Las regiones pobres se empobreceríamos más. Las ricas resistirían mejor.
A finales de 2020, el Fondo Monetario Internacional advirtió que la pandemia no era una crisis uniforme: golpeaba con mayor fuerza allí donde ya existía la fragilidad. Las regiones del sur de Europa, dependientes del turismo y del trabajo presencial, enfrentaban una acumulación de vulnerabilidades que amenazaba con convertir una brecha histórica en una fractura permanente. El Fondo instó a los gobiernos a sostener el gasto público y diseñar políticas específicas, reconociendo que sin intervención deliberada, la desigualdad no se corregiría sola cuando la crisis terminara.
- Las regiones más pobres de España y Grecia, ya en desventaja antes del virus, enfrentaban una tormenta perfecta: turismo paralizado, imposibilidad de teletrabajar y pymes sin reservas financieras para resistir.
- La desigualdad no era solo geográfica: jóvenes y mujeres menores de veinticinco años sufrían pérdidas de empleo desproporcionadas, con escasos ahorros para amortiguar una recuperación lenta.
- En España e Italia, la brecha entre trabajadores de altos y bajos ingresos alcanzaba veinte puntos porcentuales, frente al cinco por ciento en Alemania y Francia, revelando un continente profundamente partido en dos.
- La segunda ola frenó la recuperación esperada: caída de la movilidad, deterioro del sector servicios y debilitamiento de la confianza del consumidor ensombrecían el horizonte de fin de año.
- El FMI exigió a los gobiernos que resistieran la tentación de retirar los estímulos prematuramente y que diseñaran políticas específicas para los territorios y colectivos más vulnerables, o arriesgarse a que la brecha se volviera irreversible.
A finales de 2020, mientras Europa oscilaba entre la esperanza de las vacunas y la incertidumbre de una segunda ola, el FMI lanzó una advertencia incómoda: la pandemia no golpeaba por igual. Las regiones que ya eran pobres se empobrecerían más, y esa brecha, lejos de cerrarse, probablemente se haría más profunda.
El patrón geográfico era claro. Las mismas regiones españolas y griegas que encabezaban históricamente las listas de desempleo en la Unión Europea eran también las más expuestas al virus, no por azar sino por estructura. Dependían desproporcionadamente del turismo, tenían menos empleos compatibles con el teletrabajo y su tejido productivo estaba dominado por pequeñas y medianas empresas sin capacidad financiera para resistir una crisis prolongada.
Pero la fractura no era solo territorial. El Fondo documentó también una brecha generacional y de género: los jóvenes trabajaban en sectores más afectados y con menos ahorros acumulados, mientras que las mujeres menores de veinticinco años sufrían pérdidas de empleo superiores a las de los hombres, una paradoja frente a los indicadores de riesgo previos a la pandemia. En España e Italia, la diferencia de impacto entre trabajadores de altos y bajos ingresos llegaba a veinte puntos porcentuales; en Alemania y Francia, apenas al cinco por ciento.
Mientras tanto, la recuperación perdía impulso. Las restricciones de la segunda ola frenaban la actividad en los países del norte, los indicadores de movilidad caían y el sector servicios arrastraba al índice PMI compuesto a territorio negativo. A los riesgos sanitarios se sumaban el Brexit sin acuerdo, las tensiones geopolíticas y la amenaza de la desglobalización.
Ante ese panorama, el FMI fue directo en sus peticiones: los gobiernos debían seguir gastando, Bruselas debía mantener suspendidas las reglas fiscales, y todos debían diseñar políticas específicas para proteger a las regiones y colectivos más vulnerables. Sin esa intervención deliberada, advertía el Fondo, la brecha existente se convertiría en un abismo difícil de cruzar.
A finales de 2020, mientras Europa se debatía entre la esperanza de las vacunas y la incertidumbre de una segunda ola de contagios, el Fondo Monetario Internacional lanzaba una advertencia incómoda: la pandemia no estaba golpeando por igual. Las regiones que ya eran pobres se empobreceríamos más. Las que eran ricas resistirían mejor. Y esa brecha, lejos de cerrarse cuando todo terminara, probablemente se haría más profunda.
La geografía del sufrimiento económico en Europa tenía un patrón claro. Año tras año, las mismas regiones españolas y griegas encabezaban las listas de desempleo más alto de la Unión Europea, con ocasionales apariciones de territorios italianos y franceses de ultramar. Pero lo que el FMI advertía en su informe de diciembre era que la crisis del coronavirus no solo perpetuaría esa desigualdad: la amplificaría. Las regiones con menor producto interior bruto per cápita y un desempeño económico discreto antes de la pandemia estaban más expuestas a los efectos del virus. No por casualidad. Por estructura.
Los analistas del Fondo identificaron una acumulación de vulnerabilidades. Esas regiones más rezagadas dependían de manera desproporcionada del turismo, un sector donde el contacto social es inevitable y donde el virus encontraba terreno fértil. Tenían menos empleos que permitieran trabajar desde casa, lo cual marcaba la diferencia entre una empresa que seguía funcionando y una que cerraba, entre un trabajador que recibía su salario y otro que se quedaba sin ingresos. Su tejido productivo estaba dominado por pequeñas y medianas empresas, negocios sin el músculo financiero para aguantar una crisis prolongada. Y en general, eran menos productivas.
