La inactividad era el mayor factor de riesgo, excepto por la edad avanzada
Desde hace décadas, la medicina intuía que el cuerpo en movimiento se defiende mejor. Ahora, un estudio con casi 48.500 californianos infectados por COVID-19 en 2020 lo confirma con cifras difíciles de ignorar: quienes llevaban una vida sedentaria murieron a una tasa dos veces y media mayor que quienes se ejercitaban con regularidad. En un momento en que la humanidad buscaba desesperadamente herramientas contra la pandemia, una de las más poderosas resultó ser también una de las más antiguas: caminar, moverse, no quedarse quieto.
- Las personas sedentarias tuvieron el doble de probabilidades de ser hospitalizadas y 2,5 veces más de morir por COVID-19 grave, según datos reales de historial médico, no estimaciones.
- El hallazgo sacudió las prioridades de salud pública: la inactividad física superó a la diabetes, el cáncer y la obesidad como factor de riesgo, cediendo solo ante la edad avanzada y los trasplantes de órganos.
- Kaiser Permanente llevaba más de una década registrando el ejercicio como 'signo vital' en cada consulta, lo que permitió un análisis sin precedentes sobre hábitos reales de movimiento.
- Los investigadores proponen una meta concreta y alcanzable: 30 minutos de caminata enérgica cinco veces por semana como escudo provisional, especialmente para quienes aún esperaban vacunarse.
- El estudio es observacional y no prueba causalidad, pero la fuerza de sus asociaciones lleva a sus autores a afirmar que el ejercicio regular probablemente protegerá también contra futuras variantes y virus respiratorios emergentes.
La relación entre el movimiento físico y la resistencia a las infecciones respiratorias era conocida antes de la pandemia, pero el coronavirus planteó una pregunta más urgente: ¿podría el ejercicio habitual proteger a alguien de enfermar gravemente si se infectaba?
Un estudio publicado en el British Journal of Sports Medicine, realizado por investigadores de Kaiser Permanente Southern California y la Universidad de California en San Diego, analizó los registros de casi 48.500 adultos californianos que contrajeron COVID-19 en 2020. Los resultados fueron contundentes: quienes casi nunca se ejercitaban fueron hospitalizados al doble de la tasa de los más activos, y tuvieron aproximadamente 2,5 veces más probabilidades de morir. Incluso frente a personas moderadamente activas, los sedentarios mostraron un 20% más de hospitalizaciones y un 30% más de riesgo de muerte.
Lo que hizo posible este análisis fue una decisión institucional tomada años atrás: desde 2009, Kaiser Permanente registra el ejercicio como un 'signo vital' en cada visita médica. Eso dio a los investigadores datos reales sobre hábitos de movimiento, no aproximaciones indirectas. Los participantes fueron divididos en tres grupos según su nivel de actividad semanal, y los resultados se ajustaron por edad, tabaquismo, peso, diabetes, cáncer y otras condiciones. Aun así, la inactividad emergió como uno de los factores de riesgo más potentes, superada solo por la edad avanzada y los trasplantes de órganos.
El mecanismo no es misterioso: el ejercicio fortalece las respuestas inmunitarias, mejora la capacidad de las células defensivas para combatir patógenos y amplifica la respuesta de anticuerpos a las vacunas. Robert Sallis, médico que dirigió el estudio, fue directo: caminar enérgicamente media hora cinco veces a la semana debería ayudar a proteger contra el COVID-19 severo. A diferencia de la edad o un trasplante previo, el ejercicio es un factor completamente modificable.
El estudio no prueba causalidad ni examina si el ejercicio reduce el riesgo de infección inicial. Los datos también son previos a la disponibilidad de vacunas, por lo que el movimiento no reemplaza la inmunización. Pero Sallis subrayó que las asociaciones halladas fueron lo suficientemente fuertes como para enviar un mensaje claro: mientras se espera la vacuna, el ejercicio regular es probablemente la medida más importante al alcance de cada persona, y su protección probablemente se extenderá a futuras variantes y virus respiratorios por venir.
La conexión entre el movimiento del cuerpo y la resistencia a las infecciones virales no es nueva para la medicina. Los investigadores llevan años observando que las personas con buena capacidad aeróbica contraen menos resfriados y otras infecciones respiratorias, y cuando las padecen, se recuperan más rápidamente. Pero cuando el coronavirus llegó, quedaba una pregunta sin respuesta: ¿podría el ejercicio regular proteger a alguien de enfermar gravemente si se infectaba?
Un estudio publicado en el British Journal of Sports Medicine ofrece una respuesta contundente. Investigadores de Kaiser Permanente Southern California, la Universidad de California en San Diego y otras instituciones analizaron los registros de casi 48.500 adultos californianos que habían contraído COVID-19 en 2020. Lo que encontraron fue dramático: las personas que casi nunca hacían ejercicio fueron hospitalizadas a una tasa dos veces mayor que aquellas que se ejercitaban regularmente, y tenían aproximadamente dos veces y media más probabilidades de morir. Incluso comparadas con personas moderadamente activas, las sedentarias fueron hospitalizadas un 20 por ciento más a menudo y tuvieron un 30 por ciento más de riesgo de muerte.
