El drama de los refugiados venezolanos en Cúcuta: discriminación y esperanza en la frontera

Familias venezolanas, incluyendo menores con problemas de salud, viven en pobreza extrema y enfrentan violencia criminal, discriminación sistemática y separación familiar en asentamientos precarios.
Aquí se está un poco mejor. Al menos los niños estudian
Una vecina reflexiona sobre la vida en el asentamiento, reconociendo mejoras limitadas respecto a Venezuela.

A cuatro kilómetros del puente que separa Colombia de Venezuela, decenas de familias venezolanas han construido refugios de lámina y madera en una quebrada de Cúcuta, reproduciendo sin quererlo la precariedad y el peligro que las empujó a cruzar la frontera. Su historia no es solo la de una migración, sino la de una humanidad atrapada entre dos formas de abandono: el del Estado que las expulsó y el de la sociedad que aún no las acoge. Mientras el destino político de Venezuela permanece incierto, estas familias aguardan en un limbo donde la esperanza y la violencia comparten el mismo barrio.

  • El Tren de Aragua controla las calles del asentamiento, convirtiendo la huida de Venezuela en un círculo que regresa al mismo miedo.
  • Los estereotipos discriminatorios —mujeres tachadas de prostitutas, hombres de ladrones— erosionan la dignidad de quienes ya lo perdieron casi todo.
  • Madres como Ciliana Suárez sobrevivieron comiendo solo jugo durante semanas para que sus hijos pudieran comer, y aún cargan ese peso en Colombia.
  • La intervención de Trump en Venezuela divide a los propios refugiados: algunos la celebran como liberación, otros la lloran como una nueva herida para sus familias.
  • El retorno a Venezuela depende de una lucha de poder entre las Fuerzas Armadas y los colectivos chavistas, un horizonte que nadie puede fechar ni garantizar.

En una quebrada al borde de Cúcuta, a apenas cuatro kilómetros del puente Simón Bolívar, se extiende un asentamiento de láminas y madera que sus habitantes llaman La Esperanza. El nombre carga su propia ironía: quienes llegaron huyendo del hambre y la violencia estatal en Venezuela encontraron aquí electricidad y agua corriente, pero también calles de barro dominadas por el crimen organizado.

Ciliana Suárez recuerda las noches en que despertaba a su hija asmática en la oscuridad para hacer fila por comida. Comió solo jugo durante semanas para que sus hijos tuvieran algo caliente. Su vecina Yolimar, exsoldado que lleva cinco años en Colombia sin trabajo estable, describe con calma cómo el Tren de Aragua opera en el barrio: matan por una moto nueva, disparan por error de identidad. La misma organización criminal que Donald Trump citó al justificar su intervención en Venezuela.

Yolimar, sin embargo, no celebra esa intervención. Le duele que un presidente extranjero decida el destino de su país, dejando madres sin hijos. La discriminación tampoco da tregua: la narrativa local convierte a todas las venezolanas en prostitutas y a todos los venezolanos en ladrones, una carga que se suma a la pobreza extrema.

Cúcuta, ciudad de 800.000 habitantes, es hoy una de cada cuatro venezolana. Más de tres millones han cruzado a Colombia, aunque para la mayoría la oportunidad prometida sigue siendo una promesa. Aun así, algo persiste: los niños pueden ir a la escuela, hay médicos a los que acudir.

Jennifer, de veintiséis años, desertó del ejército venezolano cuando su sueldo, convertido al cambio negro, equivalía a centavos. Quiere volver, pero sabe que primero Venezuela debe resolver su propia guerra interna: quién manda, qué papel toman las Fuerzas Armadas, qué hacen los colectivos de Diosdado Cabello. Para las familias de esta quebrada, ese conflicto lejano decidirá si algún día pueden regresar a casa, o si deben construir una vida permanente en un lugar que todavía no las reconoce como suyas.

A sprawl of corrugated metal and wooden shacks clings to a ravine on the edge of Cúcuta, Colombia, just four kilometers from the Simón Bolívar bridge that marks the border with Venezuela. The neighborhood bears the name of the country these residents fled, though it is not Venezuela itself—it is a makeshift settlement that grew as families escaped hunger and state violence. Ciliana Suárez sits in her metal-roofed shelter and remembers the nights she would wake her asthmatic daughter in the cold darkness to stand in line for food. She ate only juice for weeks so her children could have warm meals. Her son was forbidden to leave the house. "There, they kill our children, they take them away," she says, her eyes wet. "It is sad that another country has to save us."

