La velocidad de desarrollo nos ha dejado sin tiempo para pensar
Cuatro jóvenes españoles becados por la Fundación 'la Caixa' estudian en universidades de élite en el extranjero con una convicción compartida: la inteligencia artificial solo puede ser verdaderamente útil si está guiada por valores humanos. Desde las matemáticas, la ética, la biomedicina y la astronomía, cada uno a su manera, trabajan para que el progreso tecnológico no avance a ciegas. Su esfuerzo es un recordatorio de que las herramientas más poderosas de una época exigen también las preguntas más antiguas sobre qué clase de mundo queremos habitar.
- La inteligencia artificial avanza a una velocidad que supera la capacidad colectiva de reflexionar sobre sus consecuencias, y estos cuatro investigadores lo saben de primera mano.
- Los sesgos algorítmicos, el mal uso deliberado de los datos y la pérdida del potencial transformador de la IA representan riesgos concretos que ya están tomando forma en laboratorios y hospitales.
- Cada investigador intenta desde su disciplina tender un puente entre la lógica técnica y la reflexión humanista: mitigar sesgos, recuperar datos médicos perdidos, procesar el cosmos y repensar las políticas públicas.
- La advertencia más urgente es temporal: si los efectos negativos de la IA tardan una década en manifestarse, para entonces podría ser demasiado tarde para corregir el rumbo.
- La propuesta que emerge de los cuatro es devolver la filosofía y las humanidades al centro del desarrollo tecnológico antes de que la velocidad del cambio nos arrastre sin posibilidad de elección.
Cuatro jóvenes españoles han recibido becas de la Fundación 'la Caixa' para cursar posgrados en universidades de élite en el extranjero. Los une una ambición que va más allá de sus disciplinas: construir una inteligencia artificial que sirva genuinamente a las personas. Albert Gimó estudia matemáticas en París-Saclay; Belén Luengo, ética aplicada en Duke; Gonzalo Plaza, IA aplicada a la biomedicina en el University College de Londres; y Júlia Laguna realiza un doctorado en astronomía en Cambridge. Sus trayectorias son distintas —la pasión por los números, la experiencia con la discapacidad de un hermano, el amor por la medicina, la fascinación por el universo— pero convergen en una misma pregunta sobre cómo humanizar la tecnología.
Gimó advierte que no basta con actuar de buena fe: hay que pensar activamente en las consecuencias de los algoritmos y mitigar los sesgos que nacen de datos parciales. Luengo rechaza la idea de que la tecnología sea neutral; la IA, dice, amplifica tanto las intenciones nobles como las malévolas, y por eso obliga a preguntarse constantemente qué sociedad queremos construir. Plaza ve en los datos médicos desaprovechados una oportunidad enorme, y sueña con una IA que libere a los médicos de la burocracia para que puedan dedicarse a escuchar a sus pacientes. Laguna, desde la astronomía, señala que los nuevos telescopios generarán volúmenes de datos que solo la IA podrá procesar, aunque insiste en que no debemos olvidar los riesgos inherentes.
Lo que atraviesa a los cuatro es una preocupación por el tiempo. Laguna lo formula con claridad: los efectos negativos podrían no verse hasta dentro de una década, y para entonces quizá sea tarde. Plaza teme tanto el mal uso como el desperdicio del potencial transformador. Todos coinciden en que la IA no razona ni responde éticamente como un ser humano, y que la confianza en ella depende enteramente de cómo la usemos.
Luengo propone devolver la filosofía al centro del debate antes de que la velocidad del cambio tecnológico nos arrastre. Gimó comparte esa visión: lo tecnológico, insiste, es vacío sin la esencia más pura de la humanidad. Estos cuatro becados no quieren frenar la innovación, sino dirigirla hacia un horizonte donde la tecnología amplíe nuestras capacidades sin erosionar lo que nos hace humanos.
Cuatro jóvenes españoles han recibido becas de la Fundación 'la Caixa' para cursar posgrados en universidades de élite en el extranjero, unidos por una ambición que trasciende sus disciplinas individuales: construir una inteligencia artificial que sirva genuinamente a los seres humanos, no que los domine.
Albert Gimó estudia un máster en Matemáticas, Visión y Aprendizaje en la Universidad de París-Saclay. Belén Luengo cursa Ética Aplicada y Políticas Públicas en Duke University. Gonzalo Plaza se forma en Inteligencia Artificial Aplicada a la Biomedicina en el University College de Londres. Júlia Laguna realiza un doctorado en Astronomía en Cambridge. Cada uno llega a este proyecto desde una trayectoria distinta: Gimó siempre amó las matemáticas; la discapacidad severa del hermano de Luengo la inspiró a desarrollar tecnología transformadora; Plaza se enamoró de la biomedicina; Laguna ha estado fascinada por el universo desde la infancia. Ahora, sus caminos convergen en una pregunta compartida sobre cómo hacer que la IA sea una herramienta ética y humanizada.
