Incendios canadienses fuera de control: recursos limitados y cambio climático agravan la crisis

Residentes de comunidades amenazadas se ven obligados a evacuar sus hogares mientras los incendios forestales destruyen propiedades y comunidades en Canadá.
Gastamos miles de millones una vez que estalla el incendio, pero no invertimos por adelantado
Un ecólogo canadiense explica la lógica invertida del financiamiento de prevención de incendios.

En el verano de 2023, más de quinientos incendios forestales consumen simultáneamente el territorio canadiense, enviando una cortina de humo tóxico sobre más de cien millones de personas en Estados Unidos. La crisis revela no solo la insuficiencia de recursos para combatir el fuego, sino una paradoja más profunda: la humanidad gasta miles de millones respondiendo a desastres que podría haber mitigado con inversión preventiva. Los científicos advierten que el cambio climático convierte lo excepcional en rutina, y que el círculo vicioso entre incendios y emisiones de carbono amenaza con redefinir permanentemente la relación entre el ser humano y los bosques boreales.

  • Más de cien millones de personas en Estados Unidos respiran aire contaminado mientras el humo canadiense borra los cielos azules del verano y genera alarmas sanitarias desde Wisconsin hasta Carolina del Norte.
  • Doscientos setenta incendios arden completamente fuera de control en Canadá, en territorios tan remotos e inaccesibles que ni siquiera diez países aliados enviando bomberos logran contenerlos.
  • Las autoridades canadienses toman una decisión brutal pero pragmática: dejar arder los fuegos que no amenazan vidas humanas directamente, porque los recursos son insuficientes para combatir quinientos frentes simultáneos.
  • La falta de quemas prescritas y de inversión preventiva deja al país expuesto: Columbia Británica quema apenas diez mil hectáreas controladas al año, cuando los expertos estiman que se necesitarían entre diez y veinte veces más.
  • El cambio climático cierra un círculo vicioso: los bosques boreales liberan entre diez y veinte veces más carbono por hectárea quemada que otros ecosistemas, calentando el planeta y alimentando aún más incendios en el futuro.

El humo de los incendios canadienses ha cubierto gran parte de América del Norte, dejando a más de cien millones de personas bajo alertas de calidad del aire. Los cielos del verano han desaparecido bajo una bruma tóxica que recorre el continente desde las provincias canadienses hasta los estados del sureste estadounidense.

En Canadá, más de quinientos incendios arden al mismo tiempo. Doscientos setenta están completamente fuera de control en Quebec, Ontario, Columbia Británica y Alberta. La magnitud de la crisis ha llevado a diez países a enviar bomberos, pero muchos fuegos continúan sin que nadie intente detenerlos. La razón es práctica: algunos incendios se ubican en territorios tan remotos y peligrosos que acercarse resulta imposible. Con recursos limitados y múltiples frentes simultáneos, la prioridad es proteger vidas humanas; los fuegos en zonas alejadas, simplemente, se dejan arder.

Esta lógica no es nueva, pero sí revela una contradicción estructural. Los gobiernos asignan fondos escasos para la prevención, pero encuentran miles de millones una vez que los incendios estallan. Las quemas prescritas —técnica ancestral de las comunidades indígenas para reducir el combustible forestal acumulado— se practican muy poco: Columbia Británica quema apenas diez mil hectáreas controladas al año, una cifra que el estado de Nueva Jersey supera. Los expertos estiman que se necesitaría entre diez y veinte veces más.

El cambio climático agrava todo. Los bosques boreales de Canadá, que cubren un tercio de los bosques del planeta, siempre convivieron con el fuego como parte de su ciclo natural. Pero el calentamiento global hace que esos incendios sean más frecuentes e intensos. La aldea de Lytton, arrasada tras una temperatura récord de cuarenta y nueve grados Celsius, ilustró ese futuro con brutalidad. Y los bosques boreales, al quemarse, liberan entre diez y veinte veces más carbono que otros ecosistemas, alimentando el mismo calentamiento que los hace más vulnerables. Los científicos ya no preguntan si esto volverá a ocurrir, sino cuándo y con qué fuerza.

El humo de los incendios forestales canadienses ha envuelto gran parte de América del Norte. Más de cien millones de personas, desde Wisconsin hasta Carolina del Norte, viven bajo alertas de calidad del aire mientras columnas de humo avanzan hacia el sur. Los cielos azules del verano han desaparecido, reemplazados por una bruma tóxica que ha generado preocupación creciente sobre la frecuencia cada vez mayor de estos desastres y su conexión con el cambio climático.

En Canadá, más de quinientos incendios forestales arden simultáneamente. De ellos, doscientos setenta están completamente fuera de control, propagándose sin restricción a través de provincias como Quebec, Ontario, Columbia Británica y Alberta. La magnitud de la crisis ha obligado a al menos diez países —entre ellos Estados Unidos, México, Costa Rica, Chile, España, Australia, Nueva Zelanda, Sudáfrica, Corea del Sur y Francia— a enviar sus propios bomberos para ayudar. Aun así, muchos incendios continúan ardiendo sin que nadie intente detenerlos.

La razón de esta aparente inacción es práctica y brutal. Algunos incendios arden en territorios tan remotos y de acceso tan difícil que los funcionarios canadienses simplemente no pueden hacer nada. El noroeste de Quebec alberga algunos de estos fuegos incontrolables, ubicados en zonas donde no existen carreteras de acceso y donde el terreno es demasiado traicionero para que los bomberos se acerquen. Cuando los vientos se intensifican, estos incendios se mueven con rapidez impredecible, capaces de rodear a los equipos de emergencia. Robert Gray, ecólogo canadiense especializado en incendios forestales, explica que con recursos limitados y múltiples incendios simultáneos, la prioridad es clara: proteger primero la vida humana y la propiedad. Los incendios en áreas remotas que no amenazan comunidades inmediatas simplemente se dejan arder.

