cuerpo está haciendo exactamente lo que debe hacer.

La fiebre no causa daño del cerebro, ni muerte, ni nada. Es bueno que tengan fiebre porque es la forma que tiene nuestro organismo de defenderse ante los virus y bacterias
— Paula Vázquez López, presidenta de la Sociedad Española de Urgencias de Pediatría
El objetivo es que se encuentre bien. Los antitérmicos los damos para que el niño esté más confortable, no para tratar el termómetro
— Juan Carlos Molina, pediatra del Hospital Infantil Niño Jesús
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¿Por qué los padres tienen tanto miedo a la fiebre si es algo natural?

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Porque hemos medicalizado algo que antes se aceptaba como parte de estar enfermo. Ahora hay "fiebrefobia", un miedo sin sentido. Los padres miran el termómetro como si fuera el enemigo, cuando en realidad es el cuerpo defendiéndose.

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Pero entonces, ¿nunca hay que dar medicinas?

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Hay que darlas cuando el niño está incómodo, cuando tiene malestar. No porque el termómetro marque 39 grados. El paracetamol o el ibuprofeno ayudan a que se sienta mejor, pero no curan la infección ni la previenen.

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¿Y esas prácticas caseras como los baños fríos o el alcohol?

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Son contraproducentes. Los baños fríos generan más malestar, no bienestar. Y el alcohol se absorbe a través de la piel, puede intoxicar al niño. Son remedios del pasado que no funcionan.

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¿Qué pasa con las convulsiones febriles? Eso sí parece peligroso.

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Es el miedo más común, pero está infundado. Solo el 4% de los niños las tiene, y es por predisposición genética. Bajar la fiebre no las previene. Duran segundos y desaparecen cuando el cerebro madura.

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¿Entonces cuándo sí hay que preocuparse?

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Cuando hay señales reales: manchas que no desaparecen, dificultad para respirar, cambios en el comportamiento, inflamación facial. Y siempre en menores de tres meses, aunque sea solo fiebre.

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¿Los pediatras están de acuerdo en esto?

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Sí. Las dos sociedades principales de pediatría coinciden: la fiebre es defensa, no enfermedad. El cambio es que ahora lo dicen claramente, sin ambigüedad.

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