Gimó advierte que no basta con evitar la mala fe en el desarrollo de algoritmos; es necesario pensar activamente en sus consecuencias reales. Su enfoque se centra en mitigar los sesgos que surgen cuando se entrenan sistemas con datos parciales o distorsionados. Luengo, por su parte, rechaza la idea de que la tecnología sea neutral. Observa que el mundo contiene tanto intenciones nobles como malévolas, y que la IA amplifica ambas. Por eso insiste en que debemos replantearnos constantemente qué tipo de sociedad queremos construir y hacia dónde deseamos avanzar. Plaza subraya que una IA de calidad solo puede emerger de datos de calidad, y ve una oportunidad en la información médica que actualmente se desaprovecha o se pierde. Su visión es que la IA libere a los profesionales sanitarios de tareas administrativas, devolviéndoles tiempo para lo que realmente importa: escuchar y evaluar a sus pacientes. Laguna, enfocada en astronomía, señala que los nuevos telescopios generarán volúmenes de datos tan enormes que solo la inteligencia artificial podrá procesarlos a la escala necesaria. Sin embargo, advierte que no debemos olvidar los riesgos inherentes a esta tecnología.
La preocupación que atraviesa a todos ellos es temporal. Laguna lo articula claramente: es posible que no veamos los efectos negativos de la IA hasta dentro de una década, y para entonces podría ser demasiado tarde para corregir el rumbo. Plaza expresa su inquietud tanto por el mal uso deliberado como por el desperdicio de su potencial transformador. Ambos reconocen que la IA no es un agente responsable ni ético ni jurídicamente; no razona como los humanos. Por eso, generar confianza en esta herramienta depende enteramente de cómo la utilicemos.
Luengo propone una solución radical: devolver la filosofía al centro del debate antes de que la velocidad del cambio tecnológico nos arrastre sin que podamos elegir. La transformación que está precipitando el machine learning ocurre a una velocidad vertiginosa, y sin las humanidades como brújula, corremos el riesgo de perder el rumbo completamente. Gimó comparte esta visión, abogando por una IA en la que las decisiones técnicas se apoyen también en saberes filosóficos y psicológicos. Lo tecnológico, insiste, es vacío sin la esencia más pura de la humanidad. Sin esa mirada integral que combine ingeniería con reflexión humanista, el riesgo de que la IA se desconecte del mundo real es demasiado alto. Estos cuatro becados no buscan frenar la innovación, sino dirigirla hacia un horizonte donde la tecnología amplíe nuestras capacidades sin erosionar nuestra humanidad.
Citas Notables
No basta con no tener mala fe; hay que pensar activamente en los efectos que tendrá en los usuarios— Albert Gimó
Mientras se utilice con cabeza, irá bien. Pero tal vez no veamos sus efectos negativos hasta dentro de diez años— Júlia Laguna
La Conversación del Hearth Otra perspectiva de la historia
¿Por qué cuatro disciplinas tan distintas convergen en el mismo problema?
Porque la IA no es un problema técnico puro. Gimó ve sesgos en los datos, Plaza ve oportunidades médicas desaprovechadas, Laguna ve volúmenes de información imposibles de procesar manualmente, pero todos ven lo mismo: una herramienta que puede servir o dañar según cómo la usemos.
¿Cuál es el riesgo real que les mantiene despiertos por las noches?
Que dentro de diez años descubramos que hemos construido algo que no podemos deshacer. Que la velocidad de desarrollo nos haya dejado atrás, sin tiempo para pensar en las consecuencias.
Luengo habla de "volver a colocar la filosofía en el centro". ¿Eso no suena a frenar el progreso?
Al contrario. Es reconocer que el progreso sin dirección es solo movimiento. La filosofía no ralentiza; orienta. Sin ella, corremos rápido hacia un acantilado.
Plaza dice que la IA "no es un ente responsable". ¿Entonces quién lo es?
Nosotros. Los que la diseñamos, la entrenan, la desplegamos, la regulan. La IA es un espejo de nuestras intenciones. Si queremos que sea ética, tenemos que serlo primero nosotros.
¿Creen que es posible una IA verdaderamente humanizada?
Creen que es imprescindible intentarlo. No porque sea fácil, sino porque el alternativa es dejar que la tecnología decida por nosotros.