Daniel Perrakis, científico del Servicio Forestal Canadiense, añade que esta práctica no es nueva. Históricamente, las autoridades canadienses han permitido que ciertos incendios ardan porque combatirlos resulta costoso, ecológicamente contraproducente y prácticamente imposible en muchos casos. De los quinientos treinta y nueve incendios activos, doscientos setenta están fuera de control. El problema se agrava por la falta de financiamiento preventivo. Los gobiernos asignan fondos limitados para la extinción de incendios antes de que ocurran, pero una vez que estallan, encuentran miles de millones de dólares para responder. Gray señala que esta lógica es invertida: se gastan miles de millones en respuesta y recuperación, pero se invierte poco en mitigación y prevención anticipada.

Una de las tácticas de prevención más efectivas son las quemas prescritas: incendios iniciados intencionalmente como parte de un plan de manejo forestal para reducir el riesgo de incendios más severos. Las comunidades indígenas practicaron esta técnica durante miles de años, provocando incendios de baja intensidad que limpiaban la tierra de combustible forestal acumulado. Sin embargo, Canadá realiza muy pocas quemas controladas. En Columbia Británica, se queman aproximadamente diez mil hectáreas anuales, una cifra que Nueva Jersey supera. Perrakis sugiere que se necesitarían entre diez y veinte veces más quemas controladas de las que actualmente se realizan. Junto con esto, se requiere tala a gran escala en bosques que no producen madera de dimensiones comerciales, permitiendo que la madera de bajo valor se destine a bioeconomía, bioenergía e ingeniería de productos.

El cambio climático intensifica todo esto. Los incendios siempre han sido parte esencial del ecosistema boreal de Canadá, el bioma más grande e intacto del mundo, que cubre aproximadamente un tercio de todos los bosques del planeta. Las especies en estos bosques evolucionaron en presencia del fuego; es un proceso necesario para conservar la biodiversidad y restaurar nutrientes del suelo. Pero el cambio climático está haciendo que estos incendios sean más frecuentes, más inmanejables y más intensos. Hace un año, después de una temperatura récord de cuarenta y nueve grados Celsius, la aldea de Lytton en Columbia Británica fue arrasada por un incendio forestal, un evento que ilustró los efectos tangibles del calentamiento global.

Los bosques boreales son densos en carbono, liberando entre diez y veinte veces más contaminación de carbono por unidad de área quemada que otros ecosistemas, según un estudio de dos mil veintidós publicado en Science Advances. Esto crea un círculo vicioso: los incendios forestales emiten carbono, que calienta el planeta, lo que a su vez alimenta más incendios. Mientras residentes cercanos a los fuegos evacuan sus hogares y los bomberos luchan por salvar propiedades, incendios más grandes arden sin control, y millones de personas en Estados Unidos respiran humo nocivo. Los científicos advierten que esta es la nueva realidad. El cambio climático es innegable, y la pregunta ahora no es si esto volverá a ocurrir, sino cuándo y con qué intensidad.

Si tienes recursos limitados y tienes muchos incendios, lo que haces es proteger primero la vida humana y la propiedad
— Robert Gray, ecólogo canadiense de incendios forestales
El cambio climático es innegable, y ahora es el momento de pensar en el futuro, dentro de 10 o 20 años, y lo que hay que hacer
— Daniel Perrakis, científico del Servicio Forestal Canadiense
La Conversación del Hearth Otra perspectiva de la historia
Inventor

¿Por qué Canadá simplemente deja que algunos de estos incendios ardan si tiene acceso a bomberos de diez países diferentes?

Model

Porque la geografía y los recursos no lo permiten. Muchos incendios están en territorios tan remotos que no hay carreteras de acceso. Enviar equipos allí es costoso, peligroso y a menudo imposible. Con recursos limitados, tienes que elegir: proteges vidas humanas y propiedades, o gastas todo intentando apagar fuegos en el medio de la nada.

Inventor

Entonces es un problema de priorización, no de falta de voluntad.

Model

Exactamente. Pero hay algo más profundo aquí. Canadá históricamente no ha invertido dinero por adelantado en prevención. Espera a que los incendios exploten y luego gasta miles de millones en respuesta. Es al revés de lo que debería ser.

Inventor

¿Qué cambiaría eso?

Model

Más quemas prescritas. Las comunidades indígenas lo hacían durante miles de años: pequeños incendios controlados que limpian el combustible forestal acumulado. Ahora hacemos muy pocas. Columbia Británica quema diez mil hectáreas al año; Nueva Jersey quema más. Si hiciéramos diez o veinte veces más, reduciríamos el riesgo de incendios catastróficos.

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¿Y por qué no lo hacemos?

Model

Responsabilidad legal, riesgo de que se salgan de control, falta de financiamiento y capacitación. Pero el verdadero obstáculo es que nadie actúa hasta que hay una crisis. Entonces todos se sorprenden.

Inventor

¿El cambio climático es realmente el culpable aquí?

Model

Es el acelerador. Los incendios siempre fueron parte del ecosistema boreal. Pero ahora son más frecuentes, más intensos, más impredecibles. Y crean un círculo vicioso: liberan carbono, que calienta el planeta, que causa más incendios. Es innegable.

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