Kenyerson, hijo, necesitamos que grites
Los edificios del programa Misión Vivienda colapsaron exponiendo deficiencias estructurales documentadas durante una década por organizaciones de derechos humanos. Familias buscan supervivientes con las manos desnudas mientras cadáveres permanecen en las calles sin ser recogidos por servicios de rescate insuficientes.
- Al menos 589 muertos y 2.980 heridos confirmados oficialmente
- Los edificios de Misión Vivienda colapsaron exponiendo deficiencias estructurales documentadas durante una década
- Familias buscan supervivientes con las manos desnudas sin acceso a herramientas de rescate
- Cadáveres permanecen sin recoger en las aceras mientras el sistema de rescate está desbordado
Tras dos terremotos de 7,2 y 7,5 grados en Venezuela, La Guaira enfrenta crisis humanitaria con al menos 589 muertos, cadáveres sin recoger, saqueos y rescates improvisados por civiles sin apoyo estatal.
Veinticuatro horas después de que dos terremotos de magnitud 7,2 y 7,5 sacudieran Venezuela el miércoles, La Guaira se había convertido en un territorio de desolación donde los números oficiales—al menos 589 muertos y 2.980 heridos—apenas capturaban la realidad que se respiraba en las calles. Lo que los sismógrafos medían en grados, los habitantes medían en gritos: familias llamando nombres entre escombros, voluntarios excavando con las manos desnudas entre columnas de hormigón y madera astillada, buscando desesperadamente a alguien que aún respirara.
El epicentro del caos no era un punto geográfico abstracto sino un sector específico donde se concentraban los edificios del programa Misión Vivienda, la iniciativa gubernamental de vivienda social que había alojado a personas desplazadas por desastres anteriores. Casi nada quedó en pie. Lo que aún se sostenía estaba atravesado por grietas enormes y agujeros que lo hacían inhabitable. Durante más de una década, organizaciones como Transparencia Venezuela habían documentado las deficiencias estructurales de estas construcciones: filtraciones severas, hundimientos, ubicación en zonas de riesgo geológico. Las advertencias que nadie había escuchado se convirtieron en realidad con cada cuerpo atrapado en el hormigón.
Karina estaba pegada a una grieta en los escombros, llamando a su hijo de quince años. "Kenyerson, hijo, necesitamos que grites", decía. Cuando ella hacía silencio para escuchar una respuesta que no llegaba, otra madre alzaba la voz y gritaba otro nombre. La búsqueda era caótica, improvisada, llevada a cabo por civiles sin martillos eléctricos, sin palas adecuadas, sin los recursos que debería haber proporcionado un sistema de rescate que simplemente no estaba presente en la magnitud que la catástrofe exigía.
Los cadáveres permanecían en las aceras. Yeisimar Hernández y Yorgenis Ramos fueron encontrados abrazados a su hija de cinco años, Iriangelis Villegas. Sus familiares tuvieron que arrastrar los cuerpos fuera del apartamento colapsado y dejarlos en la calle, cubiertos con cobijas, mientras las moscas se multiplicaban bajo el sol. La hermana de Yeisimar contó que nadie quería ayudar a trasladarlos. Un funcionario de inteligencia policial explicó que intentaban moverlos a otro sitio para llevarlos a una morgue, pero "eran demasiados" y "ellos muy pocos". A lo largo de toda la población era posible encontrar muertos como Andrés Antonio Mejías Rodríguez, un abogado identificado por su carnet profesional, tendido en una esquina mientras decenas de personas pasaban a su lado sin detenerse, como si la muerte se hubiera vuelto parte del paisaje urbano.
El olor a descomposición se mezclaba con el humo de los incendios provocados por bombonas de gas en los edificios colapsados. Las carreteras estaban agrietadas, el asfalto levantado, los enseres domésticos apilados como basura. Gente con maletas esperaba en las calles para subirse a autobuses que las sacaran de la región. Era imposible cuantificar la devastación simplemente mirando alrededor; bastaba respirar para que el horror penetrara el cuerpo.
Al mismo tiempo que buscaban supervivientes, los vecinos montaban guardia en las puertas de sus casas destruidas. El Gobierno había desplegado 11.500 funcionarios de seguridad en La Guaira, pero la presencia policial seguía siendo insuficiente. Los saqueos habían comenzado: establecimientos comerciales dañados, casas abandonadas siendo saqueadas. Erick León puso a su familia a salvo y luego regresó a hacer "guardia" en la puerta de su casa con su perro. "Todos los vecinos de Caribe vamos a seguir aquí cuidándonos nosotros mismos porque ha venido mucha gente a intentar entrar a las casas y a llevarse lo poco que hay, aunque esté en pedazos", dijo.
La comunidad no esperó a los socorristas que en muchos casos nunca llegaron. Desde la noche del 24 de junio, los propios familiares de quienes vivían en los edificios más alejados del centro comenzaron las labores de búsqueda, empleando sus propias manos, sus propios recursos, su propia determinación. No había otra opción. El Estado había colapsado junto con los edificios, y lo que quedaba era la solidaridad cruda de vecinos que excavaban entre los escombros de sus propias vidas.
Citações Notáveis
Eran demasiados y ellos muy pocos para recoger los cadáveres que yacían en las aceras— Funcionario de inteligencia policial en La Guaira
Todos los vecinos de Caribe vamos a seguir aquí cuidándonos nosotros mismos porque ha venido mucha gente a intentar entrar a las casas— Erick León, residente de La Guaira
A Conversa do Hearth Outra perspectiva sobre a história
¿Por qué estos edificios de Misión Vivienda colapsaron tan completamente cuando otros en la región resistieron mejor?
Porque fueron construidos mal desde el principio. Transparencia Venezuela lo había documentado durante años: filtraciones, hundimientos, ubicados en zonas de riesgo. Nadie escuchó. Cuando llegó el terremoto, no había nada que los sostuviera.
¿Cómo es posible que después de veinticuatro horas aún haya cadáveres en las calles?
No hay suficientes personas para recogerlos. El funcionario policial lo dijo claramente: eran demasiados muertos y muy pocos para transportarlos. El sistema de rescate simplemente se desbordó.
¿Y la gente qué hace mientras espera a que alguien recoja a sus muertos?
Algunos montan guardia en sus casas para que no las saqueen. Otros siguen excavando entre los escombros con las manos, buscando a los que aún podrían estar vivos. La comunidad se organiza porque no hay nadie más que lo haga.
¿Hay algo que sugiera que esto mejorará pronto?
No realmente. Los funcionarios dicen que desplegaron 11.500 agentes de seguridad, pero la realidad en las calles es que los vecinos están solos. Están buscando supervivientes con sus propias manos porque no tienen martillos eléctricos, no tienen palas. Están cuidando sus casas porque los saqueos no se detienen.
¿Qué significa eso para las personas que aún están bajo los escombros?
Significa que si no las encuentran en las próximas horas, probablemente no las encontrarán. Las familias saben esto. Por eso Karina gritaba el nombre de su hijo en una grieta, esperando escuchar algo. Por eso todos siguen cavando.