El cambio de hora perjudica la salud según expertos en cronobiología

La ciencia ya respondió; la política aún no ha decidido
España mantiene el cambio horario hasta 2026 pese a que más de cien organizaciones científicas respaldan su eliminación.

Cada otoño, millones de españoles atrasan sus relojes sin cuestionarse si ese gesto les hace bien o les hace daño. La cronobiología lleva años respondiendo esa pregunta con evidencia creciente: el cambio horario estacional altera el sueño, reduce el rendimiento y eleva el riesgo cardiovascular. Lo que queda pendiente no es ya un veredicto científico, sino una decisión política y colectiva sobre qué tipo de tiempo queremos habitar.

  • Más de cien organizaciones científicas internacionales piden eliminar el cambio horario, pero España seguirá aplicándolo al menos hasta 2026.
  • El paso al horario de verano provoca alteraciones agudas del sueño y un aumento documentado del riesgo de episodios cardiovasculares en los días siguientes.
  • Una propuesta europea de 2018 para suprimir los ajustes semestrales quedó paralizada por la pandemia y la falta de acuerdo político entre los países miembros.
  • El horario estándar de invierno, que ahora se recupera, favorece el descanso y la alineación de los ritmos circadianos con la luz natural.
  • El debate no está cerrado: la preferencia ciudadana varía según cómo se formula la pregunta, y la dimensión sociológica pesa tanto como la evidencia médica.

Cada último fin de semana de octubre, millones de españoles atrasan sus relojes casi sin pensarlo. Es un ritual de casi medio siglo. Pero los expertos en cronobiología —la ciencia que estudia cómo el cuerpo responde a los ciclos de luz y oscuridad— llevan años advirtiendo que esta práctica nos perjudica.

En 2018, el Parlamento Europeo propuso que cada país eligiera un horario único y permanente. España formó una comisión para estudiarlo, pero no hubo acuerdo. Llegó la pandemia, las prioridades cambiaron, y el asunto quedó en suspenso. En 2024 seguimos cambiando la hora dos veces al año, con fechas programadas al menos hasta 2026.

La evidencia científica es bastante clara: el cambio al horario de verano interrumpe el sueño, reduce el rendimiento y eleva modestamente el riesgo cardiovascular. La Sociedad Española del Sueño, la Americana y otras organizaciones de peso reclaman su eliminación. El horario estándar de invierno, en cambio, favorece el descanso y la alineación de los ritmos circadianos con la luz natural, y más de cien organizaciones internacionales lo respaldan como opción permanente.

Sin embargo, el horario de verano tiene un atractivo emocional difícil de ignorar: lo asociamos con tardes largas, vacaciones y libertad. Cuando se pregunta a la población qué prefiere, la respuesta depende en gran medida de cómo se formula la pregunta.

Los expertos señalan que la solución exige ir más allá de la biología e incorporar dimensiones sociológicas y comunicación clara. La ciencia ya ha respondido si el cambio horario nos daña. La pregunta que queda abierta —cuál es el horario que deberíamos mantener para siempre— es una decisión que, en democracia, no puede tomarse sin escuchar a quienes vivirán sus consecuencias.

Cada último fin de semana de octubre, millones de españoles atrasan una hora sus relojes. Es un ritual que llevamos practicando casi medio siglo, tan automático que apenas nos detenemos a pensar en él. Pero desde hace años, los expertos en cronobiología —la ciencia que estudia cómo nuestros cuerpos responden a los ciclos de luz y oscuridad— vienen advirtiendo que esta práctica, lejos de beneficiarnos, nos daña.

La historia del cambio horario en España es la de una decisión que nunca llegó a tomarse. En 2018, el Parlamento Europeo propuso que cada país miembro eligiera un horario único y permanente, eliminando de una vez por todas esos ajustes semestrales. El Gobierno español formó una comisión multidisciplinar para estudiar la cuestión. No hubo acuerdo. Luego llegó la pandemia, las prioridades cambiaron, y el asunto quedó en suspenso. Hoy, en 2024, seguimos cambiando la hora dos veces al año, con fechas programadas al menos hasta 2026.

