El Salvador: Nayib Bukele recalca que formato de Asamblea General de la ONU es “obsoleto”

Los países poderosos pueden ayudar, pero no pueden venir a mandar en nuestra casa
Bukele rechaza la interferencia externa mientras reclama el derecho de El Salvador a su propio camino de desarrollo.

Ante el mismo podio donde habló por primera vez hace tres años, el presidente salvadoreño Nayib Bukele volvió a la Asamblea General de la ONU el 20 de septiembre de 2022 para declarar que el formato del foro es obsoleto y que las naciones poderosas no tienen derecho a gobernar los asuntos internos de los países en desarrollo. En dieciocho minutos, Bukele tejió un argumento sobre soberanía real versus soberanía formal, reclamando para El Salvador el derecho a ser aliado, no subordinado. La intervención, sin embargo, guardó silencio sobre el anuncio más polémico de su gobierno: su intención de buscar la reelección inmediata en 2024, una decisión que muchos consideran incompatible con el espíritu democrático que invocó desde el podio.

  • Bukele usó el escenario más visible del multilateralismo para declarar que ese mismo escenario ya no sirve, una paradoja que concentró la atención internacional sobre El Salvador.
  • La tensión entre su discurso de soberanía y sus acciones domésticas —entrada armada al Congreso, destitución de magistrados, reelección cuestionada— crea una grieta que sus críticos no tardaron en señalar.
  • Al proclamar que El Salvador pasó de ser el país más peligroso del mundo a estar en camino de ser el más seguro de América, Bukele intentó blindarse contra la presión externa con un argumento de resultados.
  • El silencio deliberado sobre su candidatura a la reelección en 2024 reveló una estrategia de compartimentación: proyectar liderazgo regional en Nueva York mientras evita el escrutinio sobre sus movimientos constitucionales en San Salvador.
  • La comunidad internacional observa sin pronunciarse de forma coordinada, pero el patrón acumulado de decisiones de Bukele mantiene viva la preocupación sobre el debilitamiento de los contrapesos democráticos en El Salvador.

Nayib Bukele llegó al podio de la Asamblea General de las Naciones Unidas con un argumento que ya había ensayado en 2019: el formato del cónclave es obsoleto. Esta vez, sin embargo, añadió capas nuevas. El Salvador, sostuvo, tiene derecho a un desarrollo propio y a una soberanía que no sea solo nominal. Los países poderosos pueden ofrecer ayuda, pero no pueden venir a dictar normas en casa ajena. Sin señalar a ninguna nación en particular, Bukele trazó una línea entre ser aliado y ser subordinado, dirigiéndose tanto a la audiencia internacional como a la doméstica.

El presidente también aprovechó el foro para reivindicar lo que considera su mayor logro: la transformación de la seguridad pública. Afirmó que El Salvador dejó de ser el país más peligroso del mundo y marcha hacia convertirse en el más seguro de América, un contraste deliberado con el pasado de violencia pandilleril que durante años definió la imagen del país en el exterior. El argumento cumplía una doble función: celebrar un avance real y reducir el terreno disponible para la crítica internacional.

Lo que Bukele no mencionó fue su anuncio, hecho diez días antes, de buscar la reelección inmediata en 2024, una posibilidad habilitada por una Sala Constitucional cuya composición fue modificada por la mayoría oficialista tras la destitución de los magistrados anteriores. Ese silencio fue elocuente. La intervención en la ONU fue, en esencia, un acto de equilibrio: criticar el sistema desde adentro, reclamar soberanía en un foro multilateral y proyectar la imagen de un líder que desafía a las potencias, mientras en casa los contrapesos democráticos siguen bajo presión.

Nayib Bukele subió al podio de la Asamblea General de las Naciones Unidas el martes pasado con un mensaje que llevaba ensayando desde hace años: el formato mismo en el que estaba hablando ya no funciona. En dieciocho minutos de intervención, el presidente salvadoreño desplegó una crítica que mezclaba frustración genuina con una cierta ironía performativa. Vino hasta aquí, dijo, para pararse en un formato en el que ya no cree, para decir cosas que probablemente no cambiarán la forma en que los países poderosos ven al resto del mundo. Y sin embargo, agregó, valió la pena hacer el viaje si lograba que las naciones en desarrollo aprendieran a verse a sí mismas con respeto, si un puñado de individuos decidían que eran capaces de construir su propio camino.

