Solo quiero recuperar a mi papá y darle la sepultura
Doce días después de que dos terremotos de gran magnitud sacudieran Venezuela, las familias de los desaparecidos libran una batalla silenciosa contra las máquinas demoledoras: piden que no se destruyan los edificios colapsados mientras aún puedan albergar a sus seres queridos. En La Guaira, epicentro del dolor, la distancia entre las cifras oficiales —3.535 muertos— y las registradas por iniciativas ciudadanas —más de 30.200 sin contacto— revela la magnitud de un duelo que el Estado no ha sabido acompañar. Es la historia de siempre: cuando la tierra tiembla, los más vulnerables quedan solos frente a los escombros.
- Las familias en La Guaira se plantan frente a edificios en ruinas para impedir que las demoliciones borren la última pista que tienen de sus desaparecidos.
- La brecha entre los 3.535 muertos oficiales y los más de 30.200 sin contacto registrados por ciudadanos sugiere que el Estado no tiene —o no revela— la dimensión real de la catástrofe.
- Los equipos internacionales de rescate comienzan a retirarse mientras voluntarios venezolanos siguen cavando con las manos entre los escombros, denunciando la ausencia del gobierno.
- Cada hora que avanza el proceso de demolición cierra una puerta: para familias como la de Michell Gutiérrez o Iryuri Wisi, derribar un edificio equivale a enterrar viva la esperanza.
Doce días después de los terremotos de magnitud 7,2 y 7,5 que golpearon Venezuela el 24 de junio, los familiares de desaparecidos en La Guaira exigen que se paralicen las demoliciones de edificios colapsados hasta que se recuperen todos los cuerpos. Para ellos, cada estructura que sigue en pie es también una posibilidad que permanece abierta.
Michell Gutiérrez, de treinta años, busca a su padre sepultado en Catia La Mar. Lleva casi dos semanas sin certezas y solo pide poder darle sepultura a su ser querido para poner fin a su sufrimiento. Iryuri Wisi, por su parte, busca a su hermana, su cuñado y dos sobrinos —uno de apenas meses de vida—. Denuncia que la ayuda gubernamental tardó en llegar y que la policía militarizada no ha ofrecido apoyo real. Su angustia es tan profunda que confiesa que preferiría haber muerto en el terremoto.
Las cifras agravan el panorama. Las autoridades reportan 3.535 muertos y 16.740 heridos, pero la iniciativa ciudadana 'Desaparecidos Terremoto Venezuela' ha registrado más de 30.200 personas sin contacto establecido. El gobierno no ha actualizado sus cifras desde el 25 de junio, un día después del desastre.
Mientras los equipos internacionales de rescate se retiran, son los voluntarios venezolanos, bomberos y vecinos quienes continúan removiendo escombros con herramientas improvisadas. La queja es unánime: el Estado brilla por su ausencia. Para miles de familias, detener las demoliciones no es un capricho —es el último acto de dignidad posible antes de que la maquinaria borre para siempre cualquier rastro de sus seres queridos.
Doce días después de que dos terremotos sacudieran Venezuela, las familias de las víctimas enfrentan una carrera contra el tiempo. En La Guaira, la zona más golpeada, los parientes de desaparecidos se reúnen frente a edificios que amenazan colapso, pidiendo a las autoridades que detengan las demoliciones hasta que se recuperen todos los cuerpos atrapados en los escombros.
Michell Gutiérrez, de treinta años, es uno de esos familiares. Su padre está sepultado en un edificio en Catia La Mar, y la angustia lo consume. Mientras habla con reporteros, su voz refleja la desesperación de quien lleva casi dos semanas sin saber si su ser querido seguirá bajo los escombros o si ya ha sido recuperado. "No tengo nada", dice, "pero solo quiero recuperar a mi papá y darle la sepultura y acabar con este sufrimiento". Para él, cada día que pasa es una agonía sin fin.
Otros casos son aún más complejos. Iryuri Wisi busca a su hermana, su cuñado y dos sobrinos —uno de dieciséis años y otro de apenas unos meses—. Mientras voluntarios y equipos de rescate internacionales trabajan entre los escombros, ella denuncia que la ayuda gubernamental tardó en llegar y que aún no alcanza localidades como la suya. La policía militarizada, asegura, tampoco ha ofrecido apoyo. Su frustración es palpable: preferiría haber muerto en el terremoto que seguir viviendo esta angustia, viendo a su hijo y hermano meterse entre estructuras que podrían derrumbarse en cualquier momento.
