Huétor Tájar afronta una noche de angustia por el desbordamiento del Genil

Vecinos enfrentan riesgo de inundación de viviendas, con especial vulnerabilidad de personas mayores y viudas que permanecen solas durante la emergencia.
Estoy sola, viuda y tengo mucho miedo
Josefa improvisa una barrera de plástico en su casa mientras espera la crecida del Genil.

En la noche del miércoles, Huétor Tájar se convirtió en escenario de una de esas horas en que la naturaleza recuerda a los pueblos su fragilidad. El río Genil, crecido y desbordado, amenazaba con inundar viviendas mientras las autoridades abrían los pantanos de Quéntar y Cubillas para amortiguar una avenida prevista para las dos de la madrugada. Entre la espera y el miedo, cada vecino eligió su forma de resistir: algunos huyeron hacia las alturas con sus hijos, otros improvisaron barreras con plástico, y todos compartieron la misma pregunta sin respuesta fácil sobre quién cuida los cauces cuando no llueve.

  • El río Genil subió casi dos metros en apenas treinta minutos, dejando a los vecinos de la avenida principal con el agua rozando ya las puertas de sus garajes.
  • Una viuda sola, llorando, extendía un plástico sobre la entrada de su casa como último gesto de resistencia ante una inundación que se sentía inevitable.
  • La rabia también afloró: vecinos denuncian años de abandono en la limpieza de cauces, señalando que la catástrofe no es solo natural, sino también negligencia acumulada.
  • La UME instaló una base en la gasolinera de entrada al pueblo, con la Policía Local, la Guardia Civil y el Ayuntamiento de Loja desplegados y en alerta máxima.
  • Las autoridades vaciaron preventivamente los pantanos de Quéntar y Cubillas, calculando que la mayor crecida golpearía Huétor Tájar pasadas las dos de la madrugada.

La noche del miércoles cayó sobre Huétor Tájar con la certeza de que el río Genil no esperaría. En la avenida principal, los vecinos observaban cómo el agua ascendía a una velocidad que no dejaba margen para la duda: en media hora, casi dos metros. Custodio veía el nivel acercarse a la puerta de su garaje y se preguntaba en voz alta quién podría dormir tranquilo en semejante situación. Su vecino no esperó la respuesta: metió a sus hijos pequeños en el coche y los llevó hacia las partes altas del pueblo.

En la calle Félix Rodríguez de la Fuente, la angustia tenía otro rostro. Pepe acababa de terminar su casa y temía que el agua deshiciera en horas lo que había costado años construir. Junto a él, la frustración se volvía acusación: los cauces llevaban años sin limpiarse, y cada vez que llovía con fuerza, el resultado era el mismo. Josefa, viuda y sola, lloraba mientras desplegaba un plástico sobre la entrada de su vivienda. Era un gesto casi simbólico, pero era el único que podía hacer.

Sin embargo, el pueblo no estaba solo. La Unidad Militar de Emergencia había montado una base improvisada en la gasolinera de entrada, con un retén adicional en el centro. La Policía Local, la Guardia Civil y el Ayuntamiento de Loja estaban sobre el terreno, junto al diputado de Emergencias Eduardo Martos. Las autoridades habían ordenado desembolsar los pantanos de Quéntar y Cubillas para intentar reducir el impacto de la riada, calculada para las dos de la madrugada. Era un intento de poner orden frente a lo incontrolable, mientras los vecinos esperaban, cada uno a su manera, que la noche terminara sin tragedia.

Mientras caía la noche del miércoles en Huétor Tájar, los vecinos de la avenida principal enfrentaban una realidad que los mantenía en vilo: el río Genil se desbordaba y las autoridades estimaban que la mayor crecida llegaría pasadas las dos de la madrugada. No había tiempo para la calma. No había tiempo para dormir.

