Estudio revela que generaciones de los 60 y 70 tienen mayor tolerancia a la frustración

Tolerar la angustia no es lo mismo que examinarla
Una trabajadora social clínica señala la diferencia crucial entre resistencia genuina y adormecimiento emocional.

Un estudio del King's College de Londres documenta lo que muchos intuían: quienes crecieron en los años sesenta y setenta, en entornos de menor supervisión y mayor escasez, desarrollaron una relación con la adversidad notablemente distinta a la de las generaciones posteriores. La investigación, que abarcó más de 4.500 adultos en Reino Unido y Australia, revela que esa infancia sin redes de contención emocional sistemática dejó una huella psicológica duradera. Sin embargo, los propios investigadores advierten que lo que parece fortaleza puede ser también, en parte, una forma de no haber aprendido a mirar hacia adentro.

  • La Generación X y los baby boomers duplican en porcentaje a millennials y Gen Z al atribuir los problemas de salud mental juvenil a una menor resiliencia, una brecha que refleja mundos de infancia radicalmente distintos.
  • Crecer sin adultos que mediaran cada conflicto y en contextos de escasez real funcionó, sin que nadie lo planificara, como un entrenamiento involuntario para tolerar la frustración.
  • Las estructuras escolares y laborales de aquellas décadas reforzaban la persistencia y la lealtad por encima del reconocimiento inmediato, un modelo que hoy resulta casi irreconocible.
  • La trabajadora social Lynn Zakeri introduce una distinción incómoda: tolerar la angustia no es lo mismo que procesarla, y parte de esa dureza generacional podría ser adormecimiento emocional, no fortaleza genuina.
  • El estudio no declara ganadores generacionales, sino que señala que los contextos en que crecemos moldean de forma duradera cómo trabajamos, sufrimos e interpretamos el malestar ajeno.

Crecer en los años sesenta y setenta significaba resolver conflictos sin mediación adulta, convivir con la escasez y navegar una incertidumbre que en muchos hogares occidentales actuales resultaría inimaginable. Décadas después, esa infancia dejó una marca que los investigadores ahora pueden documentar.

En febrero de 2024, el Instituto de Políticas del King's College de Londres y el Instituto Orygen de Australia publicaron un estudio con más de 4.500 adultos en Reino Unido y Australia. El hallazgo más revelador fue la distancia entre generaciones a la hora de interpretar los problemas de salud mental juvenil: la Generación X y los baby boomers —un 18% y un 17% respectivamente— tienen el doble de probabilidad que millennials y Gen Z de atribuir esos problemas a una menor resiliencia. Quienes crecieron con mayor autonomía y sin apoyo emocional sistemático desarrollaron un umbral de tolerancia a la frustración que hoy parece casi anómalo.

Los psicólogos explican el mecanismo: horas sin supervisión, conflictos resueltos en solitario y estructuras escolares y laborales que premiaban la persistencia por encima del reconocimiento inmediato conformaron un entrenamiento involuntario. Ese mundo es casi irreconocible frente al entorno actual, donde la retroalimentación instantánea se ha convertido en la norma.

Sin embargo, la trabajadora social clínica Lynn Zakeri introduce una advertencia necesaria: resistencia y resiliencia no son lo mismo. Muchos baby boomers aprendieron a tolerar la angustia sin examinarla realmente, y esa dureza puede leerse también como una menor capacidad para el procesamiento emocional genuino. El estudio no concluye que una generación sea superior a otra, sino que las condiciones en que crecemos moldean de forma duradera cómo enfrentamos la adversidad y cómo interpretamos el sufrimiento de los demás.

Crecer en los años sesenta y setenta significaba algo muy distinto a lo que significa hoy. No había vigilancia constante de los adultos. Los niños resolvían sus propios conflictos, a menudo sin intervención externa. El dinero escaseaba. La sociedad no había inventado aún la idea de que la comodidad emocional fuera un derecho fundamental. Décadas después, esa infancia dejó una marca que los investigadores ahora pueden documentar con precisión.

En febrero de 2024, el Instituto de Políticas del King's College de Londres y el Instituto Orygen de Australia publicaron un estudio que examinó a más de 4.500 adultos en Reino Unido y Australia. Lo que encontraron fue un patrón claro: las personas nacidas en los años 60 y 70 responden a la adversidad de formas notablemente distintas a las generaciones más jóvenes. El equipo de investigación, dirigido por Bobby Duffy, encuestó a 2.516 adultos en Reino Unido entre el 1 y el 7 de diciembre de 2023, con muestras cuidadosamente representativas por edad.

