Necesitamos tapabocas por los olores
En las costas venezolanas, donde la tierra nunca había temblado con tanta furia, dos sismos de magnitud 7,2 y 7,5 sacudieron el miércoles la región de La Guaira y dejaron al menos 920 muertos, 3.360 heridos y una nación sin los recursos ni la memoria institucional para responder. Lo que emerge no es solo una tragedia geológica, sino el retrato de un Estado ya frágil que colapsa bajo el peso de lo inesperado, mientras sus ciudadanos improvisan la solidaridad que el gobierno no alcanza a ofrecer. El mundo comienza a llegar con equipos de rescate, pero el tiempo y el calor no esperan.
- Cientos de cuerpos permanecen atrapados bajo los escombros de La Guaira, y el avance de la descomposición convierte cada hora perdida en una nueva amenaza sanitaria para los sobrevivientes.
- Los hospitales públicos, ya vaciados por años de crisis económica, reciben heridos que no pueden pagar los medicamentos ni los procedimientos que en teoría deberían ser gratuitos.
- En Playa Grande, los vecinos removían escombros con sus propias manos durante horas sin que apareciera ninguna autoridad coordinando los esfuerzos ni retirando los cadáveres.
- Equipos de rescate de República Dominicana, El Salvador, México y Estados Unidos han comenzado a llegar, mientras 172 personas siguen atrapadas y 383 edificaciones permanecen destruidas o en riesgo de colapso.
- Las Naciones Unidas estiman pérdidas de 6.700 millones de dólares, pero la cifra más difícil de cuantificar es la de un país que enfrenta un desastre para el que nunca se preparó.
El viernes por la mañana, el aire en La Guaira ya cargaba el olor de la muerte. Dos días antes, terremotos de magnitud 7,2 y 7,5 habían sacudido Venezuela, dejando al menos 920 muertos y 3.360 heridos. El estado costero de La Guaira, vecino a Caracas, se convirtió en la zona cero de una tragedia para la cual el país no estaba preparado.
Venezuela no tiene tradición de grandes terremotos, y sus instituciones de emergencia, ya debilitadas por años de crisis económica, colapsaron bajo el peso del desastre. Los hospitales públicos, sin insumos básicos, se llenaron de heridos que no podían ser atendidos. Pedro Luis Pérez, de 41 años, logró sacar a su hermana de los escombros en coma, pero en el hospital descubrió que tendría que pagar por cada procedimiento y cada medicamento. Tres de sus familiares seguían sepultados.
En Playa Grande, una de las zonas más devastadas, la ayuda gubernamental brillaba por su ausencia durante las primeras horas. Los vecinos se organizaban solos, removiendo escombros con las manos, buscando a sus seres queridos. Entre los derrumbes visibles quedaban partes de cuerpos, y muchos edificios en pie amenazaban con colapsar en cualquier momento. Los pobladores pedían lo más básico: tapabocas para protegerse del olor a putrefacción.
La presencia estatal fue tardía y dispersa. Entre el jueves y el viernes comenzaron a llegar equipos internacionales desde República Dominicana, El Salvador, México y Estados Unidos. El Parlamento reportó 172 personas aún atrapadas, 3.007 damnificados sin hogar y 383 edificaciones destruidas o severamente dañadas. Las Naciones Unidas estimaron pérdidas de 6.700 millones de dólares.
Mientras las autoridades militares desplegaban fuerzas para mantener el orden y el Parlamento pedía a la población que no viajara a la zona, los afectados quedaban a la espera de donativos que quizás llegarían tarde. El olor a putrefacción seguía creciendo: un recordatorio constante de que cada hora sin recuperar a los muertos era una hora más de crisis, de trauma, y de un país que simplemente no tenía los recursos ni la experiencia para enfrentar lo que la tierra le había hecho.
El viernes por la mañana, el aire en La Guaira ya llevaba el olor de la muerte. No era metáfora. Cientos de cuerpos permanecían atrapados bajo toneladas de concreto y acero, descomponiéndose lentamente mientras los rescatistas trabajaban contra el tiempo y la geografía del desastre. Venezuela había sido sacudida dos días antes por terremotos de magnitud 7,2 y 7,5 que dejaron al menos 920 muertos y 3.360 heridos. El estado costero de La Guaira, vecino a Caracas, se convirtió en la zona cero de una tragedia para la cual el país no estaba preparado.
Venezuela no tiene tradición de grandes terremotos. Sus instituciones de emergencia, ya debilitadas por años de crisis económica, colapsaron bajo el peso de la catástrofe. Las autoridades se vieron desbordadas. Los hospitales públicos, que ya carecían de insumos médicos básicos, se llenaron de heridos que no podían ser atendidos adecuadamente. Pedro Luis Pérez, un hombre de 41 años, logró sacar a su hermana de los escombros, pero la encontró en coma. Cuando intentó llevarla al hospital Pérez Carreño, descubrió que tendría que pagar por cada procedimiento, cada medicamento, cada gasa. En un país donde los servicios de salud pública se suponía que eran gratuitos, la crisis económica había convertido la supervivencia en un lujo. Tres de los familiares de Pérez seguían sepultados bajo los escombros de su edificio.