Los números que rodean la catástrofe son abrumadores. Los terremotos de magnitud 7,2 y 7,5 que golpearon el país el 24 de junio han dejado al menos 3.535 muertos y 16.740 heridos, según el último boletín del presidente del Parlamento, Jorge Rodríguez. Pero hay una cifra más inquietante: una iniciativa ciudadana llamada 'Desaparecidos Terremoto Venezuela' ha registrado más de 30.200 personas con las que no se ha podido establecer contacto. Las autoridades, que habilitaron un número telefónico y una plataforma digital para reportar desaparecidos, no han publicado cifras actualizadas desde el 25 de junio.
Mientras tanto, la situación en el terreno cambia rápidamente. Doce días después del desastre, muchos de los equipos de rescate internacionales han comenzado a retirarse de las zonas afectadas. En los siete estados devastados, funcionarios de la Fuerza Armada, Protección Civil y otros organismos avanzan con la identificación de edificios que deben ser demolidos o declarados habitables. Es precisamente en este punto donde surge el conflicto: las familias temen que se destruyan estructuras sin haber recuperado primero los cuerpos que aún permanecen bajo los escombros.
Lo que queda en las zonas de desastre es principalmente un mosaico de voluntarios venezolanos, bomberos, defensa civil nacional y vecinos que continúan retirando escombros con las manos y herramientas improvisadas. La ausencia de ayuda gubernamental es una queja recurrente entre los familiares de desaparecidos. Algunos han recibido apoyo de equipos rescatistas internacionales —como el que llegó desde México—, pero muchos otros permanecen en la incertidumbre, sin recursos, sin información clara sobre dónde buscar a sus seres queridos.
Para Michell Gutiérrez e Iryuri Wisi, y para miles como ellos, la demolición de edificios representa no solo la pérdida de un posible lugar donde encontrar a sus familiares, sino también el cierre definitivo de una puerta que aún esperan que se abra. Mientras los escombros sigan en pie, existe la posibilidad de que sus seres queridos sean encontrados. Una vez que los edificios sean derribados, esa posibilidad desaparece. Es por eso que piden, con urgencia, que se pause todo hasta que se haya hecho todo lo posible por recuperar a los desaparecidos.
Citas Notables
No tengo nada, pero solo quiero recuperar a mi papá y darle la sepultura y acabar con este sufrimiento— Michell Gutiérrez, familiar de desaparecido
Estamos desasistidos, que diga la presidenta Delcy Rodríguez en qué nos ha ayudado— Iryuri Wisi, buscando a su hermana y sobrinos
La Conversación del Hearth Otra perspectiva de la historia
¿Por qué las familias insisten en detener las demoliciones si ya han pasado doce días?
Porque mientras los edificios sigan en pie, existe la posibilidad de encontrar cuerpos. Una vez demolidos, esa oportunidad se cierra para siempre. Es la diferencia entre esperanza e irreversibilidad.
¿Qué tan grave es la brecha entre los números oficiales y los que reporta la iniciativa ciudadana?
Oficial hay 3.535 muertos confirmados. Pero 30.200 personas están desaparecidas sin contacto. Esa diferencia sugiere que muchos cuerpos aún no han sido identificados o recuperados, o que simplemente no se sabe dónde están.
¿Cuál es el rol de los equipos internacionales en todo esto?
Llegaron y trabajaron intensamente, pero después de doce días muchos se retiraron. Ahora quedan principalmente voluntarios locales, bomberos y vecinos. La capacidad de búsqueda disminuye justo cuando más se necesita.
¿Qué significa que las autoridades no hayan actualizado cifras de desaparecidos desde el 25 de junio?
Significa que no hay un conteo oficial claro de cuántas personas faltan. Las familias tienen que recurrir a plataformas ciudadanas para reportar a sus desaparecidos. El Estado no está proporcionando esa información.
¿Cómo viven las familias mientras buscan?
En agonía. Michell lleva doce días esperando encontrar a su padre. Iryuri busca a su hermana y dos sobrinos pequeños. No tienen ayuda gubernamental, no saben cuánto tiempo más tendrán que esperar, y ven cómo los edificios donde podrían estar sus seres queridos están a punto de ser demolidos.