Uno de cada seis adultos mayores sufre maltrato: golpes, abandono y abuso económico

Aproximadamente 16% de adultos mayores de 60 años experimenta maltrato físico, psicológico, económico o abandono, con impacto directo en su dignidad, autonomía y bienestar.
No son un grupo vulnerable sino vulnerados por negligencia permitida
La distinción entre fragilidad inherente y exclusión social deliberada marca el verdadero problema de la vejez.

En todo el mundo, uno de cada seis adultos mayores de 60 años enfrenta alguna forma de maltrato: golpes, despojo económico, negligencia o abandono. No se trata de una fragilidad inherente a la vejez, sino de una vulneración construida por sociedades que han decidido, con omisión o indiferencia, hacer el mundo inhabitable para quienes envejecen. La especialista Verónica Zenaida Montes de Oca Zavala lo señala con precisión: la diferencia entre ser vulnerable y ser vulnerado es la diferencia entre el destino y la responsabilidad colectiva.

  • El 16% de los adultos mayores sufre maltrato en alguna de sus formas, pero la mayoría calla por miedo, dependencia o porque ha normalizado el abuso como parte inevitable de envejecer.
  • Las barreras físicas del entorno urbano —aceras sin rampas, metros sin ascensores— no son descuidos menores: son señales de que el espacio público fue diseñado para excluir a quienes se mueven lento.
  • La discriminación se acumula: una mujer mayor con discapacidad y orientación sexual diversa no enfrenta una sola forma de marginación, sino varias que se refuerzan mutuamente y la dejan sin salida visible.
  • El trabajo invisible de cuidado que realizan las mujeres mayores dentro del hogar casi nunca se reconoce ni se valora, lo que profundiza su dependencia y su exposición al abuso.
  • Expertas advierten que el cambio requiere educación desde la infancia, revisión real de las leyes protectoras y políticas públicas que respondan a las necesidades concretas de la vejez, no a suposiciones de escritorio.

Uno de cada seis adultos mayores de 60 años ha vivido algún tipo de maltrato. Detrás de ese porcentaje hay golpes, dinero robado, negligencia y abandono: personas que envejecen no en paz, sino bajo amenaza.

La Dra. Verónica Zenaida Montes de Oca Zavala, coordinadora del Seminario Universitario Interdisciplinario sobre Envejecimiento y Vejez de la UNAM, establece una distinción fundamental: los adultos mayores no son un grupo vulnerable por naturaleza, sino un grupo vulnerado. La diferencia importa. Una implica fragilidad inevitable; la otra implica negligencia deliberada o permitida. La ausencia de rampas en las aceras y de ascensores en el metro no son detalles menores: son la expresión cotidiana de un mundo que no fue construido para quienes se mueven lentamente. Cuando el espacio público excluye, la autonomía se reduce, la dependencia crece y con ella el riesgo de abuso.

El maltrato adopta muchas formas: agresiones físicas, humillación psicológica, despojo económico, negligencia en el cuidado básico y abandono. Lo más perturbador es que la mayoría de las víctimas no denuncia. Tienen miedo, no saben a quién acudir, dependen de quien las maltrata o han llegado a creer que así es la vida a esta edad. La discriminación tampoco actúa sola: una mujer mayor con discapacidad y orientación sexual diversa enfrenta varias formas de marginación superpuestas, cada una reforzando a las otras.

Cambiar esta realidad exige más que buenas intenciones. Requiere reconocer el trabajo invisible de cuidado que realizan las personas mayores —especialmente las mujeres— dentro del hogar. Requiere revisar las leyes protectoras con perspectiva de género real, formar profesionales capacitados y, sobre todo, educar desde la infancia para que las generaciones futuras entiendan lo que significa envejecer. La transformación cultural no ocurre sola, y este es un trabajo que no puede esperar.

Uno de cada seis adultos mayores de 60 años ha vivido algún tipo de maltrato. Esa cifra, por sí sola, resume una realidad que la mayoría de las sociedades prefiere no mirar de frente. Pero detrás de ese número hay golpes, dinero robado, negligencia en el cuidado, abandono. Hay personas que envejecen no en paz, sino bajo amenaza.

La vejez no es simplemente lo que ocurre en el cuerpo con el paso del tiempo. Es también lo que la sociedad decide hacer con las personas que envejecen. Depende de las leyes que existen o no existen, de las rampas que están o no están en las aceras, de los ascensores que funcionan o no en el metro. Depende de si alguien se molesta en construir un mundo donde los cuerpos que se mueven lentamente puedan seguir moviéndose. La Dra. Verónica Zenaida Montes de Oca Zavala, especialista en Ciencias Sociales y coordinadora del Seminario Universitario Interdisciplinario sobre Envejecimiento y Vejez de la UNAM, lo plantea de manera clara: no se trata de que los adultos mayores sean un grupo vulnerable por naturaleza. Son vulnerados. La diferencia es crucial. Uno implica fragilidad inherente. El otro implica negligencia deliberada, o al menos negligencia permitida.

