Un juego donde la estructura misma impide la violencia
En los años setenta, un médico suizo llamado Hermann Brandt observó la violencia que anidaba en el deporte moderno y decidió construir un juego desde sus cimientos filosóficos: sin contacto, sin bloqueos, sin confrontación directa. Así nació el tchoukball, un deporte que la Unesco reconoció como símbolo de paz y fraternidad, y que hoy se practica en más de cien países, incluyendo Argentina, donde crece lentamente en escuelas, clubes y centros de rehabilitación. Su premisa más radical no es técnica sino humana: que niños, adultos mayores y personas con discapacidad pueden compartir el mismo campo de juego sin que las reglas los separen.
- La violencia y las lesiones en el deporte convencional motivaron a un médico suizo a diseñar, desde cero, un juego donde la confrontación física fuera estructuralmente imposible.
- El tchoukball desafía la lógica competitiva dominante: el adversario no puede bloquearte ni obstaculizarte, solo intentar atrapar la pelota después del rebote en la red elástica.
- Su accesibilidad radical genera una tensión productiva: cualquier persona, sin importar edad ni capacidad física, puede integrarse al mismo equipo y al mismo partido.
- En Argentina, la expansión es desigual — fuerte en Entre Ríos, incipiente en Buenos Aires — pero profesores y asociaciones trabajan para llevarlo a escuelas, geriátricos y centros de rehabilitación.
- Con presencia en más de cien países y reconocimiento de la Unesco, el tchoukball se posiciona no solo como deporte alternativo, sino como herramienta pedagógica y terapéutica con potencial de crecimiento sostenido.
El tchoukball lleva casi cincuenta años existiendo en silencio, pero su origen tiene una lógica clara: Hermann Brandt, médico y deportólogo suizo, observó la violencia creciente en el deporte y decidió construir algo radicalmente distinto. Tomó prestado del handball la forma de pasar y lanzar, del voleibol el límite de tres pases antes de atacar, y del squash la idea del rebote. Luego eliminó la confrontación directa. En el tchoukball, nadie puede bloquear ni obstaculizar al rival; solo puede intentar atrapar la pelota después de que rebote en una red elástica tensada en cada extremo de la cancha. Si la pelota cae al suelo, el equipo atacante anota.
Lo que hace singular a este deporte no es su mecánica sino su filosofía: prioriza la actitud, el trabajo en equipo y el fair play por encima de cualquier habilidad atlética excepcional. Eso lo convierte en un juego verdaderamente inclusivo, donde niños, adultos mayores y personas con discapacidad pueden compartir el mismo campo sin que las reglas los separen. Por eso se practica no solo en clubes y escuelas, sino también en geriátricos y centros de rehabilitación.
En Argentina, el tchoukball llegó en 1986 de la mano del profesor Jorge Mayer, y desde entonces ha crecido de forma desigual. Entre Ríos concentra la mayor actividad, con sedes en Concordia, Chajarí, Federal y Villaguay. En Buenos Aires, el desarrollo es aún incipiente, aunque algunos profesores de educación física ya lo enseñan en escuelas y se organizan encuentros abiertos en parques. Miguel Ángel Pérez, fundador de la Asociación Tchoukball Argentino, dirige hoy la selección femenina y participa en mundiales como entrenador y árbitro. A nivel global, más de cien países lo practican, y la Unesco lo reconoció como deporte para la paz y la fraternidad. Su único requisito de ingreso es el deseo de aprender un juego que entiende la competencia no como enfrentamiento, sino como cooperación.
El tchoukball suena a algo inventado, pero lleva casi cincuenta años existiendo en silencio, ganándose el reconocimiento de la Unesco como deporte para la paz y la fraternidad. Es un juego donde la pelota rebota en una red elástica en lugar de en las manos de un adversario, donde nadie bloquea a nadie, donde el contacto físico está prohibido por diseño. Nació en los años setenta de la preocupación de Hermann Brandt, un médico y deportólogo suizo que miraba la violencia creciente en los deportes y decidió construir algo diferente.
Brandt tomó prestado del handball la forma de pasar, recibir y lanzar. Del voleibol, el límite de tres pases antes de atacar. Del squash, la idea del rebote. Pero luego hizo algo radical: eliminó la confrontación directa. En el tchoukball, el adversario no puede bloquearte, no puede obstaculizarte mientras intentas pasar o lanzar. Solo puede intentar atrapar la pelota en el aire después de que rebote en la red. Si no lo logra y la pelota cae al piso, tu equipo anota. El juego prioriza la actitud, el trabajo en equipo y el fair play por encima de cualquier habilidad atlética excepcional.
La cancha mide 27 por 16 metros en su versión de interior, o 21 por 12 en la de playa. En cada extremo hay un cuadro de rebote, una estructura de un metro cuadrado con una red tensada por sogas elásticas. Alrededor de cada cuadro existe una zona prohibida de tres metros donde los defensores no pueden entrar. El juego fluye así: un jugador lanza la pelota contra la red desde su lado, el equipo contrario intenta atraparla en el aire, y si lo logra, se convierte en atacante. Se juega siete contra siete en interior, cinco contra cinco en playa. Nadie puede caminar más de tres pasos con la pelota en la mano. Nadie puede retenerla más de tres segundos. Nadie puede picarla en el piso.