El hallazgo más revelador tiene que ver con cómo cada generación interpreta los problemas de salud mental en los jóvenes. La Generación X y los baby boomers —un 18% y un 17% respectivamente— tienen el doble de probabilidad que los millennials y la generación Z de culpar a una menor resiliencia por los problemas psicológicos que enfrentan los adolescentes y adultos jóvenes hoy. Millennials y Gen Z rondan el 9% en esa atribución. La brecha no es pequeña. Refleja, según Duffy, experiencias de vida radicalmente distintas. Quienes crecieron con mayor autonomía, sin redes de apoyo emocional sistemático y en contextos que recompensaban la persistencia, desarrollaron un umbral de tolerancia a la frustración que hoy parece casi anómalo.

Los psicólogos que estudian el desarrollo infantil ofrecen una explicación clara de cómo sucedió esto. En los años 60 y 70, los niños pasaban horas sin supervisión adulta. Resolvían conflictos sin mediación. Se enfrentaban a contextos de escasez o incertidumbre que en muchos hogares occidentales contemporáneos serían inimaginables. Ese conjunto de condiciones, aunque lejos de ser ideal desde muchas perspectivas, funcionaba como un entrenamiento involuntario para gestionar la frustración. Las estructuras escolares y laborales de la época reforzaban esto: recompensaban la lealtad, el esfuerzo sostenido y la consistencia mucho más que el reconocimiento inmediato. Ese mundo es casi irreconocible comparado con el entorno actual, donde la retroalimentación instantánea se ha convertido en la norma.

Pero hay una complicación importante en esta historia. Lynn Zakeri, trabajadora social clínica licenciada, señala una distinción crucial: la resistencia y la resiliencia no son exactamente lo mismo. Muchos de los baby boomers, explica, aprendieron a tolerar la angustia en lugar de examinarla o procesarla realmente. Esa dureza generacional que los datos revelan puede leerse también como una menor capacidad para el procesamiento emocional genuino, no solo como fortaleza pura. Es una advertencia importante: lo que parece ser resistencia podría ser, en parte, una forma de adormecimiento.

El estudio del King's College de Londres no concluye que una generación sea superior a otra. Lo que muestra es que las condiciones en las que crecemos dejan una huella psicológica duradera. Esa huella moldea tanto la forma en que trabajamos como la manera en que enfrentamos la adversidad. Las generaciones no son mejores ni peores. Son diferentes porque fueron forjadas en contextos diferentes. Y esa diferencia tiene consecuencias reales en cómo cada una interpreta el mundo, el trabajo y la salud mental de los demás.

Muchos boomers aprendieron a tolerar la angustia en lugar de examinarla o abordarla
— Lynn Zakeri, trabajadora social clínica licenciada
Las condiciones de crianza dejan una huella psicológica duradera que moldea tanto la ética laboral como la gestión de la adversidad
— Bobby Duffy, director del Instituto de Políticas del King's College de Londres
La Conversación del Hearth Otra perspectiva de la historia
Inventor

¿Por qué el estudio se enfoca específicamente en la tolerancia a la frustración? ¿Qué hace que eso sea importante ahora?

Model

Porque es donde vemos la brecha más clara entre generaciones. Los baby boomers y la Generación X crecieron en un mundo donde la frustración era inevitable y constante. No había opción de evitarla. Eso creó un músculo psicológico que las generaciones más jóvenes simplemente no desarrollaron de la misma manera.

Inventor

Pero el artículo menciona que esa dureza podría no ser realmente fortaleza. ¿Qué significa eso exactamente?

Model

Significa que tolerar algo no es lo mismo que procesarlo. Alguien puede aprender a vivir con dolor emocional sin nunca realmente entenderlo o sanarlo. Es como si dijéramos que alguien es fuerte porque aguanta una herida sin quejarse, cuando en realidad simplemente nunca aprendió a pedir ayuda.

Inventor

¿Entonces las generaciones más jóvenes están en desventaja, o simplemente son diferentes?

Model

Son diferentes. Las generaciones más jóvenes crecieron con más apoyo emocional, más retroalimentación, más opciones. Eso les permitió desarrollar otras capacidades. Pero sí, cuando se enfrentan a escasez o incertidumbre real, no tienen el mismo entrenamiento involuntario que tuvieron sus abuelos.

Inventor

¿Qué debería hacer una persona joven con esta información?

Model

Entender que la frustración es una habilidad que se puede aprender, no algo que simplemente sucede. Y que tolerar algo no es lo mismo que procesarlo. Ambas cosas importan.

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