La ausencia de políticas inclusivas se ve en detalles cotidianos que la mayoría de las personas nunca nota porque sus cuerpos aún no necesitan notarlos. Una persona mayor que no puede subir a una banqueta sin rampa, que no puede bajar a una estación de metro porque no hay ascensor, está siendo excluida del espacio público. Su autonomía se reduce. Su mundo se empequeñece. Y cuando el mundo se empequeñece, la dependencia crece. Cuando la dependencia crece, el riesgo de abuso crece también.

El maltrato adopta muchas formas. Hay agresiones físicas directas: golpes. Hay violencia psicológica: humillación, amenazas, control. Hay abuso económico: alguien toma el dinero de un adulto mayor, controla sus finanzas, lo deja sin recursos. Hay negligencia: no se le proporciona comida, medicinas, cuidado básico. Y hay abandono, que puede no ser intencional pero es devastador de todas formas. Una persona mayor dejada sola, sin visitas, sin apoyo, sin que nadie verifique si está viva.

Lo más perturbador es que la mayoría de las víctimas no denuncia. Tienen miedo. No saben a quién acudir. Dependen económicamente de quien las maltrata. Creen que el abuso es temporal, que pasará. O simplemente han aceptado que así es la vida a esta edad. El maltrato se ha normalizado tanto que muchos adultos mayores lo ven como inevitable, como parte del trato que reciben por ser viejos.

La discriminación no actúa sola. Una mujer mayor con discapacidad y orientación sexual diversa no enfrenta una forma de marginación, sino varias superpuestas, cada una reforzando a las otras. El sistema la rechaza por ser mujer, por ser vieja, por ser discapacitada, por ser diferente. Cada categoría la hace más vulnerable.

Para cambiar esto se necesita más que buenas intenciones. Se necesita reconocer el trabajo invisible que hacen las personas mayores, especialmente las mujeres, en el cuidado de sus familias y en las tareas del hogar. Ese trabajo casi nunca se cuenta, casi nunca se valora. Se necesita revisar y reescribir las leyes que supuestamente protegen a este grupo, incorporando una perspectiva de género real. Se necesita formar a más profesionales que entiendan el problema. Y se necesita educación desde la infancia: si los niños aprenden a respetar a las personas mayores, si entienden lo que significa envejecer, si desarrollan empatía antes de que sea demasiado tarde, algo podría cambiar.

La transformación cultural no ocurre sola. Requiere espacios donde se pueda hablar de esto sin vergüenza. Requiere políticas públicas que atiendan las necesidades reales de la vejez, no las que alguien imagina desde un escritorio. Requiere una lucha frontal contra la discriminación y el abuso, no como un tema marginal sino como una prioridad. Es trabajo de todos. Y es trabajo que no puede esperar.

No se puede considerar a la vejez como un grupo vulnerable, sino como una población vulnerada por la falta de políticas inclusivas y el desinterés estatal
— Dra. Verónica Zenaida Montes de Oca Zavala, UNAM
A Conversa do Hearth Outra perspectiva sobre a história
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¿Por qué la mayoría de los adultos mayores no denuncia el maltrato si es tan común?

Model

Porque denunciar requiere poder, y muchos adultos mayores no lo tienen. Dependen económicamente de quien los maltrata. Tienen miedo de perder lo poco que tienen. No saben dónde ir. Y después de toda una vida, algunos simplemente aceptan que esto es lo que merecen.

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Mencionas que no son un grupo vulnerable sino vulnerados. ¿Cuál es la diferencia práctica?

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Una cosa es ser frágil. Otra es ser tratado como si no importaras. La diferencia es que la vulnerabilidad puede ser natural, pero la vulneración es una elección social. Podríamos construir rampas. Podríamos entrenar a los trabajadores sociales. Podríamos cambiar las leyes. No lo hacemos.

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¿Cómo se normaliza algo tan grave como el abuso de personas mayores?

Model

Lentamente. Primero, nadie habla de ello. Luego, cuando ocurre, se ve como un asunto privado, familiar. Después, la gente deja de sorprenderse. Al final, es solo la forma en que las cosas son.

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¿Qué papel juega el género en esto?

Model

Las mujeres mayores cargan con décadas de trabajo invisible en el hogar. Cuando envejecen, ese trabajo sigue siendo invisible, pero ahora también son vistas como cargas. La discriminación por edad se suma a la discriminación de género. Es acumulativa.

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¿Por dónde se empieza a cambiar esto?

Model

Por la educación. Si los niños crecen aprendiendo a valorar a las personas mayores, si entienden que envejecer es parte de la vida, algo cambia. Pero también necesitas leyes nuevas, políticas públicas, profesionales capacitados. No es un cambio pequeño.

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¿Hay esperanza en esto?

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La hay si decidimos que la hay. El problema no es inevitable. Es una elección. Y las elecciones pueden revertirse.

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