Keiko Fujimori enfrenta rechazo del 55% de electores de cara a segunda vuelta

El 55% rechazaba de plano; apenas el 20% la apoyaba con seguridad
Fujimori enfrentaba la segunda vuelta con un antivoto monolítico que no había cedido en meses.

En el umbral de una segunda vuelta histórica, el Perú de junio de 2021 se presentaba partido en dos mitades que apenas se reconocían entre sí. Keiko Fujimori cargaba con el rechazo categórico del 55% del electorado —una cifra que permanecía inmóvil desde meses atrás—, mientras Pedro Castillo, surgido casi de la nada en las encuestas, encarnaba la esperanza y el temor de dos Perús que habitaban el mismo territorio pero vivían realidades distintas. La encuesta de Ipsos no anunciaba un vencedor; anunciaba una colisión entre dos visiones de nación que difícilmente encontrarían terreno común.

  • El antivoto contra Fujimori no cede ni un punto: el 55% de los electores la rechaza de forma definitiva, la cifra más alta registrada entre todos los candidatos de la primera vuelta.
  • Su base de apoyo seguro apenas alcanza el 20%, un núcleo duro insuficiente para ganar sin conquistar a un electorado que la mira con desconfianza estructural.
  • Castillo irrumpe con fuerza desde los márgenes: pasó del 6.6% en las encuestas previas al 19.1% real en las urnas, revelando que las mediciones subestimaban profundamente su respaldo popular.
  • La fractura socioeconómica es casi perfecta: Fujimori domina en los sectores A, B y C, mientras Castillo arrasa en los sectores D y E con hasta el 56% de apoyo entre los más vulnerables.
  • El 6 de junio no se perfila como una elección ordinaria, sino como un choque entre dos proyectos de país que se rechazan mutuamente y apenas comparten vocabulario político.

A una semana de que los peruanos decidieran su destino en las urnas, las encuestas dibujaban un país fracturado hasta los cimientos. Keiko Fujimori, candidata de Fuerza Popular y segunda fuerza de la primera vuelta, arrastraba un lastre casi insuperable: el 55% del electorado afirmaba que jamás votaría por ella. No era una cifra nueva ni accidental. Ipsos, Datum y el Instituto de Estudios Peruanos habían registrado ese mismo rechazo semana tras semana desde marzo, con una consistencia que resultaba casi inquietante. Su apoyo seguro, en cambio, no superaba el 20%.

Frente a ella, Pedro Castillo presentaba un perfil igualmente polarizado pero con una trayectoria inversa. Apenas medido en el 6.6% de intención de voto antes de la primera vuelta, el maestro rural de Perú Libre obtuvo el 19.1% real en las urnas, sorprendiendo a analistas y encuestadoras. Para la segunda vuelta, el 34% afirmaba que lo apoyaría, con un 18% adicional dispuesto a considerarlo, aunque enfrentaba el rechazo del 33% del electorado.

La geografía del voto revelaba la grieta más profunda: en los sectores acomodados, Fujimori dominaba con hasta el 52% de apoyo, mientras Castillo no superaba el 17%. Pero en los sectores populares, la ecuación se invertía con contundencia: Castillo alcanzaba el 56% entre los más vulnerables, y Fujimori desaparecía del mapa. Eran dos Perús votando en direcciones opuestas, sin apenas cruzarse. La segunda vuelta del 6 de junio no prometía una elección; prometía una colisión.

A una semana de que los peruanos decidieran entre dos candidatos radicalmente distintos, las encuestas pintaban un panorama de polarización extrema. Keiko Fujimori, la candidata de Fuerza Popular que había avanzado a la segunda vuelta presidencial, cargaba con un lastre político casi insuperable: el 55% de los electores afirmaba categóricamente que no votaría por ella bajo ninguna circunstancia. Era un rechazo que no había cedido desde meses atrás, un antivoto que se mantenía tan sólido como una roca.

Este porcentaje no era una sorpresa repentina. En abril, cuando Ipsos tomó el pulso electoral, Fujimori ya acumulaba ese mismo 55% de rechazo definitivo, la cifra más alta entre todos los candidatos que habían competido en la primera vuelta. Datum, en su sondeo de principios de abril, la había identificado como la postulante con mayor rechazo ciudadano, con un 42% que jamás la apoyaría. Incluso el Instituto de Estudios Peruanos, en su medición del 28 de marzo, la colocaba en el primer lugar del antivoto con ese mismo 55%. La consistencia del número era casi inquietante: semana tras semana, mes tras mes, el rechazo a Fujimori no se movía.

