El reloj no va a dar marcha atrás, pase lo que pase en las urnas
A una semana de las elecciones presidenciales de noviembre de 2020, voces académicas de tres continentes convergían en una certeza incómoda: el poder estadounidense había iniciado un declive que ningún resultado electoral podría detener, solo modular. Lo que estaba en juego no era el destino de un presidente, sino la velocidad con que el orden internacional construido tras la Segunda Guerra Mundial continuaría desmoronándose. En ese reordenamiento silencioso, China emergía como la gran beneficiaria de cualquier escenario, y Europa como la gran huérfana de una estabilidad que ya no podía darse por garantizada.
- El consenso entre expertos de Toronto, Bruselas y Washington era casi unánime: cuatro años de Trump habían desplazado los equilibrios geopolíticos de forma irreversible, y el reloj no volvería atrás sin importar quién ganara.
- Un segundo mandato de Trump amenazaba con vaciar de contenido el Artículo 5 de la OTAN, convirtiendo la principal alianza de seguridad occidental en una estructura sin garantías reales.
- China ganaba en ambos escenarios: con Trump porque el daño a la reputación e influencia estadounidense se aceleraba, y con Biden porque la estabilización bilateral le abriría espacio para expandirse sin la presión de una nueva guerra fría.
- Incluso ante una posible victoria de Biden, los aliados occidentales se preguntaban si los últimos cuatro años reflejaban solo un presidente errático o corrientes más profundas e irreversibles en la sociedad estadounidense.
- El mundo post-electoral se perfilaba como más transaccional y multipolar, donde el poder blando estadounidense había cedido terreno que ninguna administración podría recuperar en el corto plazo.
A una semana de las elecciones del 3 de noviembre de 2020, expertos en relaciones internacionales de Toronto, Bruselas y Washington compartían un diagnóstico sombrío: independientemente del resultado, el poder estadounidense había entrado en un declive irreversible. Lo que cambiaría con el voto era únicamente la velocidad y la dirección de esa caída.
Jack Cunningham, historiador de la Universidad de Toronto, advertía que un segundo mandato de Trump consolidaría las posiciones de China y Rusia mientras que contenerlas se volvería exponencialmente más difícil. Sin la presión de una futura reelección, Trump carecería de incentivos para moderar sus impulsos. Desde Bruselas, el asesor David O'Sullivan señalaba que el mundo se volvería más transaccional, dominado por quien tuviera más poder y mayor disposición a usarlo sin restricciones.
La OTAN emergía como la institución más vulnerable. Jacob Kirkegaard, del German Marshall Fund, era directo: una reelección de Trump significaría que Estados Unidos se convertiría en un país fundamentalmente diferente, capaz de abandonar la alianza o volverla irrelevante. El Artículo 5, piedra angular de la seguridad europea, perdería su valor si Washington dejaba de honrarlo.
Lo paradójico era que Pekín no temía ninguno de los dos resultados. Tong Zhao, del Centro Carnegie-Tsinghua, explicaba que el daño que Trump infligía a Estados Unidos era mayor que cualquier perjuicio para China. Xulio Ríos añadía que incluso una victoria de Trump le permitiría a Xi Jinping presentar cualquier crítica interna como antipatriotismo. Con Biden, en cambio, China podría expandir su influencia sin la presión de una guerra fría declarada.
Los aliados occidentales mostraban cautela incluso ante la perspectiva de una victoria demócrata. Fagan reconocía que en Ottawa muchos se preguntaban si los últimos cuatro años reflejaban solo un presidente errático o algo más profundo en la sociedad estadounidense. O'Sullivan era realista: no se regresaría a los vínculos transatlánticos de finales del siglo XX, aunque sí existía la oportunidad de reconstruir algo significativo.
Cunningham cerraba el análisis con una observación que resumía el espíritu del momento: si Biden ganaba, el reloj internacional no retrocedería hasta 2016. El mundo sería algo diferente, pero la pregunta real era si las instituciones multilaterales podrían adaptarse a una realidad donde Estados Unidos ya no era el garante de estabilidad que alguna vez fue.
A una semana de las elecciones presidenciales estadounidenses del 3 de noviembre de 2020, expertos en relaciones internacionales de tres continentes coincidían en un diagnóstico sombrío: independientemente de quién ganara, el poder estadounidense había entrado en un declive que ningún resultado electoral podría revertir. Lo que sí cambiaría era la velocidad y la dirección de esa caída.
La conclusión era casi unánime entre académicos de Toronto, Bruselas y Washington. Tras cuatro años de presidencia de Donald Trump, los equilibrios geopolíticos mundiales se habían desplazado de manera irreversible. China y Rusia habían ganado terreno. Europa se había visto obligada a contemplar desde la orilla cómo la rivalidad entre Washington y Pekín redefinía el orden internacional. Y lo más inquietante para los aliados occidentales era que el reloj no volvería atrás, sin importar quién ocupara la Casa Blanca después del 3 de noviembre.
