Javier Martín, 28 años: «Hay que dar lo que los demás aún no saben que necesitan»

Hay que dar lo que los demás aún no saben que necesitan
Martín explica su filosofía de innovación: anticipar necesidades del mercado antes de que los clientes las reconozcan.

A los 13 años, Javier Martín descubrió que el código era una forma de magia; a los 28, esa intuición se ha convertido en una filosofía de empresa. Desde los primeros experimentos financiados por Telefónica hasta la casi quiebra de Aluxion y su posterior renacimiento, su trayectoria ilustra una verdad que el emprendimiento tecnológico suele aprender a golpes: el propósito sostiene lo que el dinero no puede comprar. Hoy, desde Echo Harbor hasta cualquier mercado que aún no sabe que necesita cambiar, Martín prepara Insurfy como su próxima apuesta por democratizar lo que históricamente ha sido territorio de pocos.

  • Aluxion pasó de dos a veintiún empleados en cuatro meses y casi se hundió bajo el peso de su propio crecimiento descontrolado.
  • Martín tuvo que despedir a veinte personas y asumir en solitario una deuda que amenazaba con borrarlo todo, una decisión que describe como amor e inconsciencia a la vez.
  • El punto de inflexión llegó cuando abandonó el dinero como brújula y colocó la misión en el centro, atrayendo así el talento que ningún salario podía retener.
  • Aluxion opera hoy con veinticinco personas y genera sus propias startups, demostrando que la agencia sobrevivió al caos convirtiéndose en algo más ambicioso.
  • Insurfy, su próximo proyecto, apunta a romper las barreras burocráticas del sector asegurador y llevar coberturas accesibles a quienes aún no saben que las necesitan.

Javier Martín no llegó al emprendimiento por vocación declarada, sino por curiosidad irrefrenable. A los 13 años, explorando cómo funcionaban los virus informáticos entre juegos de colegio, descubrió que el código podía dar vida a lo que existía solo en su cabeza. Esa revelación lo acompañaría durante décadas.

A los 17, Telefónica financió su primera aplicación —un sistema para etiquetar personas en fotos y enviarlas automáticamente, novedoso en una época anterior al iPhone— y años después lo contrató. Rodeado de profesionales mayores que él, el joven tímido que casi no hablaba comenzó a descubrirse. Vendió esa primera app, intentó una segunda llamada Hithru, y fracasó por diferencias irreconciliables con sus socios. A los 21 años dejó la corporación y fundó Aluxion, convencido de que quería arriesgar.

El crecimiento llegó demasiado rápido. En cuatro meses, el equipo saltó de dos a veintiún personas. La gestión se desbordó, las deudas se acumularon y Martín tuvo que despedir a casi todos. Fue, dice, la peor etapa de su vida. La salida fue radical: le ofreció a su socio asumir toda la deuda a cambio de quedarse con la compañía. Desde ese momento, el dinero dejó de ser el motor. Solo importaba entender por qué hacía lo que hacía.

Esa transformación redefinió también su manera de construir equipos. En tecnología, razona, hay más demanda de talento que de capital. Los mejores profesionales saben que mañana alguien pagará más por ellos; lo que los retiene no es el salario, sino la certeza de que su trabajo dejará huella. Con esa filosofía, Aluxion creció de nuevo, esta vez con veinticinco personas y con la ambición de crear startups propias que revolucionen sectores enteros.

El siguiente objetivo es Insurfy, un proyecto para democratizar los seguros: que cualquier negocio pueda venderlos y que cualquier persona pueda acceder a ellos sin burocracia, más baratos y ajustados a su realidad. Martín cita a Henry Ford para explicar su método: si hubiera preguntado a sus clientes, habrían pedido caballos más rápidos. Hay que anticiparse a lo que el mercado aún no sabe que necesita. Eso, dice, es lo que quiere que sea su legado.

Javier Martín tiene 28 años y lleva casi toda su vida construyendo cosas. A los 13, mientras jugaba en el colegio, descubrió cómo hacer un virus informático. No fue un acto de malicia deliberada, sino curiosidad: sus amigos pasaban archivos entre sí desafiándose a abrirlos, y él se preguntó cómo funcionaba realmente. Una búsqueda en Google lo llevó al hackeo y la programación, y algo cambió en él. Por primera vez vio que lo que existía en su cabeza podía convertirse en código, en algo vivo. Era magia.

A los 17, Telefónica financió su primera aplicación. No existía el iPhone aún. Su producto permitía etiquetar a las personas en las fotos y enviarlas automáticamente, algo que hoy parecería obvio pero entonces fue novedoso. Martín era tímido entonces, reservado, casi no hablaba. Telefónica no solo le dio dinero, sino que años después lo contrató. Lo rodearon de personas mayores que él, lo llamaban el bebé, y lo ayudaron a descubrirse a sí mismo. Vendió esa primera aplicación. Luego intentó otra: Hithru, una especie de Tinder primitivo que permitía conocer gente en los lugares donde estabas. Fracasó por discrepancias con los socios, demasiadas diferencias irreconciliables.

