Lo único que me quedan son recuerdos, y decidió dejarlos
Fede creció preparándose para la muerte de su padre, quien enfrentó múltiples operaciones y enfermedades durante toda su vida. Cinco meses atrás abrió cajas que su madre Carmen Barbieri le había enviado y encontró una bitácora donde Santiago escribía: 'Lo único que me quedan son recuerdos'.
- Santiago Bal murió hace casi seis años
- Fede abrió las cajas que su madre le había enviado hace cinco meses
- La bitácora comienza con: 'Tengo 83 años y lo único que me quedan son recuerdos'
- Fede creció siendo preparado repetidamente para la muerte de su padre por sus múltiples operaciones
Fede Bal recordó en entrevista con Juana Viale cómo convivió con la enfermedad de su padre Santiago Bal y descubrió una bitácora autobiográfica que escribió antes de morir hace casi seis años.
Casi seis años después de que Santiago Bal se fuera, su hijo Fede sigue descubriendo quién fue su padre. Hace poco más de cinco meses, abrió unas cajas que su madre Carmen Barbieri le había entregado tiempo atrás—cajas que habían estado cerradas, esperando. Adentro encontró una computadora, un teléfono viejo, papeles. Y entre todo eso, una bitácora. Una autobiografía que Santiago había escrito en sus últimos años, donde comenzaba diciendo: "Tengo 83 años y lo único que me quedan son recuerdos".
Para Fede, crecer fue aprender a despedirse de su padre antes de tiempo. Desde pequeño, cada cuatro u ocho meses llegaba el mismo mensaje: andá a abrazar a papá porque no sabemos si sale de esta operación. Santiago enfrentó una enfermedad crónica que lo llevó al quirófano una y otra vez. La muerte fue una posibilidad constante, un fantasma que rondaba la casa. Fede entraba a terapia para procesar esa pérdida que aún no ocurría, trabajaba el duelo, lo asimilaba. Y luego su padre salía del hospital y pedía dos whiskys, o tiraba un chiste, y todo lo que Fede había procesado tenía que volver atrás. Pasó años así, preparándose para algo que finalmente llegó cuando menos lo esperaba—o quizá cuando ya estaba tan preparado que no supo cómo reaccionar.
Cuando Santiago murió, Fede no lloró. Lo había llorado demasiadas veces antes. En cambio, hizo algo que su padre habría aprobado: organizó un velorio que fue casi una celebración. Compró dos cajas de whisky, llevó un parlante, puso Frank Sinatra. Vinieron vedettes, artistas, figuras del medio. Todos contaban anécdotas, todos reían. En un momento había gente fumando marihuana en el salón, y cuando su madre Carmen le pidió que parara, Fede le respondió: "No, se murió mi papá". Fue el mejor velorio que vio en su vida. Su madre, que estaba separada de Santiago, se relajó viendo ese amor todavía vivo en la habitación. Lo trajo de vuelta a casa para despedirse.
Pero el verdadero descubrimiento llegó después, cuando Fede finalmente abrió esas cajas. Encontró confesiones que nunca había leído, reflexiones que su padre escribió sabiendo que se iba. En la bitácora, Santiago hablaba de sus hijos: Mariano ya tenía su familia, sus propios hijos. Fede, el más chico, trabajaba mucho y no podía visitarlo. Así que decidió dejar recuerdos. Eso fue lo que escribió, lo que imprimió, lo que guardó esperando que alguien lo encontrara.
Entre los papeles había sketches nunca publicados, revistas que nunca vieron la luz. Algunos eran machistas, irreverentes, brutalmente honestos. Fede se sorprendió leyendo eso. Su padre no solo pensaba de cierta manera—la plasmaba, la imprimía, la dejaba para que otros la leyeran. No le importaba nada. Era Santiago Bal hasta el final, sin filtros, sin arrepentimientos. Leyendo eso, Fede se metió en un viaje tremendo. La piel de gallina, la risa, la incredulidad. Esto es increíble, pensó. Que a mi viejo se le ocurriera eso, que lo escribiera, que lo dejara ahí.
Ahora, años después, Fede entiende que abrir esas cajas fue parte del proceso de decir adiós. No fue un adiós de una sola vez, sino uno que se extendió a lo largo de toda su vida—primero preparándose para la muerte, luego viviéndola, luego descubriendo quién fue su padre a través de sus propias palabras. Lo único que le quedan son recuerdos, como escribió Santiago. Pero esos recuerdos tienen peso, tienen voz, tienen la irreverencia y la honestidad brutal de un hombre que supo que se iba y decidió dejar constancia de sí mismo.
Citas Notables
Toda mi vida estuvo amigándome con la muerte de mi viejo. Entraba a terapia y no sabíamos si salía... Y un día falleció y no lo lloré porque había trabajado tanto la muerte de mi viejo— Fede Bal
Fue el mejor velorio que vi en mi vida. Compré dos cajas de whisky, puse Frank Sinatra y estaban todos bailando— Fede Bal
La Conversación del Hearth Otra perspectiva de la historia
¿Cómo se vive toda una infancia esperando que alguien se muera?
No es que esperes exactamente. Es que aprendes a vivir con esa posibilidad siempre presente. Yo entraba a terapia trabajando el duelo, y dos horas después mi papá pedía whisky. Tenía que deshacer todo lo que había procesado.
Y cuando finalmente pasó, ¿qué sentiste?
Nada. O todo. Había llorado tanto antes que cuando llegó el momento, no me quedaban lágrimas. Lo que hice fue celebrarlo. Puse música, traje gente, hicimos una fiesta. Mi papá habría estado ahí riendo.
¿Qué fue lo que encontraste en esas cajas?
Su voz. Cosas que escribió sabiendo que se iba. Una bitácora donde decía que lo único que le quedaban eran recuerdos. Y sketches, revistas, confesiones que nunca había visto.
¿Te sorprendió lo que encontraste?
Mucho. Algunos de esos escritos eran machistas, irreverentes. Pero eso era él. No se disculpaba por nada. Imprimía lo que pensaba y lo dejaba ahí.
¿Crees que dejó esas cosas a propósito para que las encontraras?
Creo que sí. Escribió que solo le quedaban recuerdos, que quería dejarlos. Tardé cinco meses en abrir esas cajas, pero cuando lo hice, fue como si estuviera hablándome desde el pasado.