Médicos venezolanos relatan el desamparo institucional tras los terremotos

Miles de víctimas mortales, sobrevivientes en condiciones críticas con traumatismos severos, familias sin poder recuperar ni sepultar a sus seres queridos tras días sin alimento ni hidratación.
La gente quiere ayudar, pero sin dirección se convierte en desorden
Un médico describe cómo la solidaridad ciudadana, aunque masiva, carecía de la coordinación necesaria para ser efectiva.

Tras dos terremotos que sacudieron Venezuela, los médicos del país se convirtieron en el último sostén de un sistema sanitario que el Estado no pudo —o no quiso— sostener. En hospitales desbordados y calles sin acceso, profesionales de la salud atendieron a los sobrevivientes con voluntad pura mientras brigadas internacionales trabajaban sin apoyo oficial y familias esperaban días enteros junto a los cuerpos de sus seres queridos. La tragedia reveló, una vez más, que cuando las instituciones se ausentan, es la ciudadanía quien carga con el peso de lo que debería ser colectivo.

  • Dos terremotos golpearon Venezuela y los hospitales se llenaron de víctimas mortales: los sobrevivientes que llegaban lo hacían con traumatismos severos, amputaciones y fallas orgánicas en desarrollo.
  • La solidaridad ciudadana fue masiva e inmediata, pero sin coordinación central los centros de acopio colapsaron mientras otras zonas permanecían sin insumos.
  • Ambulancias, bomberos y médicos con permisos en regla fueron bloqueados por obstáculos burocráticos, dejando la respuesta de emergencia en manos de redes informales.
  • Brigadas de México, Honduras y El Salvador operaron en terreno sin respaldo institucional venezolano, mientras familias pasaban días sin comer esperando recuperar a sus muertos.
  • El sistema sanitario no colapsó solo por el sismo: colapsó porque ya estaba desnudo, como dijo un sacerdote desde el púlpito, sin seguro social ni estructura capaz de responder.

Un sacerdote venezolano resumió la catástrofe con una sola imagen: un país sin seguro social es un país desnudo. Lo dijo el domingo siguiente a los dos terremotos que sacudieron Venezuela, y apuntaba directamente al vacío institucional que dejó a los médicos como único sostén de una emergencia para la que el sistema no estaba preparado.

Un médico residente en Caracas describió los primeros días con asombro y frustración. La ciudadanía respondió de manera abrumadora: medicamentos, agua, alimentos y ropa llegaban sin parar a las zonas afectadas. Pero esa energía solidaria carecía de dirección. Los centros de acopio se saturaban mientras otros espacios permanecían vacíos. El problema no era la falta de voluntad sino la ausencia de coordinación que la convirtiera en respuesta efectiva.

En sus guardias, los sobrevivientes eran escasos. La mayoría de quienes ingresaban ya no tenían vida. En La Guaira, vio brigadas internacionales de México, Honduras y El Salvador trabajando en rescate sin apoyo oficial venezolano. Atendió a familiares que llevaban días sin comer ni hidratarse, esperando junto a los cuerpos de sus seres queridos sin poder darles sepultura. Su conclusión sobre la respuesta del Estado fue tajante: hubo un desamparo total. Ambulancias y personal médico con permisos en regla no podían acceder a las zonas afectadas por obstáculos burocráticos.

Otro médico reconstruyó la emergencia desde adentro del Hospital Periférico de Catia. Las primeras horas trajeron lesiones moderadas, pero hacia la noche llegaron amputaciones traumáticas y aplastamientos desde La Guaira. Con los días vinieron las complicaciones: fallas renales, shock, deterioro en pacientes con enfermedades previas. Ya no era solo el trauma inicial sino sus consecuencias acumuladas.

Al pasar por un centro privado observó menor caos pero el mismo esfuerzo de coordinación informal con hospitales públicos. En La Guaira confirmó el patrón que se repetía en todas partes: generosidad desbordada sin estructura que la canalizara. No faltaban recursos civiles ni voluntad humana. Faltaba lo que solo las instituciones pueden proveer: la arquitectura que transforma la solidaridad en socorro organizado.

En la homilía del domingo pasado, un sacerdote venezolano pronunció una frase que resumía el momento: un país sin seguro social es un país desnudo. Hablaba desde el púlpito sobre la catástrofe que atravesaba Venezuela tras los dos terremotos que sacudieron el territorio el miércoles anterior, y su reflexión apuntaba directamente a la ausencia de respuestas institucionales cuando más se necesitaban. En ese vacío, dijo, emergía la figura de los médicos: profesionales que después de años de formación se encontraban ahora en primera línea, sosteniendo con voluntad pura un sistema de emergencia que carecía de las condiciones básicas para funcionar.

