Sabemos qué hacer, tenemos las herramientas, pero elegimos no hacerlo
En Bonn, Alemania, 82 científicos de 139 naciones presentaron ante la IPBES un diagnóstico que trasciende lo técnico: la humanidad no destruye la naturaleza por desconocimiento, sino porque sus sistemas de decisión están construidos para ignorar todo aquello que no produce ganancias inmediatas. El informe revela que décadas de políticas económicas cortoplacistas han reducido el valor de los bosques, humedales y ecosistemas a lo que pueden rendir en el próximo trimestre, dejando fuera la regulación climática, la identidad cultural y la vida misma de quienes dependen de ellos. La crisis de biodiversidad, así entendida, no es un accidente sino una elección colectiva que aún puede revertirse, si existe voluntad de redefinir qué significa el progreso.
- La biodiversidad desaparece a un ritmo sin precedentes en la historia humana, y un panel de 82 expertos globales señala al cortoplacismo económico como su principal acelerador.
- Los gobiernos convierten bosques en tierras agrícolas y drenan humedales usando sistemas de valoración que solo cuentan lo que tiene precio de mercado, borrando de la ecuación el clima, el agua limpia y la cultura.
- Existe una brecha alarmante entre quienes investigan y quienes padecen las consecuencias: apenas el 1% de los estudios involucra a las comunidades afectadas en cada paso del proceso de valoración.
- Los investigadores han identificado más de 50 métodos para valorar la naturaleza de forma integral, pero la voluntad política para adoptarlos sigue siendo el eslabón roto.
- Científicos y codirectores del informe urgen redefinir desarrollo y bienestar más allá del crecimiento trimestral, como condición indispensable para detener el colapso ecosistémico.
Un grupo de 82 científicos de todo el mundo presentó ante la IPBES, con el respaldo de representantes de 139 estados reunidos en Bonn, un diagnóstico que incomoda por su claridad: la crisis global de biodiversidad no se alimenta de ignorancia, sino de impaciencia. Los gobiernos y las empresas toman decisiones usando sistemas de valores que solo reconocen lo que puede venderse, dejando fuera la regulación climática, el agua limpia, la identidad cultural y la estabilidad que ofrecen los ecosistemas. Así, destruir un bosque o drenar un humedal se registra como ganancia económica, aunque en realidad esté degradando la calidad de vida de millones de personas.
Los números del informe revelan la profundidad del problema. En cuatro décadas de estudios de valoración, el 74% se concentró exclusivamente en valores instrumentales de mercado; apenas el 6% exploró cómo las personas se relacionan con la naturaleza más allá de lo comercial. Más grave aún, solo el 1% de esos estudios involucró a las comunidades afectadas en el proceso, lo que significa que los expertos han estado decidiendo qué vale la naturaleza sin escuchar a quienes viven de ella.
Sin embargo, el informe no es una declaración de impotencia. Los investigadores identificaron más de 50 métodos para valorar la naturaleza de manera integral, considerando también sus dimensiones intrínsecas y relacionales. Las herramientas existen. Lo que falta, señalan los codirectores Unai Pascual y Patricia Balvanera, es voluntad política para usarlas y, sobre todo, disposición para redefinir qué entendemos por desarrollo y bienestar más allá del crecimiento trimestral. La presidenta de la IPBES, Ana María Hernández Salgar, resume la advertencia con precisión: sabemos exactamente qué hacer, pero nuestros sistemas de decisión están diseñados para ignorar todo lo que no se convierte en dinero en el corto plazo.
Un grupo de 82 científicos y expertos de todo el mundo acaba de presentar un diagnóstico incómodo: la forma en que los gobiernos y las empresas toman decisiones está matando la biodiversidad del planeta. No por ignorancia, sino por impaciencia. El problema, según la Plataforma Intergubernamental Científico-Normativa sobre Diversidad Biológica y Servicios de los Ecosistemas (IPBES), es que buscamos ganancias rápidas sin preguntarnos qué vale realmente la naturaleza.
El informe, aprobado por representantes de 139 estados en Bonn, Alemania, expone una contradicción fundamental en cómo medimos el progreso. Cuando los gobiernos deciden convertir un bosque en tierra agrícola intensiva o drenar un humedal para construir, están usando un sistema de valores que solo cuenta lo que se puede vender. La regulación del clima que ese bosque proporciona, la identidad cultural que el humedal sostiene, el agua limpia que filtra, la estabilidad que ofrece: todo eso desaparece de la ecuación porque no tiene precio de mercado. El resultado es que los cambios en la naturaleza se registran como ganancias económicas cuando en realidad están degradando la calidad de vida de las personas.