En Playa Grande, una de las zonas más devastadas, la ayuda gubernamental brillaba por su ausencia durante las primeras horas del viernes. Los pobladores se organizaban entre ellos, removiendo escombros con las manos, buscando a sus seres queridos. Algunos permanecían de pie frente a los edificios derrumbados, mirando fijamente, como si la intensidad de su atención pudiera cambiar lo que veían. Entre los escombros visibles quedaban partes de cuerpos. Muchos edificios que aún se mantenían en pie presentaban inclinaciones peligrosas, amenazando con colapsar en cualquier momento y enterrar a más personas.
La presidenta encargada Delcy Rodríguez visitó algunas zonas afectadas el jueves por la tarde, pero la presencia estatal fue tardía y dispersa. Entre la noche del jueves y la madrugada del viernes comenzaron a llegar equipos de rescate internacionales desde República Dominicana, El Salvador, México y Estados Unidos. Pero mientras el mundo se movilizaba, en Playa Grande los vecinos pedían lo más básico: tapabocas para protegerse del olor a putrefacción que ya invadía el aire. Ellos mismos habían recuperado cadáveres de entre los escombros. No había autoridades coordinando esos esfuerzos. No había camiones de recolección. No había protocolo. Solo había gente desesperada intentando honrar a sus muertos mientras buscaba a los vivos.
Las cifras que comenzaban a consolidarse pintaban un cuadro de devastación sin precedentes para el país. El Parlamento reportó 172 personas aún atrapadas en edificaciones. Había 3.007 damnificados sin hogar. Un total de 383 edificaciones estaban destruidas o severamente dañadas, la mayoría en La Guaira. Las Naciones Unidas estimaban pérdidas económicas de 6.700 millones de dólares. Pero los números no capturaban lo que estaba sucediendo en las calles: la angustia de quienes buscaban a sus familiares, la impotencia de los médicos sin medicinas, la indignidad de tener que pagar por ser salvado.
Las autoridades militares desplegaron la Fuerza Armada Nacional Bolivariana en La Guaira para garantizar las operaciones de rescate y mantener el orden. El presidente del Parlamento pidió a la población que no viajara a la zona de desastre, argumentando que solo crearía más congestión. En su lugar, invitó a quienes quisieran ayudar a llevar donativos a centros de acopio en Caracas. Era una solución lógica pero que dejaba a los afectados en una posición aún más vulnerable: sin acceso directo a la ayuda, dependiendo de que otros decidieran donar, esperando que esos donativos llegaran a tiempo. Mientras tanto, el olor a putrefacción seguía creciendo, un recordatorio constante de que cada hora que pasaba sin recuperar a los muertos era una hora más de crisis sanitaria, de trauma, de un país que simplemente no tenía los recursos ni la experiencia para lidiar con lo que le había sucedido.
Citas Notables
Saqué a mi hermana, está en coma en el hospital Pérez Carreño, también nos están cobrando para todo, porque todo es pagar, pagar— Pedro Luis Pérez, sobreviviente de 41 años en Playa Grande
Necesitamos tapabocas por los olores— Poblador en Playa Grande refiriéndose a los cadáveres sin recuperar
La Conversación del Hearth Otra perspectiva de la historia
¿Por qué el olor se convirtió en el detalle central de esta historia?
Porque es lo que hace real el desastre. Los números —920 muertos, 3.360 heridos— son abstractos. El olor es lo que te golpea cuando entras a una habitación. Es lo que te obliga a reconocer que hay gente muerta bajo los escombros, que no es un evento que pasó, sino algo que está sucediendo ahora mismo.
¿Qué tan preparada estaba Venezuela para algo así?
No lo estaba en absoluto. El país no tiene tradición de terremotos grandes. Sus instituciones ya estaban colapsadas por la crisis económica. Los hospitales no tenían insumos. Cuando llegó el desastre, no había nada que pudiera contenerlo.
Pedro Luis Pérez tuvo que pagar en un hospital público. ¿Eso es común?
Es el síntoma de un colapso total. En teoría, la salud pública es gratuita. Pero cuando no hay medicinas, no hay personal, no hay nada, los hospitales cobran por lo que pueden. Es un sistema que se está comiendo a sí mismo.
¿La ayuda internacional llegó a tiempo?
Llegó, pero tarde. Los equipos comenzaron a llegar entre la noche del jueves y la madrugada del viernes. Para entonces, ya había gente muriendo en los hospitales sin medicinas, gente buscando a sus familiares sin coordinación, gente pidiendo tapabocas porque el olor era insoportable.
¿Qué significa que las autoridades pidieran a la gente que no fuera a ayudar?
Significa que reconocieron que no podían manejar ni siquiera la buena voluntad. Que la situación era tan caótica que más gente solo empeoraría las cosas. Es un acto de rendición disfrazado de lógica.
¿Cuál es el siguiente paso?
Recuperar a los muertos. Atender a los heridos. Reconstruir. Pero todo eso requiere recursos que Venezuela no tiene, coordinación que no existe, y tiempo que los cadáveres bajo los escombros no tienen.