El deporte llegó a Argentina en 1986 cuando el profesor Jorge Mayer lo trajo desde Tramandaí, un municipio brasileño en Rio Grande do Sul. Otros difusores siguieron: John Andrews, un profesor inglés amigo personal de Brandt; Mauricio Irbauch, licenciado en Educación Física que vio en el tchoukball un instrumento terapéutico para mejorar el desarrollo psicocorporal de pacientes con problemas de psicomotricidad; y Miguel Ángel Pérez, quien descubrió el deporte en un congreso en Foz de Iguazú y desde entonces lo integró en la enseñanza escolar y extraescolar. Pérez fundó la Asociación Tchoukball Argentino en Concordia y ahora dirige la selección femenina, participando en mundiales indoor y beach como entrenador y árbitro.
Lo notable del tchoukball es su accesibilidad radical. No requiere habilidades atléticas excepcionales. Cualquiera puede aprender a pasar, recibir y lanzar una pelota. Eso significa que niños, jóvenes, adultos, personas de tercera edad y personas con discapacidad pueden jugar juntas en el mismo equipo, en el mismo partido, sin que la estructura del juego las separe. El deporte se practica en clubes de barrio, escuelas, universidades, pero también en geriátricos, centros de rehabilitación y centros para personas con discapacidad. Como actividad aeróbica, mejora la resistencia, la velocidad, la coordinación y la precisión. Pero su verdadero propósito es más profundo: fomentar la cooperación en lugar de la confrontación, promover el trabajo en equipo basado en el principio de inclusión en la diversidad.
En Argentina, la presencia del tchoukball es desigual. Entre Ríos tiene múltiples sedes activas en Concordia, Chajarí, Federal, Villaguay y Mocoretá en la provincia de Corrientes. Material se ha donado a escuelas en La Pampa, Chubut, Chaco, Santa Fe, San Juan, Santiago del Estero y Buenos Aires. En la capital, el desarrollo aún es incipiente, pero algunos profesores de educación física ya lo enseñan en las escuelas. Mauricio Irbauch organiza encuentros en el Parque Las Heras y en espacios deportivos de la avenida Del Libertador, ofreciendo clases demostrativas gratuitas a instituciones, docentes y particulares. A nivel internacional, más de cien países juegan tchoukball en distintos eventos en todos los continentes. El único requisito para practicarlo es tener deseo de aprender un deporte diferente, uno que entiende la competencia no como confrontación sino como cooperación.
Notable Quotes
El tchoukball plantea disminuir el creciente índice de violencia en los deportes y la sociedad a través de un juego basado en habilidades fáciles de adquirir, como pasar, recibir y lanzar una pelota sin ser molestado o bloqueado por el adversario— Mauricio Irbauch, licenciado en Educación Física y difusor del deporte en Buenos Aires
El tchoukball se juega lanzando una pelota contra una red elástica y el objetivo es que al rebote caiga al suelo fuera de un área de tres metros sin ser interceptado— Miguel Ángel Pérez, presidente de la Federación de Tchoukball Entrerriano
The Hearth Conversation Another angle on the story
¿Por qué un médico suizo decidió inventar un deporte completamente nuevo en los años setenta?
Brandt estaba preocupado por la violencia que veía crecer en el deporte. No quería crear algo más competitivo o agresivo. Quería lo opuesto: un juego donde la estructura misma del juego impidiera la violencia.
Pero entonces, ¿cómo se gana? Si no puedes bloquear al adversario, ¿no es demasiado fácil?
No es fácil porque el desafío está en otro lugar. Tienes que atrapar la pelota en el aire después de que rebote. Es un juego de precisión, de coordinación, de lectura del movimiento. Pero nadie te lastima en el proceso.
¿Qué hace que sea terapéutico para personas con discapacidad?
Porque no excluye a nadie por capacidad atlética. Un niño con movilidad limitada puede jugar junto a un adulto sin discapacidad. El juego no depende de velocidad o fuerza extrema. Depende de comprensión, de trabajo en equipo, de estar presente.
¿Por qué tardó tanto en llegar a Argentina si fue creado en los setenta?
Llegó en 1986, pero se difundió lentamente. Requiere que alguien crea en él lo suficiente como para enseñarlo, para construir las redes de rebote, para convencer a las instituciones. Eso tomó tiempo. Ahora hay crecimiento, pero aún es pequeño comparado con otros deportes.
¿Qué significa que la Unesco lo reconozca como deporte para la paz y la fraternidad?
Significa que una organización internacional vio en el tchoukball algo que va más allá del deporte. Vio un modelo de cómo la competencia puede existir sin violencia, cómo la diversidad puede ser fortaleza en lugar de obstáculo.