Jack Cunningham, historiador de la Universidad de Toronto, lo expresaba con claridad: un segundo mandato de Trump significaría que China y Rusia consolidarían su posición mientras que contenerlas se volvería exponencialmente más difícil. Pero lo verdaderamente peligroso, según Cunningham, era que sin la preocupación de una reelección futura, Trump carecería de cualquier incentivo para moderar sus impulsos. Al otro lado del Atlántico, David O'Sullivan, asesor del Centro de Política Europea en Bruselas, advertía que una reelección de Trump provocaría una crisis profunda en las relaciones transatlánticas y en el multilateralismo mismo. El mundo se volvería más transaccional, dominado por quien tuviera más poder y más disposición a usarlo sin restricción. Drew Fagan, profesor en Toronto, resumía el estilo Trump de política exterior como una estrategia de socavar la arquitectura global mientras se cortejaba a adversarios tradicionales de Estados Unidos.
La OTAN emergía como la institución más vulnerable en un escenario de Trump 2.0. Jacob Kirkegaard, especialista en Estados Unidos del German Marshall Fund, era directo: una reelección de Trump significaría que Estados Unidos era fundamentalmente un país diferente, uno que probablemente abandonaría la alianza militar o la volvería irrelevante. El artículo 5, el compromiso de defensa mutua que sostenía toda la estructura de seguridad europea, perdería su valor si Trump no lo honraba. Cunningham coincidía: la OTAN sufriría una crisis auténtica.
Pero en Pekín la perspectiva era radicalmente distinta. Tong Zhao, investigador del Centro de Política Global Carnegie-Tsinghua, explicaba por qué China no temía una victoria de Trump: no porque el daño fuera menor, sino porque el daño que Trump infligía a Estados Unidos era mucho mayor. Con Trump en el poder, Estados Unidos aceleraba su propio declive en influencia internacional, reputación y poder blando. Xulio Ríos, director del Observatorio de la Política China, añadía otra dimensión: incluso un Trump triunfante le permitiría a Xi Jinping consolidar poder presentando cualquier crítica interna como antipatriotismo.
Lo paradójico era que China ganaba en ambos escenarios. Con Biden, el régimen dejaría de sentirse atacado y podría expandir su influencia sin la presión de una nueva guerra fría. Con Trump, Estados Unidos se debilitaría más rápidamente. Ríos señalaba que una administración Biden buscaría estabilizar la relación bilateral, lo que dificultaría la operación de seducción de Europa por parte de China, pero incluso eso era un problema menor comparado con los beneficios de cualquiera de los dos resultados.
Los expertos europeos y canadienses mostraban cautela incluso ante la perspectiva de una victoria de Biden. Fagan admitía que muchos en el gobierno canadiense se preguntaban si los últimos cuatro años reflejaban simplemente un presidente errático o corrientes más profundas en la sociedad estadounidense. O'Sullivan era realista: no se volvería a los días de finales del siglo XX cuando la conexión transatlántica era estrecha, pero sí había oportunidad de reconstruir una relación significativa. Stefani Weiss, experta de la Fundación Bertelsmann, lo resumía así: con Biden habría cambios en tono y estilo, pero no necesariamente en sustancia.
Cunningham cerraba el análisis con una observación final: si Biden ganaba, el reloj de las relaciones internacionales no retrocedería hasta 2016. Sería algo diferente, pero la pregunta real era cuán dramático sería ese cambio y si las instituciones multilaterales podrían adaptarse a una realidad donde Estados Unidos ya no era el garante de estabilidad que alguna vez fue.
Notable Quotes
Un segundo mandato de Trump hará que China y Rusia ganen firmeza y contener a estos dos países será más difícil— Jack Cunningham, historiador de la Universidad de Toronto
Con Trump, Estados Unidos ha acelerado su declive en términos de influencia internacional, reputación y poder blando— Tong Zhao, Centro de Política Global Carnegie-Tsinghua
The Hearth Conversation Another angle on the story
¿Por qué los expertos dicen que el declive es irreversible si Biden gana? ¿No podría simplemente revertir las políticas de Trump?
Porque no se trata solo de políticas. En cuatro años, China ganó posiciones reales en influencia global, Rusia consolidó su presencia, y Europa tuvo que aprender a actuar sin depender de Estados Unidos. Esos cambios estructurales no desaparecen con un cambio de administración.
Entonces, ¿China prefería que Trump ganara?
Sí, pero no porque Trump fuera bueno para China. Era porque Trump debilitaba a Estados Unidos más rápido. Pero China también gana si Biden gana, solo de manera diferente: sin la presión de una guerra fría, con más espacio para expandirse.
¿Qué pasa con la OTAN?
Bajo Trump 2.0, la OTAN enfrenta una crisis existencial. Trump no respeta el artículo 5, el compromiso de defensa mutua. Bajo Biden, la OTAN sobrevive, pero como una institución diferente, menos central en el orden mundial.
¿Entonces Biden es simplemente una opción menos mala?
Para Europa y Canadá, sí. Pero incluso ellos saben que no es un regreso al pasado. Es una oportunidad de reconstruir algo, pero en un mundo donde Estados Unidos ya no es el garante de estabilidad que fue.
¿Qué significa eso para el resto del mundo?
Significa un mundo más multipolar, más transaccional, donde el poder bruto importa más que las instituciones. Los países pequeños pierden el marco de estabilidad que necesitaban para prosperar.