In this barrio called La Esperanza—a name that carries its own irony—Ciliana now has electricity and running water. But the muddy streets are not safe. Yolimar Rojas, who stands behind the bars of her door, speaks of contract killers and robbery. "If you ride a new motorcycle, they kill you for it. Or they shoot you if they mistake you for someone else." The Tren de Aragua, a Venezuelan criminal organization that has spread across the continent, operates here. Donald Trump mentioned the group by name in his first press conference after Nicolás Maduro's capture, citing it as justification for his intervention.

Yolimar left Venezuela out of desperation, but she opposes the military action. "It hurts me what is happening in my country, because it is not right that a U.S. president damages the peace of so many Venezuelans, leaving mothers without their sons," says the former soldier, who has lived in Colombia for five years without finding steady work. She and her husband, a mason, pooled their savings to build walls of brick and adobe. The discrimination here is relentless. "People say all the women are prostitutes who come to steal their husbands, and all the men are thieves," she says.

Cúcuta, a city of 800,000 people, is now one-quarter Venezuelan. More than three million Venezuelans have crossed into Colombia seeking safety and opportunity—though for most, that opportunity has remained out of reach. Those who climbed into this ravine of substandard housing face nearly the same insecurity and exclusion they fled. Yet some measure of improvement exists. "Here it is a little better," says another neighbor. "At least the children can go to school and we can see a doctor." One woman expressed gratitude to Trump for what she sees as liberation.

Jennifer, twenty-six years old, carries a perspective that seems older than her years. She was a member of Primero Justicia, an opposition party, in the outskirts of Caracas, and enlisted in the military. She deserted when her second daughter was born because her salary, converted at the black-market exchange rate, amounted to cents. She wants to return to Venezuela but knows the country must first settle its internal struggles. "We have to wait and see how things arrange themselves, who stays in power, what role the Armed Forces take," she says.

The future she anticipates is a power struggle between the military, led by Vladimir Padrino López, and the colectivos—armed civilian groups loyal to the Bolivarian revolution. The Armed Forces have remained obedient to the current government under Delcy Rodríguez, who has signaled willingness to work with the United States. The colectivos, controlled by Diosdado Cabello, have shown their muscle in defense of the revolution. For the families in this ravine, that distant conflict will determine whether they can ever go home, or whether they must build a permanent life in a place that has never fully welcomed them.

Allá no podíamos hablar con libertad, porque nos matan a nuestros hijos, se los llevan
— Ciliana Suárez
Aquí nos discriminan mucho. Para la gente, las mujeres somos todas putas que venimos a quitarles los maridos
— Yolimar Rojas
A Conversa do Hearth Outra perspectiva sobre a história
Inventor

¿Por qué estas familias no simplemente se mudan a otra parte de Cúcuta, a un barrio más seguro?

Model

Porque no tienen dinero. Ciliana y Yolimar construyeron sus casas con lo poco que ganaron trabajando. Un barrio formal requiere documentos, depósitos, referencias que no tienen. Están atrapadas donde pueden permitirse estar.

Inventor

Mencionas que Cúcuta es una cuarta parte venezolana. ¿Eso significa que la ciudad debería estar acostumbrada a ellos?

Model

El número no crea aceptación. Yolimar lleva cinco años sin encontrar trabajo estable precisamente porque existe un estereotipo muy fuerte. La presencia numérica no elimina la discriminación; a veces la intensifica.

Inventor

¿Qué significa que esperen "cómo se acomoda todo" en Venezuela?

Model

Significa que no saben si pueden regresar. Si los militares toman el control, podría haber represalias contra desertores como Jennifer. Si los colectivos ganan, la violencia podría ser peor. El limbo es el estado más seguro por ahora.

Inventor

¿El Tren de Aragua es lo mismo que los colectivos que menciona?

Model

No. El Tren de Aragua es un grupo criminal puro, nacido en cárceles venezolanas. Los colectivos son civiles armados, ideológicamente comprometidos con el chavismo. Ambos son violentos, pero sus motivaciones son diferentes.

Inventor

¿Hay alguna señal de que estas familias podrían mejorar su situación?

Model

Solo si Venezuela se estabiliza políticamente y económicamente. Mientras tanto, tienen lo básico que no tenían: escuelas, doctores, electricidad. No es vida, pero es supervivencia con un poco más de dignidad.

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