Lo que la ciencia ha descubierto en estos años de espera es bastante claro. Cuando pasamos al horario de verano —ese cambio de primavera que nos da tardes más largas— nuestro cuerpo sufre alteraciones agudas. El sueño se ve interrumpido. El rendimiento al volante disminuye. Y hay un aumento, aunque modesto, en el riesgo de episodios cardiovasculares. La Sociedad Española del Sueño, la Sociedad Portuguesa de Cronobiología, la Sociedad Americana del Sueño y otras organizaciones científicas de peso han expresado su posición con rotundidad: el cambio horario debe desaparecer.

En cambio, el horario estándar de invierno —el que ahora mismo estamos recuperando— parece favorecer nuestro descanso. Dormimos más. Nuestros ritmos circadianos se alinean mejor con la luz natural. Más de cien organizaciones científicas internacionales respaldan la idea de mantener este horario de forma permanente. El debate, sin embargo, sigue abierto. Algunos autores todavía defienden el cambio horario, y la cuestión tiene aristas que van más allá de la medicina.

Hay algo en la idea del horario de verano que nos atrae profundamente. Asociamos esas tardes largas sin anochecer con el descanso, las vacaciones, la libertad. Es verdad que sin el cambio horario seguiríamos teniendo tardes largas en verano, solo que un poco menos largas. Pero la psicología de la denominación importa. Cuando se pregunta a la población qué prefiere, la respuesta está condicionada por cómo se formula la pregunta. ¿Queremos mantener el verano? Claro. ¿Queremos eliminar una práctica que daña nuestro sueño? También.

La solución, según los expertos, requiere un enfoque que vaya más allá de la biología. Necesita incluir aspectos sociológicos, aceptación ciudadana, comunicación clara. Y necesita, sobre todo, que la sociedad se implique en el debate. Porque la pregunta final no es solo si el cambio horario nos perjudica —la evidencia científica ya lo ha respondido—, sino cuál es el horario que deberíamos mantener de forma permanente. Y esa es una decisión que, en democracia, no puede tomarse sin escuchar a quienes vivirán sus consecuencias.

Desde el punto de vista de la cronobiología no hay pruebas de que mantener el cambio horario sea beneficioso, pero sí evidencias de lo contrario
— Expertos en cronobiología citados en el análisis
The Hearth Conversation Another angle on the story
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¿Por qué tardó tanto España en responder a la propuesta europea de 2018 si la ciencia ya tenía clara su posición?

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La comisión de expertos no llegó a un consenso, y luego la pandemia lo cambió todo. Pero la verdad es que el cambio horario no es solo una cuestión científica. Hay componentes políticos, culturales, incluso psicológicos que hacen que sea difícil de resolver.

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¿Qué es exactamente lo que nos pasa cuando cambiamos la hora en primavera?

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Nuestro cuerpo experimenta lo que los cronobiólogos llaman un cambio agudo. El sueño se desorganiza, el rendimiento baja, y hay un pequeño pero real aumento en los problemas cardiovasculares. Es como un jet lag que nos imponemos a nosotros mismos.

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Pero entonces, ¿por qué seguimos haciéndolo?

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Porque la decisión política nunca se tomó. Y porque hay algo en la idea de las tardes largas de verano que nos atrae emocionalmente, aunque la ciencia diga que el horario de invierno es mejor para nuestra salud.

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¿Qué pasaría si nos quedáramos con el horario de invierno de forma permanente?

Model

Dormiríamos más, nuestros ritmos circadianos estarían mejor alineados con la luz natural. Las tardes de verano serían un poco menos largas, pero seguirían siendo largas. Y la salud de la población mejoraría.

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¿Entonces por qué no se ha hecho ya?

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Porque la pregunta de cómo se formula importa enormemente. Si preguntas "¿quieres mantener el verano?", la gente dice que sí. Si preguntas "¿quieres eliminar una práctica que daña tu sueño?", también dice que sí. La solución requiere que la sociedad entienda realmente qué está en juego.

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