Lo que hizo posible este análisis fue una decisión que Kaiser Permanente había tomado años atrás: desde 2009, la organización incluye el ejercicio como un "signo vital" en cada visita médica. Los doctores y enfermeras preguntan a los pacientes cuántos días a la semana se ejercitan y durante cuántos minutos, información que se registra en el historial médico. Esto significaba que los investigadores tenían datos reales sobre los hábitos de movimiento de las personas, no solo medidas indirectas como la velocidad al caminar o la fuerza de agarre. Dividieron a los participantes en tres grupos: los menos activos, que se ejercitaban diez minutos o menos la mayoría de las semanas; los más activos, que alcanzaban al menos 150 minutos semanales; y un grupo intermedio.
Los científicos también controlaron por todos los factores de riesgo conocidos de enfermedad grave por COVID-19: edad, tabaquismo, peso, historial de cáncer, diabetes, trasplantes de órganos, problemas renales y otras condiciones subyacentes. Incluso después de ajustar por todas estas variables, la inactividad física emergió como uno de los factores de riesgo más potentes. Solo la edad avanzada y haber recibido un trasplante de órganos superaron el sedentarismo como predictores de hospitalización y muerte.
El mecanismo detrás de esta protección no es misterio. El ejercicio amplifica las respuestas inmunitarias del cuerpo, mejorando la capacidad de las células de defensa para reconocer y combatir patógenos. También aumenta la respuesta de anticuerpos a las vacunas. Cuando alguien está en mejor forma cardiovascular, su sistema inmunológico está más preparado para montar una defensa rápida y efectiva contra una infección.
Robert Sallis, médico de medicina familiar y deportiva del Centro Médico Kaiser Permanente Fontana que dirigió el estudio, fue claro en sus conclusiones: "Creo que, con base en estos datos podemos decirle a la gente que caminar enérgicamente durante media hora cinco veces a la semana debería ayudar a protegerlos contra el COVID-19 severo". Señaló que aunque no se puede hacer nada respecto a la edad o a un trasplante previo, el ejercicio es algo que está completamente bajo el control de cada persona.
Es importante notar lo que este estudio no demuestra. Siendo observacional, no prueba que el ejercicio cause una reducción en los riesgos graves; solo muestra que las personas que se ejercitan regularmente tienden a tener menos probabilidades de enfermar gravemente. Tampoco examina si el ejercicio reduce el riesgo inicial de infectarse. Y los datos fueron recopilados antes de que las vacunas estuvieran disponibles, por lo que el estudio no sugiere de ninguna manera que el movimiento pueda reemplazar la inmunización.
Pero Sallis enfatizó que las asociaciones encontradas fueron fuertes. Para las personas esperando su primera dosis de vacuna, el mensaje es claro: mientras tanto, el ejercicio regular es probablemente lo más importante que pueden hacer para reducir su riesgo. Y como agregó el investigador, el movimiento consistente probablemente ofrecerá protección no solo contra nuevas variantes del coronavirus, sino contra cualquier virus respiratorio que emerja en el futuro.
Citações Notáveis
Caminar enérgicamente durante media hora cinco veces a la semana debería ayudar a protegerlos contra el COVID-19 severo— Dr. Robert Sallis, Kaiser Permanente Fontana
El ejercicio regular es lo más importante que pueden hacer para reducir su riesgo mientras esperan la vacuna— Dr. Robert Sallis
A Conversa do Hearth Outra perspectiva sobre a história
¿Por qué un estudio sobre ejercicio y COVID-19 importa ahora, cuando ya tenemos vacunas?
Porque el estudio fue hecho antes de las vacunas, y porque muestra algo más profundo: que el cuerpo en movimiento se defiende mejor. Eso no cambia.
Pero ¿realmente el ejercicio protege, o solo las personas saludables hacen ejercicio?
Esa es la pregunta exacta. El estudio no puede probar causalidad. Lo que sí muestra es que incluso controlando por edad, peso, diabetes, todo lo demás, la inactividad seguía siendo un factor de riesgo enorme.
¿Cuánto ejercicio necesita alguien? ¿Treinta minutos es suficiente?
Según el investigador principal, media hora de caminata enérgica cinco veces a la semana. No es un entrenamiento extremo. Es accesible para la mayoría de las personas.
¿Y si alguien es mayor o tiene problemas de salud?
Ese es el punto difícil. La edad y los trasplantes de órganos fueron los únicos factores que superaron la inactividad como riesgos. Pero incluso para esas personas, algún movimiento es mejor que ninguno.
¿Esto significa que el ejercicio es más importante que la vacuna?
No. El estudio es claro: el ejercicio no reemplaza la vacunación. Pero mientras alguien espera su turno, es lo más importante que puede hacer.
¿Qué pasa con las nuevas variantes?
El investigador sugiere que el ejercicio regular probablemente protegerá contra variantes y contra virus futuros. Es una defensa más amplia que la inmunidad específica de una vacuna.