Pero el panorama completo era aún más complicado para ella. Mientras el 55% la rechazaba de plano, apenas el 20% de los electores expresaba seguridad en votarla. Ese era su núcleo duro de apoyo, un grupo relativamente pequeño en una contienda que se jugaba en junio. Había un 15% adicional que podría cambiar de opinión, pero incluso sumando esos números, Fujimori partía con una desventaja estructural. En la primera vuelta, había obtenido el 13.4% de los votos, quedando en segundo lugar pero lejos del líder.

Su contrincante, Pedro Castillo de Perú Libre, presentaba un perfil electoral diferente pero igualmente polarizado. El 33% de los votantes rechazaba al maestro de escuela, pero el 34% afirmaba que votaría por él. Además, un 18% adicional consideraba que podría apoyar su propuesta de izquierda. Castillo había sorprendido a muchos: en la primera vuelta, cuando Ipsos lo midió a principios de abril, apenas alcanzaba el 6.6% de intención de voto a nivel nacional. Pero en la votación real, el 19.1% de los peruanos lo eligió, catapultándolo a la segunda vuelta como el candidato con mayor votación.

La geografía del voto revelaba las grietas profundas de la sociedad peruana. En el sector socioeconómico A, el más acomodado, Fujimori dominaba con el 52% de apoyo, mientras Castillo apenas llegaba al 17%. En los sectores B y C, de clase media, Fujimori mantenía ventaja con 39% y 38% respectivamente, contra el 30% de Castillo en ambos niveles. Pero la historia se invertía en los sectores D y E, donde vivía la población más vulnerable. Allí, Castillo arrasaba con el 50% en el sector D y el 56% en el E, mientras Fujimori no tenía presencia significativa. Era un mapa electoral que mostraba dos Perús irreconciliables, votando en direcciones opuestas según su posición en la escala social.

La segunda vuelta que se aproximaba para el 6 de junio no sería una contienda tradicional entre dos candidatos que buscaban ampliar su base. Sería un choque entre dos fuerzas que rechazaban profundamente al otro bando. Fujimori llegaba con un antivoto monolítico pero con apoyo concentrado en las élites urbanas. Castillo llegaba con un crecimiento meteórico entre los sectores populares, pero enfrentaba un rechazo importante en las clases medias y altas. La encuesta de Ipsos no predecía un ganador claro; predecía una batalla entre dos visiones de país que apenas se hablaban.

El 55% de electores precisó que 'definitivamente' no votaría por ella para esta segunda vuelta
— Encuesta Ipsos
The Hearth Conversation Another angle on the story
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¿Por qué el antivoto de Fujimori se mantuvo tan estable durante meses? ¿No debería haber fluctuado?

Model

El antivoto no es algo que cambie fácilmente. Es una decisión política que ya está tomada. Fujimori llevaba años en la política peruana, y para millones de personas, su nombre estaba asociado a su padre, a la dictadura, a decisiones que no perdonaban. Ese 55% no eran indecisos; eran votantes que ya habían cerrado la puerta.

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Pero ella llegó a la segunda vuelta. ¿Cómo es posible avanzar con ese rechazo?

Model

Porque el antivoto se distribuye entre muchos candidatos en la primera vuelta. Fujimori no necesitaba ser amada; necesitaba ser menos rechazada que otros en su sector político. Y en la primera vuelta, con diez candidatos compitiendo, eso fue suficiente para quedar segunda.

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¿Y Castillo? Pasó del 6% a casi el 20% en una semana.

Model

Castillo se benefició de algo diferente. Muchos votantes de izquierda estaban dispersos entre varios candidatos. Cuando llegó el momento de votar, se concentraron en él. Además, representaba algo nuevo, un maestro rural sin conexión con la élite. Para los sectores D y E, eso era atractivo.

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Entonces la segunda vuelta era predecible desde las encuestas.

Model

No exactamente. Las encuestas mostraban polarización, pero no mostraban cuántos de esos indecisos o "podría votar" terminarían en cada lado. Castillo tenía un 18% que podría apoyarlo; Fujimori tenía un 15%. Esos números flotantes eran el verdadero campo de batalla.

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¿Qué le faltaba a Fujimori para reducir ese antivoto?

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Probablemente nada que pudiera hacer en una semana. El antivoto no se reduce con campañas; se reduce con tiempo y cambio de contexto. Ella necesitaba que los votantes olvidaran quién era su padre, o que la vieran de forma completamente distinta. Eso no sucede en una segunda vuelta.

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