No era la primera vez que Bukele hacía esta crítica. Tres años atrás, en septiembre de 2019, cuando llevaba apenas meses en el poder, ya había señalado desde el mismo podio que el formato del cónclave era obsoleto. Pero esta vez añadió capas nuevas al argumento. El Salvador, sostuvo, tiene derecho a continuar su propio camino de desarrollo. La libertad es algo por lo que aún lucha. Todavía necesita que se reconozca su derecho a ser verdaderamente independiente, no solo en papel sino en la práctica. Y aquí vino el punto que más énfasis recibió: los países poderosos pueden ayudar si quieren, pero lo que no pueden hacer es venir a mandar en casa ajena.

Sin nombrar a ningún país específico, Bukele trazó una línea clara entre la soberanía formal y la soberanía real. El Salvador es libre, soberano e independiente en los documentos, dijo, pero no lo será de verdad hasta que las potencias entiendan que lo que quiere es ser su amigo, no su subordinado. La retórica apuntaba hacia una audiencia doméstica tanto como internacional: la idea de que un país pequeño puede resistir la presión externa sin necesariamente romper con el orden establecido.

En su intervención, Bukele también aprovechó para destacar lo que considera su logro más importante: la transformación de la seguridad en El Salvador. Afirmó que durante su administración el país ha dejado de ser el más peligroso del mundo y está en camino a convertirse en el más seguro de América. Era un contraste deliberado con el pasado reciente, cuando El Salvador era sinónimo de violencia pandilleril y homicidios masivos. Pero la afirmación también servía como escudo: si el presidente puede reclamar éxito en seguridad, los críticos internacionales tienen menos terreno para pararse.

Lo que Bukele no mencionó en Nueva York fue el anuncio que había hecho diez días antes, el 15 de septiembre, de que buscará la reelección inmediata en 2024. Esa decisión abrió una puerta que estaba cerrada hace apenas un año, cuando la cuestionada Sala de lo Constitucional de la Corte Suprema cambió de criterio y permitió que un presidente pudiera postularse dos veces seguidas. Antes de llegar a la presidencia, el propio Bukele había dicho públicamente que en El Salvador una misma persona no podía ser presidente dos veces consecutivas. El silencio sobre este tema en la Asamblea General fue elocuente.

La comunidad internacional aún no se ha pronunciado sobre el anuncio de reelección, al menos no de manera coordinada. Pero el historial reciente de Bukele les da razones para preocuparse. Hace poco más de un año, entró armado al Congreso con soldados y policías. Después, cuando cambió la composición legislativa, la nueva mayoría oficialista destituyó a los magistrados constitucionalistas y al fiscal general en un proceso que fue ampliamente criticado en el extranjero. Estos movimientos han alimentado preocupaciones sobre el debilitamiento de los controles y equilibrios democráticos.

La intervención de Bukele en la ONU fue, en muchos sentidos, un acto de equilibrio. Criticó el sistema internacional mientras se mantenía dentro de él. Reclamó soberanía mientras buscaba legitimidad en un foro multilateral. Y evitó hablar de sus planes domésticos más controvertidos mientras hablaba de libertad y desarrollo. Lo que quedó claro es que Bukele ve a la ONU como un espacio donde puede proyectar una imagen de líder regional que desafía a las potencias, incluso si esa imagen no siempre se alinea con lo que está sucediendo en El Salvador.

Vine hasta acá para pararme en este pódium en un formato en el que ya no creo, para decir algo que lo más probable es que de todas maneras no cambie la forma en que los países poderosos ven a los demás
— Nayib Bukele, presidente de El Salvador
Somos libres, soberanos e independientes en papel, no lo seremos de verdad hasta que los poderosos entiendan que queremos ser sus amigos, pero lo que no pueden hacer es venir a mandar a nuestra casa
— Nayib Bukele
La Conversación del Hearth Otra perspectiva de la historia
Inventor

¿Por qué Bukele sigue insistiendo en que la ONU es obsoleta si sigue usando su podio para hablar?

Model

Porque el mensaje no es para los delegados en la sala. Es para su audiencia doméstica, para mostrar que está de pie frente a los poderosos sin ceder. La ironía es parte del punto.

Inventor

Pero ¿no es contradictorio anunciar reelección inmediata y luego hablar de libertad y soberanía?

Model

Completamente. Pero Bukele no lo ve así. Para él, la reelección es el ejercicio de su propia soberanía, su derecho a gobernar. Lo que critica es que otros países interfieran en esa decisión.

Inventor

¿Cree que la comunidad internacional va a responder a esto?

Model

Probablemente no de forma inmediata. Ya han criticado sus movimientos contra el Congreso y los magistrados. Pero Bukele está apostando a que si puede mantener la seguridad en números, esos críticos tendrán menos poder de fuego.

Inventor

¿Entonces el silencio sobre la reelección fue estratégico?

Model

Totalmente. ¿Para qué mencionar lo controvertido cuando puedes hablar de soberanía y desarrollo? Deja que otros levanten la mano si quieren cuestionarlo.

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