A los 21 años dejó Telefónica. Nunca fue corporativo, dice. Quería arriesgar. Fundó Aluxion, una agencia digital destinada a crear productos digitales, aunque siempre lo fascinó el mundo financiero y cómo la tecnología lo estaba transformando. Su primer proyecto fue ByeWallet, un sistema de pago entre personas, precursor de lo que después sería Bizum. Ganó distintos programas, pero era difícil en esa época porque las licencias bancarias no eran accesibles como ahora.

Luego vino el desastre. Aluxion creció muy rápido, demasiado rápido. En cuatro meses pasaron de dos a 21 empleados. Todo fue acelerado, caótico. Martín descubrió que gestionar equipos era mucho más difícil de lo que imaginaba. Tuvo que despedir a 20 personas. Acumuló muchas deudas. Casi quiebran. Fue la peor etapa de su vida, llena de incertidumbre y créditos que no podía pagar. Hace cuatro años, en un acto que describe como amor e inconsciencia a la vez, le ofreció a su socio asumir toda su parte de la deuda a cambio de quedarse con la compañía. Su vida cambió en ese momento. El dinero dejó de ser importante. Lo único que le importaba era entender por qué hacía lo que hacía y hacerlo bien.

Hoy Aluxion es una agencia digital con 25 personas que ayuda a startups en diseño y desarrollo de productos, y crea sus propias startups para revolucionar distintos sectores. Martín ha aprendido algo fundamental sobre el talento en tecnología: hay más demanda de talento que de dinero. Los verdaderamente buenos saben que al día siguiente alguien pagará más por ficharlos. No es el salario lo que los atrae, es la misión. Es el destino, el motor, la certeza de que lo que hacen dejará huella y mejorará lo que existía antes.

Este año está buscando inversión para lanzar Insurfy el próximo año, un proyecto que nace para democratizar el sector de los seguros. Hace ocho o diez años, ni los bancos ni las aseguradoras podían imaginar que startups competirían contra ellos. Hoy es una realidad. La tecnología ha abierto el mercado. Insurfy permitirá que cualquier negocio venda seguros y que muchas más personas accedan de forma rápida y sencilla, sin burocracias, a un seguro más barato y ajustado a sus necesidades. Hay que dar lo que no existe, dice Martín. Hay que anticiparse. Hay que dar lo que los demás aún no saben que necesitan. Henry Ford dijo que si hubiera preguntado a sus clientes habrían querido caballos más rápidos.

Su vida es muy estoica, dice. Si tuviera una enfermedad terminal, querría dejar un legado en la gente que lo rodea, que tuvieran un bonito recuerdo de lo que fue y de lo que hizo. El éxito es saber tener éxito. El verdadero progreso es el que pone la tecnología al alcance de todos, y eso es lo que quiere que sea su marca en el mundo.

No considero mi trabajo un trabajo. Soy lo que hago, por eso no paro nunca.
— Javier Martín
Cuando buscas hacer las cosas bien es cuando más dinero ganas en tu vida.
— Javier Martín
A Conversa do Hearth Outra perspectiva sobre a história
Inventor

¿Qué te hace diferente de otros emprendedores que simplemente quieren ganar dinero?

Model

Descubrí que cuando casi quiebro, cuando tuve que asumir todas las deudas, el dinero dejó de ser el objetivo. Eso cambió todo. Ahora entiendo que el dinero viene cuando haces las cosas bien, cuando tienes una misión real.

Inventor

Pero eso suena a lujo de alguien que ya ha fracasado y aprendido. ¿Qué pasa con los jóvenes que no tienen esa experiencia?

Model

Por eso es importante que fallen temprano, que se equivoquen siendo jóvenes. La juventud te permite ser más atrevido. Yo descubrí programación por curiosidad, no por un plan maestro. A veces el camino se abre cuando te atreves a explorar.

Inventor

Hablas mucho de misión, de legado. ¿No es eso un poco romántico para alguien que está pidiendo inversión?

Model

No es romántico, es pragmático. En tecnología, el talento verdadero no se compra con dinero. Se atrae con un destino, con algo que creen que va a mejorar el mundo. Si solo ofreces dinero, pierdes a los mejores.

Inventor

¿Y si Insurfy no funciona? ¿Si democratizar seguros resulta ser una idea equivocada?

Model

Entonces habré aprendido algo nuevo. He fracasado antes. Lo importante es que no estoy haciendo esto solo por dinero. Si fracasa, al menos sé que lo intenté por las razones correctas.

Inventor

¿Qué le dirías a alguien de tu edad que está paralizado por el miedo al fracaso?

Model

Que el fracaso es información. Yo he tenido que despedir a 20 personas, he estado al borde de la quiebra. Eso duele, pero te enseña. La alternativa es no intentar nada, y eso es peor.

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