Custodio, que vivía en la cercana calle Noria, observaba cómo el agua subía con velocidad alarmante. En apenas treinta minutos, el nivel había ascendido casi dos metros. Ya tocaba la puerta de su garaje. «¿Quién puede dormir tranquilo en estas condiciones?», preguntaba, sabiendo que la respuesta era nadie. Su vecino tomó una decisión más drástica: metió a sus hijos pequeños en el coche y se los llevó hacia las partes altas del pueblo, buscando terreno seguro. «Va a ser una noche muy larga», murmuró mientras se alejaba.

En la calle Félix Rodríguez de la Fuente, Pepe estaba furioso. Acababa de terminar la construcción de su casa y ahora dudaba de si la estructura sobreviviría la noche sin que el agua penetrara sus muros. Su amigo expresaba la frustración de forma más cruda: llevaban años sin limpiar los cauces, y cuando lluvia llegaba, todo se desbordaba. Nadie hacía nada para evitarlo. Nadie parecía responsable.

Josefa, viuda y sola en su vivienda de la misma calle, lloraba mientras desplegaba un plástico enorme para tapar la entrada de su casa. Era un gesto desesperado, casi medieval, como si la localidad hubiera retrocedido un siglo en el tiempo. «Estoy sola, tengo mucho miedo», decía mientras trabajaba. No sabía si aquel plástico detendría el agua, pero algo tenía que hacer. No podía quedarse de brazos cruzados.

Pero Huétor Tájar no estaba abandonada a su suerte. La Unidad Militar de Emergencia había establecido una base improvisada en la gasolinera de entrada al pueblo, con un retén adicional en el centro de la localidad. La Policía Local, el Ayuntamiento de Loja y la Guardia Civil estaban desplegados y listos para actuar. Eduardo Martos, diputado de Emergencias, se encontraba en el terreno, revisando cada detalle junto a los responsables locales.

Las autoridades habían tomado una decisión preventiva: ordenaron desembolsar los pantanos de Quéntar y Cubillas para reducir, en la medida de lo posible, los efectos de la riada que se aproximaba. Según los cálculos de la Diputación, la mayor avenida de agua llegaría alrededor de las dos de la madrugada. Era un intento de controlar lo incontrolable, de mitigar lo inevitable. Los vecinos, mientras tanto, esperaban en sus casas, algunos con plástico, otros en la carretera hacia lugares más altos, todos preguntándose si la noche terminaría sin tragedia.

En media hora el agua ha subido casi dos metros. Aquí está ya en la puerta del garaje.
— Custodio, vecino de la calle Noria
Creemos que la gran avenida de agua llegará sobre las dos de la mañana y hemos mandado desembolsar los pantanos de Quéntar y Cubillas para paliar todo lo posible los efectos de la riada
— Eduardo Martos, diputado de Emergencias
La Conversación del Hearth Otra perspectiva de la historia
Inventor

¿Por qué la gente no simplemente se va? ¿Por qué algunos se quedan?

Model

Porque es su casa. Porque no tienen adónde ir, o porque creen que pueden protegerla. Josefa está viuda y sola—¿a dónde va una mujer así a las dos de la madrugada?

Inventor

¿Y los pantanos? ¿Eso realmente ayuda?

Model

Es lo que pueden hacer. Desembolsar los pantanos reduce la presión, ralentiza la llegada del agua. No la detiene, pero compra tiempo. Es una medida de daño controlado.

Inventor

Parece que nadie esperaba esto.

Model

Lo esperaban. Las autoridades estaban allí, la UME estaba lista. Pero los vecinos llevan años viendo cómo se descuida el río. Cuando finalmente llega el desastre, la rabia es tan grande como el miedo.

Inventor

¿Qué pasa después de las dos de la madrugada?

Model

Nadie lo sabe. Por eso es una noche de angustia. Todo depende de cuánta agua viene, de qué tan rápido, de si las medidas funcionan. Los vecinos simplemente esperan.

Inventor

¿Hay algo que pudiera haberse hecho antes?

Model

Sí. Limpiar los cauces. Mantener el río. Pero eso cuesta dinero y tiempo, y nadie lo hizo. Ahora pagan el precio.

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