Lo que sorprende no es que el problema exista, sino cuán poco se hace al respecto a pesar de que existen soluciones. Los investigadores identificaron más de 50 métodos y enfoques diferentes para valorar la naturaleza de manera integral, considerando no solo su utilidad comercial sino también sus valores intrínsecos y relacionales. Las herramientas están ahí. Lo que falta es voluntad política para usarlas. El profesor Unai Pascual, codirector de la evaluación, señala que apenas el 2% de los estudios sobre valoración de la naturaleza consulta con las comunidades afectadas qué piensan sobre estas decisiones. Solo el 1% las involucra en cada paso del proceso. Es decir, los expertos deciden qué vale la naturaleza sin escuchar a quienes viven de ella.
Los números revelan una brecha aún más profunda. De los estudios de valoración analizados en los últimos cuarenta años, el 74% se enfocó exclusivamente en valores instrumentales, aquellos que generan dinero. El 20% consideró valores intrínsecos, y apenas el 6% exploró valores relacionales, es decir, cómo las personas se conectan con la naturaleza más allá del mercado. Entre 2010 y 2020, cuando la crisis de biodiversidad se aceleró, el 65% de los nuevos estudios buscaba mejorar las condiciones de la naturaleza y el 31% la calidad de vida humana, pero solo el 4% abordó cuestiones de justicia social. Esto significa que mientras los ecosistemas colapsan, seguimos tomando decisiones sin preguntarle a los más afectados.
La profesora Patricia Balvanera, también codirectora del informe, plantea que el cambio requiere algo más radical que nuevos métodos de valoración. Necesitamos redefinir qué entendemos por desarrollo y bienestar. Mientras sigamos midiendo el éxito de un país por su crecimiento económico trimestral, seguiremos eligiendo proyectos que destruyen la naturaleza porque generan ganancias inmediatas. Balvanera insiste en que reconocer las diversas maneras en que las personas se relacionan con el mundo natural, y entre ellas mismas, es un paso fundamental hacia el cambio transformador que el planeta necesita.
La advertencia final viene de Ana María Hernández Salgar, presidenta de la IPBES: la diversidad biológica está desapareciendo más rápido que en cualquier otro momento de la historia humana. Las contribuciones de la naturaleza a las personas se degradan aceleradamente. El informe no dice que no sepamos qué hacer. Dice que sabemos exactamente qué hacer, tenemos las herramientas, pero elegimos no hacerlo porque nuestros sistemas de decisión están diseñados para ignorar todo lo que no se puede convertir en dinero en los próximos trimestres.
Notable Quotes
Lo que escasea es el uso de métodos de valoración que permitan hacer frente a los desequilibrios de poder entre las partes interesadas— Profesor Unai Pascual, codirector de la evaluación
La diversidad biológica está desapareciendo y actualmente las contribuciones de la naturaleza a las personas se están degradando con mayor rapidez que en ningún otro momento de la historia de la humanidad— Ana María Hernández Salgar, presidenta de la IPBES
The Hearth Conversation Another angle on the story
¿Por qué un informe sobre cómo valoramos la naturaleza importa tanto ahora?
Porque la forma en que medimos el valor determina qué destruimos. Si solo contamos lo que se vende, un bosque vivo vale menos que un bosque convertido en dinero hoy.
Pero los expertos dicen que existen más de 50 métodos para valorar la naturaleza de otra manera. ¿Por qué no los usamos?
Porque requieren escuchar a la gente, involucrar a comunidades, considerar valores que no generan ganancias rápidas. Es más lento, más complicado, menos predecible para los que toman decisiones.
El informe menciona que solo el 1% de los estudios involucra a las partes interesadas. ¿Eso significa que los expertos deciden solos?
Exactamente. Los científicos valoran la naturaleza sin preguntarle a quienes viven de ella. Es como que otros decidan qué vale tu casa sin consultarte.
¿Qué cambiaría si realmente incorporáramos esos otros valores, los intrínsecos y relacionales?
Cambiaría qué proyectos aprobamos. Un humedal no sería solo agua para drenar, sino regulación climática, identidad cultural, estabilidad. Algunos proyectos dejarían de ser rentables.
¿Entonces el problema es que los gobiernos no quieren perder dinero?
Es más profundo. El problema es que definimos desarrollo como crecimiento económico trimestral. Mientras eso sea verdad, siempre elegiremos destruir naturaleza si genera ganancias rápidas.
¿Qué tendría que pasar para que esto cambie?
Redefinir qué significa bienestar. Reconocer que una persona no está mejor si su país crece económicamente pero pierde el agua limpia, el clima estable, la conexión con la naturaleza que la sostiene.