Pero la desigualdad no era solo geográfica. El FMI documentó una triple fractura: entre regiones, entre generaciones y entre géneros. Los jóvenes tenían más probabilidades de trabajar en sectores muy afectados donde no era posible teletrabajar. Sus ingresos y su riqueza acumulada eran los más bajos. Sin esos amortiguadores financieros, su capacidad para resistir la crisis se veía severamente comprometida, especialmente si la recuperación se demoraba. Las mujeres menores de veinticinco años experimentaron pérdidas de empleo mayores que las de los hombres, una paradoja porque los indicadores de riesgo laboral sugerían que no eran más vulnerables antes de que el virus llegara.
La magnitud de esa desigualdad variaba según el país. En España e Italia, los trabajadores con mayores ingresos resultaron afectados veinte puntos porcentuales menos que los de menores ingresos. En Alemania y Francia, esa brecha era apenas del cinco por ciento. El impacto había sido mucho más homogéneo en el norte, mucho más desigual en el sur.
Mientras tanto, el FMI revisaba sus perspectivas de crecimiento a la baja. La recuperación que se esperaba para el cuarto trimestre de 2020 había perdido impulso. Las restricciones derivadas de la segunda ola en Holanda, Bélgica y Alemania —el motor económico del continente— estaban frenando la actividad. Los indicadores de movilidad caían. La confianza del consumidor se debilitaba. El índice PMI compuesto había entrado en territorio negativo por el deterioro del sector servicios, un retroceso que ni la mejora de las ventas minoristas ni la resistencia de la industria podían compensar.
El Fondo enumeró los riesgos que acechaban: nuevos brotes de contagios, retrasos en la distribución de vacunas, una crisis más prolongada que multiplicara los despidos y las quiebras, caídas en los precios de la vivienda, un aumento de la pobreza y el descontento social. En el terreno geopolítico, añadía el Brexit sin acuerdo comercial, las tensiones con Estados Unidos y la amenaza de la desglobalización.
Ante ese panorama, el FMI hizo sus peticiones. A los gobiernos les exigía que siguieran gastando, que resistieran la tentación de retirar los estímulos demasiado pronto. A Bruselas le pedía que mantuviera suspendidas las reglas fiscales hasta que la recuperación fuera firme. Y a todos les recordaba que se necesitaban políticas específicas para salvaguardar las regiones vulnerables, prestando especial atención a los jóvenes y desfavorecidos. Si no se hacía, la brecha que ya existía se convertiría en un abismo.
Citas Notables
Las regiones europeas con un PIB per cápita más bajo parecen estar más expuestas a los efectos de la crisis— Fondo Monetario Internacional
Se necesitarán políticas específicas para salvaguardar las regiones vulnerables, prestando especial atención a los jóvenes y desfavorecidos— Informe del FMI sobre la zona euro
La Conversación del Hearth Otra perspectiva de la historia
¿Por qué el FMI cree que la pandemia va a empeorar las desigualdades regionales en lugar de simplemente mantenerlas?
Porque el virus no golpea de manera uniforme. Las regiones pobres dependen más del turismo, de sectores donde la gente tiene que estar junta. Las ricas tienen más empleos que se pueden hacer desde casa, empresas más grandes con reservas financieras. Cuando llega una crisis, los que ya estaban débiles se debilitan más rápido.
Mencionas a los jóvenes varias veces. ¿Qué los hace especialmente vulnerables?
Trabajan más en turismo, hostelería, servicios. Sectores que cerraron o se redujeron drásticamente. Y no tienen ahorros. Un adulto de cincuenta años quizá tiene una casa, una pensión esperando. Un joven de veinticinco tiene lo que gana ese mes. Si pierde el trabajo, no tiene amortiguador.
El informe menciona que las mujeres jóvenes perdieron más empleos que los hombres jóvenes. ¿Cómo explica eso el FMI?
No lo explica completamente. Solo señala que es una paradoja. Antes de la pandemia, los indicadores sugerían que no eran más vulnerables. Pero cuando llegó la crisis, fueron ellas las que más sufrieron. Quizá porque estaban concentradas en sectores específicos, o porque cuando las empresas tuvieron que reducir personal, las mujeres fueron las primeras en irse.
¿Qué diferencia hay entre lo que pasó en España e Italia comparado con Alemania y Francia?
En el sur, la brecha entre ricos y pobres se amplió veinte puntos. En el norte, apenas cinco. Eso significa que en Alemania y Francia, la crisis fue más democrática, golpeó a todos más o menos igual. En España e Italia, los pobres sufrieron mucho más que los ricos. Eso refleja estructuras económicas diferentes, redes de seguridad social diferentes.
El FMI pide que los gobiernos sigan gastando. ¿Por qué es tan importante no retirar los estímulos demasiado pronto?
Porque si los retiras cuando la recuperación apenas está empezando, la matas. La gente deja de gastar, las empresas dejan de contratar, vuelves a la recesión. Es como sacar el andamio de un edificio que todavía no está de pie.