Un médico residente en Caracas describió lo que vio en esos primeros días con una mezcla de asombro y frustración. Después del caos inicial y la incomunicación, la ciudadanía se movilizó de manera masiva. Medicamentos, alimentos, ropa, agua y todo tipo de insumos llegaban constantemente a las zonas afectadas. Personas de manera individual compraban lo que podían y lo llevaban directamente. Fue, en sus palabras, una respuesta abrumadora. Pero esa misma energía solidaria carecía de organización. Los centros de acopio estaban saturados mientras otros espacios permanecían desprovistos. El problema, insistía, no era la falta de ayuda sino la falta de coordinación.

Lo que más lo impactó fue la lentitud en la respuesta de rescate. Durante una guardia de veinticuatro horas, apenas ingresó un paciente herido. El resto eran víctimas mortales. En los hospitales se repetía el mismo patrón: pocos sobrevivientes y quienes llegaban lo hacían en condiciones críticas, con traumatismos severos. Su paso por La Guaira fue aún más revelador. En el principal centro de atención vio brigadas internacionales de México, Honduras y El Salvador trabajando directamente en labores de rescate. Pero lo más impactante fue la ausencia casi total de sobrevivientes para la magnitud de la tragedia. No le tocó ver heridos con vida. En cambio, atendió a familiares en condiciones extremas, muchos con varios días sin comer ni hidratarse, esperando noticias o intentando recuperar a sus seres queridos. Personas que permanecían junto a los cuerpos de sus familiares sin poder sacarlos ni darles sepultura. Los testimonios eran devastadores.

Al evaluar la respuesta institucional, su conclusión fue tajante: hubo un desamparo total. Denunció obstáculos incluso para acceder a la zona con permisos en regla. Había ambulancias, bomberos y personal médico que no podía pasar. La ayuda no había sido canalizada por estructuras oficiales sino por la propia ciudadanía, a través de redes informales y esfuerzos individuales.

Otro médico residente reconstruyó la evolución de la emergencia desde adentro del Hospital Periférico de Catia, donde vivió el colapso del sistema en las primeras horas. Aunque su especialidad no era de primera línea en trauma, acudió desde el inicio. En la primera etapa, los pacientes eran casos relativamente estables: lesiones por escombros, traumatismos moderados. Pero hacia la noche, la situación cambió. Comenzaron a llegar casos graves, muchos desde La Guaira: amputaciones traumáticas y lesiones por aplastamiento. Con el paso de los días, las complicaciones aumentaron. Fallas renales, shock y deterioro clínico en pacientes con enfermedades preexistentes. Ya no era solo el trauma sino las consecuencias que se desarrollaban después.

Describió jornadas extenuantes, con horas continuas de atención sin descanso. Al pasar a un centro privado, observó una dinámica distinta: menor afluencia, pero esfuerzos de apoyo mediante evaluación inicial gratuita y coordinación con hospitales públicos para derivar casos, especialmente pacientes pediátricos. Pero al llegar a La Guaira confirmó el mismo patrón: desorden en la distribución de la ayuda frente a una solidaridad desbordada. La gente quería ayudar y lo hacía con todo lo que tenía, pero sin dirección. Ese era el nudo del problema. No faltaba voluntad ni recursos civiles. Faltaba la estructura que los canalizara, la coordinación que transformara la generosidad en respuesta efectiva.

Un país que carece de seguro social es un país desnudo
— Sacerdote en homilía del domingo
El problema no es la falta de ayuda, sino la falta de coordinación
— Médico residente en Caracas
Hubo un desamparo total
— Médico residente sobre la respuesta institucional
La Conversación del Hearth Otra perspectiva de la historia
Inventor

¿Qué significa exactamente cuando dice que hubo un desamparo total?

Model

Que cuando la gente llegaba a las zonas afectadas con ayuda, con su voluntad de rescatar, se encontraba con obstáculos burocráticos. Ambulancias que no podían pasar. Médicos con permisos en regla que no los dejaban entrar. No había una estructura oficial coordinando nada.

Inventor

¿Y la ayuda internacional que vio en La Guaira?

Model

Estaba ahí, trabajando. Brigadas de México, Honduras, El Salvador en labores de rescate. Pero sin apoyo oficial, sin coordinación con las autoridades locales. Trabajaban en paralelo, no integradas.

Inventor

Lo que más llama la atención es que había pocos sobrevivientes. ¿Qué significa eso?

Model

Significa que llegaban tarde. O que la magnitud fue tal que la mayoría no sobrevivió al impacto inicial. Durante una guardia de veinticuatro horas, un médico apenas vio un paciente herido con vida. El resto eran muertes.

Inventor

¿Y las familias que esperaban noticias?

Model

Estaban en condiciones extremas. Días sin comer, sin hidratarse. Junto a los cuerpos de sus seres queridos sin poder sacarlos ni enterrarlos. Eso es lo que los médicos tuvieron que presenciar mientras intentaban trabajar.

Inventor

¿La solidaridad ciudadana fue suficiente para compensar la ausencia institucional?

Model

No. La solidaridad fue abrumadora, pero desorganizada. Centros de acopio saturados mientras otros lugares carecían de lo básico. Sin coordinación central, la ayuda se convirtió en parte del caos.

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